LA JUSTICIA DE PERALVILLO
He asistido recientemente a dos hombres y padres, que habían sido denunciados por sus respectivas mujeres por un presunto delito de injurias y coacciones. En ambos casos, se les puso en libertad y se procedió al archivo de las actuaciones. Todo quedó, efectivamente, en agua de borraja. Pero -eso sí- tuvieron que pasar la noche en los sótanos del respectivo Cuartel de la Guardia civil. Tuvieron que aceptar la vergüenza de verse detenidos ante los suyos, ante sus amigos, ante sus empleados.
Se trata, como es fácilmente imaginable, de una experiencia nada recomendable, perfectamente evitable en muchos casos, claramente injusta en otros tantos y que suele dejar una profunda huella en quien la padece. Difícilmente, según cuentan quienes han padecido tanto celo legal, se olvida. Pero, sobre todo, se corre el riesgo de alimentar la venganza como modo de ‘justicia salvaje’, que dijo Francis Bacón. O, lo que todavía es más grave, se impulsa con ello querer siempre “tener abierta la herida” (Claudio Magris).
Quienes estamos diariamente en contacto con la tragedia de muchas familias rotas, apreciamos las nefastas consecuencias de tan grave error. Todos –desde el legislador a la esposa y mujer que denuncia- deberíamos ser conscientes de lo miserablemente que, a veces, se comporta el ser humano. No se trata de justificar el maltrato ni mucho menos. Se trata de proporcionalidad. Se trata de no evitar los mosquitos a cañonazos. Se trata de evitar que el derecho penal se erija en instrumento de contención de la mala educación en la pareja. Cuando se olvidan tan elementales criterios, cuando se privilegian posiciones de modo tan indiscriminado, cuando se pierde el sentido de la equidad y la proporción, el supuesto remedio suele ser peor que la enfermedad. ¿Cómo, después de tanto embrollo innecesario, se va a poder organizar con sensatez y respeto el futuro familiar?
La experiencia me enseña que, en tan tristes situaciones, el trato que el detenido recibe de la Guardia civil o de la Policía es exquisito y respetuoso. Ellos cumplen su función y, salvo excepciones, bastante bien. No suelen meterse en camisa de once varas. No suelen sustituir al Juez ni emitir juicios de valor. Alguien, sin embargo, debiera preguntarse por qué, ante la denuncia de una mujer, se suele proceder de tal forma que el denunciado tenga que pasar, de modo innecesario e inevitable, la noche en el calabozo. ¿No es posible idear otro modo de garantizar su presencia ante el Juez? ¿Acaso todos los hechos que pueden denunciarse se enmarcan en las mismas coordenadas de presunta gravedad? La privación de libertad de cualquier persona, aunque se solamente por unas horas, me parece un hecho en sí mismo grave e irreparable. ¿Se tiene en cuenta siempre que, a veces, la denuncia de una mujer busca objetivos inconfesables, como acredita la misma práctica de los Tribunales? ¿Cuántas veces el Ministerio Fiscal actúa, ante el hecho de una denuncia falsa, frente a la denunciante?
Creo, con sinceridad, que urge revisar el modo en que se realizan estas actuaciones. Estoy convencido que es más cómodo adscribirse a la corrección femenina. Pero, no dudo lo más mínimo que, en muchos casos, se están cometiendo injusticias manifiestas. Es cierto que amparadas en la legalidad vigente. Pero, ello ni sirve de consuelo ni libera a las situaciones del apelativo de obscenas, ni ayuda a caminar por la senda correcta. Más bien, todo lo contrario. Suele exacerbar al varón, que se siente injustamente maltratado por todos. Incluso por quienes están para tutelar sus derechos, que también los tiene.
Ninguno de estos denunciados se habría negado a comparecer en el Juzgado respectivo, a la hora citada, en el mismo día o al día siguiente. ¿Por qué, entonces, hacerles pasar por la vergüenza de una detención que, al día siguiente, se manifiesta carente de todo fundamento? Decididamente las cosas se pueden y se deben hacer de otro modo. De lo contrario, corremos el riesgo de la justicia de Peralvillo, que “ahorcado el hombre, hacíale pesquisas del delito”.
Gregorio Delgado del Río
domingo, 30 de noviembre de 2008
APOYO EN LO CIERTO
Con motivo del Día internacional de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, se ha vuelto a poner de manifiesto que “la mentira suele buscar apoyo en lo cierto para atacar la verdad”. La ministra de igualdad, Bibiana Aído, se ha servido del dato cierto de las mujeres muertas en lo que va de año –exactamente, cincuenta y siete- para faltar a la verdad, para insistir en verdades parciales, para no afrontar la realidad, para ocultar su ineficacia, para ocultar el fracaso con más propaganda.
Todos compartidos el mensaje de esperanza a las víctimas del maltrato. Efectivamente, ‘de la violencia de género se puede salir’. Pero, para ello –esto lo oculta y, en consecuencia, manipula la realidad- habría que hablar sin tapujos del fracaso de la propia Ley y preguntarse críticamente el por qué del mismo. Se vendió, como cosa cierta, que con ella se iba a erradicar la violencia en el hogar familiar. Sin embargo, la estadística demuestra lo contrario: ha ido en aumento. ¿Qué se está haciendo mal para cosechar tales frutos?
Desde que se impulsó –a partir de la imposición de la corrección femenina de claro signo totalitario- Ley contra la violencia de género no se ha querido reconocer la realidad que manifiesta su aplicación efectiva. Se ha insistido, por el contrario, en el error y en él se permanece. Se sigue justificando el privilegio y la discriminación. Se sigue, en más casos de los que sería deseable, exasperando al varón y otorgándole un trato injusto y, a veces, vejatorio. Se sigue con un diagnóstico erróneo, que no se quiere rectificar. Se sigue confiando todo –hasta la mala educación- a la Ley penal y a su correspondiente justicia, sin querer aprender la lección de que se está incurriendo en un flagrante error de concepto y de método. Se sigue sin realizar una auténtica política de prevención y sin poner recursos humanos y materiales. Se sigue desoyendo la voz cuyo eco resuena hasta en los propios locales y entre los empleados de los Juzgados de violencia de género: muchas denuncias son falsas y sólo buscan presionar en orden a las medidas civiles propias de cualquier divorcio.
A la vista del sesgo que ha tomado el tratamiento de tan grave cuestión –por parte de los poderes públicos, los medios de comunicación y el feminismo militante-, uno tiene la impresión de que se rehuye abordarla por derecho y ateniéndose a la realidad, por cruda y acusadora, que sea. Se tiene miedo a hablar, entre otras cosas, de cómo se constituye la pareja, del grado de madurez con que se llega y se permanece en ella, de quién detenta realmente el poder y de cómo lo ejerce, de la capacidad de manipulación, de la fuerza y la debilidad de sus componentes. Es más cómodo –infinitamente más- mirar para otro lado, tomar un aspecto parcial de la realidad –el machismo-, instalarlo en la corrección política y, a partir de semejante falsedad, obtener claras y privilegiadas ventajas así como realizar lo que supuestamente se condena. Una verdadera obscenidad
Igualmente, todos compartidos, con la Sra Ministra, que ‘no podemos callar frente a la violencia que se ejerce sobre las mujeres’. Sin duda alguna. Tampoco podemos callar cuando se ejerce sobre los hombres, sobre los niños, sobre los ancianos. La ejerza quien la ejerza. Tampoco podemos callar cuando la violencia la ejerce la mujer. Esto último, suele callarse, silenciarse o denunciarse con la boca pequeña y cuando no se tiene más remedio. ¿Cómo justificar tal diferencia de trato y de reacción frente a la violencia?
A este respecto recuerdo una atinadísima reflexión del maestro Ortega: “Y advertir que no basta con que se puedan decir alguna verdades, porque es menester decir la verdad toda, y la verdad parcial es una forma de falsedad, lo mismo que ocurre con la verdad mal entendida”.
Con motivo del Día internacional de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, se ha vuelto a poner de manifiesto que “la mentira suele buscar apoyo en lo cierto para atacar la verdad”. La ministra de igualdad, Bibiana Aído, se ha servido del dato cierto de las mujeres muertas en lo que va de año –exactamente, cincuenta y siete- para faltar a la verdad, para insistir en verdades parciales, para no afrontar la realidad, para ocultar su ineficacia, para ocultar el fracaso con más propaganda.
Todos compartidos el mensaje de esperanza a las víctimas del maltrato. Efectivamente, ‘de la violencia de género se puede salir’. Pero, para ello –esto lo oculta y, en consecuencia, manipula la realidad- habría que hablar sin tapujos del fracaso de la propia Ley y preguntarse críticamente el por qué del mismo. Se vendió, como cosa cierta, que con ella se iba a erradicar la violencia en el hogar familiar. Sin embargo, la estadística demuestra lo contrario: ha ido en aumento. ¿Qué se está haciendo mal para cosechar tales frutos?
Desde que se impulsó –a partir de la imposición de la corrección femenina de claro signo totalitario- Ley contra la violencia de género no se ha querido reconocer la realidad que manifiesta su aplicación efectiva. Se ha insistido, por el contrario, en el error y en él se permanece. Se sigue justificando el privilegio y la discriminación. Se sigue, en más casos de los que sería deseable, exasperando al varón y otorgándole un trato injusto y, a veces, vejatorio. Se sigue con un diagnóstico erróneo, que no se quiere rectificar. Se sigue confiando todo –hasta la mala educación- a la Ley penal y a su correspondiente justicia, sin querer aprender la lección de que se está incurriendo en un flagrante error de concepto y de método. Se sigue sin realizar una auténtica política de prevención y sin poner recursos humanos y materiales. Se sigue desoyendo la voz cuyo eco resuena hasta en los propios locales y entre los empleados de los Juzgados de violencia de género: muchas denuncias son falsas y sólo buscan presionar en orden a las medidas civiles propias de cualquier divorcio.
A la vista del sesgo que ha tomado el tratamiento de tan grave cuestión –por parte de los poderes públicos, los medios de comunicación y el feminismo militante-, uno tiene la impresión de que se rehuye abordarla por derecho y ateniéndose a la realidad, por cruda y acusadora, que sea. Se tiene miedo a hablar, entre otras cosas, de cómo se constituye la pareja, del grado de madurez con que se llega y se permanece en ella, de quién detenta realmente el poder y de cómo lo ejerce, de la capacidad de manipulación, de la fuerza y la debilidad de sus componentes. Es más cómodo –infinitamente más- mirar para otro lado, tomar un aspecto parcial de la realidad –el machismo-, instalarlo en la corrección política y, a partir de semejante falsedad, obtener claras y privilegiadas ventajas así como realizar lo que supuestamente se condena. Una verdadera obscenidad
Igualmente, todos compartidos, con la Sra Ministra, que ‘no podemos callar frente a la violencia que se ejerce sobre las mujeres’. Sin duda alguna. Tampoco podemos callar cuando se ejerce sobre los hombres, sobre los niños, sobre los ancianos. La ejerza quien la ejerza. Tampoco podemos callar cuando la violencia la ejerce la mujer. Esto último, suele callarse, silenciarse o denunciarse con la boca pequeña y cuando no se tiene más remedio. ¿Cómo justificar tal diferencia de trato y de reacción frente a la violencia?
A este respecto recuerdo una atinadísima reflexión del maestro Ortega: “Y advertir que no basta con que se puedan decir alguna verdades, porque es menester decir la verdad toda, y la verdad parcial es una forma de falsedad, lo mismo que ocurre con la verdad mal entendida”.
viernes, 21 de noviembre de 2008
DERECHO DE ADMISIÓN
Siempre he tenido claro que el ‘lobby feminista’ ponía en práctica, entre otras cosas poco recomendables, el derecho de admisión. Su vinculación y dependencia respecto de las opciones políticas de izquierda es manifiesta. Su complicidad con el Gobierno de ZP no ofrece dudas. Su protagonismo en alguna de las más frustrantes reformas legales (violencia de género, guarda compartida) fue elocuente. Sus planteamientos, en consecuencia, aparecen siempre coloreados por la opción política que representa la izquierda que ahora nos gobierna. Ello explica, entre otros motivos, que muchas mujeres no compartan sus ideales sino que los consideran incompatibles con la dignidad femenina.
Hace unos días Edurne Uriarte glosaba una realidad puesta de manifiesto –una vez más- en relación con Sarah Palin, la candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos con el republicano John McCain. Decía así: “Y es que no quieren admitirla en el club. Ni en el de las feministas ni en el de las mujeres de referencia para la lucha por la igualdad. Porque es de derechas, porque tras sus partos volvió inmediatamente al trabajo sin acogerse a los permisos de maternidad”. En definitiva, porque –dicen- no es de las nuestras. Se entiende, políticamente hablando.
Bien mirado, tal actitud excluyente parece una sandez, una estupidez, reveladora, por otra parte, de un grado notable de ignorancia. Uno tiene la impresión ante tales paridas que se ignora incluso el sentido mismo de la lucha por la dignidad de la mujer. Uno siempre ha creído que merecía la pena trabajar para que fuese realidad la igualdad efectiva de todos los seres humanos, también de la mujer tan discriminada y esclavizada durante siglos enteros. Uno siempre ha pensado que merecía la pena luchar por hacer realidad la autonomía individual y personal de la mujer, su independencia de criterio, su participación, en igualdad de condiciones, en cualquier actividad social, incluida la acción política y el gobierno de los pueblos, su derecho al trabajo también en igualdad de condiciones y de remuneración, su protagonismo decisorio en la familia y en la empresa. Todo ello basado, única y exclusivamente, en la igual condición de todos los seres humanos.
¿Qué viene ocurriendo, sin embargo, en estos últimos tiempos? Algo muy sencillo. El feminismo militante se ha dejado manipular y utilizar por la clase política. Se ha creído a pie juntillas que el poder político, a cambio del voto incondicional, resolvería a la mujer sus problemas, daría satisfacción plena a sus anhelos, la situaría en el lugar que le corresponde sin esfuerzo alguno, pondría firme al dominante varón, le garantizaría la felicidad. Craso error.
El poder político –como contraprestación a la promesa de satisfacer las llamadas ‘equivalencias’ feministas- le ha exigido apoyar otras muchas cosas que poco o nada tienen que ver con la dignidad de la mujer: el aborto libre, la ideología de género, el suicidio asistido, el matrimonio entre homosexuales, la antiglobalización, el ecologismo, etc. etc. Ha caído en la trampa tendida y lo ha metido en el saco de la corrección política y femenina. Toda mujer, por tanto, que no comparta semejante cóctel no es admitida en el club de quienes se permiten la osadía de repartir el carnet de identidad femenina.
Como no era pensable otra cosa –a partir de tan raquítica visión-, en el pecado llevan la penitencia. Como recuerda muy bien Edurne Uriarte, “… al feminismo le han salido unas hijas no deseadas y, sin embargo, perfectas. Mujeres que representan todo lo que el feminismo deseó”. Una vez más, en definitiva, se demuestra que la realidad es, como dijo Papini, “hollejos, cáscaras, vestidos, máscaras…”. Pero, “las cáscaras caen, uno se quita los vestidos, las máscaras se apagan…”. Superficialidad, carencia de identidad, ausencia de verdad. Una verdadera pena.
Gregorio Delgado del Río
Siempre he tenido claro que el ‘lobby feminista’ ponía en práctica, entre otras cosas poco recomendables, el derecho de admisión. Su vinculación y dependencia respecto de las opciones políticas de izquierda es manifiesta. Su complicidad con el Gobierno de ZP no ofrece dudas. Su protagonismo en alguna de las más frustrantes reformas legales (violencia de género, guarda compartida) fue elocuente. Sus planteamientos, en consecuencia, aparecen siempre coloreados por la opción política que representa la izquierda que ahora nos gobierna. Ello explica, entre otros motivos, que muchas mujeres no compartan sus ideales sino que los consideran incompatibles con la dignidad femenina.
Hace unos días Edurne Uriarte glosaba una realidad puesta de manifiesto –una vez más- en relación con Sarah Palin, la candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos con el republicano John McCain. Decía así: “Y es que no quieren admitirla en el club. Ni en el de las feministas ni en el de las mujeres de referencia para la lucha por la igualdad. Porque es de derechas, porque tras sus partos volvió inmediatamente al trabajo sin acogerse a los permisos de maternidad”. En definitiva, porque –dicen- no es de las nuestras. Se entiende, políticamente hablando.
Bien mirado, tal actitud excluyente parece una sandez, una estupidez, reveladora, por otra parte, de un grado notable de ignorancia. Uno tiene la impresión ante tales paridas que se ignora incluso el sentido mismo de la lucha por la dignidad de la mujer. Uno siempre ha creído que merecía la pena trabajar para que fuese realidad la igualdad efectiva de todos los seres humanos, también de la mujer tan discriminada y esclavizada durante siglos enteros. Uno siempre ha pensado que merecía la pena luchar por hacer realidad la autonomía individual y personal de la mujer, su independencia de criterio, su participación, en igualdad de condiciones, en cualquier actividad social, incluida la acción política y el gobierno de los pueblos, su derecho al trabajo también en igualdad de condiciones y de remuneración, su protagonismo decisorio en la familia y en la empresa. Todo ello basado, única y exclusivamente, en la igual condición de todos los seres humanos.
¿Qué viene ocurriendo, sin embargo, en estos últimos tiempos? Algo muy sencillo. El feminismo militante se ha dejado manipular y utilizar por la clase política. Se ha creído a pie juntillas que el poder político, a cambio del voto incondicional, resolvería a la mujer sus problemas, daría satisfacción plena a sus anhelos, la situaría en el lugar que le corresponde sin esfuerzo alguno, pondría firme al dominante varón, le garantizaría la felicidad. Craso error.
El poder político –como contraprestación a la promesa de satisfacer las llamadas ‘equivalencias’ feministas- le ha exigido apoyar otras muchas cosas que poco o nada tienen que ver con la dignidad de la mujer: el aborto libre, la ideología de género, el suicidio asistido, el matrimonio entre homosexuales, la antiglobalización, el ecologismo, etc. etc. Ha caído en la trampa tendida y lo ha metido en el saco de la corrección política y femenina. Toda mujer, por tanto, que no comparta semejante cóctel no es admitida en el club de quienes se permiten la osadía de repartir el carnet de identidad femenina.
Como no era pensable otra cosa –a partir de tan raquítica visión-, en el pecado llevan la penitencia. Como recuerda muy bien Edurne Uriarte, “… al feminismo le han salido unas hijas no deseadas y, sin embargo, perfectas. Mujeres que representan todo lo que el feminismo deseó”. Una vez más, en definitiva, se demuestra que la realidad es, como dijo Papini, “hollejos, cáscaras, vestidos, máscaras…”. Pero, “las cáscaras caen, uno se quita los vestidos, las máscaras se apagan…”. Superficialidad, carencia de identidad, ausencia de verdad. Una verdadera pena.
Gregorio Delgado del Río
domingo, 2 de noviembre de 2008
A UN NIVEL SUPERIOR DE REALIZACIÓN
La crisis económica –quizás la más grave de la historia- ya no es negada por nadie. Ni siquiera por ZP. Ha penetrado con cierto sigilo en nuestro entorno vital y estamos condenados a vivir con ella durante unos cuantos años. Se mintió con vileza al pueblo y éste, en un ejercicio irresponsable de sus derechos, se lo trago absolutamente todo. Ahora, al no prestarle la atención que exigía en sus inicios, deberemos soportar una afrenta más duradera y dolorosa.
Frente a tan traumática y decepcionante realidad, la corrección política está empeñada en hacernos creer que estamos ante un problema de naturaleza estrictamente económica y financiera, cuya ‘culpa’ original se encuentra en la otra ribera del Atlántico. Una vez más, corremos el riesgo de tropezar en la misma piedra y no enterarnos de la trampa que nos tienden. No se nos ocurrirá, ni por asombro, buscar la ‘culpa’ de nuestros males dentro de nosotros mismos. Daremos por buena –no faltaba más- la versión zapateril según la cual la culpa del paro creciente en España es de Bush. ¡Buen pelo nos va a lucir!
Sin embargo, a poco que profundicemos sobre los sucesos que nos envuelven, a poco que busquemos su comprensión y no rehuyamos su entendimiento, advertiremos de inmediato que nos enfrentamos a un problema que es preciso situar en un plano o nivel muy distinto del económico. Más allá de las circunstancias puntuales que se hayan dado cita, más allá del fallo clamoroso de los controles previstos, más allá de la ingerencia de lo político en los órganos de gestión, existen unas causas, unos motivos, unas razones que se sitúan, a mi entender, en un orden superior, diferente y mucho más profundo. Las cosas, en cualquier orden de la vida, no suceden porque sí. Todo tiene su razón de ser, su explicación, su causa. Todo tiene que ver o es fruto de nuestra alma creadora. No entenderlo así significará errar en el diagnóstico y, en consecuencia, hacer inviable la solución apropiada.
Desde esta perspectiva analítica, creo sinceramente que el llamado mundo occidental –por supuesto, también España- está inmerso en una auténtica crisis moral. Aquí es donde le duele, aunque prefiramos mirar para otro lado. El sistema de valores que ha servido de argamasa social desde inicios del s. XX se ha corrompido. Muchas de las ideas -que han venido aceptándose como dogmas progresistas en la cultura occidental- han llegado, a los albores del s. XXI, convertidas en una pandemia social. Todas las ideologías mesiánicas han sido falsas. Lo evidente, después de tanto sufrimiento, de tanta deshumanización, de tantos dioses falsos, es que está pendiente la verdadera revolución. Como ya ocurrió en otros momentos de nuestra historia, se ha hecho evidente que el mundo en el que nos ha tocado vivir está en ruina. Para salvarnos, debemos construir otro nuevo y diferente.
Por hoy, nos basta con la anterior reflexión. Si afrontamos la situación con coherencia, debemos entender la intuición de Louise L. Hay para quien “cada problema con que me enfrento me lleva a un nivel superior de realización”.
Gregorio Delgado del Río
La crisis económica –quizás la más grave de la historia- ya no es negada por nadie. Ni siquiera por ZP. Ha penetrado con cierto sigilo en nuestro entorno vital y estamos condenados a vivir con ella durante unos cuantos años. Se mintió con vileza al pueblo y éste, en un ejercicio irresponsable de sus derechos, se lo trago absolutamente todo. Ahora, al no prestarle la atención que exigía en sus inicios, deberemos soportar una afrenta más duradera y dolorosa.
Frente a tan traumática y decepcionante realidad, la corrección política está empeñada en hacernos creer que estamos ante un problema de naturaleza estrictamente económica y financiera, cuya ‘culpa’ original se encuentra en la otra ribera del Atlántico. Una vez más, corremos el riesgo de tropezar en la misma piedra y no enterarnos de la trampa que nos tienden. No se nos ocurrirá, ni por asombro, buscar la ‘culpa’ de nuestros males dentro de nosotros mismos. Daremos por buena –no faltaba más- la versión zapateril según la cual la culpa del paro creciente en España es de Bush. ¡Buen pelo nos va a lucir!
Sin embargo, a poco que profundicemos sobre los sucesos que nos envuelven, a poco que busquemos su comprensión y no rehuyamos su entendimiento, advertiremos de inmediato que nos enfrentamos a un problema que es preciso situar en un plano o nivel muy distinto del económico. Más allá de las circunstancias puntuales que se hayan dado cita, más allá del fallo clamoroso de los controles previstos, más allá de la ingerencia de lo político en los órganos de gestión, existen unas causas, unos motivos, unas razones que se sitúan, a mi entender, en un orden superior, diferente y mucho más profundo. Las cosas, en cualquier orden de la vida, no suceden porque sí. Todo tiene su razón de ser, su explicación, su causa. Todo tiene que ver o es fruto de nuestra alma creadora. No entenderlo así significará errar en el diagnóstico y, en consecuencia, hacer inviable la solución apropiada.
Desde esta perspectiva analítica, creo sinceramente que el llamado mundo occidental –por supuesto, también España- está inmerso en una auténtica crisis moral. Aquí es donde le duele, aunque prefiramos mirar para otro lado. El sistema de valores que ha servido de argamasa social desde inicios del s. XX se ha corrompido. Muchas de las ideas -que han venido aceptándose como dogmas progresistas en la cultura occidental- han llegado, a los albores del s. XXI, convertidas en una pandemia social. Todas las ideologías mesiánicas han sido falsas. Lo evidente, después de tanto sufrimiento, de tanta deshumanización, de tantos dioses falsos, es que está pendiente la verdadera revolución. Como ya ocurrió en otros momentos de nuestra historia, se ha hecho evidente que el mundo en el que nos ha tocado vivir está en ruina. Para salvarnos, debemos construir otro nuevo y diferente.
Por hoy, nos basta con la anterior reflexión. Si afrontamos la situación con coherencia, debemos entender la intuición de Louise L. Hay para quien “cada problema con que me enfrento me lleva a un nivel superior de realización”.
Gregorio Delgado del Río
viernes, 17 de octubre de 2008
TRASQUILADA LA SUYA
¡Hay que ver como anda el patio pepero! Nada nuevo ni sorprendente. Absolutamente, nada. Ya lo dijimos, por activa y por pasiva. Todos debieron irse a su casa, incluida la Sra Estarás, que, por mucho que lo niegue y por mucho comité de ética que arbitre para socorro de náufragos, es responsable política del desaguisado. Así son las cosas, por mucho que le pese a algún medio de comunicación. Su cortocircuito a cometarios en esa línea sólo le ha servido para poner en entredicho sus proclamas liberales.
Ahora va a resultar –ante la negativa del PP a limpiar la propia casa- que el PSOE nos va a devolverlo rejuvenecido. ¡Paradojas de la política! Es evidente, en todo caso, que estamos ante un patio de Monipodio en el que, al decir de Vicente Vega, “entre los concurrentes abundan los aficionados a las ganancias rápidas, sin pararse en modos y maneras”. Es evidente la necesidad de profundizar aún más en la línea emprendida y en hacerla extensiva a otros patios. Si no se hiciera así, la responsabilidad del PSOE sería doble, sobre todo porque pondría definitivamente en entredicho la imparcialidad e independencia de las instituciones, que se dicen democráticas.
Y, por si faltaba algo en el patio de la derecha, Román Piña se mete en camisa de once varas y se proclama inquisidor general. Te están utilizando, amigo Piña, y no para hacer limpieza. ¿Cómo has podido caer en semejante trampa? Te ha cegado el momentáneo protagonismo y has caído en la trampa de acreditarte como redentor de causas perdidas.
Mucho me temo que, como se dice en la Crónica general, impresa en 1541, te sea aplicable, con el tiempo, lo siguiente: “Fue y engannado, ca le contesció, segund dize el proverbio, como al carnero que va a buscar la lana agena et viene dallá tresquilada la suya”.
No tendrán escrúpulo alguno. ¿Acaso lo dudas? Serán los mismos que ahora te sonríen y te han propiciado tan sutil e irresistible cometido. ¡Al tiempo!
Gregorio Delgado del Río
¡Hay que ver como anda el patio pepero! Nada nuevo ni sorprendente. Absolutamente, nada. Ya lo dijimos, por activa y por pasiva. Todos debieron irse a su casa, incluida la Sra Estarás, que, por mucho que lo niegue y por mucho comité de ética que arbitre para socorro de náufragos, es responsable política del desaguisado. Así son las cosas, por mucho que le pese a algún medio de comunicación. Su cortocircuito a cometarios en esa línea sólo le ha servido para poner en entredicho sus proclamas liberales.
Ahora va a resultar –ante la negativa del PP a limpiar la propia casa- que el PSOE nos va a devolverlo rejuvenecido. ¡Paradojas de la política! Es evidente, en todo caso, que estamos ante un patio de Monipodio en el que, al decir de Vicente Vega, “entre los concurrentes abundan los aficionados a las ganancias rápidas, sin pararse en modos y maneras”. Es evidente la necesidad de profundizar aún más en la línea emprendida y en hacerla extensiva a otros patios. Si no se hiciera así, la responsabilidad del PSOE sería doble, sobre todo porque pondría definitivamente en entredicho la imparcialidad e independencia de las instituciones, que se dicen democráticas.
Y, por si faltaba algo en el patio de la derecha, Román Piña se mete en camisa de once varas y se proclama inquisidor general. Te están utilizando, amigo Piña, y no para hacer limpieza. ¿Cómo has podido caer en semejante trampa? Te ha cegado el momentáneo protagonismo y has caído en la trampa de acreditarte como redentor de causas perdidas.
Mucho me temo que, como se dice en la Crónica general, impresa en 1541, te sea aplicable, con el tiempo, lo siguiente: “Fue y engannado, ca le contesció, segund dize el proverbio, como al carnero que va a buscar la lana agena et viene dallá tresquilada la suya”.
No tendrán escrúpulo alguno. ¿Acaso lo dudas? Serán los mismos que ahora te sonríen y te han propiciado tan sutil e irresistible cometido. ¡Al tiempo!
Gregorio Delgado del Río
lunes, 15 de septiembre de 2008
EL CENTRO DEL PROBLEMA
Andamos perdidos, año tras año, en discutir si son churras o merinas. Siempre el mismo rollo, las mismas tonterías, las mismas mentiras, la misma negación de lo evidente, los mismos resultados. Estamos, en materia educativa, a la cabeza del pelotón de los torpes. No reconocer tal evidencia es agravar el problema.
Iniciamos un nuevo curso y asistiremos a un nuevo fracaso seguro. Nada cambiará. Sólo el número de padres irresponsables que toleran y aguantan a tanto político mentiroso e ineficaz, a tanto Centro educativo que no cumple –ni de lejos- con su función esencial. A todo esto, la Ministra Cabrera nos reitera que “tenemos el mejor sistema que ha habido nunca”.
A esto se le llama cinismo.
Lo peor con todo -si ya no tuviéramos bastante- es el número infinito de tontos que se lo creen. Para más inri, confiesa –eso sí, con una sonrisa- que “probablemente, no estamos siendo capaces de saber qué educación necesitan” nuestros jóvenes. ¡Aquí le duele e intensamente!
A pesar del analfabetismo existente, el verdadero centro del problema –como ha dicho Claudio Naranjo- radica en que todo el sistema educativo y la acción de muchos padres están orientados a la producción, a la socialización, al éxito económico con olvido claro del desarrollo personal. No buscamos hacer personas sino ‘corderitos manipulables’. No formamos para que nuestros hijos lleguen a ser lo que puedan ser, por sí mismos y con su esfuerzo.
Como en tantas otras cosas, en España nos movemos siempre entre dos opciones pendulares: educación laica y educación religiosa. Ambas autoritarias y ajenas al espíritu. Ambas con renuncia a lo que es más necesario: aprender a buscar el propio sentido de la vida. Ello reclama más atención y dedicación de los padres. Ya sé que andamos inmersos en el trabajo indispensable para ir manteniendo el cúmulo de necesidades que nos impone el sistema de vida que tontamente aceptamos. Pero lo cierto es que nuestros hijos crecen con carencias afectivas evidentes, muy domesticados en los deseos que no sirven, sin degustar el valor de la libertad y la responsabilidad.
Gregorio Delgado del Río
Andamos perdidos, año tras año, en discutir si son churras o merinas. Siempre el mismo rollo, las mismas tonterías, las mismas mentiras, la misma negación de lo evidente, los mismos resultados. Estamos, en materia educativa, a la cabeza del pelotón de los torpes. No reconocer tal evidencia es agravar el problema.
Iniciamos un nuevo curso y asistiremos a un nuevo fracaso seguro. Nada cambiará. Sólo el número de padres irresponsables que toleran y aguantan a tanto político mentiroso e ineficaz, a tanto Centro educativo que no cumple –ni de lejos- con su función esencial. A todo esto, la Ministra Cabrera nos reitera que “tenemos el mejor sistema que ha habido nunca”.
A esto se le llama cinismo.
Lo peor con todo -si ya no tuviéramos bastante- es el número infinito de tontos que se lo creen. Para más inri, confiesa –eso sí, con una sonrisa- que “probablemente, no estamos siendo capaces de saber qué educación necesitan” nuestros jóvenes. ¡Aquí le duele e intensamente!
A pesar del analfabetismo existente, el verdadero centro del problema –como ha dicho Claudio Naranjo- radica en que todo el sistema educativo y la acción de muchos padres están orientados a la producción, a la socialización, al éxito económico con olvido claro del desarrollo personal. No buscamos hacer personas sino ‘corderitos manipulables’. No formamos para que nuestros hijos lleguen a ser lo que puedan ser, por sí mismos y con su esfuerzo.
Como en tantas otras cosas, en España nos movemos siempre entre dos opciones pendulares: educación laica y educación religiosa. Ambas autoritarias y ajenas al espíritu. Ambas con renuncia a lo que es más necesario: aprender a buscar el propio sentido de la vida. Ello reclama más atención y dedicación de los padres. Ya sé que andamos inmersos en el trabajo indispensable para ir manteniendo el cúmulo de necesidades que nos impone el sistema de vida que tontamente aceptamos. Pero lo cierto es que nuestros hijos crecen con carencias afectivas evidentes, muy domesticados en los deseos que no sirven, sin degustar el valor de la libertad y la responsabilidad.
Gregorio Delgado del Río
ÉTICA Y ACCIÓN POLÍTICA
Hace unos días, el ya casi olvidado Julio Anguita nos decía: “No podíamos ser cómplices del robo, de las torturas, de la cal viva porque fuera un partido de izquierdas quien lo hacía”. Magistral lección de ética política, impartida por un hombre de convicción, esto es, por aquel que “dice aquello que piensa y hace aquello que cree sin detenerse a medir las consecuencias, porque para él la autenticidad y la verdad deben prevalecer siempre y están por encima de consideraciones de actualidad o circunstancias” (Vargas Llosa).
¡Cómo se hecha de menos por estos pagos! Toda corrupción, señores socialistas, ha de perseguirse. Absolutamente toda. Aunque la hayan practicado aquellos que ahora le permiten gobernar. Andan entretenidos –y me parece bien- con corrupciones menores. Pero no se atreven con la gran corrupción en Mallorca, que todos sabemos donde reside. ¡Vaya panorama!
No se confundan, señores políticos y votantes socialistas. Dejen de manipular al pueblo. La inmensa mayoría sabemos por qué ostentan ahora el gobierno, al margen de las estupideces del PP. Tiene que ver con algo más que un puñado de votos. Son muchas las cosas que silencian. Son manifiestas las complicidades que atesoran y la instrumentalización del poder que realizan en beneficio propio. ¿De verdad creen que no tienen nada que ver con lo que está ocurriendo en Baleares en materia de corrupción? ¿Están satisfechos, en términos democráticos, con el marchamo de la mayoría de las instituciones?
Recuerdo ahora la soflama de Aina Calvo en plena campaña electoral contra la corrupción. No estaría de más que se preguntasen si no le están dando cobertura, si no están siendo cómplices, si no están adulterando el sentido mismo del poder. No escondan la cabeza debajo del ala. No somos tontos. ¡Vaya vergüenza! Y a esto se le llama democracia, estado de derecho, progreso. ¡Ja, ja, ja!
Por mucho que disimulen, por mucho que sus ‘corifeos’ mediáticos jaleen las corrupciones del PP –se lo han ganado a pulso- se están convirtiendo en verdaderos cómplices, que diría Steiner, de la corrupción de otros. El que digan que son de izquierdas no les autoriza ni legitima para hacer lo que vienen haciendo, permitiendo, ocultando.
La complicidad con la corrupción es igualmente predicable de cuantos votaron opciones de izquierda y ahora guardan silencio porque favorece a los suyos, que están en el gobierno. La complicidad con la corrupción es también predicable de aquellos votantes que se dejaron comprar o sorprender por mensajes falsos. La complicidad con la corrupción se contrae cuando se vota en las instituciones cosas que se sabe a que obedecen, que son ilegales, que no cuentan con los informes exigidos, que están condimentados con un ‘tufillo’ de corrupción, que obliga a taparse la nariz, etc. etc. La complicidad con la corrupción se contrae cuando se aúpa a alguien al frente de alguna institución como medio de protección e instrumento de alcanzar el gobierno. Así nunca construiremos una auténtica democracia. Así tiramos piedras contra nuestro propio tejado. Así corrompemos el sentido mismo del poder. Así cada día iremos de mal en peor, como vamos. Aprendamos todos de un hombre de convicción: Julio Anguita.
Gregorio Delgado del Río.
Hace unos días, el ya casi olvidado Julio Anguita nos decía: “No podíamos ser cómplices del robo, de las torturas, de la cal viva porque fuera un partido de izquierdas quien lo hacía”. Magistral lección de ética política, impartida por un hombre de convicción, esto es, por aquel que “dice aquello que piensa y hace aquello que cree sin detenerse a medir las consecuencias, porque para él la autenticidad y la verdad deben prevalecer siempre y están por encima de consideraciones de actualidad o circunstancias” (Vargas Llosa).
¡Cómo se hecha de menos por estos pagos! Toda corrupción, señores socialistas, ha de perseguirse. Absolutamente toda. Aunque la hayan practicado aquellos que ahora le permiten gobernar. Andan entretenidos –y me parece bien- con corrupciones menores. Pero no se atreven con la gran corrupción en Mallorca, que todos sabemos donde reside. ¡Vaya panorama!
No se confundan, señores políticos y votantes socialistas. Dejen de manipular al pueblo. La inmensa mayoría sabemos por qué ostentan ahora el gobierno, al margen de las estupideces del PP. Tiene que ver con algo más que un puñado de votos. Son muchas las cosas que silencian. Son manifiestas las complicidades que atesoran y la instrumentalización del poder que realizan en beneficio propio. ¿De verdad creen que no tienen nada que ver con lo que está ocurriendo en Baleares en materia de corrupción? ¿Están satisfechos, en términos democráticos, con el marchamo de la mayoría de las instituciones?
Recuerdo ahora la soflama de Aina Calvo en plena campaña electoral contra la corrupción. No estaría de más que se preguntasen si no le están dando cobertura, si no están siendo cómplices, si no están adulterando el sentido mismo del poder. No escondan la cabeza debajo del ala. No somos tontos. ¡Vaya vergüenza! Y a esto se le llama democracia, estado de derecho, progreso. ¡Ja, ja, ja!
Por mucho que disimulen, por mucho que sus ‘corifeos’ mediáticos jaleen las corrupciones del PP –se lo han ganado a pulso- se están convirtiendo en verdaderos cómplices, que diría Steiner, de la corrupción de otros. El que digan que son de izquierdas no les autoriza ni legitima para hacer lo que vienen haciendo, permitiendo, ocultando.
La complicidad con la corrupción es igualmente predicable de cuantos votaron opciones de izquierda y ahora guardan silencio porque favorece a los suyos, que están en el gobierno. La complicidad con la corrupción es también predicable de aquellos votantes que se dejaron comprar o sorprender por mensajes falsos. La complicidad con la corrupción se contrae cuando se vota en las instituciones cosas que se sabe a que obedecen, que son ilegales, que no cuentan con los informes exigidos, que están condimentados con un ‘tufillo’ de corrupción, que obliga a taparse la nariz, etc. etc. La complicidad con la corrupción se contrae cuando se aúpa a alguien al frente de alguna institución como medio de protección e instrumento de alcanzar el gobierno. Así nunca construiremos una auténtica democracia. Así tiramos piedras contra nuestro propio tejado. Así corrompemos el sentido mismo del poder. Así cada día iremos de mal en peor, como vamos. Aprendamos todos de un hombre de convicción: Julio Anguita.
Gregorio Delgado del Río.
viernes, 18 de julio de 2008
MAS TRAMPAS IDEOLÓGICAS
Es cierto que el error forma parte del panorama habitual del ser humano. Parece razonable pensar que los errores pasados enseñan lo que no se ha de volver a repetir. Esto es, debieran dejar muy claro lo que se ha de evitar y, en consecuencia, debieran servir para ‘adelantar camino’, que dijo Balbuena.
Una vez más la izquierda vuelve a tender las famosas ‘trampas ideológicas’ a la derecha. El reciente Congreso socialista ha lanzado un ideal, que dice progresista, para transformar la sociedad, incluso más allá de la alternancia política: Aborto, eutanasia, laicidad, retirada de símbolos religiosos, reforma de la Ley de libertad religiosa, terminar con la molesta objeción de conciencia, ampliar derechos civiles.
Amplios sectores de la derecha, muy conectados con la fe católica y con el recién estrenado centrismo a lo Fraga, “parecen hacer ostentación de equivocarse”, que diría nuestro Baltasar Gracián. No han aprendido nada del pasado más reciente. Se han olvidado ya de las pasadas trampas ideológicas que les puso ZP en la anterior Legislatura y en las que fueron ingenuamente atrapados y cazados. El resultado es conocido de todos: pasar por representar lo más rancio de la sociedad y, en consecuencia, no merecedores de la confianza ciudadana para el gobierno. Esto es, seguir en la oposición.
Los sectores más a la derecha –no ajenos a un cierto fundamentalismo- debieran, a mi entender, no insistir tanto en reconducirlo todo a una actitud laicista y sectaria del Gobierno Zapatero. Sencillamente, porque no es cierto, al menos en todos los casos. Desde luego, no se entiende muy bien el empeño en negar una evidencia: el Estado español es un Estado laico, que no laicista. Nuestra Constitución –aunque muchos se empeñen en ignorarlo- dice algo que va mucho más allá de la declaración según la cual “ninguna confesión tendrá carácter estatal”.
Tal fijación del modo de actuar el Estado respecto del factor religioso (laicidad) tiene ciertas consecuencias que, mal que les pese a estos sectores -debido, sin duda, a situaciones privilegiadas de las que disfrutaron en el pasado y que ya no tienen razón de ser-, son inevitables y exigibles a cualquier Gobierno, sea del signo que sea. Me parece respetable que ellos tengan otros modos diferentes de entender ciertas realidades sociales. Están en su derecho y gozan de la tutela para proclamarlo a los cuatros vientos. Pero, de ahí, a exigir que el Estado deba acomodar su legislación a estos diferentes modos de ver y organizar la realidad, va un abismo. Por ello sobra el tan frecuente histrionismo y el poner el grito en el cielo, del que hacen gala.
Conviene decirlo con claridad. Ni el llamado divorcio exprés, ni la regulación de la eutanasia, ni la superación de la hipocresía que sustenta el actual aborto sin límites reales, ni la eliminación de la presencia de símbolos religiosos en las Instituciones públicas, ni la ayuda y apoyo a las Confesiones religiosas distintas de la católica (todos son ciudadanos españoles), ni la modificación, siempre posible, de la Ley de libertad religiosa, por ejemplo, son actuaciones, en principio, sectarias ni expresión de un caduco sectarismo. Como máximo, deberíamos suspender el juicio y esperar a ver el contenido concreto en que se intente plasmar esa supuesta transformación social.
Tampoco entiendo que la actual derecha política se oponga, sin más, a estas iniciativas gubernamentales. Sí, Sr. Rajoy, interesan a la gente de la calle y mucho más de lo que a Vd. le parece. Esas cuestiones, muy transcendentales para el ciudadano como tal y para muchos profesionales, no pueden ser ajenas a la labor de la oposición. Cierto que existen también otros problemas y algunos muy acuciantes. Pero la política y el gobierno implican siempre prioridades. Cometerán un grave error y caerán, como tantas veces, en las trampas ideológicas de la izquierda si pretenden, con el pretexto de la crisis económica cierta, salirse por la tangente.
Es cierto que el error forma parte del panorama habitual del ser humano. Parece razonable pensar que los errores pasados enseñan lo que no se ha de volver a repetir. Esto es, debieran dejar muy claro lo que se ha de evitar y, en consecuencia, debieran servir para ‘adelantar camino’, que dijo Balbuena.
Una vez más la izquierda vuelve a tender las famosas ‘trampas ideológicas’ a la derecha. El reciente Congreso socialista ha lanzado un ideal, que dice progresista, para transformar la sociedad, incluso más allá de la alternancia política: Aborto, eutanasia, laicidad, retirada de símbolos religiosos, reforma de la Ley de libertad religiosa, terminar con la molesta objeción de conciencia, ampliar derechos civiles.
Amplios sectores de la derecha, muy conectados con la fe católica y con el recién estrenado centrismo a lo Fraga, “parecen hacer ostentación de equivocarse”, que diría nuestro Baltasar Gracián. No han aprendido nada del pasado más reciente. Se han olvidado ya de las pasadas trampas ideológicas que les puso ZP en la anterior Legislatura y en las que fueron ingenuamente atrapados y cazados. El resultado es conocido de todos: pasar por representar lo más rancio de la sociedad y, en consecuencia, no merecedores de la confianza ciudadana para el gobierno. Esto es, seguir en la oposición.
Los sectores más a la derecha –no ajenos a un cierto fundamentalismo- debieran, a mi entender, no insistir tanto en reconducirlo todo a una actitud laicista y sectaria del Gobierno Zapatero. Sencillamente, porque no es cierto, al menos en todos los casos. Desde luego, no se entiende muy bien el empeño en negar una evidencia: el Estado español es un Estado laico, que no laicista. Nuestra Constitución –aunque muchos se empeñen en ignorarlo- dice algo que va mucho más allá de la declaración según la cual “ninguna confesión tendrá carácter estatal”.
Tal fijación del modo de actuar el Estado respecto del factor religioso (laicidad) tiene ciertas consecuencias que, mal que les pese a estos sectores -debido, sin duda, a situaciones privilegiadas de las que disfrutaron en el pasado y que ya no tienen razón de ser-, son inevitables y exigibles a cualquier Gobierno, sea del signo que sea. Me parece respetable que ellos tengan otros modos diferentes de entender ciertas realidades sociales. Están en su derecho y gozan de la tutela para proclamarlo a los cuatros vientos. Pero, de ahí, a exigir que el Estado deba acomodar su legislación a estos diferentes modos de ver y organizar la realidad, va un abismo. Por ello sobra el tan frecuente histrionismo y el poner el grito en el cielo, del que hacen gala.
Conviene decirlo con claridad. Ni el llamado divorcio exprés, ni la regulación de la eutanasia, ni la superación de la hipocresía que sustenta el actual aborto sin límites reales, ni la eliminación de la presencia de símbolos religiosos en las Instituciones públicas, ni la ayuda y apoyo a las Confesiones religiosas distintas de la católica (todos son ciudadanos españoles), ni la modificación, siempre posible, de la Ley de libertad religiosa, por ejemplo, son actuaciones, en principio, sectarias ni expresión de un caduco sectarismo. Como máximo, deberíamos suspender el juicio y esperar a ver el contenido concreto en que se intente plasmar esa supuesta transformación social.
Tampoco entiendo que la actual derecha política se oponga, sin más, a estas iniciativas gubernamentales. Sí, Sr. Rajoy, interesan a la gente de la calle y mucho más de lo que a Vd. le parece. Esas cuestiones, muy transcendentales para el ciudadano como tal y para muchos profesionales, no pueden ser ajenas a la labor de la oposición. Cierto que existen también otros problemas y algunos muy acuciantes. Pero la política y el gobierno implican siempre prioridades. Cometerán un grave error y caerán, como tantas veces, en las trampas ideológicas de la izquierda si pretenden, con el pretexto de la crisis económica cierta, salirse por la tangente.
sábado, 28 de junio de 2008
Locura frente a cordura
En el intransferible viaje hacia el interior de nosotros mismos, hace tiempo que descubrí que el secreto reside en conocerse a sí mismo. En esta tormentosa búsqueda me sentí iluminado desde el principio por la lectura de Khalil Gibrán. Posteriormente y desde una perspectiva diferente pero complementaria, ha guiado mis pasos el autor del Manifiesto contra el progreso, Agustín López Tobajas.
Este poderoso principio de sabiduría –conviene advertirlo de entrada- no es posible, si seguimos obligados a la superficial y mediocre perfección de la corrección social. Sería tanto como renunciar, por principio, a buscar el propio camino y aceptar como bueno todo lo que sugieren otros, aunque sea totalitario. Tampoco será posible si, como parece consustancial a la condición humana, nos empeñamos en aceptar la cordura de la apariencia. Sería tanto como resignarnos ante el hecho que ya reprochara Esquilo: ‘la mayor parte de los hombres prefieren parecer que ser’. Ni, finalmente, será alcanzable si nos engañamos a nosotros mismos con la máscara que oculta nuestro desnudo y verdadero rostro. No importa que los demás se rían y nos llamen locos.
Cuando, por fin, hemos decidido, con todas las debilidades que nos acompañan, mostrar el verdadero hombre, limpiar el alma, desprendernos de tantas impurezas y convencionalismos como se nos pegan al espíritu, tenemos que enfrentarnos a un último esfuerzo: resistir que los demás nos vean como ‘locos’. ¡Difícil alternativa! Pero, posible, sin duda. Incluso aunque cuente con la incomprensión de los correctos.
Una vez situados en esta nueva dimensión, la lucha diaria cobra un sentido diferente. Las cosas se hacen por motivos que tienen que ver con la libertad y la salvación personales.
Pues bien, situados en esta nueva dimensión, podemos, por ejemplo, contemplar con un espíritu diferente, más en profundidad de la simple apariencia convencional, muchas de las actitudes que conforman en la actualidad el denominado sistema de valores y que tendemos a recibir como bueno sin que sepamos exactamente por qué. Quizás por la simple y falaz razón de que está de moda, porque así lo dice la TV, porque es ‘progresista’. Un ejemplo, tomado, precisamente, de López Tobajas, puede iluminar el mensaje crítico que deseamos sugerir al amable lector.
Cada día la gente tiende a ser más sensible respecto de la salud del cuerpo. Cada día nos preocupa más la pureza biológica de los alimentos que ingerimos. Cada día buscamos, con mayor intensidad, al comprar ciertos productos, su certificado biológico, su carácter ecológico, sus componentes químicos. Cada día tenemos una conciencia más exigente respecto de la pureza del medio ambiente y de las energías contaminantes. Todo ello nos parece que forma parte de una nueva cultura: armonizar técnica y limpieza. Todo ello es positivo, sin duda. Pero, insuficiente.
Desde la perspectiva inicial, en busca de la propia liberación y salvación, esta cultura no deja de fijarse en lo secundario, en lo superficial. Debemos intentar ir un poco más allá y encontrarnos con la propia autenticidad, la propia explicación y razón de ser personal. La nueva cultura, paradójicamente, coincide con el abandono de otras dimensiones personales más esenciales. Como ha subrayado López Tobajas, ‘no queda espacio para salud del alma’, ‘alimentamos el espíritu con basuras’ y ‘no … parece descabellada la posibilidad de que un mundo técnicamente limpio sea espiritualmente un infierno’.
Como nos recuerda el autor de El Profeta, serán muchos quienes se rían de nosotros y hasta nos llamen ‘locos’. Sin embargo, no olvidemos con él que “en el reino de las apariencias, la simulación es cordura, y cualquier autenticidad, locura. Bendita sea la locura que nos libera del reino de las apariencias”.
En el intransferible viaje hacia el interior de nosotros mismos, hace tiempo que descubrí que el secreto reside en conocerse a sí mismo. En esta tormentosa búsqueda me sentí iluminado desde el principio por la lectura de Khalil Gibrán. Posteriormente y desde una perspectiva diferente pero complementaria, ha guiado mis pasos el autor del Manifiesto contra el progreso, Agustín López Tobajas.
Este poderoso principio de sabiduría –conviene advertirlo de entrada- no es posible, si seguimos obligados a la superficial y mediocre perfección de la corrección social. Sería tanto como renunciar, por principio, a buscar el propio camino y aceptar como bueno todo lo que sugieren otros, aunque sea totalitario. Tampoco será posible si, como parece consustancial a la condición humana, nos empeñamos en aceptar la cordura de la apariencia. Sería tanto como resignarnos ante el hecho que ya reprochara Esquilo: ‘la mayor parte de los hombres prefieren parecer que ser’. Ni, finalmente, será alcanzable si nos engañamos a nosotros mismos con la máscara que oculta nuestro desnudo y verdadero rostro. No importa que los demás se rían y nos llamen locos.
Cuando, por fin, hemos decidido, con todas las debilidades que nos acompañan, mostrar el verdadero hombre, limpiar el alma, desprendernos de tantas impurezas y convencionalismos como se nos pegan al espíritu, tenemos que enfrentarnos a un último esfuerzo: resistir que los demás nos vean como ‘locos’. ¡Difícil alternativa! Pero, posible, sin duda. Incluso aunque cuente con la incomprensión de los correctos.
Una vez situados en esta nueva dimensión, la lucha diaria cobra un sentido diferente. Las cosas se hacen por motivos que tienen que ver con la libertad y la salvación personales.
Pues bien, situados en esta nueva dimensión, podemos, por ejemplo, contemplar con un espíritu diferente, más en profundidad de la simple apariencia convencional, muchas de las actitudes que conforman en la actualidad el denominado sistema de valores y que tendemos a recibir como bueno sin que sepamos exactamente por qué. Quizás por la simple y falaz razón de que está de moda, porque así lo dice la TV, porque es ‘progresista’. Un ejemplo, tomado, precisamente, de López Tobajas, puede iluminar el mensaje crítico que deseamos sugerir al amable lector.
Cada día la gente tiende a ser más sensible respecto de la salud del cuerpo. Cada día nos preocupa más la pureza biológica de los alimentos que ingerimos. Cada día buscamos, con mayor intensidad, al comprar ciertos productos, su certificado biológico, su carácter ecológico, sus componentes químicos. Cada día tenemos una conciencia más exigente respecto de la pureza del medio ambiente y de las energías contaminantes. Todo ello nos parece que forma parte de una nueva cultura: armonizar técnica y limpieza. Todo ello es positivo, sin duda. Pero, insuficiente.
Desde la perspectiva inicial, en busca de la propia liberación y salvación, esta cultura no deja de fijarse en lo secundario, en lo superficial. Debemos intentar ir un poco más allá y encontrarnos con la propia autenticidad, la propia explicación y razón de ser personal. La nueva cultura, paradójicamente, coincide con el abandono de otras dimensiones personales más esenciales. Como ha subrayado López Tobajas, ‘no queda espacio para salud del alma’, ‘alimentamos el espíritu con basuras’ y ‘no … parece descabellada la posibilidad de que un mundo técnicamente limpio sea espiritualmente un infierno’.
Como nos recuerda el autor de El Profeta, serán muchos quienes se rían de nosotros y hasta nos llamen ‘locos’. Sin embargo, no olvidemos con él que “en el reino de las apariencias, la simulación es cordura, y cualquier autenticidad, locura. Bendita sea la locura que nos libera del reino de las apariencias”.
lunes, 16 de junio de 2008
VARIANTES
Ya estamos en plena crisis y no sólo económica. Y, ahora, ¿qué? ¿Dónde está el patriota ZP? ¿Qué nos cuenta ahora la inmensa caterva de ‘mediocres intelectuales’, de ‘improvisados tertulianos’ al servicio de sí mismos, de ‘periodistas de la corrección’ dando cobertura al moderno totalitarismo, de ‘titiriteros’ socialistas? ¿Dónde están ahora tantos votantes de la izquierda que exhibían prepotentemente su triunfo electoral? ¿Recuerdan aquel ‘no nos merecemos un gobierno que nos mienta’? ¿Dónde está la oposición? ¿Quizás pasando página? ¿Quizás buscando el centro? ¡Cuánta traición al pueblo, madre mía! ¡Cuánta mentira y cuánta trampa! Vienen tiempos duros, pero propicios para la reflexión personal y democrática. Es inútil emperrarse en la estupidez humana. La realidad, como decía Lenin, es tozuda, muy tozuda y acaba por imponerse. ¿Se imaginan que ocurriría si, en este estado de cosas, el inquilino de la Moncloa se llamase Aznar? Seguro que la izquierda, como tiene acreditado, reaccionaría desde una posición centrada. ¡Ja, ja, ja! Decididamente, creo, con Mario Benedetti, que la cosa es “como para ponerse a reflexionar sobre las imprevistas variantes de la imbecilidad humana”.
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 13-19.06.2008, pág. 2
Ya estamos en plena crisis y no sólo económica. Y, ahora, ¿qué? ¿Dónde está el patriota ZP? ¿Qué nos cuenta ahora la inmensa caterva de ‘mediocres intelectuales’, de ‘improvisados tertulianos’ al servicio de sí mismos, de ‘periodistas de la corrección’ dando cobertura al moderno totalitarismo, de ‘titiriteros’ socialistas? ¿Dónde están ahora tantos votantes de la izquierda que exhibían prepotentemente su triunfo electoral? ¿Recuerdan aquel ‘no nos merecemos un gobierno que nos mienta’? ¿Dónde está la oposición? ¿Quizás pasando página? ¿Quizás buscando el centro? ¡Cuánta traición al pueblo, madre mía! ¡Cuánta mentira y cuánta trampa! Vienen tiempos duros, pero propicios para la reflexión personal y democrática. Es inútil emperrarse en la estupidez humana. La realidad, como decía Lenin, es tozuda, muy tozuda y acaba por imponerse. ¿Se imaginan que ocurriría si, en este estado de cosas, el inquilino de la Moncloa se llamase Aznar? Seguro que la izquierda, como tiene acreditado, reaccionaría desde una posición centrada. ¡Ja, ja, ja! Decididamente, creo, con Mario Benedetti, que la cosa es “como para ponerse a reflexionar sobre las imprevistas variantes de la imbecilidad humana”.
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 13-19.06.2008, pág. 2
VENENO EN COPA DE ORO
Cuando se contempla, desde fuera, el espectáculo que nos está ofreciendo la casta dirigente del PP, sus compromisarios y afiliados, uno entiende el dicho de Schiller para quien “hay un tipo de estupidez contra la que hasta los dioses luchan en vano”. ¡Mira que la cosa está clarísima! Los mismos medios, los mismos intelectuales y periodistas pesebreros de la izquierda zapateril, que se han pasado cuatro años poniendo a Rajoy a bajar de un burro, llamándole de todo, descalificándole del modo más grosero, tildándole de todo lo inimaginable, son -¡qué casualidad!- quienes le consideran ahora una piedra angular para construir la democracia en este país. El dato debería llevarles a sospechar y dudar. ¿Por qué será que el adversario se ha convertido en defensor e imprevisto adulador? Desde luego, por nada que tenga que ver con el liderazgo de Rajoy y el triunfo del PP. No lo duden: a la izquierda le interesa un Rajoy débil y domesticado. Recuerdo al respecto la sabia reflexión de Demófilo: “Creer en las pérfidas insinuaciones de un adulador es como beber veneno en copa de oro”.
Publicado en “Bon Día Mallorca”, 30.05.2008, pág. 2
Cuando se contempla, desde fuera, el espectáculo que nos está ofreciendo la casta dirigente del PP, sus compromisarios y afiliados, uno entiende el dicho de Schiller para quien “hay un tipo de estupidez contra la que hasta los dioses luchan en vano”. ¡Mira que la cosa está clarísima! Los mismos medios, los mismos intelectuales y periodistas pesebreros de la izquierda zapateril, que se han pasado cuatro años poniendo a Rajoy a bajar de un burro, llamándole de todo, descalificándole del modo más grosero, tildándole de todo lo inimaginable, son -¡qué casualidad!- quienes le consideran ahora una piedra angular para construir la democracia en este país. El dato debería llevarles a sospechar y dudar. ¿Por qué será que el adversario se ha convertido en defensor e imprevisto adulador? Desde luego, por nada que tenga que ver con el liderazgo de Rajoy y el triunfo del PP. No lo duden: a la izquierda le interesa un Rajoy débil y domesticado. Recuerdo al respecto la sabia reflexión de Demófilo: “Creer en las pérfidas insinuaciones de un adulador es como beber veneno en copa de oro”.
Publicado en “Bon Día Mallorca”, 30.05.2008, pág. 2
OÍR LO QUE NO QUIERES
Aunque no lo crean, no me ha causado asombro, como a otros, ver al Cardenal de Barcelona y al Director de la programación socio-religiosa de la COPE, chapoteando en el charco de la corrección social y política : el problema al que nos enfrentamos en España se llama Federico. Ambos han caído en la trampa. Ambos han sido fieles a la mejor tradición eclesiástica. Ambos han evidenciado, por desgracia, que no creen en la libertad entendida como el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír (George Orwell). ¡Qué pena! El Señor Cardenal, por supuesto, tiene todo el derecho a ejercer su libertad de expresión. Nadie, por cierto, lo ha puesto en duda. Igualmente Manuel María Bru puede asegurar que nunca le “ha convencido la defensa de la libertad de los `liberales´". Pero, ambos deberían saber, como dijo Alceo de Mitilene, que “si vas a decir lo que quieres, también vas oír lo que no quieres”. La alusión, la denuncia y la puesta en evidencia frente a tantas y tantas contradicciones como todos, también los eclesiásticos, atesoramos.
Publicado en “Bon Día Mallorca”, 6-12.06.2008, pág. 2
Aunque no lo crean, no me ha causado asombro, como a otros, ver al Cardenal de Barcelona y al Director de la programación socio-religiosa de la COPE, chapoteando en el charco de la corrección social y política : el problema al que nos enfrentamos en España se llama Federico. Ambos han caído en la trampa. Ambos han sido fieles a la mejor tradición eclesiástica. Ambos han evidenciado, por desgracia, que no creen en la libertad entendida como el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír (George Orwell). ¡Qué pena! El Señor Cardenal, por supuesto, tiene todo el derecho a ejercer su libertad de expresión. Nadie, por cierto, lo ha puesto en duda. Igualmente Manuel María Bru puede asegurar que nunca le “ha convencido la defensa de la libertad de los `liberales´". Pero, ambos deberían saber, como dijo Alceo de Mitilene, que “si vas a decir lo que quieres, también vas oír lo que no quieres”. La alusión, la denuncia y la puesta en evidencia frente a tantas y tantas contradicciones como todos, también los eclesiásticos, atesoramos.
Publicado en “Bon Día Mallorca”, 6-12.06.2008, pág. 2
domingo, 25 de mayo de 2008
IGUALES Y DISTINTOS
El pasado 18 de abril, Gabriel Albiac se expresaba así: “Iguales son los derechos. Iguales son las leyes. Y el lazo constrictivo que ata a todo ciudadano a su imperio. Pero nunca son los individuos. ‘Individuo’ quiere decir distinto”. La reciente Sentencia del Tribunal constitucional ha vuelto a acreditar su ideologización al servicio del poder ejecutivo de turno. En este caso, del Gobierno ZP. No le ha importado dar por bueno un criterio que nos retrotrae al Antiguo Régimen. Ni el Gobierno ni el TC se han comportado –a pesar de lo que presumen- de modo progresista. Al contrario, muy al contrario. Todo trato desigual es discriminatorio. La misma conducta –esto es lo progresista- no puede merecer una pena diferente. Ya sé que la corrección femenina, política y social se casa con lo que sea. ¡No faltaba más! Pero ello no le otorga ni autoridad, ni credibilidad, ni racionalidad, ni carácter democrático y progresista. ¡Qué le vamos a hacer! Así son las cosas desde el 21 de julio de 1789. Los humanos somos distintos y ni la ley nos iguala en cuanto tales.
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 322 (2008), pág. 2
El pasado 18 de abril, Gabriel Albiac se expresaba así: “Iguales son los derechos. Iguales son las leyes. Y el lazo constrictivo que ata a todo ciudadano a su imperio. Pero nunca son los individuos. ‘Individuo’ quiere decir distinto”. La reciente Sentencia del Tribunal constitucional ha vuelto a acreditar su ideologización al servicio del poder ejecutivo de turno. En este caso, del Gobierno ZP. No le ha importado dar por bueno un criterio que nos retrotrae al Antiguo Régimen. Ni el Gobierno ni el TC se han comportado –a pesar de lo que presumen- de modo progresista. Al contrario, muy al contrario. Todo trato desigual es discriminatorio. La misma conducta –esto es lo progresista- no puede merecer una pena diferente. Ya sé que la corrección femenina, política y social se casa con lo que sea. ¡No faltaba más! Pero ello no le otorga ni autoridad, ni credibilidad, ni racionalidad, ni carácter democrático y progresista. ¡Qué le vamos a hacer! Así son las cosas desde el 21 de julio de 1789. Los humanos somos distintos y ni la ley nos iguala en cuanto tales.
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 322 (2008), pág. 2
jueves, 22 de mayo de 2008
TODOS A UNA
Recuerdo la escena. Días antes de las elecciones generales, unos cuantos amigos nos dimos cita en un conocido restaurante. Alguien preguntó a un prestigiado político asistente qué pasaría en Mallorca con el PP. Éste respondió: Si perdemos las generales, se devorarán entre sí. Tan atinado diagnóstico del viejo roquero de la política mallorquina, se está cumpliendo y no ha hecho más que empezar a llover.
Desde que, allá por 1981, decidí renunciar a la cátedra en la Universidad literaria de Valencia y trasladarme a la de la UIB, el cartel que nos ofrece el PP se viene repitiendo casi invariablemente. Se han dejado invadir por la metástasis que aqueja a la profesionalización de la política. Están dispuestos a todo con tal de mantenerse en el abrevadero público. Les va en ello, en la mayoría de los casos, el menú del día. No renuncian, de motu proprio, ni aunque los maten. Se esfuerzan en manejar un vocabulario correcto que oculta, en realidad, su afán por continuar o, según los casos, por ganar la posición en caso de que caiga en el futuro el gordo del poder. Hacen, en tan interesado afán, lo que no está en los escritos. ¡Vaya espectáculo!
La nomenclatura pepera, con Estarás a la cabeza, viene oponiendo gran resistencia a ser consecuentes con los resultados logrados. En vez de irse a su casa, han ideado un itinerario que les lleve a alzarse de nuevo con el santo y la limosna. No tienen escrúpulo democrático alguno en utilizar el aparato del partido en beneficio propio. Antes de elegir los compromisarios –a esto se le llama profetismo- ya sabían que contaban con sus avales. Salvo en Palma y Calviá, sólo se presentaron a compromisarios un número de afiliados igual a los que podían ser elegidos. Curioso, ¿no? ¡Seguro que en ello nada tuvo que ver el partido! Están poniendo en práctica, con Fiol de moderador -uno de los causantes más directos de la debacle electoral por su deriva catalanista-, toda clase de marrullerías con un solo objetivo: impedir que Carlos Delgado pueda cantarles las cuarenta en pleno Congreso. ¡Vaya espectáculo!
Como ya dije en otro momento por activa, pasiva y perifrástica, Rosa Estarás “lo que siempre ha querido es evitar el debate abierto, el cuerpo a cuerpo, el que se escuchen voces críticas respecto de la acción política pasada y futura. Tiene verdadero pavor a la discusión abierta sobre las ideas y propuestas, sobre los necesarios cambios de imagen y de marca, sobre las actitudes éticas en la gestión pública, sobre las personas que van a encarnar el nuevo rostro del PP, sobre el tipo de oposición que tiene que hacer, sobre si resisten de verdad al cambio de régimen que está en marcha, sobre cuál es la estrategia y el planteamiento ideológicos, sobre cuál es su posicionamiento en materia lingüística, etc., etc.” ¡Vaya espectáculo!
Ante trance tan embarazoso, ante semejante circo tan poco democrático, ante las cosas que están en juego, sólo cabe esperar que los compromisarios estén a la altura de las circunstancias. Primero, yendo al Congreso, sin haber hipotecado su voto y, segundo, sin dejarse utilizar por el aparato del partido para fines –no lo duden- bastardos. Si ocurriese –con la complicidad de muchos- que Carlos Delgado viese prohibido su acceso a la Tribuna del congreso, las consecuencias serían muy graves, sobre todo para Rosa Esterás. Espero que no sean tan torpes de otorgar al temido opositor el privilegiado título de mártir del aparato burocrático. No echen sobre sus espaldas el saco tramposo del aparato. Carguen –por muy cuesta arriba que se les haga- con el fardo de la libertad e independencia y pasarán a la historia por la lección de democracia que darán a su propio partido y a la izquierda. Sientan la vergüenza ajena y, después, escuchen, analicen, comparen, valoren y voten en libertad.
Tampoco deberían llamarse andana los afiliados peperos. Ya deberían estar tomando nota de las actitudes que advierten, de los gestos, de los protagonistas, del espectáculo que se les ofrece. De verdad, ¿se sienten orgullosos de su partido? No contesten aún. Esperen un poco más y tendrán más elementos de juicio. Si se confirman los malos augurios y el aparato les torea a todos, ¿qué harán? No seré yo quien les diga que tienen que hacer. Simplemente les digo lo que yo haría si me encontrase en esa tesitura: romper el carnet.
Sería fantástico que, como aquel 23 de abril de 1476, actuasen como los de Fuenteovejuna, todos a una. Esto es, el afiliado anónimo y sencillo, a quien no suele tenerse en cuenta para nada, al menos por una vez, se atreve a actuar como único Juez de tan escandalosa situación.
Gregorio Delgado del Río
Recuerdo la escena. Días antes de las elecciones generales, unos cuantos amigos nos dimos cita en un conocido restaurante. Alguien preguntó a un prestigiado político asistente qué pasaría en Mallorca con el PP. Éste respondió: Si perdemos las generales, se devorarán entre sí. Tan atinado diagnóstico del viejo roquero de la política mallorquina, se está cumpliendo y no ha hecho más que empezar a llover.
Desde que, allá por 1981, decidí renunciar a la cátedra en la Universidad literaria de Valencia y trasladarme a la de la UIB, el cartel que nos ofrece el PP se viene repitiendo casi invariablemente. Se han dejado invadir por la metástasis que aqueja a la profesionalización de la política. Están dispuestos a todo con tal de mantenerse en el abrevadero público. Les va en ello, en la mayoría de los casos, el menú del día. No renuncian, de motu proprio, ni aunque los maten. Se esfuerzan en manejar un vocabulario correcto que oculta, en realidad, su afán por continuar o, según los casos, por ganar la posición en caso de que caiga en el futuro el gordo del poder. Hacen, en tan interesado afán, lo que no está en los escritos. ¡Vaya espectáculo!
La nomenclatura pepera, con Estarás a la cabeza, viene oponiendo gran resistencia a ser consecuentes con los resultados logrados. En vez de irse a su casa, han ideado un itinerario que les lleve a alzarse de nuevo con el santo y la limosna. No tienen escrúpulo democrático alguno en utilizar el aparato del partido en beneficio propio. Antes de elegir los compromisarios –a esto se le llama profetismo- ya sabían que contaban con sus avales. Salvo en Palma y Calviá, sólo se presentaron a compromisarios un número de afiliados igual a los que podían ser elegidos. Curioso, ¿no? ¡Seguro que en ello nada tuvo que ver el partido! Están poniendo en práctica, con Fiol de moderador -uno de los causantes más directos de la debacle electoral por su deriva catalanista-, toda clase de marrullerías con un solo objetivo: impedir que Carlos Delgado pueda cantarles las cuarenta en pleno Congreso. ¡Vaya espectáculo!
Como ya dije en otro momento por activa, pasiva y perifrástica, Rosa Estarás “lo que siempre ha querido es evitar el debate abierto, el cuerpo a cuerpo, el que se escuchen voces críticas respecto de la acción política pasada y futura. Tiene verdadero pavor a la discusión abierta sobre las ideas y propuestas, sobre los necesarios cambios de imagen y de marca, sobre las actitudes éticas en la gestión pública, sobre las personas que van a encarnar el nuevo rostro del PP, sobre el tipo de oposición que tiene que hacer, sobre si resisten de verdad al cambio de régimen que está en marcha, sobre cuál es la estrategia y el planteamiento ideológicos, sobre cuál es su posicionamiento en materia lingüística, etc., etc.” ¡Vaya espectáculo!
Ante trance tan embarazoso, ante semejante circo tan poco democrático, ante las cosas que están en juego, sólo cabe esperar que los compromisarios estén a la altura de las circunstancias. Primero, yendo al Congreso, sin haber hipotecado su voto y, segundo, sin dejarse utilizar por el aparato del partido para fines –no lo duden- bastardos. Si ocurriese –con la complicidad de muchos- que Carlos Delgado viese prohibido su acceso a la Tribuna del congreso, las consecuencias serían muy graves, sobre todo para Rosa Esterás. Espero que no sean tan torpes de otorgar al temido opositor el privilegiado título de mártir del aparato burocrático. No echen sobre sus espaldas el saco tramposo del aparato. Carguen –por muy cuesta arriba que se les haga- con el fardo de la libertad e independencia y pasarán a la historia por la lección de democracia que darán a su propio partido y a la izquierda. Sientan la vergüenza ajena y, después, escuchen, analicen, comparen, valoren y voten en libertad.
Tampoco deberían llamarse andana los afiliados peperos. Ya deberían estar tomando nota de las actitudes que advierten, de los gestos, de los protagonistas, del espectáculo que se les ofrece. De verdad, ¿se sienten orgullosos de su partido? No contesten aún. Esperen un poco más y tendrán más elementos de juicio. Si se confirman los malos augurios y el aparato les torea a todos, ¿qué harán? No seré yo quien les diga que tienen que hacer. Simplemente les digo lo que yo haría si me encontrase en esa tesitura: romper el carnet.
Sería fantástico que, como aquel 23 de abril de 1476, actuasen como los de Fuenteovejuna, todos a una. Esto es, el afiliado anónimo y sencillo, a quien no suele tenerse en cuenta para nada, al menos por una vez, se atreve a actuar como único Juez de tan escandalosa situación.
Gregorio Delgado del Río
domingo, 11 de mayo de 2008
DE COLOR AMARILLO
Hace unos días, Esperanza Aguirre, proclamó que no se resignaba a que el progresismo cultural y político siga presentando al PP “como un partido antiguo y retrógrado”. Fina intuición política, sin duda, que, al parecer, no ha estado al alcance de la inmensa mayoría de los dirigentes del Partido popular. Y, sin embargo, nos parece una tarea de futuro insoslayable, que debería integrar cualquier proyecto político atractivo.
No estaría de más recordar, en una primera mirada, que semejante sambenito se lo echan a uno en penitencia por los propios pecados. En plena era hipermoderna, no deja de ser, frente a las aspiraciones de liderar una sociedad, un pecado grave el asumir, como propia, la defensa de ciertas posiciones doctrinales y morales de la Iglesia católica. A estas alturas del s. XXI, un partido moderno debe, por el contrario, asumir la laicidad como un valor de modernidad, de civilización, de neutralidad, de progreso. Y, ello con todas las consecuencias.
Jamás un partido, como el PP, que se define como laico, debe entretenerse en los vericuetos de la llamada aconfesionalidad del Estado y que, en el fondo, sólo busca mantener, con términos actuales, situaciones propias del pasado, esto es, añoranzas de aquellos tiempos en que la moral católica impregnaba el tejido social y político. Aunque se encuentre en el texto constitucional, el concepto no expresa otra cosa que la dimensión negativa de la postura del Estado frente a lo religioso. Esto es, el Estado no profesa, como antes, religión alguna. Faltaría más a estas alturas. El PP tiene que entender que la laicidad le reclama un paso más, en positivo, en neutralidad, en igualdad de trato, en permitir un ámbito o espacio de actuación pública de lo religioso.
Desde la anterior perspectiva constitucional e identitaria, no se entiende fácilmente por qué el PP ha de cargar con la defensa de posiciones doctrinales y morales católicas. Este ha sido –en más ocasiones de las debidas- uno de sus pecados. Al menos, ha dado pié a entenderlo así. Lo cual –al margen de la profesión de fe de cada cual- explica que le hayan echado el sambenito de carca, de antiguo, de clerical, de tradicional. Quizás un ejemplo aclare nuestro punto de vista. No acierto a comprender por qué el PP tiene que meterse en el charco del matrimonio entre homosexuales, en el de la píldora del día después o en el del divorcio exprés. Necesariamente tuvo que salir salpicado y ensuciado. A esto se le llama caer en la propia trampa o tejer la propia tela de araña que le mantendrá prisionero.
Ya sé que tal tacha puede parecer a muchos injusta. Pero, entonces, ¿por qué se lo ponen tan fácil al adversario? ¿Por qué se extrañan que los pinten de color amarillo si Jaume Matas -nadie protestó ni alzó la voz-, en el anterior Congreso, yuguló, sin contemplaciones, el debate propuesto por la Comisión en torno al matrimonio de los homosexuales? ¿Cómo es posible que se acepte, sin rechistar, tan antidemocrático ejercicio del liderazgo? ¿Qué puede explicar tan ostentosos patinazos?
Estas cosas le pasan, en mi opinión, porque no tienen debidamente definido/renovado el proyecto político y porque se rodean, en el puente de mando, de personas con altas dosis de vinculación y fidelidad a otros intereses más exigentes. En concreto, los de obediencia religiosa. Para nadie es un secreto que, en el PP balear –también a nivel nacional y en el Gobierno Matas- han pululado y pululan personas adscritas a grupos religiosos católicos muy tradicionales, conservadores y fundamentalistas. Para nadie es un secreto que actúan como verdaderos grupos internos de presión, que, en muchos casos, consiguen imponer ciertas orientaciones y actuaciones políticas en todo lo que tenga que ver con las preocupaciones -la familia, la moral sexual, etc.- y tomas de posición de la Iglesia católica. Tampoco es, para nadie, un secreto que, en esos ámbitos tan puritanos y ejemplificadores, se práctica sin reparo alguno la marginación y exclusión de aquellas personas –por muy competentes que sean- que consideran “heterodoxas” y/o “traidoras”. Eso sí, en nombre de Dios. A partir de tan lamentable realidad –que muy pocos se atreven a denunciar- uno se explica muchas cosas que pasan y que –me temo- seguirán pasando en el PP.
El colmo de semejante desvarío radica que, a la postre, no obstante ser favorecidos por el poder -a veces, con terrenos a bajo precio para servicios educativos-, se suelen volver contra quien los ha alimentado. Muchos de los votos en blanco, muchas de las abstenciones en las pasadas elecciones autonómicas –¿todavía no se ha enterado, Sra Estarás?- procedían de militantes y simpatizantes indignados por tanta trasgresión de la moral católica en la gestión pública del gobierno.
No estaría de más que los candidatos a presidir el PP balear nos aclaren cuál es su posición al respecto y dejarse de gastar energías en controlar vergonzosamente a los compromisarios.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 10.05.2008, pág. 11.
Hace unos días, Esperanza Aguirre, proclamó que no se resignaba a que el progresismo cultural y político siga presentando al PP “como un partido antiguo y retrógrado”. Fina intuición política, sin duda, que, al parecer, no ha estado al alcance de la inmensa mayoría de los dirigentes del Partido popular. Y, sin embargo, nos parece una tarea de futuro insoslayable, que debería integrar cualquier proyecto político atractivo.
No estaría de más recordar, en una primera mirada, que semejante sambenito se lo echan a uno en penitencia por los propios pecados. En plena era hipermoderna, no deja de ser, frente a las aspiraciones de liderar una sociedad, un pecado grave el asumir, como propia, la defensa de ciertas posiciones doctrinales y morales de la Iglesia católica. A estas alturas del s. XXI, un partido moderno debe, por el contrario, asumir la laicidad como un valor de modernidad, de civilización, de neutralidad, de progreso. Y, ello con todas las consecuencias.
Jamás un partido, como el PP, que se define como laico, debe entretenerse en los vericuetos de la llamada aconfesionalidad del Estado y que, en el fondo, sólo busca mantener, con términos actuales, situaciones propias del pasado, esto es, añoranzas de aquellos tiempos en que la moral católica impregnaba el tejido social y político. Aunque se encuentre en el texto constitucional, el concepto no expresa otra cosa que la dimensión negativa de la postura del Estado frente a lo religioso. Esto es, el Estado no profesa, como antes, religión alguna. Faltaría más a estas alturas. El PP tiene que entender que la laicidad le reclama un paso más, en positivo, en neutralidad, en igualdad de trato, en permitir un ámbito o espacio de actuación pública de lo religioso.
Desde la anterior perspectiva constitucional e identitaria, no se entiende fácilmente por qué el PP ha de cargar con la defensa de posiciones doctrinales y morales católicas. Este ha sido –en más ocasiones de las debidas- uno de sus pecados. Al menos, ha dado pié a entenderlo así. Lo cual –al margen de la profesión de fe de cada cual- explica que le hayan echado el sambenito de carca, de antiguo, de clerical, de tradicional. Quizás un ejemplo aclare nuestro punto de vista. No acierto a comprender por qué el PP tiene que meterse en el charco del matrimonio entre homosexuales, en el de la píldora del día después o en el del divorcio exprés. Necesariamente tuvo que salir salpicado y ensuciado. A esto se le llama caer en la propia trampa o tejer la propia tela de araña que le mantendrá prisionero.
Ya sé que tal tacha puede parecer a muchos injusta. Pero, entonces, ¿por qué se lo ponen tan fácil al adversario? ¿Por qué se extrañan que los pinten de color amarillo si Jaume Matas -nadie protestó ni alzó la voz-, en el anterior Congreso, yuguló, sin contemplaciones, el debate propuesto por la Comisión en torno al matrimonio de los homosexuales? ¿Cómo es posible que se acepte, sin rechistar, tan antidemocrático ejercicio del liderazgo? ¿Qué puede explicar tan ostentosos patinazos?
Estas cosas le pasan, en mi opinión, porque no tienen debidamente definido/renovado el proyecto político y porque se rodean, en el puente de mando, de personas con altas dosis de vinculación y fidelidad a otros intereses más exigentes. En concreto, los de obediencia religiosa. Para nadie es un secreto que, en el PP balear –también a nivel nacional y en el Gobierno Matas- han pululado y pululan personas adscritas a grupos religiosos católicos muy tradicionales, conservadores y fundamentalistas. Para nadie es un secreto que actúan como verdaderos grupos internos de presión, que, en muchos casos, consiguen imponer ciertas orientaciones y actuaciones políticas en todo lo que tenga que ver con las preocupaciones -la familia, la moral sexual, etc.- y tomas de posición de la Iglesia católica. Tampoco es, para nadie, un secreto que, en esos ámbitos tan puritanos y ejemplificadores, se práctica sin reparo alguno la marginación y exclusión de aquellas personas –por muy competentes que sean- que consideran “heterodoxas” y/o “traidoras”. Eso sí, en nombre de Dios. A partir de tan lamentable realidad –que muy pocos se atreven a denunciar- uno se explica muchas cosas que pasan y que –me temo- seguirán pasando en el PP.
El colmo de semejante desvarío radica que, a la postre, no obstante ser favorecidos por el poder -a veces, con terrenos a bajo precio para servicios educativos-, se suelen volver contra quien los ha alimentado. Muchos de los votos en blanco, muchas de las abstenciones en las pasadas elecciones autonómicas –¿todavía no se ha enterado, Sra Estarás?- procedían de militantes y simpatizantes indignados por tanta trasgresión de la moral católica en la gestión pública del gobierno.
No estaría de más que los candidatos a presidir el PP balear nos aclaren cuál es su posición al respecto y dejarse de gastar energías en controlar vergonzosamente a los compromisarios.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 10.05.2008, pág. 11.
sábado, 26 de abril de 2008
SAN PEDRO SE LA BENDIGA
Como ha sido habitual en él, Carlos Delgado tuvo el coraje –rara especie en estos pagos- de proclamar en el terrado algunas ideas claras respecto de la crítica situación del PP. De inmediato se acusó el golpe, se reaccionó con pavor nervioso y se buscó domesticarlo. Grave error que evidencia no conocer el percal o que se partía del hecho según el cual piensa el ladrón que todos son de su condición.
A Rosa Estarás, la renovadora de la nada, sólo se le ocurrió una antidemocrática parida: “Todos los debates debemos tenerlos en el congreso y no ahora”. En realidad, había razón oculta, gato encerrado, que diría Quevedo, misterio y secreto. Como observó este periódico en su momento, “es público y notorio que a los congresos se llega con todo el pescado vendido…”. Es un puro trámite, una hipócrita escenificación para justificar lo injustificable, para crear la apariencia de realizar lo que se quiere evitar. Es un puro cuento chino, un puro teatro, que sólo puede contentar a los ingenuos, pelotas y buscadores de prebendas.
Como Rosa Estarás sabe muy bien todo esto, su propuesta le descalificó, una vez más, para impulsar una reflexión en profundidad acerca de las verdaderas causas del desastre. Lo que siempre ha querido es evitar el debate abierto, el cuerpo a cuerpo, el que se escuchen voces críticas respecto de la acción política pasada y futura. Tiene verdadero pavor a la discusión abierta sobre las ideas y propuestas, sobre los necesarios cambios de imagen y de marca, sobre las actitudes éticas en la gestión pública, sobre las personas que van a encarnar el nuevo rostro del PP, sobre el tipo de oposición que tiene que hacer, sobre si resisten de verdad al cambio de régimen que está en marcha, sobre cuál es la estrategia y el planteamiento ideológicos, sobre cuál es su posicionamiento en materia lingüística, etc., etc.
Lo que no ha querido, Rosa Estarás, es lo que afirmaba propugnar. Por eso, hizo una propuesta tramposa, hipócrita, que tenía retranca y que llevaba a pensar que había gato encerrado. Como ella ha mamado, durante años, en viejas e impresentables prácticas, no ha sabido poner en marcha otro proceder. Ha eludido, como si fuera normal, lo que nunca ha aprendido en el PP porque en él nunca se ha practicado: la escucha y el debate abierto. Como nunca ha visto otra cosa en el PP que no haya sido la jugada por detrás y la compra de adhesiones, se ha pasado el tiempo muy afanada en asegurarse el control del futuro congreso. El debate interno y social le traían sin cuidado. Pero ¿a quién pretendía engañar?
El espectáculo que nos han ofrecido ciertos cantamañanas peperos invita a salir huyendo de su entorno. Nos han hablado de sensibilidades diferentes, de no alimentar a los adversarios, de contar con todos, de sumar, de obligación moral de integrar. ¡Palabras, palabras, palabras! En realidad, han pretendido disimular e ignorar algo elemental en democracia: la opinión de los demás, que dijo Churchill. Claro está, que, sin un continuado ejercicio de vida y convivencia basado en el respeto al otro, es inútil una convicción semejante. ¡Aquí les duele!
Una de las claves de la acción política más elemental –ya deberían haberlo aprendido- reside en hacer creer al ciudadano que le otorgan importancia, que le escuchan, que le importan, que saben qué es lo que quiere y que secundarán y satisfarán sus apetencias y pasiones, que esa es su vocación y su legitimidad (servir). Si esto es así, extraña sobre manera, que hayan perdido el tiempo en empeñarse, con Estarás a la cabeza, en rehuir el debate, en taponarse los oídos, en rechazar al discrepante, en marginar a quien no muestra sumisión y aplauso. ¿Resultado de todo ello? Que han estado meando fuera del tiesto, esto es, abundando en el despropósito, como tienen reiteradamente acreditado.
Cansado de tanta vergüenza, Carlos Delgado ha dado un paso al frente y disputará la Presidencia a Estarás. ¡Magnífico! Que presente su proyecto político completo ante la sociedad y el futuro Congreso. Que se contraste con el de Estarás. Incluso, si Cirer, o algún otro, da el paso, que haga lo mismo. Tendremos el necesario e ineludible debate. Después, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
Publicado en “El mundo. El Día de Baleares”, 26.04.2008, pág. 11
Como ha sido habitual en él, Carlos Delgado tuvo el coraje –rara especie en estos pagos- de proclamar en el terrado algunas ideas claras respecto de la crítica situación del PP. De inmediato se acusó el golpe, se reaccionó con pavor nervioso y se buscó domesticarlo. Grave error que evidencia no conocer el percal o que se partía del hecho según el cual piensa el ladrón que todos son de su condición.
A Rosa Estarás, la renovadora de la nada, sólo se le ocurrió una antidemocrática parida: “Todos los debates debemos tenerlos en el congreso y no ahora”. En realidad, había razón oculta, gato encerrado, que diría Quevedo, misterio y secreto. Como observó este periódico en su momento, “es público y notorio que a los congresos se llega con todo el pescado vendido…”. Es un puro trámite, una hipócrita escenificación para justificar lo injustificable, para crear la apariencia de realizar lo que se quiere evitar. Es un puro cuento chino, un puro teatro, que sólo puede contentar a los ingenuos, pelotas y buscadores de prebendas.
Como Rosa Estarás sabe muy bien todo esto, su propuesta le descalificó, una vez más, para impulsar una reflexión en profundidad acerca de las verdaderas causas del desastre. Lo que siempre ha querido es evitar el debate abierto, el cuerpo a cuerpo, el que se escuchen voces críticas respecto de la acción política pasada y futura. Tiene verdadero pavor a la discusión abierta sobre las ideas y propuestas, sobre los necesarios cambios de imagen y de marca, sobre las actitudes éticas en la gestión pública, sobre las personas que van a encarnar el nuevo rostro del PP, sobre el tipo de oposición que tiene que hacer, sobre si resisten de verdad al cambio de régimen que está en marcha, sobre cuál es la estrategia y el planteamiento ideológicos, sobre cuál es su posicionamiento en materia lingüística, etc., etc.
Lo que no ha querido, Rosa Estarás, es lo que afirmaba propugnar. Por eso, hizo una propuesta tramposa, hipócrita, que tenía retranca y que llevaba a pensar que había gato encerrado. Como ella ha mamado, durante años, en viejas e impresentables prácticas, no ha sabido poner en marcha otro proceder. Ha eludido, como si fuera normal, lo que nunca ha aprendido en el PP porque en él nunca se ha practicado: la escucha y el debate abierto. Como nunca ha visto otra cosa en el PP que no haya sido la jugada por detrás y la compra de adhesiones, se ha pasado el tiempo muy afanada en asegurarse el control del futuro congreso. El debate interno y social le traían sin cuidado. Pero ¿a quién pretendía engañar?
El espectáculo que nos han ofrecido ciertos cantamañanas peperos invita a salir huyendo de su entorno. Nos han hablado de sensibilidades diferentes, de no alimentar a los adversarios, de contar con todos, de sumar, de obligación moral de integrar. ¡Palabras, palabras, palabras! En realidad, han pretendido disimular e ignorar algo elemental en democracia: la opinión de los demás, que dijo Churchill. Claro está, que, sin un continuado ejercicio de vida y convivencia basado en el respeto al otro, es inútil una convicción semejante. ¡Aquí les duele!
Una de las claves de la acción política más elemental –ya deberían haberlo aprendido- reside en hacer creer al ciudadano que le otorgan importancia, que le escuchan, que le importan, que saben qué es lo que quiere y que secundarán y satisfarán sus apetencias y pasiones, que esa es su vocación y su legitimidad (servir). Si esto es así, extraña sobre manera, que hayan perdido el tiempo en empeñarse, con Estarás a la cabeza, en rehuir el debate, en taponarse los oídos, en rechazar al discrepante, en marginar a quien no muestra sumisión y aplauso. ¿Resultado de todo ello? Que han estado meando fuera del tiesto, esto es, abundando en el despropósito, como tienen reiteradamente acreditado.
Cansado de tanta vergüenza, Carlos Delgado ha dado un paso al frente y disputará la Presidencia a Estarás. ¡Magnífico! Que presente su proyecto político completo ante la sociedad y el futuro Congreso. Que se contraste con el de Estarás. Incluso, si Cirer, o algún otro, da el paso, que haga lo mismo. Tendremos el necesario e ineludible debate. Después, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
Publicado en “El mundo. El Día de Baleares”, 26.04.2008, pág. 11
miércoles, 23 de abril de 2008
MEJOR ES MENEALLO
Nadie me va impedir que ejercite el derecho (y el deber) que me asiste a proclamar que no quiero ser cómplice de ninguna situación que entiendo dañina para el ciudadano. Tenemos delante de nuestras narices una situación del PP balear, que estimo muy lamentable. Me duele e intento, por ello, colaborar en su superación. En democracia, estas cosas se deberían resolver con más democracia, esto es, con más participación real de las bases, con más escucha, con más debate ideológico, con más luz y taquígrafos, y sin la utilización interesada y manipuladora del compromisario a fin de simular la realidad.
Decía George Orwell que “ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante”. ¡Ya lo creo! Tan dura y constante que mucha gente suele desistir, se conforma y se acomoda.
Esta entreguista actitud es especialmente deplorable en quienes dicen servir a la ciudadanía y aspirar al liderazgo de un sector importante de la sociedad. Siento, desde esta perspectiva, tener que reconocer, a fuer de sincero, que la situación del PP balear –también la del PP nacional- me recuerda, en parte, aquel personaje de Borges en El Aleph detenido y resignado ante un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor, en este caso, de la derrota, que contempla, por paradójico que parezca, como venturosa victoria.
He escuchado diversas explicaciones. Con el personaje borgiano, tengo que decir que “no me bastó ninguna”. Sólo les puede redimir el castigo, el haber pasado, por méritos propios, a la oposición, si saben ahora, con motivo del futuro congreso, convertir lo pasado en sabiduría política. De momento, me temo que van por muy mal camino.
A pesar de los esfuerzos por crear una apariencia de unidad, el problema no lo van a superar. Temen a Carlos Delgado. No lo quieren porque saben que no es bien visto ni por los socialistas ni por los nacionalistas ni por el aparato del PP. En las razones de fondo de tal malquerencia a tablas se concentra la esencia misma de la identidad pepera. Ahí, Sra Estarás, le duele la herida, que urge sanar.
La cuestión no es de palabras. La gente ya está saturada y más que harta. El PP, a mi entender, ha de definirse respecto de su supuesto carácter liberal. Ya sé que se proclama liberal. Pero también sé que no se comporta en la práctica como tal, entre otras cosas porque se ignora en qué consiste. La gestión del PP, cuando ha gobernado en Baleares, no se ha distinguido, precisamente, por su talante liberal. Todo lo contrario.
La primera y más definitoria actitud de un partido que se diga liberal consiste en situar al individuo, al ciudadano, en el centro mismo de la acción política. Toda la dialéctica consiste en optar entre individuo o Estado providente. Es una cuestión de libertad, de ser dueño de las propias decisiones o, por el contrario, confiar en que el Estado te lleve de la mano y te imponga la solución. Se trata, en último término, de optar entre el respecto al ejercicio responsable de la libertad individual o aceptar el totalitarismo de lo política, social o femeninamente correcto. ¡Casi nada!
Basta que ahora vuelvan, por un momento, la vista atrás y analicen, por poner un ejemplo, la política familiar del último Gobierno Matas/Estarás/Puig/Llinás. Todo un rosario de indecentes intromisiones en la esfera privada del individuo, todo un rosario de imposiciones, toda una coincidencia casi plena –oh casualidad de casualidades- con los planteamientos de la izquierda. Y, luego, nos quieren hacer creer que representan su alternativa.
En una concepción liberal, el ejercicio del poder se legitima básicamente por el quehacer diario en la medida en que sirve a la protección de los derechos del ciudadano. Esto es, se legitima por una actitud ética en la gestión de lo público. ¡Acabo de mencionar la bicha! Todo un mundo a sanear en el PP.
Ante todas estas cuestiones y otras muchas más que se derivan de una actitud liberal, el ciudadano, el simpatizante y el afiliado reclama claridad y no ambigüedad, saber a que atenerse, evitar el compadreo con otras formaciones políticas a quienes, a veces, se encubre. Es necesario una definición precisa sobre el papel y lugar del alma supuestamente liberal del PP.
Como no está nada claro, sino muy confuso, es, aunque se aparten de Sancho, mejor meneallo y llegar hasta el fondo.
Publicado en "El Mundo. El Día de Baleares", 23.04.2008, pág. 9
Nadie me va impedir que ejercite el derecho (y el deber) que me asiste a proclamar que no quiero ser cómplice de ninguna situación que entiendo dañina para el ciudadano. Tenemos delante de nuestras narices una situación del PP balear, que estimo muy lamentable. Me duele e intento, por ello, colaborar en su superación. En democracia, estas cosas se deberían resolver con más democracia, esto es, con más participación real de las bases, con más escucha, con más debate ideológico, con más luz y taquígrafos, y sin la utilización interesada y manipuladora del compromisario a fin de simular la realidad.
Decía George Orwell que “ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante”. ¡Ya lo creo! Tan dura y constante que mucha gente suele desistir, se conforma y se acomoda.
Esta entreguista actitud es especialmente deplorable en quienes dicen servir a la ciudadanía y aspirar al liderazgo de un sector importante de la sociedad. Siento, desde esta perspectiva, tener que reconocer, a fuer de sincero, que la situación del PP balear –también la del PP nacional- me recuerda, en parte, aquel personaje de Borges en El Aleph detenido y resignado ante un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor, en este caso, de la derrota, que contempla, por paradójico que parezca, como venturosa victoria.
He escuchado diversas explicaciones. Con el personaje borgiano, tengo que decir que “no me bastó ninguna”. Sólo les puede redimir el castigo, el haber pasado, por méritos propios, a la oposición, si saben ahora, con motivo del futuro congreso, convertir lo pasado en sabiduría política. De momento, me temo que van por muy mal camino.
A pesar de los esfuerzos por crear una apariencia de unidad, el problema no lo van a superar. Temen a Carlos Delgado. No lo quieren porque saben que no es bien visto ni por los socialistas ni por los nacionalistas ni por el aparato del PP. En las razones de fondo de tal malquerencia a tablas se concentra la esencia misma de la identidad pepera. Ahí, Sra Estarás, le duele la herida, que urge sanar.
La cuestión no es de palabras. La gente ya está saturada y más que harta. El PP, a mi entender, ha de definirse respecto de su supuesto carácter liberal. Ya sé que se proclama liberal. Pero también sé que no se comporta en la práctica como tal, entre otras cosas porque se ignora en qué consiste. La gestión del PP, cuando ha gobernado en Baleares, no se ha distinguido, precisamente, por su talante liberal. Todo lo contrario.
La primera y más definitoria actitud de un partido que se diga liberal consiste en situar al individuo, al ciudadano, en el centro mismo de la acción política. Toda la dialéctica consiste en optar entre individuo o Estado providente. Es una cuestión de libertad, de ser dueño de las propias decisiones o, por el contrario, confiar en que el Estado te lleve de la mano y te imponga la solución. Se trata, en último término, de optar entre el respecto al ejercicio responsable de la libertad individual o aceptar el totalitarismo de lo política, social o femeninamente correcto. ¡Casi nada!
Basta que ahora vuelvan, por un momento, la vista atrás y analicen, por poner un ejemplo, la política familiar del último Gobierno Matas/Estarás/Puig/Llinás. Todo un rosario de indecentes intromisiones en la esfera privada del individuo, todo un rosario de imposiciones, toda una coincidencia casi plena –oh casualidad de casualidades- con los planteamientos de la izquierda. Y, luego, nos quieren hacer creer que representan su alternativa.
En una concepción liberal, el ejercicio del poder se legitima básicamente por el quehacer diario en la medida en que sirve a la protección de los derechos del ciudadano. Esto es, se legitima por una actitud ética en la gestión de lo público. ¡Acabo de mencionar la bicha! Todo un mundo a sanear en el PP.
Ante todas estas cuestiones y otras muchas más que se derivan de una actitud liberal, el ciudadano, el simpatizante y el afiliado reclama claridad y no ambigüedad, saber a que atenerse, evitar el compadreo con otras formaciones políticas a quienes, a veces, se encubre. Es necesario una definición precisa sobre el papel y lugar del alma supuestamente liberal del PP.
Como no está nada claro, sino muy confuso, es, aunque se aparten de Sancho, mejor meneallo y llegar hasta el fondo.
Publicado en "El Mundo. El Día de Baleares", 23.04.2008, pág. 9
domingo, 13 de abril de 2008
HABER GATO ENCERRADO
Como ha sido habitual en él, Carlos Delgado ha tenido el coraje –rara especie en estos pagos- de proclamar en el terrado algunas ideas claras respecto de la crítica situación del PP. De inmediato se ha acusado el golpe y han reaccionado con pavor nervioso.
A Rosa Estarás, la renovadora de la nada, sólo se le ha ocurrido una antidemocrática parida: “Todos los debates debemos tenerlos en el congreso y no ahora”. Un clamoroso error, expresión de la inmadurez política que ha atesorado, uno más. ¡Qué carrera, madre mía!
En realidad, hay razón oculta, gato encerrado, que diría Quevedo, misterio y secreto. Como observaba este periódico en su impresión del pasado martes, “es público y notorio que a los congresos se llega con todo el pescado vendido…”. Es un puro trámite, una hipócrita escenificación para justificar lo injustificable, para crear la apariencia de realizar lo que se quiere evitar. Es un puro cuento chino, un puro teatro, que sólo puede contentar a los ingenuos, pelotas y buscadores de prebendas.
Como Rosa Estarás sabe muy bien todo esto, su propuesta le descalifica, una vez más, para impulsar una reflexión en profundidad acerca de las verdaderas causas del desastre. Lo que quiere evitar es el debate abierto, el cuerpo a cuerpo, el que se escuchen voces críticas respecto de su acción política pasada. Tiene verdadero pavor a la discusión abierta sobre las ideas y propuestas, sobre los necesarios cambios de imagen y de marca, sobre las actitudes éticas en la gestión pública, sobre las personas que van a encarnar el nuevo rostro del PP, sobre el tipo de oposición que tiene que hacer, sobre si resisten de verdad al cambio de régimen que está en marcha, sobre cuál es la estrategia y el planteamiento ideológicos, cuál es su posicionamiento en materia lingüística, etc.
Lo que no quiere, Rosa Estarás, es lo que afirma propugnar. Por eso, hace una propuesta tramposa, hipócrita, que tiene retranca y que lleva a pensar que hay gato encerrado. Como ella ha mamado, durante años, en viejas e impresentables prácticas, no sabe poner en marcha otro proceder. Elude, como si fuera normal, lo que nunca ha aprendido en el PP porque en él nunca se ha practicado: la escucha y el debate abierto. Como nunca ha visto otra cosa en el PP que no haya sido la jugada por detrás y la compra de adhesiones, está ahora mismo muy afanada en asegurarse el control del futuro congreso. El debate interno y social le traen sin cuidado. Pero ¿a quién pretende engañar?
El espectáculo que nos ofrecen los cantamañanas peperos invita a salir huyendo de su entorno. Nos hablan de sensibilidades diferentes, de no alimentar a los adversarios, de contar con todos, de sumar, de obligación moral de integrar. ¡Palabras, palabras, palabras! Tienen miedo a Carlos Delgado y quieren arrancarle un gesto de aceptación respecto de un liderazgo inexistente. En realidad, disimulan ignorar algo elemental en democracia: la opinión de los demás, que dijo Churchill. Claro está, que, sin un continuado ejercicio de vida y convivencia basado en el respeto al otro, es inútil una convicción semejante. ¡Aquí les duele!
Una de las claves de la acción política más elemental –ya deberían haberlo aprendido- reside en hacer creer al ciudadano que le otorgan importancia, que le escuchan, que le importan, que saben qué es lo que quiere y que secundarán y satisfarán sus apetencias y pasiones, que esa es su vocación y su legitimidad (servir). Si esto es así, extraña sobre manera, que se empeñen, con Estarás a la cabeza, en rehuir el debate, en taponarse los oídos, en rechazar al discrepante, en marginar a quien no muestra sumisión y aplauso. ¿Resultado de todo ello? Que suelen mear fuera del tiesto, esto es, abundar en el despropósito, como tienen reiteradamente acreditado.
Para más inri, Estarás se atreve a hablar de proyecto político. Pero, ¿cuál? El que permita ganar las próximas elecciones, -ha respondido la Presidenta futura del PP balear-. Estamos esperando que nos cuente en qué consiste. Igual nos sorprende un día de estos y nos pone al día. Mientras tanto, pensamos que hay gato encerrado.
Gregorio Delgado del Río
Como ha sido habitual en él, Carlos Delgado ha tenido el coraje –rara especie en estos pagos- de proclamar en el terrado algunas ideas claras respecto de la crítica situación del PP. De inmediato se ha acusado el golpe y han reaccionado con pavor nervioso.
A Rosa Estarás, la renovadora de la nada, sólo se le ha ocurrido una antidemocrática parida: “Todos los debates debemos tenerlos en el congreso y no ahora”. Un clamoroso error, expresión de la inmadurez política que ha atesorado, uno más. ¡Qué carrera, madre mía!
En realidad, hay razón oculta, gato encerrado, que diría Quevedo, misterio y secreto. Como observaba este periódico en su impresión del pasado martes, “es público y notorio que a los congresos se llega con todo el pescado vendido…”. Es un puro trámite, una hipócrita escenificación para justificar lo injustificable, para crear la apariencia de realizar lo que se quiere evitar. Es un puro cuento chino, un puro teatro, que sólo puede contentar a los ingenuos, pelotas y buscadores de prebendas.
Como Rosa Estarás sabe muy bien todo esto, su propuesta le descalifica, una vez más, para impulsar una reflexión en profundidad acerca de las verdaderas causas del desastre. Lo que quiere evitar es el debate abierto, el cuerpo a cuerpo, el que se escuchen voces críticas respecto de su acción política pasada. Tiene verdadero pavor a la discusión abierta sobre las ideas y propuestas, sobre los necesarios cambios de imagen y de marca, sobre las actitudes éticas en la gestión pública, sobre las personas que van a encarnar el nuevo rostro del PP, sobre el tipo de oposición que tiene que hacer, sobre si resisten de verdad al cambio de régimen que está en marcha, sobre cuál es la estrategia y el planteamiento ideológicos, cuál es su posicionamiento en materia lingüística, etc.
Lo que no quiere, Rosa Estarás, es lo que afirma propugnar. Por eso, hace una propuesta tramposa, hipócrita, que tiene retranca y que lleva a pensar que hay gato encerrado. Como ella ha mamado, durante años, en viejas e impresentables prácticas, no sabe poner en marcha otro proceder. Elude, como si fuera normal, lo que nunca ha aprendido en el PP porque en él nunca se ha practicado: la escucha y el debate abierto. Como nunca ha visto otra cosa en el PP que no haya sido la jugada por detrás y la compra de adhesiones, está ahora mismo muy afanada en asegurarse el control del futuro congreso. El debate interno y social le traen sin cuidado. Pero ¿a quién pretende engañar?
El espectáculo que nos ofrecen los cantamañanas peperos invita a salir huyendo de su entorno. Nos hablan de sensibilidades diferentes, de no alimentar a los adversarios, de contar con todos, de sumar, de obligación moral de integrar. ¡Palabras, palabras, palabras! Tienen miedo a Carlos Delgado y quieren arrancarle un gesto de aceptación respecto de un liderazgo inexistente. En realidad, disimulan ignorar algo elemental en democracia: la opinión de los demás, que dijo Churchill. Claro está, que, sin un continuado ejercicio de vida y convivencia basado en el respeto al otro, es inútil una convicción semejante. ¡Aquí les duele!
Una de las claves de la acción política más elemental –ya deberían haberlo aprendido- reside en hacer creer al ciudadano que le otorgan importancia, que le escuchan, que le importan, que saben qué es lo que quiere y que secundarán y satisfarán sus apetencias y pasiones, que esa es su vocación y su legitimidad (servir). Si esto es así, extraña sobre manera, que se empeñen, con Estarás a la cabeza, en rehuir el debate, en taponarse los oídos, en rechazar al discrepante, en marginar a quien no muestra sumisión y aplauso. ¿Resultado de todo ello? Que suelen mear fuera del tiesto, esto es, abundar en el despropósito, como tienen reiteradamente acreditado.
Para más inri, Estarás se atreve a hablar de proyecto político. Pero, ¿cuál? El que permita ganar las próximas elecciones, -ha respondido la Presidenta futura del PP balear-. Estamos esperando que nos cuente en qué consiste. Igual nos sorprende un día de estos y nos pone al día. Mientras tanto, pensamos que hay gato encerrado.
Gregorio Delgado del Río
sábado, 5 de abril de 2008
ESTARÁS DIXIT
Hace unos días la Presidenta del PP se presentó a la sociedad balear como la encarnación viva del futuro. Esto es, al menos, lo que a Ella le gustaría que nos creyésemos. Sin embargo, la realidad es muy tozuda y nos muestra su verdadera cara. Los hechos son los hechos.
Después del estrepitoso fracaso en las elecciones autonómicas y municipales se hizo evidente la necesidad de deshacer, de forma inmediata, tanto entuerto. Se debió orear el partido, sanear a fondo todos sus antros –algunos especialmente pestilentes-, hacer limpieza generalizada, recuperar la ética en la gestión, renovar el ideario, acabar el juego con los nacionalistas, mandar a casa, sin excepción, a la caterva infinita de prepotentes, de pesebreros, de acomplejados a fuer de incompetentes, de autistas patológicos, que, de forma interesada, le venían prestando su deforme rostro.
Pues bien, no se hizo nada, absolutamente nada, en la dirección correcta. Se tragó, con complaciente debilidad, el sapo personal de la cobarde espantada de Matas, se aplazó lo urgente, se quiso dulcificar el fracaso sin respeto a la realidad, se creó la sensación de vacío y provisionalidad, no se tuvo –hablando en plata- lo que había que tener para dar la cara, se deambuló sin líder y sin rumbo durante meses y, para coronar el despropósito, se osó comparecer a las generales con las mismas caras de siempre. El resultado es conocido: un nuevo y mayor fracaso.
Todo –Dios conserve a los responsables tanta lucidez- perfectamente previsible para cualquier persona sensata. Al no aplicar los necesarios remedios, sólo debieron esperar nuevos males. ¿O, acaso esperaban un resultado diferente? Tampoco me extrañaría que así fuera. De lo contrario, ¿cómo explicar la aparición de Matas –del que debieran huir como de la peste- en la noche electoral? Decididamente –usando una idea de Vargas Llosa- les digo que su imbecilidad, al ser voluntariamente elegida, no merece respeto alguno.
Por si nos faltaba algo en este grotesco sainete, viene ahora Rosa Estarás y se postula como la renovadora, como el futuro, como la gran esperanza. Fue, como todo el mundo sabe, la mano derecha de Matas, a quien secundó y apoyó con embelesamiento y a quien todavía guarda veneración no exenta de debilidad y dependencia. Fue, como es obvio, la segunda gran derrotada en las elecciones autonómicas y municipales. No tuvo la personalidad exigida para plantarse ante Madrid y liderar aquí la renovación en el momento oportuno. Ha vuelto a ser derrotada en las generales. Ha demostrado, desde junio del año pasado, que no tiene nada nuevo que decir ni que entusiasme a nadie. Sin embargo, pretende hacernos creer que ahora va a ser la piedra angular. Como dijo Calderón de la Barca, “hay desdichas/que para contarlas, no/es menester referirlas”.
Si realmente el PP balear quiere renovarse y comparecer con ciertas garantías a una nueva cita electoral, sus afiliados deben de ser conscientes de que la invocación de Estarás (apoyo y relación con Rajoy) es un verdadera trampa. Entre otras cosas, porque tampoco se puede asegurar que la opción Rajoy se consolide definitivamente. Semejante argumento es, por el contrario, más de lo mismo, el argumento de Matas respecto de Aznar, una muestra más de su debilidad política, de su dependencia y de la falta de un proyecto autónomo. Rosa Estarás debe entender que Ella no atesora las esencias del PP y que éste ha de escuchar a sus afiliados, simpatizantes y, en general, a la sociedad balear. Exactamente lo contrario de lo que ha hecho hasta ahora.
No le vendría mal a Rosa Estarás recordar que ya no estamos “en tiempos de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas …”, como escribió Cervantes. El PP no puede ser lo que Usted crea y que todo el mundo se derrita en falsos e hipócritas aplausos. Eso ya lo han experimentado y Usted ya tuvo su oportunidad. También Usted pertenece al pasado. Si esto es lo que, de cara al futuro, nos va ofrecer el PP en Baleares (lo que Usted representa y atesora), apaga y vámonos. No juegue, por favor, con la gente ni le exija actos irracionales. Todavía está a tiempo. Abra las ventanas y propicie de verdad el debate. Hágase a sí misma un gran favor: pasar a un segundo plano.
Publicado en "El Mundo. El Día de Baleares", 5.04.2008, pág. 11
Hace unos días la Presidenta del PP se presentó a la sociedad balear como la encarnación viva del futuro. Esto es, al menos, lo que a Ella le gustaría que nos creyésemos. Sin embargo, la realidad es muy tozuda y nos muestra su verdadera cara. Los hechos son los hechos.
Después del estrepitoso fracaso en las elecciones autonómicas y municipales se hizo evidente la necesidad de deshacer, de forma inmediata, tanto entuerto. Se debió orear el partido, sanear a fondo todos sus antros –algunos especialmente pestilentes-, hacer limpieza generalizada, recuperar la ética en la gestión, renovar el ideario, acabar el juego con los nacionalistas, mandar a casa, sin excepción, a la caterva infinita de prepotentes, de pesebreros, de acomplejados a fuer de incompetentes, de autistas patológicos, que, de forma interesada, le venían prestando su deforme rostro.
Pues bien, no se hizo nada, absolutamente nada, en la dirección correcta. Se tragó, con complaciente debilidad, el sapo personal de la cobarde espantada de Matas, se aplazó lo urgente, se quiso dulcificar el fracaso sin respeto a la realidad, se creó la sensación de vacío y provisionalidad, no se tuvo –hablando en plata- lo que había que tener para dar la cara, se deambuló sin líder y sin rumbo durante meses y, para coronar el despropósito, se osó comparecer a las generales con las mismas caras de siempre. El resultado es conocido: un nuevo y mayor fracaso.
Todo –Dios conserve a los responsables tanta lucidez- perfectamente previsible para cualquier persona sensata. Al no aplicar los necesarios remedios, sólo debieron esperar nuevos males. ¿O, acaso esperaban un resultado diferente? Tampoco me extrañaría que así fuera. De lo contrario, ¿cómo explicar la aparición de Matas –del que debieran huir como de la peste- en la noche electoral? Decididamente –usando una idea de Vargas Llosa- les digo que su imbecilidad, al ser voluntariamente elegida, no merece respeto alguno.
Por si nos faltaba algo en este grotesco sainete, viene ahora Rosa Estarás y se postula como la renovadora, como el futuro, como la gran esperanza. Fue, como todo el mundo sabe, la mano derecha de Matas, a quien secundó y apoyó con embelesamiento y a quien todavía guarda veneración no exenta de debilidad y dependencia. Fue, como es obvio, la segunda gran derrotada en las elecciones autonómicas y municipales. No tuvo la personalidad exigida para plantarse ante Madrid y liderar aquí la renovación en el momento oportuno. Ha vuelto a ser derrotada en las generales. Ha demostrado, desde junio del año pasado, que no tiene nada nuevo que decir ni que entusiasme a nadie. Sin embargo, pretende hacernos creer que ahora va a ser la piedra angular. Como dijo Calderón de la Barca, “hay desdichas/que para contarlas, no/es menester referirlas”.
Si realmente el PP balear quiere renovarse y comparecer con ciertas garantías a una nueva cita electoral, sus afiliados deben de ser conscientes de que la invocación de Estarás (apoyo y relación con Rajoy) es un verdadera trampa. Entre otras cosas, porque tampoco se puede asegurar que la opción Rajoy se consolide definitivamente. Semejante argumento es, por el contrario, más de lo mismo, el argumento de Matas respecto de Aznar, una muestra más de su debilidad política, de su dependencia y de la falta de un proyecto autónomo. Rosa Estarás debe entender que Ella no atesora las esencias del PP y que éste ha de escuchar a sus afiliados, simpatizantes y, en general, a la sociedad balear. Exactamente lo contrario de lo que ha hecho hasta ahora.
No le vendría mal a Rosa Estarás recordar que ya no estamos “en tiempos de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas …”, como escribió Cervantes. El PP no puede ser lo que Usted crea y que todo el mundo se derrita en falsos e hipócritas aplausos. Eso ya lo han experimentado y Usted ya tuvo su oportunidad. También Usted pertenece al pasado. Si esto es lo que, de cara al futuro, nos va ofrecer el PP en Baleares (lo que Usted representa y atesora), apaga y vámonos. No juegue, por favor, con la gente ni le exija actos irracionales. Todavía está a tiempo. Abra las ventanas y propicie de verdad el debate. Hágase a sí misma un gran favor: pasar a un segundo plano.
Publicado en "El Mundo. El Día de Baleares", 5.04.2008, pág. 11
lunes, 31 de marzo de 2008
LA FE DEL CARBONERO
El martes pasado la Presidenta del PP nos pedía un acto de fe, sencilla y firme, la de los simples de corazón, la de quien no exige pruebas ni sabe de argumentos. En efecto, como Matas ‘es el pasado’ (Estarás, dixit), Ella representa y encarna el futuro. ¡Qué más quisieras, ranchera!
Me temo que le pasa como al carbonero. Al ser preguntado por el demonio acerca e lo que creía sobre Jesucristo, le respondió: Yo creo todo lo que cree la Iglesia. Y, ¿qué es eso?, volvió a inquirirle el demonio. Ella cree todo lo que creo yo –contestó el carbonero-. Aplíquese la moraleja. No olvide, sin embargo, que ya no estamos ‘en tiempos de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas …’, como escribió Cervantes. No nos tome el pelo. También Usted pertenece al pasado. Si esto es, de cara el futuro, lo que nos ofrece el PP, apaga y vámonos. No juegue con la gente ni le exija actos de fe. Todavía está a tiempo. Abra las ventanas y propicie de verdad el debate.
Publicado en “Bon Día Mallorca”, 26.03.2008, pág. 2
El martes pasado la Presidenta del PP nos pedía un acto de fe, sencilla y firme, la de los simples de corazón, la de quien no exige pruebas ni sabe de argumentos. En efecto, como Matas ‘es el pasado’ (Estarás, dixit), Ella representa y encarna el futuro. ¡Qué más quisieras, ranchera!
Me temo que le pasa como al carbonero. Al ser preguntado por el demonio acerca e lo que creía sobre Jesucristo, le respondió: Yo creo todo lo que cree la Iglesia. Y, ¿qué es eso?, volvió a inquirirle el demonio. Ella cree todo lo que creo yo –contestó el carbonero-. Aplíquese la moraleja. No olvide, sin embargo, que ya no estamos ‘en tiempos de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas …’, como escribió Cervantes. No nos tome el pelo. También Usted pertenece al pasado. Si esto es, de cara el futuro, lo que nos ofrece el PP, apaga y vámonos. No juegue con la gente ni le exija actos de fe. Todavía está a tiempo. Abra las ventanas y propicie de verdad el debate.
Publicado en “Bon Día Mallorca”, 26.03.2008, pág. 2
domingo, 16 de marzo de 2008
NO TENEMOS ARREGLO
Como decía Julián Marías, cada vez me parece más evidente que hay muchas cosas que no tienen arreglo. A veces, tal situación es predicable de una colectividad, de pueblos enteros, de la sociedad como tal. Hoy quiero reflexionar, a este respecto, sobre ciertas características de la sociedad mallorquina. Desde la perspectiva en que me sitúo, creo sinceramente que no tiene remedio porque parece empeñada en engañarse a sí misma, en vivir encantada ante la mirada del propio ombligo, en perpetuar ciertos usos y costumbres habituales en una sociedad medieval, en permanecer en la oscuridad que acompaña a su incultura, en relativizar casi todo.
Acabo de pintar un panorama que no gustará a muchos y que, incluso, puede molestar a otros tantos. Pero les confieso que es fruto del ejercicio de eso que, en esta tierra, suele usarse con cuentagotas: el pensamiento en libertad, condición indispensable de progreso y maduración social. Lo que importa ahora es buscar la razón que explique la realidad misma, entendida como ‘lo que inexorablemente se impone y con lo que tenemos que contar’, que dijo Ortega.
Pues bien, mal que nos pese, no creo equivocarme si afirmo que hay muy poca sociedad, muy poco debate de ideas en profundidad, demasiada ‘cultureta’ de patio de colegio, escasa individualidad y autonomía de criterio, muy pocos horizontes utópicos y ausencia de ética en la gestión de la cosa pública. Cuesta reconocerlo, pero es así. En este aspecto, apenas hemos avanzado. Lo que se hace, aquello en lo que se cree y lo que suele decirse (las vigencias sociales) no es el fruto de la personal elección sino el resultado funesto de la fuerza impositiva que conlleva el no atreverse a oponerse a lo política y socialmente correcto. Precisamente por ello, somos, en general, gente muy previsible en nuestro comportamiento, aunque ni siquiera nos conozcamos físicamente.
En este momento viene a mi memoria el recuerdo del hombre-masa que describiera el más grande pensador español del siglo pasado. En palabras de su más preclaro discípulo, diríamos que “…no tiene proyecto vital propio; no se exige; vive en pura inercia y a la deriva; cree que sólo tiene derechos y no obligaciones; usa de una cultura que no ha creado ni entiende, sin conciencia de los múltiples esfuerzos que ha requerido ni de su carácter inestable y problemático; su psicología es la del ‘niño mimado’ o, si se prefiere, la del ‘señorito satisfecho’ (Julián Marías). Esta caracterización podría ser completada con un puñado de calificativos, que están en el ánimo de cualquiera de nosotros.
Desde esta realidad social, con la que hay que contar en cualquier análisis minimamente serio, es más fácil acercarse a la comprensión de lo que ocurre, por ejemplo, en el mundo de la política mallorquina. Sólo una sociedad como la que hemos descrito puede acreditar suficientes tragaderas como para engullir, sin inmutarse, el monstruoso espectáculo que nos ofrece la clase política. Únicamente una ciudadanía, a quien le produce urticaria la sola mención del término ‘responsabilidad’, puede sentirse, como observó Alberto Moravia, ajena a los fracasos del Gobierno que ha votado. No es posible explicar, desde la racionabilidad, que toleremos que estén en las instituciones públicas personajes con más que dudosa competencia y con sospechas fundadas de haberse servido del poder que les dimos. ¡Sin remedio!
Confieso mi pesimismo respecto del futuro. Todo me dice que estamos abonados al progreso cangrejil. Quiero, no obstante, vislumbrar un camino para intentar el saneamiento de la sociedad, que con tantas debilidades conformamos en el quehacer diario. Este pasa por la rebeldía, por no dejarse dominar ni gobernar, por ejercitar el pensamiento, por no prestar a cualquier mequetrefe, que rellene una lista electoral, nuestra fuerza. ¿Hasta cuándo aguantaremos? ¿Será verdad que no tenemos arreglo?
Recuerdo, a este propósito, una idea que siempre ha sido uno de los motores de mi vida, aunque me ha costado bastantes disgustos. Todo un mensaje contra el ‘pasotismo’ actual:“… me he rebelado siempre, sobre todo en mi juventud, contra todo tipo de mandamientos” (H. Hesse), que, hoy día, se encarnan en el totalitarismo de la corrección social y política.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 15.03.2008, pág. 11
Como decía Julián Marías, cada vez me parece más evidente que hay muchas cosas que no tienen arreglo. A veces, tal situación es predicable de una colectividad, de pueblos enteros, de la sociedad como tal. Hoy quiero reflexionar, a este respecto, sobre ciertas características de la sociedad mallorquina. Desde la perspectiva en que me sitúo, creo sinceramente que no tiene remedio porque parece empeñada en engañarse a sí misma, en vivir encantada ante la mirada del propio ombligo, en perpetuar ciertos usos y costumbres habituales en una sociedad medieval, en permanecer en la oscuridad que acompaña a su incultura, en relativizar casi todo.
Acabo de pintar un panorama que no gustará a muchos y que, incluso, puede molestar a otros tantos. Pero les confieso que es fruto del ejercicio de eso que, en esta tierra, suele usarse con cuentagotas: el pensamiento en libertad, condición indispensable de progreso y maduración social. Lo que importa ahora es buscar la razón que explique la realidad misma, entendida como ‘lo que inexorablemente se impone y con lo que tenemos que contar’, que dijo Ortega.
Pues bien, mal que nos pese, no creo equivocarme si afirmo que hay muy poca sociedad, muy poco debate de ideas en profundidad, demasiada ‘cultureta’ de patio de colegio, escasa individualidad y autonomía de criterio, muy pocos horizontes utópicos y ausencia de ética en la gestión de la cosa pública. Cuesta reconocerlo, pero es así. En este aspecto, apenas hemos avanzado. Lo que se hace, aquello en lo que se cree y lo que suele decirse (las vigencias sociales) no es el fruto de la personal elección sino el resultado funesto de la fuerza impositiva que conlleva el no atreverse a oponerse a lo política y socialmente correcto. Precisamente por ello, somos, en general, gente muy previsible en nuestro comportamiento, aunque ni siquiera nos conozcamos físicamente.
En este momento viene a mi memoria el recuerdo del hombre-masa que describiera el más grande pensador español del siglo pasado. En palabras de su más preclaro discípulo, diríamos que “…no tiene proyecto vital propio; no se exige; vive en pura inercia y a la deriva; cree que sólo tiene derechos y no obligaciones; usa de una cultura que no ha creado ni entiende, sin conciencia de los múltiples esfuerzos que ha requerido ni de su carácter inestable y problemático; su psicología es la del ‘niño mimado’ o, si se prefiere, la del ‘señorito satisfecho’ (Julián Marías). Esta caracterización podría ser completada con un puñado de calificativos, que están en el ánimo de cualquiera de nosotros.
Desde esta realidad social, con la que hay que contar en cualquier análisis minimamente serio, es más fácil acercarse a la comprensión de lo que ocurre, por ejemplo, en el mundo de la política mallorquina. Sólo una sociedad como la que hemos descrito puede acreditar suficientes tragaderas como para engullir, sin inmutarse, el monstruoso espectáculo que nos ofrece la clase política. Únicamente una ciudadanía, a quien le produce urticaria la sola mención del término ‘responsabilidad’, puede sentirse, como observó Alberto Moravia, ajena a los fracasos del Gobierno que ha votado. No es posible explicar, desde la racionabilidad, que toleremos que estén en las instituciones públicas personajes con más que dudosa competencia y con sospechas fundadas de haberse servido del poder que les dimos. ¡Sin remedio!
Confieso mi pesimismo respecto del futuro. Todo me dice que estamos abonados al progreso cangrejil. Quiero, no obstante, vislumbrar un camino para intentar el saneamiento de la sociedad, que con tantas debilidades conformamos en el quehacer diario. Este pasa por la rebeldía, por no dejarse dominar ni gobernar, por ejercitar el pensamiento, por no prestar a cualquier mequetrefe, que rellene una lista electoral, nuestra fuerza. ¿Hasta cuándo aguantaremos? ¿Será verdad que no tenemos arreglo?
Recuerdo, a este propósito, una idea que siempre ha sido uno de los motores de mi vida, aunque me ha costado bastantes disgustos. Todo un mensaje contra el ‘pasotismo’ actual:“… me he rebelado siempre, sobre todo en mi juventud, contra todo tipo de mandamientos” (H. Hesse), que, hoy día, se encarnan en el totalitarismo de la corrección social y política.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 15.03.2008, pág. 11
viernes, 14 de marzo de 2008
CONOCER EL PROPIO ERROR
Se ha despejado la incógnita, si es que alguna vez existió. ZP, con los votos más radicales, ha sido el vencedor de las pasadas elecciones. Sin embargo –no lo duden-, mandarán los nacionalistas, como anunció Rosa Díez. Este es uno de los riesgos del futuro, que el pueblo español no ha querido ver. Pagaremos la factura. El gran perdedor, para mí, ha sido el PP. Su vocación es ser gobierno. Al no conseguirlo, ha fracasado. Y, lo ha cosechado, sobre todo, por no haber sabido sacar el partido debido a los graves errores de ZP en la pasada legislatura, por no saber hacer oposición. La consecuencia es clara: deben irse a casa. Si nos centramos ahora en Baleares, estamos en lo mismo: un nuevo fracaso. Estarás y compañeros mártires –toda una caterva infinita- ya debieron irse a casa hace tiempo. Son incapaces de hacer oposición en serio a pesar de que se la ponen como a Fernando VII. Les recuerdo esta idea de Saramago: “Y muchas veces es más importante el error que el acierto porque, si tú conoces el error, te puede ayudar a construirte”. ¿Admitirán su error? Lo dudo.
Publicado en “Bon Día”, 14-20.03.2008, pág. 2
Se ha despejado la incógnita, si es que alguna vez existió. ZP, con los votos más radicales, ha sido el vencedor de las pasadas elecciones. Sin embargo –no lo duden-, mandarán los nacionalistas, como anunció Rosa Díez. Este es uno de los riesgos del futuro, que el pueblo español no ha querido ver. Pagaremos la factura. El gran perdedor, para mí, ha sido el PP. Su vocación es ser gobierno. Al no conseguirlo, ha fracasado. Y, lo ha cosechado, sobre todo, por no haber sabido sacar el partido debido a los graves errores de ZP en la pasada legislatura, por no saber hacer oposición. La consecuencia es clara: deben irse a casa. Si nos centramos ahora en Baleares, estamos en lo mismo: un nuevo fracaso. Estarás y compañeros mártires –toda una caterva infinita- ya debieron irse a casa hace tiempo. Son incapaces de hacer oposición en serio a pesar de que se la ponen como a Fernando VII. Les recuerdo esta idea de Saramago: “Y muchas veces es más importante el error que el acierto porque, si tú conoces el error, te puede ayudar a construirte”. ¿Admitirán su error? Lo dudo.
Publicado en “Bon Día”, 14-20.03.2008, pág. 2
domingo, 9 de marzo de 2008
HUNDIMIENTO PROGRESIVO
Es habitual, ante su incapacidad para afrontar la realidad, ver a la izquierda en Mallorca acudir al viejo ideal progresista. Etiqueta mágica que asegura supuestas virtudes y, en consecuencia, merece adhesión y apoyo. Si lo pones en duda y lo discutes, te saltan al cuello los oficiantes estipendiarios de ‘la nueva religión’.
A pesar del maravilloso progreso técnico, económico y social a que hemos llegado –al menos, en esta tierra-, me parece razonable ver las cosas desde una perspectiva diferente y formular ciertas dudas que nos asaltan. No todo lo que reluce en Mallorca es precisamente oro. En la trastienda, existen muchas frustraciones, muchas perversiones, muchas obscenidades, que atormentan a sus habitantes.¿Estamos en condiciones de afrontar ese mundo oculto, de atajarlo a tiempo y de equilibrar la situación? No estoy seguro de ello. Me parece claro, en cualquier caso, que, como ha dicho Alberto Buela, el falso dios del progreso está moribundo o, al menos, es “un mito derrumbado”, que diría Humberto Eco.
Con todo, el verdadero problema -como ha recordado el autor del Manifiesto contra el progreso (Agustín López Tobajas)- quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando y que, consciente o inconscientemente, nos han conducido al actual estado de cosas. Desde esta perspectiva, es muy posible que estemos ante “una continuada decadencia”, ante “un hundimiento progresivo”. En efecto, el progreso mismo y el lado oscuro que ha generado ni han surgido por generación espontánea ni son el fruto maduro de ciertas actitudes humanas de reciente creación. Al contrario, como cualquier otro fenómeno social, viene desde muy atrás. Probablemente, desde que el hombre se sintió el centro del universo y proclamó los derechos absolutos de la diosa razón.
Quizás, ante las distintas caras del progreso logrado, pueda ser útil pensar, entre otras, en torno a la siguiente perspectiva: “Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea ‘perversión’, pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La ‘estupidez’ a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino. De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres” (López Tobajas).
Parece evidente, en efecto, que el ser humano ha enloquecido con el progreso trabajosamente logrado. Esta locura le está llevando a mirar para otro lado ante las lacras sociales que genera y, sobre todo, a rehuir el por qué y el cómo de tanto anverso obsceno. ¿Será que le aterra contemplarse como protagonista activo de tanto retroprogreso? ¿Será que se niega a extraer la sabiduría debida? Probablemente haya un poco de todo. Pero, con semejante actitud, es muy posible también que el hombre actual olvide su verdad esencial, su origen y su destino, como nos recuerda López Tobajas. A partir de tal desquiciamiento, todo es posible, por degradante que pueda parecer.
Más allá de lo mucho que se ha logrado, siguen en el aire y sin respuesta algunas otras preguntas radicales. No es tan claro –así lo ha puesto de relieve Vargas Llosa- que la “… libertad conquistada en distintos órdenes se haya traducido en una mejora sensible de la calidad de vida, en un enriquecimiento de la cultura que llega a todo el mundo, o, por lo menos, a la gran mayoría”. Tal reproche le viene como anillo al dedo a la sociedad balear. Ésta acredita un gran avance económico, pero no así en cultura, conocimiento y libertad. Estamos donde siempre.
Pero, sobre todo, al decir del gran crítico literario Harold Bloom, el progreso nos puede proporcionar una tecnología, “… pero cada vez menos conocimiento de nosotros mismos”. ¡A esto se le llama sabiduría1 Si esto es así, podemos estar incurriendo en una gran ‘estupidez’: apartarnos de lo que otorga sentido a nuestro ser mismo y a nuestra existencia.
Al empeñarnos en no querer verlo, seguimos por la senda perversa del hundimiento progresivo, que nos acerca ya al precipicio existencial.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 8.03.2007, pág. 11
Es habitual, ante su incapacidad para afrontar la realidad, ver a la izquierda en Mallorca acudir al viejo ideal progresista. Etiqueta mágica que asegura supuestas virtudes y, en consecuencia, merece adhesión y apoyo. Si lo pones en duda y lo discutes, te saltan al cuello los oficiantes estipendiarios de ‘la nueva religión’.
A pesar del maravilloso progreso técnico, económico y social a que hemos llegado –al menos, en esta tierra-, me parece razonable ver las cosas desde una perspectiva diferente y formular ciertas dudas que nos asaltan. No todo lo que reluce en Mallorca es precisamente oro. En la trastienda, existen muchas frustraciones, muchas perversiones, muchas obscenidades, que atormentan a sus habitantes.¿Estamos en condiciones de afrontar ese mundo oculto, de atajarlo a tiempo y de equilibrar la situación? No estoy seguro de ello. Me parece claro, en cualquier caso, que, como ha dicho Alberto Buela, el falso dios del progreso está moribundo o, al menos, es “un mito derrumbado”, que diría Humberto Eco.
Con todo, el verdadero problema -como ha recordado el autor del Manifiesto contra el progreso (Agustín López Tobajas)- quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando y que, consciente o inconscientemente, nos han conducido al actual estado de cosas. Desde esta perspectiva, es muy posible que estemos ante “una continuada decadencia”, ante “un hundimiento progresivo”. En efecto, el progreso mismo y el lado oscuro que ha generado ni han surgido por generación espontánea ni son el fruto maduro de ciertas actitudes humanas de reciente creación. Al contrario, como cualquier otro fenómeno social, viene desde muy atrás. Probablemente, desde que el hombre se sintió el centro del universo y proclamó los derechos absolutos de la diosa razón.
Quizás, ante las distintas caras del progreso logrado, pueda ser útil pensar, entre otras, en torno a la siguiente perspectiva: “Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea ‘perversión’, pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La ‘estupidez’ a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino. De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres” (López Tobajas).
Parece evidente, en efecto, que el ser humano ha enloquecido con el progreso trabajosamente logrado. Esta locura le está llevando a mirar para otro lado ante las lacras sociales que genera y, sobre todo, a rehuir el por qué y el cómo de tanto anverso obsceno. ¿Será que le aterra contemplarse como protagonista activo de tanto retroprogreso? ¿Será que se niega a extraer la sabiduría debida? Probablemente haya un poco de todo. Pero, con semejante actitud, es muy posible también que el hombre actual olvide su verdad esencial, su origen y su destino, como nos recuerda López Tobajas. A partir de tal desquiciamiento, todo es posible, por degradante que pueda parecer.
Más allá de lo mucho que se ha logrado, siguen en el aire y sin respuesta algunas otras preguntas radicales. No es tan claro –así lo ha puesto de relieve Vargas Llosa- que la “… libertad conquistada en distintos órdenes se haya traducido en una mejora sensible de la calidad de vida, en un enriquecimiento de la cultura que llega a todo el mundo, o, por lo menos, a la gran mayoría”. Tal reproche le viene como anillo al dedo a la sociedad balear. Ésta acredita un gran avance económico, pero no así en cultura, conocimiento y libertad. Estamos donde siempre.
Pero, sobre todo, al decir del gran crítico literario Harold Bloom, el progreso nos puede proporcionar una tecnología, “… pero cada vez menos conocimiento de nosotros mismos”. ¡A esto se le llama sabiduría1 Si esto es así, podemos estar incurriendo en una gran ‘estupidez’: apartarnos de lo que otorga sentido a nuestro ser mismo y a nuestra existencia.
Al empeñarnos en no querer verlo, seguimos por la senda perversa del hundimiento progresivo, que nos acerca ya al precipicio existencial.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 8.03.2007, pág. 11
sábado, 1 de marzo de 2008
INTERFERENCIAS
Ha bastado que la Consellería de educación haya sacado la ‘hociquilla’ respecto de la asignatura de religión para que nuestros Obispos se hayan movilizado de inmediato. Estamos ante una partida de mus en la que habrá muchas muecas, señas y engaños. Pero –la verdad- ni unos ni otros tienen la suficiente fortaleza y respaldo social como para lanzar un órdago a grande ni para aceptar el envite. Es muy posible que, al final de la partida, la ya desacreditada Sra Galmés pague las copas. ¡Tiempo al tiempo!
A fuer de sincero, creo que, por unos y otros, se piensan, se dicen y se hacen multitud de cosas poco serias sobre un asunto muy serio, raíz última de muchos de los males que nos aquejan. Lo grave, en cualquier caso, radica en que, después de andar en tantos dimes y diretes, ambos siguen en sus trece y me temo –ojalá me equivoque- que sin remedio.
Nuestros Obispos son muy libres de transitar por el camino emprendido y salir de la primera entrevista esperanzados. Pero, como ciudadano responsable y cristiano, me atrevería a pedirles además otras cosas, que entiendo más importantes. Echo de menos, por ejemplo, la necesaria autocrítica. Se exhiben con frecuencia injustificadas excusas, que buscan derivar la propia responsabilidad hacia el sistema y hacía quienes lo han impuesto y lo mantienen. Probablemente, no les falte una cierta razón. Pero no estaría de más que se preguntasen si, a partir de la evidente presencia activa de la Iglesia católica en Mallorca en el panorama educativo, no tienen también una cierta responsabilidad en el desastre escolar que padecemos y en la tan cacareada incultura que nos invade. Aquí, Señores Obispos, tienen un extenso campo para la reflexión, el diálogo, la actuación consiguiente y el servicio al pueblo.
Si, como `parece, desean seguir con su presencia en el sistema, no entiendo por qué no revisan a fondo la calidad de la enseñanza que se imparte en los centros que regentan. Ya sé que no se puede medir a todos con el mismo rasero. Pero también sé que se aprecia, en muchos padres, un amargo sentimiento de frustración respecto de la enseñanza que se imparte y del nivel de exigencia que se exige. Son evidentes las carencias al respecto. Reconozco que existen todavía centros católicos modélicos y excelentes. Pero creo, al mismo tiempo, que la calidad ha descendido a niveles ínfimos y que la mayoría deja bastante que desear en cuanto centros de enseñanza. ¿Por qué han perdido o renunciado a la excelencia que tradicionalmente distinguía a los centros católicos de enseñanza desde la perspectiva de la instrucción que en ellos se impartía? ¿Se lo han preguntado alguna vez? No se equivoquen. El primer servicio que pueden prestar a la sociedad balear estriba en que los Centros católicos funcionen, en primer lugar y ante todo, como verdaderos centros de enseñanza e instrucción.
Hace unos cuantos años ya me manifesté desde estas mismas páginas en términos críticos. “Con todas las matizaciones que se quiera –los padres y profesores lo sabemos muy bien-, se evidencian, en estos centros católicos, los mismos o parecidos defectos que son apreciables en la mayoría de los centros públicos. Esto es, no parece que se distingan por su eficacia. No creo que garanticen la transmisión de los contenidos exigibles en matemáticas, historia, geografía o literatura. Al menos, no se puede descartar la presencia de elementos para ponerlo en tela de juicio”.
Todo sigue igual o peor y no todo es atribuible, sin más, al sistema. A partir de tal situación, nos surge una pregunta un tanto radical: ¿Para qué mantienen abiertos muchos de sus centros educativos? La respuesta –y lo digo con dolor- no me parece fácil, ni necesariamente unívoca, ni mucho menos positiva. Y es que o los Colegios de la Iglesia son buenos centros educativos, brillan por su excelencia, superan con creces la comparación con los centros públicos, o dudo que merezcan la pena y sirvan realmente al ciudadano y creyente. ¿De verdad piensan, Srs Obispos, que no cabe realizar cambios apreciables de mejora? Ya es hora de que se pongan a ello.
Creo, finalmente, que están muy lejos de secundar el proceder de Mark TWain, esto es, no dejar que la instrucción escolar se interfiera con la educación.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 1.03.2008, pág. 9
Ha bastado que la Consellería de educación haya sacado la ‘hociquilla’ respecto de la asignatura de religión para que nuestros Obispos se hayan movilizado de inmediato. Estamos ante una partida de mus en la que habrá muchas muecas, señas y engaños. Pero –la verdad- ni unos ni otros tienen la suficiente fortaleza y respaldo social como para lanzar un órdago a grande ni para aceptar el envite. Es muy posible que, al final de la partida, la ya desacreditada Sra Galmés pague las copas. ¡Tiempo al tiempo!
A fuer de sincero, creo que, por unos y otros, se piensan, se dicen y se hacen multitud de cosas poco serias sobre un asunto muy serio, raíz última de muchos de los males que nos aquejan. Lo grave, en cualquier caso, radica en que, después de andar en tantos dimes y diretes, ambos siguen en sus trece y me temo –ojalá me equivoque- que sin remedio.
Nuestros Obispos son muy libres de transitar por el camino emprendido y salir de la primera entrevista esperanzados. Pero, como ciudadano responsable y cristiano, me atrevería a pedirles además otras cosas, que entiendo más importantes. Echo de menos, por ejemplo, la necesaria autocrítica. Se exhiben con frecuencia injustificadas excusas, que buscan derivar la propia responsabilidad hacia el sistema y hacía quienes lo han impuesto y lo mantienen. Probablemente, no les falte una cierta razón. Pero no estaría de más que se preguntasen si, a partir de la evidente presencia activa de la Iglesia católica en Mallorca en el panorama educativo, no tienen también una cierta responsabilidad en el desastre escolar que padecemos y en la tan cacareada incultura que nos invade. Aquí, Señores Obispos, tienen un extenso campo para la reflexión, el diálogo, la actuación consiguiente y el servicio al pueblo.
Si, como `parece, desean seguir con su presencia en el sistema, no entiendo por qué no revisan a fondo la calidad de la enseñanza que se imparte en los centros que regentan. Ya sé que no se puede medir a todos con el mismo rasero. Pero también sé que se aprecia, en muchos padres, un amargo sentimiento de frustración respecto de la enseñanza que se imparte y del nivel de exigencia que se exige. Son evidentes las carencias al respecto. Reconozco que existen todavía centros católicos modélicos y excelentes. Pero creo, al mismo tiempo, que la calidad ha descendido a niveles ínfimos y que la mayoría deja bastante que desear en cuanto centros de enseñanza. ¿Por qué han perdido o renunciado a la excelencia que tradicionalmente distinguía a los centros católicos de enseñanza desde la perspectiva de la instrucción que en ellos se impartía? ¿Se lo han preguntado alguna vez? No se equivoquen. El primer servicio que pueden prestar a la sociedad balear estriba en que los Centros católicos funcionen, en primer lugar y ante todo, como verdaderos centros de enseñanza e instrucción.
Hace unos cuantos años ya me manifesté desde estas mismas páginas en términos críticos. “Con todas las matizaciones que se quiera –los padres y profesores lo sabemos muy bien-, se evidencian, en estos centros católicos, los mismos o parecidos defectos que son apreciables en la mayoría de los centros públicos. Esto es, no parece que se distingan por su eficacia. No creo que garanticen la transmisión de los contenidos exigibles en matemáticas, historia, geografía o literatura. Al menos, no se puede descartar la presencia de elementos para ponerlo en tela de juicio”.
Todo sigue igual o peor y no todo es atribuible, sin más, al sistema. A partir de tal situación, nos surge una pregunta un tanto radical: ¿Para qué mantienen abiertos muchos de sus centros educativos? La respuesta –y lo digo con dolor- no me parece fácil, ni necesariamente unívoca, ni mucho menos positiva. Y es que o los Colegios de la Iglesia son buenos centros educativos, brillan por su excelencia, superan con creces la comparación con los centros públicos, o dudo que merezcan la pena y sirvan realmente al ciudadano y creyente. ¿De verdad piensan, Srs Obispos, que no cabe realizar cambios apreciables de mejora? Ya es hora de que se pongan a ello.
Creo, finalmente, que están muy lejos de secundar el proceder de Mark TWain, esto es, no dejar que la instrucción escolar se interfiera con la educación.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 1.03.2008, pág. 9
lunes, 25 de febrero de 2008
EN EL CORAZÓN DE UN SOLO HOMBRE
A medida que se acerca la cita electoral, he vuelto a sentir el impulso que me lleva a reafirmar la fuerza que aparece en mi verdad, que creo compartir con muchos lectores y ciudadanos. Hay que superar el miedo y confesar –por más que les pese a muchos- las propias convicciones e ideas, que cada cual aspira a realizar en su vida. Hay que reivindicar el derecho a vivir según el dictado de la propia conciencia. Hay que dar la cara y pasar de las etiquetas que le cuelguen a uno. No importa que le echen el sambenito que sea. Todo ello forma parte de la sagacidad del adversario.
Pues bien, desde la anterior perspectiva, quiero proclamar algunas cosas de las que somos herederos, también en esta tierra. Su olvido y desistimiento son procurados por la izquierda que, con tanta incompetencia y con la complicidad de cierta derecha, tan mal ejerce los poderes que le hemos dado.
Frente a su sectaria prepotencia, proclamo la laicidad como quintaesencia de los valoras espirituales que hemos atesorado a lo largo de un larga historia construida con la argamasa de la cultura helénica, el cristianismo y la ilustración. Sí, una laicidad, que no es enfrentamiento contra la religión sino respeto y tolerancia con todas.
Frente al caduco y trasnochado multiculturalismo socialista (por, cierto importado de USA), proclamo la intolerancia más absoluta frente a quienes, vengan de donde vengan –también para los que estamos aquí-, no acepten ni respeten los derechos humanos, que han de ser el verdadero germen de una ética civil universal. No entiendo de identidades culturales que conlleven la pervivencia de discriminaciones que, en modo alguno, son de recibo.
Frente a tantas organizaciones feministas de género proclamo mi creencia en la igualdad dignidad de la mujer y el hombre, a la vez que rechazo, por discriminatorios, los contenidos de lo femeninamente correcto.
Frente a los tópicos que vienen repitiendo las mujeres del Insitut Balear de la Dona y su patulea de corifeas, proclamo, con Simone Veil, que “ya no podemos cerrar los ojos sobre los … abortos que cada año mutilan a las mujeres …”. Me resisto a calificar como progresista a todo aquello que, para resolver la coyuntural situación problemática de una mujer, haya de pasar por destruir la vida de un feto de siete u ocho meses.
Frente a tanta división, a tanta remoción de viejas diatribas, a tanta agitación de sentimientos encontramos, a tanto volver la mirada al pasado, proclamo la fe y la esperanza en el futuro.
Frente al abandonismo cultural –verdadera tradición de esta tierra-, lamento que no quepa esperar de quienes nos gobiernan ni siquiera el fresco rocío mañanero. ¡Peor que un desierto!
Frente a la clase política, que nos viene mintiendo demasiadas veces, proclamo que no me interesa su verdad, lamento la violencia que le acompaña y protesto por su impunidad.
Frente a tanta opinión obediente y claudicante, frente a tanta cobardía intelectual, proclamo la libertad de expresión, ‘la libertad de decirles a los demás lo que no quieren oír’, que diría Orwell.
Frente al ‘cordon sanitario’ –se sigue en las mismas-, proclamo su antidemocrático y miserable proceder.
Frente a tanto político, sospechoso de servirse del poder en beneficio propio, proclamo que están deslegitimados para su función y lamento que, a veces, hasta sean jaleados por la inmensa caterva de ciudadanos que les ríen sus gracias.
Sin embargo, afirmo, con Sarkozy, que tengo, a pesar de todo, “la certeza de que nada está totalmente perdido mientras siga ardiendo el fuego de la resistencia en el corazón de un solo hombre”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 23.02.2008, pág 9
A medida que se acerca la cita electoral, he vuelto a sentir el impulso que me lleva a reafirmar la fuerza que aparece en mi verdad, que creo compartir con muchos lectores y ciudadanos. Hay que superar el miedo y confesar –por más que les pese a muchos- las propias convicciones e ideas, que cada cual aspira a realizar en su vida. Hay que reivindicar el derecho a vivir según el dictado de la propia conciencia. Hay que dar la cara y pasar de las etiquetas que le cuelguen a uno. No importa que le echen el sambenito que sea. Todo ello forma parte de la sagacidad del adversario.
Pues bien, desde la anterior perspectiva, quiero proclamar algunas cosas de las que somos herederos, también en esta tierra. Su olvido y desistimiento son procurados por la izquierda que, con tanta incompetencia y con la complicidad de cierta derecha, tan mal ejerce los poderes que le hemos dado.
Frente a su sectaria prepotencia, proclamo la laicidad como quintaesencia de los valoras espirituales que hemos atesorado a lo largo de un larga historia construida con la argamasa de la cultura helénica, el cristianismo y la ilustración. Sí, una laicidad, que no es enfrentamiento contra la religión sino respeto y tolerancia con todas.
Frente al caduco y trasnochado multiculturalismo socialista (por, cierto importado de USA), proclamo la intolerancia más absoluta frente a quienes, vengan de donde vengan –también para los que estamos aquí-, no acepten ni respeten los derechos humanos, que han de ser el verdadero germen de una ética civil universal. No entiendo de identidades culturales que conlleven la pervivencia de discriminaciones que, en modo alguno, son de recibo.
Frente a tantas organizaciones feministas de género proclamo mi creencia en la igualdad dignidad de la mujer y el hombre, a la vez que rechazo, por discriminatorios, los contenidos de lo femeninamente correcto.
Frente a los tópicos que vienen repitiendo las mujeres del Insitut Balear de la Dona y su patulea de corifeas, proclamo, con Simone Veil, que “ya no podemos cerrar los ojos sobre los … abortos que cada año mutilan a las mujeres …”. Me resisto a calificar como progresista a todo aquello que, para resolver la coyuntural situación problemática de una mujer, haya de pasar por destruir la vida de un feto de siete u ocho meses.
Frente a tanta división, a tanta remoción de viejas diatribas, a tanta agitación de sentimientos encontramos, a tanto volver la mirada al pasado, proclamo la fe y la esperanza en el futuro.
Frente al abandonismo cultural –verdadera tradición de esta tierra-, lamento que no quepa esperar de quienes nos gobiernan ni siquiera el fresco rocío mañanero. ¡Peor que un desierto!
Frente a la clase política, que nos viene mintiendo demasiadas veces, proclamo que no me interesa su verdad, lamento la violencia que le acompaña y protesto por su impunidad.
Frente a tanta opinión obediente y claudicante, frente a tanta cobardía intelectual, proclamo la libertad de expresión, ‘la libertad de decirles a los demás lo que no quieren oír’, que diría Orwell.
Frente al ‘cordon sanitario’ –se sigue en las mismas-, proclamo su antidemocrático y miserable proceder.
Frente a tanto político, sospechoso de servirse del poder en beneficio propio, proclamo que están deslegitimados para su función y lamento que, a veces, hasta sean jaleados por la inmensa caterva de ciudadanos que les ríen sus gracias.
Sin embargo, afirmo, con Sarkozy, que tengo, a pesar de todo, “la certeza de que nada está totalmente perdido mientras siga ardiendo el fuego de la resistencia en el corazón de un solo hombre”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 23.02.2008, pág 9
viernes, 22 de febrero de 2008
LA TIRANÍA DE LA HUMANIDAD
Hace unos días, los medios de comunicación nos ofrecían un variado, pero anticuado desayuno. El maestro cocinero que lo confeccionaba era Gaspar Llamazares. En realidad, era lo de siempre: sectarismo, anticlericalismo, irracionalidad, mínima sensibilidad por las libertades de quienes no piensan igual, progreso congrejil.
Ante la toma de posición de la Comisión permanente de la Conferencia episcopal respecto de las próximas elecciones generales, reprochaba a ZP que eso le pasaba por no haber propiciado, en la pasada legislatura, la laicidad del Estado. Me temo que el Sr. Llamazares, como el resto de la izquierda que nos gobierna, ignore totalmente qué es eso de la laicidad. Si lo supiese no diría tales tonterías. ¡Esto es lo que hay!
Es opinable si ZP, a lo largo de estos cuatro últimos años, ha adoptado frente al hecho religioso la postura propia de un Estado inspirado en la laicidad o, más bien, en un trasnochado laicismo. Ya saben que la diferencia es notabilísima. Se trataría de situar a la izquierda en los finales del s. XIX (laicismo) o en los tiempos postmodernos (laicidad). Probablemente, no quepa otra perspectiva que la de subrayar una tendencia. Esta, en el gobierno ZP, se escora claramente al laicismo caduco y trasnochado, por mucho que hablen de progreso. Lo cual, dicho con palabras de Vargas Llosa, “… es la más peligrosa de las mentiras”.
Lo que nadie duda es que, en cualquier Estado en que la laicidad se haya consolidado, los Obispos, como cualquier otro grupo organizado, de inspiración religiosa o no, gozan de libertad para opinar sobre cualquier tema que se debata en la plaza pública. ¡No faltaba más! Lo político no es exclusivo de la clase política. Eso es lo que le gustaría a cierta clase política. Cualquier tema que interesa a la ciudadanía, incluido el terrorismo, puede y debe ser debatido, máxime en periodo electoral. ¿Por qué no? Laicidad es garantía de libertad, es neutralidad, igualdad de trato, valoración positiva de lo religioso
Puede que lo que los Obispos han dicho en esta ocasión no guste a la izquierda más radicalizada. Pero deberíamos reconocer, al mismo tiempo, que la sociedad española presenta ahora rasgos especialmente inquietantes. La pasada legislatura no ha sido precisamente modélica. El futuro inmediato se atisba con preocupación. Más que nunca es necesaria la participación de todos, el debate público, la opinión de los contrarios. ¿A qué viene, entonces, armar tanta algarabía? ¡Qué lejos estamos de comportarnos con talante democrático!
En una democracia consolidada, la clase política no debería inmutarse lo más mínimo por estos debates, ni obstaculizarlos ni reaccionar ante ellos con histerismo y con amenazas. Al contrario, deberían ser recibidos con toda naturalidad. Incluso, aplaudidos pues concurren, en la plaza pública, a conformar opiniones fundadas. ¿No decimos que la sociedad española es muy plural? No se ve que lo compartan los pontífices de la izquierda. En cualquier país laico, la opinión de los Obispos sería respetada, tolerada e, incluso, puede que pasase inadvertida. ¿Por qué tenemos que seguir siendo diferentes?
Mucho me temo que lo que, en realidad, propicia Llamazares –y el PSOE dada su histriónica y poco democrática reacción- es el laicismo: volver al s. XIX, perseguir lo religioso, eliminar la libertad, actuar sectariamente, acallar al disidente, imponer el pensamiento único, dirigir las conciencias, silenciar a los grupos religiosos.
Para ello –mucho me temo que sea así- nada más útil que un sistema educativo ineficaz como el que se empeña en imponer la izquierda, productor a mansalva de analfabetos funcionales, de verdaderos ignorantes. Me parece oportuno recordar, a este propósito, un dicho del gran Vargas Llosa, absolutamente confirmado por la experiencia diaria, a saber: “… la tiranía de la humanidad es la ignorancia” (Vargas Llosa).
Hace unos días, los medios de comunicación nos ofrecían un variado, pero anticuado desayuno. El maestro cocinero que lo confeccionaba era Gaspar Llamazares. En realidad, era lo de siempre: sectarismo, anticlericalismo, irracionalidad, mínima sensibilidad por las libertades de quienes no piensan igual, progreso congrejil.
Ante la toma de posición de la Comisión permanente de la Conferencia episcopal respecto de las próximas elecciones generales, reprochaba a ZP que eso le pasaba por no haber propiciado, en la pasada legislatura, la laicidad del Estado. Me temo que el Sr. Llamazares, como el resto de la izquierda que nos gobierna, ignore totalmente qué es eso de la laicidad. Si lo supiese no diría tales tonterías. ¡Esto es lo que hay!
Es opinable si ZP, a lo largo de estos cuatro últimos años, ha adoptado frente al hecho religioso la postura propia de un Estado inspirado en la laicidad o, más bien, en un trasnochado laicismo. Ya saben que la diferencia es notabilísima. Se trataría de situar a la izquierda en los finales del s. XIX (laicismo) o en los tiempos postmodernos (laicidad). Probablemente, no quepa otra perspectiva que la de subrayar una tendencia. Esta, en el gobierno ZP, se escora claramente al laicismo caduco y trasnochado, por mucho que hablen de progreso. Lo cual, dicho con palabras de Vargas Llosa, “… es la más peligrosa de las mentiras”.
Lo que nadie duda es que, en cualquier Estado en que la laicidad se haya consolidado, los Obispos, como cualquier otro grupo organizado, de inspiración religiosa o no, gozan de libertad para opinar sobre cualquier tema que se debata en la plaza pública. ¡No faltaba más! Lo político no es exclusivo de la clase política. Eso es lo que le gustaría a cierta clase política. Cualquier tema que interesa a la ciudadanía, incluido el terrorismo, puede y debe ser debatido, máxime en periodo electoral. ¿Por qué no? Laicidad es garantía de libertad, es neutralidad, igualdad de trato, valoración positiva de lo religioso
Puede que lo que los Obispos han dicho en esta ocasión no guste a la izquierda más radicalizada. Pero deberíamos reconocer, al mismo tiempo, que la sociedad española presenta ahora rasgos especialmente inquietantes. La pasada legislatura no ha sido precisamente modélica. El futuro inmediato se atisba con preocupación. Más que nunca es necesaria la participación de todos, el debate público, la opinión de los contrarios. ¿A qué viene, entonces, armar tanta algarabía? ¡Qué lejos estamos de comportarnos con talante democrático!
En una democracia consolidada, la clase política no debería inmutarse lo más mínimo por estos debates, ni obstaculizarlos ni reaccionar ante ellos con histerismo y con amenazas. Al contrario, deberían ser recibidos con toda naturalidad. Incluso, aplaudidos pues concurren, en la plaza pública, a conformar opiniones fundadas. ¿No decimos que la sociedad española es muy plural? No se ve que lo compartan los pontífices de la izquierda. En cualquier país laico, la opinión de los Obispos sería respetada, tolerada e, incluso, puede que pasase inadvertida. ¿Por qué tenemos que seguir siendo diferentes?
Mucho me temo que lo que, en realidad, propicia Llamazares –y el PSOE dada su histriónica y poco democrática reacción- es el laicismo: volver al s. XIX, perseguir lo religioso, eliminar la libertad, actuar sectariamente, acallar al disidente, imponer el pensamiento único, dirigir las conciencias, silenciar a los grupos religiosos.
Para ello –mucho me temo que sea así- nada más útil que un sistema educativo ineficaz como el que se empeña en imponer la izquierda, productor a mansalva de analfabetos funcionales, de verdaderos ignorantes. Me parece oportuno recordar, a este propósito, un dicho del gran Vargas Llosa, absolutamente confirmado por la experiencia diaria, a saber: “… la tiranía de la humanidad es la ignorancia” (Vargas Llosa).
viernes, 8 de febrero de 2008
HUNDIMIENTO PROGRESIVO
Como es sabido, son muchos los problemas que gravitan en la actualidad sobre la humanidad. Están en la mente de todos. A pesar del maravilloso progreso técnico, económico y social a que hemos llegado, nos asalta una cierta duda razonable: ¿estamos en condiciones de afrontar dichos problemas y equilibrar la situación? No lo sé. Pero, en todo caso, parece claro que, como ha dicho Alberto Buela, el falso dios del progreso está moribundo.
Con todo, el verdadero problema quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando. En este sentido, cabría hablar, más bien, de “una continuada decadencia”, de “un hundimiento progresivo”.
“ Para mí –ha dicho Agustín López Tobajas- la cuestión es que el progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus ‘avances’. De hecho, aquel mundo permitía o hacía posible el acceso al sentido, a la plenitud espiritual, y el que ahora vivimos parece empeñado en impedirlo. Ésa es la diferencia”.
¡Casi nada!
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 8-14.02.2008, pág. 2
Como es sabido, son muchos los problemas que gravitan en la actualidad sobre la humanidad. Están en la mente de todos. A pesar del maravilloso progreso técnico, económico y social a que hemos llegado, nos asalta una cierta duda razonable: ¿estamos en condiciones de afrontar dichos problemas y equilibrar la situación? No lo sé. Pero, en todo caso, parece claro que, como ha dicho Alberto Buela, el falso dios del progreso está moribundo.
Con todo, el verdadero problema quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando. En este sentido, cabría hablar, más bien, de “una continuada decadencia”, de “un hundimiento progresivo”.
“ Para mí –ha dicho Agustín López Tobajas- la cuestión es que el progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus ‘avances’. De hecho, aquel mundo permitía o hacía posible el acceso al sentido, a la plenitud espiritual, y el que ahora vivimos parece empeñado en impedirlo. Ésa es la diferencia”.
¡Casi nada!
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 8-14.02.2008, pág. 2
domingo, 27 de enero de 2008
CONDICIÓN DE LIBERTAD
Para desgracia propia, los españoles, como pueblo, nos hemos distinguido, a lo largo de la historia, por defender causas perdidas. Hemos sido tan insensatos y tan chulos que nos hemos permitido el lujo de dejar pasar el tren del progreso en el que viajaba Europa. Eso sí, nos hemos enzarzado en estériles luchas fratricidas, víctimas del fundamentalismo que muchos se empeñan en exhibir. Y en éstas estamos en los albores del siglo XXI: discutiendo si son churras o merinas.
A estas alturas de la historia, parece indiscutible que un Estado democrático tiene que ser laico. La laicidad –que no es sinónimo de laicismo- es una garantía de igualdad de trato, de estricta neutralidad, de libertad. ¿Por qué nos empeñamos –unos y otros- en poner piedras en este camino? ¿A qué viene, a estas alturas, tanto sectarismo laicista y tanto confesionalismo encubierto? ¿Por qué no practicamos algo tan elemental y de sentido común cómo permitir que cada cual decida su propio destino en libertad? ¿Por qué tanto empeño –de unos y otros- en imponer a los demás las propias concepciones del mundo, de la vida y del hombre?
A este respecto, no nos vendría nada mal darnos una vuelta por la ‘católica’ Francia –laica, sin embargo-. Tenemos mucho que aprender. Resolvieron estos problemas, de modo definitivo, ya en 1905. Hace a penas unos días, su Presidente, Nicolás Sarkozy, dijo ante el Papa: “… Nadie cuestiona ya que el régimen francés de laicidad es hoy una libertad: libertad de creer o no creer, de practicar una religión y de cambiarla por otra, de no ser afectado en su conciencia por prácticas ostentatorias, libertad para los padres de hacer que se dé a sus hijos una educación conforme a sus convicciones, libertad de no ser discriminado por la administración en función de las propias creencias …”.
Vuelvan a leerlo de nuevo. Hagan, a continuación, un alto en la lectura y traten de interiorizar estas palabras, de comprender toda su grandeza, de aceptar sus exigencias, de comprometer la lucha diaria por hacerlas realidad. ¿Por qué hemos de ser tan sectarios y buscar siempre imponer a los demás nuestras propias convicciones, sean del signo que sean? Todos, absolutamente todos -Poderes públicos, ciudadanos y Poderes religiosos-, deberíamos sentirnos orgullosos de una sociedad que, ante todo y sobre todo, respetase la conciencia de cada cual. Todos, absolutamente todos, deberíamos entender que, a partir de la libertad de creencias, es lícito, como dijera Tomás Moro, hacer prosélitos pero esto debe hacerse ‘aportando razones’.
En una sociedad tan pluralista como la que nos ha tocado vivir, la laicidad se afirma como una necesidad y un instrumento de civilización. Volvemos otra vez al Presidente francés: “… la laicidad se ha afirmado como una necesidad y una oportunidad. Se ha convertido en una condición de la paz civil. Y por eso el pueblo francés ha sido tan ardiente para defender la libertad escolar como para desear la prohibición de signos ostentatorios en la escuela… Por eso voto por el advenimiento de una laicidad positiva, es decir una laicidad que, siempre velando por la libertad de pensar, de creer y no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino que son un valor”.
Casi nada. ¿Cuándo entenderemos y practicaremos los españoles algo tan elemental e indispensable para la convivencia en paz? Cuando alguien intenta meterse en donde no le corresponde, dirigir las conciencias de los demás, ignorar derechos de los padres respecto de sus hijos, adoctrinar cualquiera que sea la excusa que exhiba, está alterando la paz civil, la sociedad misma. Está dividiendo, está molestando, está siendo irrespetuoso con los derechos de los ciudadanos, que hacen muy bien en revelarse y desobedecer. Si esto lo hace el Poder público, por intentarlo se está deslegitimando como tal. Le otorgamos los poderes que ostenta, precisamente para tutelar nuestros derechos.
Para desgracia propia, los españoles, como pueblo, nos hemos distinguido, a lo largo de la historia, por defender causas perdidas. Hemos sido tan insensatos y tan chulos que nos hemos permitido el lujo de dejar pasar el tren del progreso en el que viajaba Europa. Eso sí, nos hemos enzarzado en estériles luchas fratricidas, víctimas del fundamentalismo que muchos se empeñan en exhibir. Y en éstas estamos en los albores del siglo XXI: discutiendo si son churras o merinas.
A estas alturas de la historia, parece indiscutible que un Estado democrático tiene que ser laico. La laicidad –que no es sinónimo de laicismo- es una garantía de igualdad de trato, de estricta neutralidad, de libertad. ¿Por qué nos empeñamos –unos y otros- en poner piedras en este camino? ¿A qué viene, a estas alturas, tanto sectarismo laicista y tanto confesionalismo encubierto? ¿Por qué no practicamos algo tan elemental y de sentido común cómo permitir que cada cual decida su propio destino en libertad? ¿Por qué tanto empeño –de unos y otros- en imponer a los demás las propias concepciones del mundo, de la vida y del hombre?
A este respecto, no nos vendría nada mal darnos una vuelta por la ‘católica’ Francia –laica, sin embargo-. Tenemos mucho que aprender. Resolvieron estos problemas, de modo definitivo, ya en 1905. Hace a penas unos días, su Presidente, Nicolás Sarkozy, dijo ante el Papa: “… Nadie cuestiona ya que el régimen francés de laicidad es hoy una libertad: libertad de creer o no creer, de practicar una religión y de cambiarla por otra, de no ser afectado en su conciencia por prácticas ostentatorias, libertad para los padres de hacer que se dé a sus hijos una educación conforme a sus convicciones, libertad de no ser discriminado por la administración en función de las propias creencias …”.
Vuelvan a leerlo de nuevo. Hagan, a continuación, un alto en la lectura y traten de interiorizar estas palabras, de comprender toda su grandeza, de aceptar sus exigencias, de comprometer la lucha diaria por hacerlas realidad. ¿Por qué hemos de ser tan sectarios y buscar siempre imponer a los demás nuestras propias convicciones, sean del signo que sean? Todos, absolutamente todos -Poderes públicos, ciudadanos y Poderes religiosos-, deberíamos sentirnos orgullosos de una sociedad que, ante todo y sobre todo, respetase la conciencia de cada cual. Todos, absolutamente todos, deberíamos entender que, a partir de la libertad de creencias, es lícito, como dijera Tomás Moro, hacer prosélitos pero esto debe hacerse ‘aportando razones’.
En una sociedad tan pluralista como la que nos ha tocado vivir, la laicidad se afirma como una necesidad y un instrumento de civilización. Volvemos otra vez al Presidente francés: “… la laicidad se ha afirmado como una necesidad y una oportunidad. Se ha convertido en una condición de la paz civil. Y por eso el pueblo francés ha sido tan ardiente para defender la libertad escolar como para desear la prohibición de signos ostentatorios en la escuela… Por eso voto por el advenimiento de una laicidad positiva, es decir una laicidad que, siempre velando por la libertad de pensar, de creer y no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino que son un valor”.
Casi nada. ¿Cuándo entenderemos y practicaremos los españoles algo tan elemental e indispensable para la convivencia en paz? Cuando alguien intenta meterse en donde no le corresponde, dirigir las conciencias de los demás, ignorar derechos de los padres respecto de sus hijos, adoctrinar cualquiera que sea la excusa que exhiba, está alterando la paz civil, la sociedad misma. Está dividiendo, está molestando, está siendo irrespetuoso con los derechos de los ciudadanos, que hacen muy bien en revelarse y desobedecer. Si esto lo hace el Poder público, por intentarlo se está deslegitimando como tal. Le otorgamos los poderes que ostenta, precisamente para tutelar nuestros derechos.
domingo, 20 de enero de 2008
TOMEMOS NOTA
Hace unos días dijo Nicolás Sarkozy: “… Nadie cuestiona ya que el régimen francés de laicidad es hoy una libertad: libertad de creer o no creer, de practicar una religión y de cambiarla por otra, de no ser afectado en su conciencia por prácticas ostentatorias, libertad para los padres de hacer que se dé a sus hijos una educación conforme a sus convicciones, libertad de no ser discriminado por la administración en función de las propias creencias… Francia ha cambiado mucho. Los franceses tienen convicciones más diversas que antes. A partir de ahí la laicidad se ha afirmado como una necesidad y una oportunidad. Se ha convertido en una condición de la paz civil. Y por eso el pueblo francés ha sido tan ardiente para defender la libertad escolar como para desear la prohibición de signos ostentatorios en la escuela… Por eso voto por el advenimiento de una laicidad positiva, es decir una laicidad que, siempre velando por la libertad de pensar, de creer y no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino que son un valor”.
Hace unos días dijo Nicolás Sarkozy: “… Nadie cuestiona ya que el régimen francés de laicidad es hoy una libertad: libertad de creer o no creer, de practicar una religión y de cambiarla por otra, de no ser afectado en su conciencia por prácticas ostentatorias, libertad para los padres de hacer que se dé a sus hijos una educación conforme a sus convicciones, libertad de no ser discriminado por la administración en función de las propias creencias… Francia ha cambiado mucho. Los franceses tienen convicciones más diversas que antes. A partir de ahí la laicidad se ha afirmado como una necesidad y una oportunidad. Se ha convertido en una condición de la paz civil. Y por eso el pueblo francés ha sido tan ardiente para defender la libertad escolar como para desear la prohibición de signos ostentatorios en la escuela… Por eso voto por el advenimiento de una laicidad positiva, es decir una laicidad que, siempre velando por la libertad de pensar, de creer y no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino que son un valor”.
SOBRE TERRENO LLANO
Con demasiada frecuencia, oímos los lamentos de la Jerarquía católica ante los ataques que, desde su perspectiva, recibe la familia en el mundo actual. Con referencia a España, todos los males se centran, en los últimos tiempos, en la acción del ‘laicista’ Gobierno socialista.
Sin negar ciertos rasgos de un caduco laicismo, ya más que superado a nivel doctrinal, me parece que es un error convertir al Gobierno en la causa de todos los males de la familia. El problema, que ya viene de muy lejos, no reside, ni mucho menos, en cuándo se puede pedir el divorcio, o en si las uniones entre homosexuales son o no matrimonio, o en si determinadas leyes y conductas personales o sociales se corresponden o no con la moral católica, o en si se han de admitir o no las uniones de hecho. Creo sinceramente que la cuestión, vista desde una perspectiva de sensatez, gira en torno a un quicio muy diferente.
Ciertamente la Iglesia católica opone ante estos supuestos males una prolífica actividad magisterial. Son abundantes los documentos doctrinales, las notas pastorales, las declaraciones y orientaciones morales. Pero, al mismo tiempo, no parece que debiera ignorar que no tiene la garantía de que ese tipo de acción llegue al fiel y que, por tanto, su influjo en la mayoría de las conciencias es mínimo o nulo. Es más, en la medida en que su eco resuena en los oídos del gran público, suelen –quizás por la intermediación interesada de algunos medios de comunicación- primar los aspectos de su doctrina más controvertidos socialmente. Lo cual hace que se produzca de hecho un efecto contrario al pretendido. Se diga lo que se diga, se eche la culpa a quien se eche (incluidos ciertos teólogos), lo cierto es que la masa social, e incluso la parte que se profesa católica, no comparte en la práctica tanta condena y negatividad como suele acompañar al mensaje clerical, sobre todo en relación con ciertos aspectos de la moral sexual. Se diga lo que se diga, lo cierto es que la Iglesia viene secularmente utilizando el mismo método, al parecer, si nos atenemos a como está el patio familiar, con muy dudosa eficacia.
Frente a todo lo anterior, me parece obligado, por el contrario, denunciar que no se detecta en la posición de la Iglesia católica una cierta dosis de autocrítica. Quizás unas cuantas preguntas nos pongan en el sendero de una acción que está por realizarse: ¿Qué más –al margen de tanto documento y condena- hace la Iglesia por la familia? ¿Qué apoyo recibe de hecho una pareja con dificultades en su convivencia diaria? ¿Qué se ofrece a los matrimonios con problemas más allá de un lenguaje poco inteligible y una moral restrictiva? ¿Qué servicios permanentes existen en la Iglesia a los que poder acudir y que además acrediten una cierta capacidad de acogida y de entendimiento de la realidad que se vive en pareja? ¿Por qué, en este terreno, se sigue con la tradicional desconfianza hacia los laicos? ¿Por qué no se encomienda esta labor a personas creyentes, que viven en pareja con un cierto nivel de compromiso, y que, por haber experimentado a diario las dificultades de la vida en común, generarían un grado mayor de credibilidad? ¿La Jerarquía católica se toma realmente en serio la preparación de sus fieles para el matrimonio?
Sinceramente creo que, en este campo, está casi todo por hacer. No sirve de nada pronunciar melifluas palabras sobre la gracia sacramental. La partida se ventila de tejas abajo. Lo estrictamente humano es esencial en este orden de cosas. Aunque no se corresponda en todo con el ideal católico, la Iglesia debería prestar mayor atención a quienes luchan por vivir en pareja en medio de múltiples dificultades. No es sólo un problema de moral ni de formas de convivencia. Es primariamente una cuestión de madurez personal, de ciertas virtudes humanas, de compromiso y de responsabilidad.
Por lo demás, la Iglesia no debería estar tan atenta a la adversidad, a las dificultades y a los peligros que acechan a la familia en la hora presente. Su sabiduría debiera llevarle a no olvidar el dicho de Aristóteles: “Fatiga menos caminar sobre terreno accidentado que sobre terreno llano”.
Con demasiada frecuencia, oímos los lamentos de la Jerarquía católica ante los ataques que, desde su perspectiva, recibe la familia en el mundo actual. Con referencia a España, todos los males se centran, en los últimos tiempos, en la acción del ‘laicista’ Gobierno socialista.
Sin negar ciertos rasgos de un caduco laicismo, ya más que superado a nivel doctrinal, me parece que es un error convertir al Gobierno en la causa de todos los males de la familia. El problema, que ya viene de muy lejos, no reside, ni mucho menos, en cuándo se puede pedir el divorcio, o en si las uniones entre homosexuales son o no matrimonio, o en si determinadas leyes y conductas personales o sociales se corresponden o no con la moral católica, o en si se han de admitir o no las uniones de hecho. Creo sinceramente que la cuestión, vista desde una perspectiva de sensatez, gira en torno a un quicio muy diferente.
Ciertamente la Iglesia católica opone ante estos supuestos males una prolífica actividad magisterial. Son abundantes los documentos doctrinales, las notas pastorales, las declaraciones y orientaciones morales. Pero, al mismo tiempo, no parece que debiera ignorar que no tiene la garantía de que ese tipo de acción llegue al fiel y que, por tanto, su influjo en la mayoría de las conciencias es mínimo o nulo. Es más, en la medida en que su eco resuena en los oídos del gran público, suelen –quizás por la intermediación interesada de algunos medios de comunicación- primar los aspectos de su doctrina más controvertidos socialmente. Lo cual hace que se produzca de hecho un efecto contrario al pretendido. Se diga lo que se diga, se eche la culpa a quien se eche (incluidos ciertos teólogos), lo cierto es que la masa social, e incluso la parte que se profesa católica, no comparte en la práctica tanta condena y negatividad como suele acompañar al mensaje clerical, sobre todo en relación con ciertos aspectos de la moral sexual. Se diga lo que se diga, lo cierto es que la Iglesia viene secularmente utilizando el mismo método, al parecer, si nos atenemos a como está el patio familiar, con muy dudosa eficacia.
Frente a todo lo anterior, me parece obligado, por el contrario, denunciar que no se detecta en la posición de la Iglesia católica una cierta dosis de autocrítica. Quizás unas cuantas preguntas nos pongan en el sendero de una acción que está por realizarse: ¿Qué más –al margen de tanto documento y condena- hace la Iglesia por la familia? ¿Qué apoyo recibe de hecho una pareja con dificultades en su convivencia diaria? ¿Qué se ofrece a los matrimonios con problemas más allá de un lenguaje poco inteligible y una moral restrictiva? ¿Qué servicios permanentes existen en la Iglesia a los que poder acudir y que además acrediten una cierta capacidad de acogida y de entendimiento de la realidad que se vive en pareja? ¿Por qué, en este terreno, se sigue con la tradicional desconfianza hacia los laicos? ¿Por qué no se encomienda esta labor a personas creyentes, que viven en pareja con un cierto nivel de compromiso, y que, por haber experimentado a diario las dificultades de la vida en común, generarían un grado mayor de credibilidad? ¿La Jerarquía católica se toma realmente en serio la preparación de sus fieles para el matrimonio?
Sinceramente creo que, en este campo, está casi todo por hacer. No sirve de nada pronunciar melifluas palabras sobre la gracia sacramental. La partida se ventila de tejas abajo. Lo estrictamente humano es esencial en este orden de cosas. Aunque no se corresponda en todo con el ideal católico, la Iglesia debería prestar mayor atención a quienes luchan por vivir en pareja en medio de múltiples dificultades. No es sólo un problema de moral ni de formas de convivencia. Es primariamente una cuestión de madurez personal, de ciertas virtudes humanas, de compromiso y de responsabilidad.
Por lo demás, la Iglesia no debería estar tan atenta a la adversidad, a las dificultades y a los peligros que acechan a la familia en la hora presente. Su sabiduría debiera llevarle a no olvidar el dicho de Aristóteles: “Fatiga menos caminar sobre terreno accidentado que sobre terreno llano”.
MÁS HACER Y MENOS HABLAR
Además de la denuncia, la Jerarquía católica podría intentar una cierta autocrítica. Ésta podría concretarse en algunas preguntas: ¿Qué más –al margen de tanto documento y condena- hace la Iglesia por la familia? ¿Qué apoyo recibe de hecho una pareja con dificultades en su convivencia diaria? ¿Qué se ofrece a los matrimonios con problemas más allá de un lenguaje poco inteligible y una moral restrictiva? ¿Qué servicios permanentes existen en la Iglesia a los que poder acudir y que además acrediten una cierta capacidad de acogida y de entendimiento de la realidad que se vive en pareja? ¿Por qué, en este terreno, se sigue con la tradicional desconfianza hacia los laicos? ¿Por qué no se encomienda esta labor a personas creyentes, que viven en pareja con un cierto nivel de compromiso, y que, por haber experimentado a diario las dificultades de la vida en común, generarían un grado mayor de credibilidad? ¿La Jerarquía católica se toma realmente en serio la preparación de sus fieles para el matrimonio? Para mí la conclusión es clara: menos hablar y más hacer.
Además de la denuncia, la Jerarquía católica podría intentar una cierta autocrítica. Ésta podría concretarse en algunas preguntas: ¿Qué más –al margen de tanto documento y condena- hace la Iglesia por la familia? ¿Qué apoyo recibe de hecho una pareja con dificultades en su convivencia diaria? ¿Qué se ofrece a los matrimonios con problemas más allá de un lenguaje poco inteligible y una moral restrictiva? ¿Qué servicios permanentes existen en la Iglesia a los que poder acudir y que además acrediten una cierta capacidad de acogida y de entendimiento de la realidad que se vive en pareja? ¿Por qué, en este terreno, se sigue con la tradicional desconfianza hacia los laicos? ¿Por qué no se encomienda esta labor a personas creyentes, que viven en pareja con un cierto nivel de compromiso, y que, por haber experimentado a diario las dificultades de la vida en común, generarían un grado mayor de credibilidad? ¿La Jerarquía católica se toma realmente en serio la preparación de sus fieles para el matrimonio? Para mí la conclusión es clara: menos hablar y más hacer.
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