… Y DIJO MU
Nos cuenta Correas en su Vocabulario de Refranes (Madrid 1924) que el dicho “habló el buey y dijo mu” se aplica al ignorante que se mete a hablar y dice sin propósito alguna razón necia”. Arriaza en sus Poesías contiene esta fabulilla, compuesta contra aquellos que critican lo que no entienden: “Junto a un negro buey cantaban/un ruiseñor y un canario/y en lo gracioso y lo vario/iguales los dos quedaban./ ‘Decide la cuestión tú’,/ dijo al buey el ruiseñor ;/ y, metiéndose a censor,/ habló el buey dijo:’Mu’ “. El otro día, Antich se metió a censor de IB3 y, siguiendo consignas del ‘muy querido’ Pepino Blanco, nos amenazó con liberarnos de la voz de su amo. Haber si lo cumplen y nos evitan tener que cambiar de canal cuando interviene el Diéguez de turno. ¿Se imaginan la pluralidad de IB3 si la gestionase el Partido socialista? ¡Cómo si no lo comprobásemos a diario en TVE! Por si el mensaje no fuese ya de risa, sólo se le ocurre decir ‘mu’: ellos, los socialistas, desean medios plurales.
Publicado en “Bon dia Malorca”, 134 (2007), pág. 9
martes, 27 de febrero de 2007
domingo, 18 de febrero de 2007
PONER LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES
Anda nuestro clero penando por los rincones catedralicios su mala conciencia. Han metido la pata hasta el corvejón. En expresión castiza, diríamos que ‘la han cagao’. Son muy conscientes de que casi todo lo que ellos debieron preservar se ha ido a tomar viento fresco. Lo cual, para un verdadero creyente, constituye un testimonio que contraviene aquello que hipócritamente exigen a los demás.
Ellos mismos, en sus moderadas manifestaciones, respiran por la herida. Cuanto han dicho al respecto, me parece, en general, atendible, razonable y ajustado a la realidad. En este orden de cosas, quizás la expresión más acendrada de tan radical lamento clerical pueda resumirse en que, como ha subrayado Antonio Alemany, “no hay el menor atisbo de espiritualidad”. Pero, precisamente por ello, lo ocurrido me parece muy grave. Es más, creo –y en esto comparto la fina perspectiva que ha sugerido mi buen amigo Gil Mendoza- que si algún mensaje contiene la obra de Barceló es la proposición del nuevo Dios (muerto el de los cristianos) vigente en la cultura occidental desde la posmodernidad, el superhombre, que, efectivamente, es, en este caso, el propio artista. Semejante camino de salvación ya hace tiempo que ha acreditado su fracaso más rotundo y, en cualquier caso, está en las antípodas de la fe de los cristianos.
Si algo les era exigible a Mons Úbeda y al Cabildo catedral, sobre todo desde la perspectiva de un cristiano, es que, al margen del valor artístico de la obra a realizar, garantizasen, al menos, una propuesta compatible con la fe que profesa la Iglesia, que se compadeciera plenamente con la interpretación teológica del misterio que pretendían presentar y que no cayera, en modo alguno, en el nihilismo anticristiano por antihumano, por muy presente que estuviese en la cultural actual. Pues bien, en tan trascendental testimonio han fallado estrepitosamente. Resulta que nos proponen un Dios que viene rechazando el Magisterio de los últimos tiempos, muy especialmente de Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¡Vaya mensaje cristiano que se difunde desde la cátedra misma del Obispo!
En este orden de cosas, somos muchos los que nos preguntamos cómo se pudo caer en tan iconoclasta y secular error, cómo un sector tan selecto del clero mallorquín pudo amparar un proyecto de estas características, cómo el Cabildo catedral no se plantó ante una propuesta episcopal que, además de no garantizar la pureza doctrinal de la obra final, presentaba evidentes conexiones políticas sibilinamente personificadas en Mons Úbeda, Bestard y Llabrés junto con la existencia de la sospecha de la búsqueda personal de una cierta perpetuación gloriosa en el tiempo. Aquel era el momento de manifestarse, de superar el miedo, de alzar la voz, de hablar. No debieron ignorar, como dijo el ahora Papa Benedicto XVI, que es “la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”. Ahora es ya el tiempo de las lamentaciones y de pedir disculpas.
Como ha dicho Dore Asthon, “el arte contemporáneo está totalmente gobernado por el mercado”. Es decir, por el dinero. Este caso no ha sido –como muy bien sabe el mundo clerical- una excepción. Por eso, sin duda, quiero pensar que lamenta lo ocurrido. Pues bien, he aquí otro punto vulnerable de la actuación de la Iglesia, un verdadero talón de Aquiles. Tiene muy difícil justificación, a estas alturas de la historia, el haber gastado tantas energías en incrementar el propio patrimonio. Se entenderían mejor los esfuerzos realizados si el dinero recaudado se hubiese encauzado en atención a los pobres, a los marginados, a los proscritos de la sociedad consumista. ¿Se imaginan lo que habría hecho, en su día, la madre Teresa con semejante cantidad de dinero? Y, sin ir tan lejos, ¿qué destino piensan que le habría dado Santandreu –aunque sea tan mal visto en los aledaños clericales- a ese dinero?
Espero –tampoco me importa lo contrario- que el mundo clerical en general entienda este deshago moral como la expresión del deber de opinar sobre todo aquello que pertenece al bien de la Iglesia. Cuando tantas cosas, importantes para muchos que somos tenidos por ‘traidores’, se han ido al garete, sólo nos queda la palabra, contar la verdad de lo que ha pasado (Claudio Magris) e intentar no perder la fe y mandarlo todo a paseo. Confieso que, ante actuaciones como la que comentamos, aparecen muchos nubarrones en el horizonte del alma y entiendo, igualmente, que muchos fieles anónimos –e incluso mucha gente de buena fe- se hallen muy confusos. Si, al menos, se aprendiese algo de lo ocurrido, aparecería una cierta esperanza. Ahora, ya no hay nada que hacer. Lo hecho, hecho está, irremediablemente. Me conformaría, por tanto, con el silencio, con la escucha, con un cierto asentimiento, aunque sólo sea interior.
Como se habrá podido advertir, todo lo ocurrido puede que tenga mucho que ver con que la conciencia, como dijo Benavente, “siempre está hecha a la medida” . Esencial principio de sabiduría.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 18.02.2007, pág. 8
Anda nuestro clero penando por los rincones catedralicios su mala conciencia. Han metido la pata hasta el corvejón. En expresión castiza, diríamos que ‘la han cagao’. Son muy conscientes de que casi todo lo que ellos debieron preservar se ha ido a tomar viento fresco. Lo cual, para un verdadero creyente, constituye un testimonio que contraviene aquello que hipócritamente exigen a los demás.
Ellos mismos, en sus moderadas manifestaciones, respiran por la herida. Cuanto han dicho al respecto, me parece, en general, atendible, razonable y ajustado a la realidad. En este orden de cosas, quizás la expresión más acendrada de tan radical lamento clerical pueda resumirse en que, como ha subrayado Antonio Alemany, “no hay el menor atisbo de espiritualidad”. Pero, precisamente por ello, lo ocurrido me parece muy grave. Es más, creo –y en esto comparto la fina perspectiva que ha sugerido mi buen amigo Gil Mendoza- que si algún mensaje contiene la obra de Barceló es la proposición del nuevo Dios (muerto el de los cristianos) vigente en la cultura occidental desde la posmodernidad, el superhombre, que, efectivamente, es, en este caso, el propio artista. Semejante camino de salvación ya hace tiempo que ha acreditado su fracaso más rotundo y, en cualquier caso, está en las antípodas de la fe de los cristianos.
Si algo les era exigible a Mons Úbeda y al Cabildo catedral, sobre todo desde la perspectiva de un cristiano, es que, al margen del valor artístico de la obra a realizar, garantizasen, al menos, una propuesta compatible con la fe que profesa la Iglesia, que se compadeciera plenamente con la interpretación teológica del misterio que pretendían presentar y que no cayera, en modo alguno, en el nihilismo anticristiano por antihumano, por muy presente que estuviese en la cultural actual. Pues bien, en tan trascendental testimonio han fallado estrepitosamente. Resulta que nos proponen un Dios que viene rechazando el Magisterio de los últimos tiempos, muy especialmente de Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¡Vaya mensaje cristiano que se difunde desde la cátedra misma del Obispo!
En este orden de cosas, somos muchos los que nos preguntamos cómo se pudo caer en tan iconoclasta y secular error, cómo un sector tan selecto del clero mallorquín pudo amparar un proyecto de estas características, cómo el Cabildo catedral no se plantó ante una propuesta episcopal que, además de no garantizar la pureza doctrinal de la obra final, presentaba evidentes conexiones políticas sibilinamente personificadas en Mons Úbeda, Bestard y Llabrés junto con la existencia de la sospecha de la búsqueda personal de una cierta perpetuación gloriosa en el tiempo. Aquel era el momento de manifestarse, de superar el miedo, de alzar la voz, de hablar. No debieron ignorar, como dijo el ahora Papa Benedicto XVI, que es “la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”. Ahora es ya el tiempo de las lamentaciones y de pedir disculpas.
Como ha dicho Dore Asthon, “el arte contemporáneo está totalmente gobernado por el mercado”. Es decir, por el dinero. Este caso no ha sido –como muy bien sabe el mundo clerical- una excepción. Por eso, sin duda, quiero pensar que lamenta lo ocurrido. Pues bien, he aquí otro punto vulnerable de la actuación de la Iglesia, un verdadero talón de Aquiles. Tiene muy difícil justificación, a estas alturas de la historia, el haber gastado tantas energías en incrementar el propio patrimonio. Se entenderían mejor los esfuerzos realizados si el dinero recaudado se hubiese encauzado en atención a los pobres, a los marginados, a los proscritos de la sociedad consumista. ¿Se imaginan lo que habría hecho, en su día, la madre Teresa con semejante cantidad de dinero? Y, sin ir tan lejos, ¿qué destino piensan que le habría dado Santandreu –aunque sea tan mal visto en los aledaños clericales- a ese dinero?
Espero –tampoco me importa lo contrario- que el mundo clerical en general entienda este deshago moral como la expresión del deber de opinar sobre todo aquello que pertenece al bien de la Iglesia. Cuando tantas cosas, importantes para muchos que somos tenidos por ‘traidores’, se han ido al garete, sólo nos queda la palabra, contar la verdad de lo que ha pasado (Claudio Magris) e intentar no perder la fe y mandarlo todo a paseo. Confieso que, ante actuaciones como la que comentamos, aparecen muchos nubarrones en el horizonte del alma y entiendo, igualmente, que muchos fieles anónimos –e incluso mucha gente de buena fe- se hallen muy confusos. Si, al menos, se aprendiese algo de lo ocurrido, aparecería una cierta esperanza. Ahora, ya no hay nada que hacer. Lo hecho, hecho está, irremediablemente. Me conformaría, por tanto, con el silencio, con la escucha, con un cierto asentimiento, aunque sólo sea interior.
Como se habrá podido advertir, todo lo ocurrido puede que tenga mucho que ver con que la conciencia, como dijo Benavente, “siempre está hecha a la medida” . Esencial principio de sabiduría.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 18.02.2007, pág. 8
domingo, 11 de febrero de 2007
ARROJAR LA CARA …
Como sabemos, Grosske se ha mirado, por fin, al espejo y éste nos ha devuelto su verdadera cara. No se me ocurre nada mejor para definir la situación en que, por su propia estulticia, se ha colocado ante la opinión pública, que un romance de Polo de Medina (El buen humor de las musas, año 1637) sobre la vieja que rompió el espejo porque le hacía mala cara. Dice así: “…No es mucho, falso espejo, que te quiebre, si cual fui no puedo ser, y cual soy no quiero verme”. A lo que su interlocutor le replica: “¿En qué el espejo te agravia, siendo el tiempo el que te ofende? Que él te dice la verdad, y tu cara es la que miente”.
Se ve que Grosske, entretenido en laminar al PSM al servicio de Antich, no ha tenido tiempo –y sigue sin tenerlo- para reflexionar sobre la actitud claudicante y aburguesada de la izquierda que dice personificar. Si hubiese leído a Orwell –ha llovido bastante desde entonces- sabría que el gran pecado de la izquierda ha sido apartarse de la realidad social y empeñarse, en palabras de Vargas Llosa, “en encajar a ésta en el esquema de la lucha de clases”, en el clisé demagógico de las viejas tesis como las relaciones de producción y las contradicciones de clase.
Si algo ha puesto de relieve todo el embrollo de Grosske ha sido que sigue anclado en el pasado, en el tiempo antiguo, en las mismas respuestas de siempre, en la obsesión anticapitalista de la que participa plenamente como cualquier hijo de vecino, en la hipócrita escenificación de un decorado de cartón piedra, en la culpabilización de todo cuanto ocurre a la inexistente derecha. No importaba a nadie, Señor Grosske, los metros que tenía su casa ni siquiera si era o no ilegal. Lo que importaba es que, cuando le habían pillado con el carrito del helado, se empeñó en negarlo, se comportó con chulería, arrojó a la opinión pública un órdago a la grande y, cuando lo pierde, no cumple, no se atiene a su palabra. No es cuestión de dar gusto a nadie. Es cuestión de dignidad y compromiso con la propia palabra. Es cuestión de respetarse a sí mismo y al electorado.
El problema de la izquierda –y de la clase política en general- es que ha hecho dejación de los grandes principios. Lo que ocurre con Usted, señor Grosske, es que se ha hecho burgués. ¡Qué le vamos hacer! En consecuencia, lo del compromiso de fondo –¿le suena este programa de Lenin?-, le viene muy largo. Lo de la disposición, que diría Slavoj Zizek, a ponerse a hacer el trabajo sucio, le suena a cuerno quemado. ¡Qué pena! Ya ni siquiera la izquierda es consciente de que no puede ser conformista, de que no tiene excusas, de que es responsable. Es en esta radicalidad en la que el Señor Grosske ha quedado con las vergüenzas al aire. En este marco, y con palabras de Zizek, tengo que decirle señor Grosske que “siento un respeto considerable por la gente que no pierde el valor, por la gente que sabe que no hay escapatoria”. ¿Es Usted uno de ellos? Me temo que esto es lo que ha quedado claro: que no lo es.
Lamento ahora tener que recordar, una vez más, la vieja crítica de Orwell a la clase dirigente británica. Es perfectamente aplicable a la mayoría de los políticos que nos representan. Lo diré con palabras de Vargas Llosa. Dice así: “… cortejo de ‘fantasmas’, ‘cádaveres’ que viven en el pasado, y que se han refugiado en la ‘estupidez’ para no ver su ruina inevitable e inminente, … constituye una familia con los miembros peores en los puestos de mando”. ¡Así de triste es la realidad! La gravedad radica en que es nuestra obra personal.
La culpa de todo lo ocurrido, como es habitual en personas y políticos sin compromiso e inconscientes, la tiene el mensajero, el espejo. Ya han visto como Grosske se ha salido por la tangente y ha quebrado el espejo. La verdad –no lo olviden- no le interesa a tan demagogo personaje. Por ello, con Quevedo le decimos: “Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué”.
Publicado en “El mundo. El Día de Baleares”, 11.02.2007, pág. 10
Como sabemos, Grosske se ha mirado, por fin, al espejo y éste nos ha devuelto su verdadera cara. No se me ocurre nada mejor para definir la situación en que, por su propia estulticia, se ha colocado ante la opinión pública, que un romance de Polo de Medina (El buen humor de las musas, año 1637) sobre la vieja que rompió el espejo porque le hacía mala cara. Dice así: “…No es mucho, falso espejo, que te quiebre, si cual fui no puedo ser, y cual soy no quiero verme”. A lo que su interlocutor le replica: “¿En qué el espejo te agravia, siendo el tiempo el que te ofende? Que él te dice la verdad, y tu cara es la que miente”.
Se ve que Grosske, entretenido en laminar al PSM al servicio de Antich, no ha tenido tiempo –y sigue sin tenerlo- para reflexionar sobre la actitud claudicante y aburguesada de la izquierda que dice personificar. Si hubiese leído a Orwell –ha llovido bastante desde entonces- sabría que el gran pecado de la izquierda ha sido apartarse de la realidad social y empeñarse, en palabras de Vargas Llosa, “en encajar a ésta en el esquema de la lucha de clases”, en el clisé demagógico de las viejas tesis como las relaciones de producción y las contradicciones de clase.
Si algo ha puesto de relieve todo el embrollo de Grosske ha sido que sigue anclado en el pasado, en el tiempo antiguo, en las mismas respuestas de siempre, en la obsesión anticapitalista de la que participa plenamente como cualquier hijo de vecino, en la hipócrita escenificación de un decorado de cartón piedra, en la culpabilización de todo cuanto ocurre a la inexistente derecha. No importaba a nadie, Señor Grosske, los metros que tenía su casa ni siquiera si era o no ilegal. Lo que importaba es que, cuando le habían pillado con el carrito del helado, se empeñó en negarlo, se comportó con chulería, arrojó a la opinión pública un órdago a la grande y, cuando lo pierde, no cumple, no se atiene a su palabra. No es cuestión de dar gusto a nadie. Es cuestión de dignidad y compromiso con la propia palabra. Es cuestión de respetarse a sí mismo y al electorado.
El problema de la izquierda –y de la clase política en general- es que ha hecho dejación de los grandes principios. Lo que ocurre con Usted, señor Grosske, es que se ha hecho burgués. ¡Qué le vamos hacer! En consecuencia, lo del compromiso de fondo –¿le suena este programa de Lenin?-, le viene muy largo. Lo de la disposición, que diría Slavoj Zizek, a ponerse a hacer el trabajo sucio, le suena a cuerno quemado. ¡Qué pena! Ya ni siquiera la izquierda es consciente de que no puede ser conformista, de que no tiene excusas, de que es responsable. Es en esta radicalidad en la que el Señor Grosske ha quedado con las vergüenzas al aire. En este marco, y con palabras de Zizek, tengo que decirle señor Grosske que “siento un respeto considerable por la gente que no pierde el valor, por la gente que sabe que no hay escapatoria”. ¿Es Usted uno de ellos? Me temo que esto es lo que ha quedado claro: que no lo es.
Lamento ahora tener que recordar, una vez más, la vieja crítica de Orwell a la clase dirigente británica. Es perfectamente aplicable a la mayoría de los políticos que nos representan. Lo diré con palabras de Vargas Llosa. Dice así: “… cortejo de ‘fantasmas’, ‘cádaveres’ que viven en el pasado, y que se han refugiado en la ‘estupidez’ para no ver su ruina inevitable e inminente, … constituye una familia con los miembros peores en los puestos de mando”. ¡Así de triste es la realidad! La gravedad radica en que es nuestra obra personal.
La culpa de todo lo ocurrido, como es habitual en personas y políticos sin compromiso e inconscientes, la tiene el mensajero, el espejo. Ya han visto como Grosske se ha salido por la tangente y ha quebrado el espejo. La verdad –no lo olviden- no le interesa a tan demagogo personaje. Por ello, con Quevedo le decimos: “Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué”.
Publicado en “El mundo. El Día de Baleares”, 11.02.2007, pág. 10
viernes, 9 de febrero de 2007
LA ESTOICA VIRTUD DEL CORAJE
Aunque con muchos años de retraso, el Estado y la Iglesia católica han llegado, por fin, a un acuerdo bastante razonable con respecto a la llamada asignación tributaria. Sólo se han escuchado aisladas notas disonantes en el muy sectario ámbito de cierta izquierda, que tampoco han gozado de mayor resonancia.
No obstante las muestras de sectarismo anticlerical con que nos ha venido obsequiando ZP y su Gobierno, debemos destacar el trasfondo de valoración positiva que les merece la religión. No han sacado, en esta ocasión, a pasear el laicismo trasnochado. Al contrario, no han tenido inconveniente en colaborar con la Iglesia católica al entender que, al ser abrazados por muchos ciudadanos, los valores religiosos católicos merecen respeto y apoyo efectivo por parte del Estado. Es en este punto de partida en el que son posibles, con respeto escrupuloso a su respectiva identidad, muchos otros encuentros de colaboración.
Desde la perspectiva de la Iglesia católica, me parece que, en este acuerdo, han exhibido una discreta, una estoica y cristiana manera de enfrentar su financiación. El coraje, que está en la base de su actitud, se corresponde con su modestia y naturalidad: se trataba de ser coherentes con lo que tantas veces han repetido. Esto es, acreditar que el movimiento (la confianza en el fiel) se demuestra andando. Un camino, que estará lleno de dificultades, pero que, a la postre, le otorgará mayor credibilidad y confianza.
En este nuevo marco de actuación, creo que la Iglesia se está poniendo a sí misma a prueba. Son muchos los esquemas que deberá cambiar, sin hacer caso de las múltiples resistencias que surgirán en su interior. Ha llegado la hora de confiar en los laicos y que sean éstos quienes gestionen su patrimonio de acuerdo con criterios de racionalidad económica y, por tanto, lo hagan rentable. El clero, muy escaso por cierto, ha de utilizarse en otras labores.
Creo, sin embargo, que el gran reto del futuro para la Iglesia católica en España se centrará en la comunicación. Y no me refiero ahora al lenguaje de la acción evangelizadora a fin de hacerse comprender por sus destinatarios. Me refiero a saber vender su trabajo, su verdadero servicio al pueblo. No debiera olvidar que se mueve en un mundo que, hasta cierto punto, le es hostil. No debiera olvidar que, más allá de las manifestaciones de religiosidad, la opinión pública española es muy anticlerical. Así las cosas, no me parece que tenga otra opción que la de intentar cambiar la imagen que se tiene de ella. Empresa nada fácil y sólo posible a medio plazo si se hacen bien los deberes.
Ese es el reto asumido, probablemente no consciente de los cambios que su superación le va a exigir. En efecto, tendrá que abdicar de su prepotencia y comportarse con humildad y sencillez; deberá renunciar a tanta equidistancia calculada como suele exhibir y comprometerse sin tapujos con el hombre actual, con sus problemas y con sus anhelos; tendrá que ser menos doctrinaria e inquisidora y más oferente; no deberá dudar en la defensa y aceptación de la ética de los valores fundamentales; deberá significarse aún más en la defensa de la persona humana, aunque ello le comporte separarse de los poderosos. En definitiva, el pueblo ha de convencerse de que la Iglesia católica, con independencia de la adhesión que le preste a su credo, sirve al hombre, a los pobres y a los oprimidos: que está siempre en la primera línea de las causas de la justicia, de la solidaridad y de la paz.
Si la Iglesia católica acierta en este mensaje, cambiará su imagen y el ciudadano, católico o no, colaborará en su sostenimiento con generosidad. No se diga que todo ello ya lo viene haciendo. Sería un grave error. Hablamos de cambios esenciales como los enumerados y otros muchos más. Todo es cuestión de tener o no la estoica/cristiana virtud de testimoniar con la vida aquello en que dice creerse. Lo demás, incluso la financiación necesaria, vendrá por añadidura.
Publicado en “Última Hora”, 13.10.2006, pág. 38
Aunque con muchos años de retraso, el Estado y la Iglesia católica han llegado, por fin, a un acuerdo bastante razonable con respecto a la llamada asignación tributaria. Sólo se han escuchado aisladas notas disonantes en el muy sectario ámbito de cierta izquierda, que tampoco han gozado de mayor resonancia.
No obstante las muestras de sectarismo anticlerical con que nos ha venido obsequiando ZP y su Gobierno, debemos destacar el trasfondo de valoración positiva que les merece la religión. No han sacado, en esta ocasión, a pasear el laicismo trasnochado. Al contrario, no han tenido inconveniente en colaborar con la Iglesia católica al entender que, al ser abrazados por muchos ciudadanos, los valores religiosos católicos merecen respeto y apoyo efectivo por parte del Estado. Es en este punto de partida en el que son posibles, con respeto escrupuloso a su respectiva identidad, muchos otros encuentros de colaboración.
Desde la perspectiva de la Iglesia católica, me parece que, en este acuerdo, han exhibido una discreta, una estoica y cristiana manera de enfrentar su financiación. El coraje, que está en la base de su actitud, se corresponde con su modestia y naturalidad: se trataba de ser coherentes con lo que tantas veces han repetido. Esto es, acreditar que el movimiento (la confianza en el fiel) se demuestra andando. Un camino, que estará lleno de dificultades, pero que, a la postre, le otorgará mayor credibilidad y confianza.
En este nuevo marco de actuación, creo que la Iglesia se está poniendo a sí misma a prueba. Son muchos los esquemas que deberá cambiar, sin hacer caso de las múltiples resistencias que surgirán en su interior. Ha llegado la hora de confiar en los laicos y que sean éstos quienes gestionen su patrimonio de acuerdo con criterios de racionalidad económica y, por tanto, lo hagan rentable. El clero, muy escaso por cierto, ha de utilizarse en otras labores.
Creo, sin embargo, que el gran reto del futuro para la Iglesia católica en España se centrará en la comunicación. Y no me refiero ahora al lenguaje de la acción evangelizadora a fin de hacerse comprender por sus destinatarios. Me refiero a saber vender su trabajo, su verdadero servicio al pueblo. No debiera olvidar que se mueve en un mundo que, hasta cierto punto, le es hostil. No debiera olvidar que, más allá de las manifestaciones de religiosidad, la opinión pública española es muy anticlerical. Así las cosas, no me parece que tenga otra opción que la de intentar cambiar la imagen que se tiene de ella. Empresa nada fácil y sólo posible a medio plazo si se hacen bien los deberes.
Ese es el reto asumido, probablemente no consciente de los cambios que su superación le va a exigir. En efecto, tendrá que abdicar de su prepotencia y comportarse con humildad y sencillez; deberá renunciar a tanta equidistancia calculada como suele exhibir y comprometerse sin tapujos con el hombre actual, con sus problemas y con sus anhelos; tendrá que ser menos doctrinaria e inquisidora y más oferente; no deberá dudar en la defensa y aceptación de la ética de los valores fundamentales; deberá significarse aún más en la defensa de la persona humana, aunque ello le comporte separarse de los poderosos. En definitiva, el pueblo ha de convencerse de que la Iglesia católica, con independencia de la adhesión que le preste a su credo, sirve al hombre, a los pobres y a los oprimidos: que está siempre en la primera línea de las causas de la justicia, de la solidaridad y de la paz.
Si la Iglesia católica acierta en este mensaje, cambiará su imagen y el ciudadano, católico o no, colaborará en su sostenimiento con generosidad. No se diga que todo ello ya lo viene haciendo. Sería un grave error. Hablamos de cambios esenciales como los enumerados y otros muchos más. Todo es cuestión de tener o no la estoica/cristiana virtud de testimoniar con la vida aquello en que dice creerse. Lo demás, incluso la financiación necesaria, vendrá por añadidura.
Publicado en “Última Hora”, 13.10.2006, pág. 38
EVITAR SER MOLESTADO
Uno de los sentimientos más distintivos de las diferentes sociedades occidentales gira, sin duda alguna, en torno a una especie de obsesión o fiebre del goce o del placer. Se ha dicho, con acierto, que los tiempos actuales son rabiosamente hedonistas. Sin embargo, el hiperindividualismo reinante (narcisismo) no se traduce únicamente en el culto al propio yo ni en una especie de enamoramiento de sí mismo, sino, sobre todo, en el miedo a casi todo lo que nos rodea, incluida la vida ordinaria.
A poco que nos molestemos en observar las reacciones del atormentado hombre actual, advertiremos de inmediato que vive un tanto aterrorizado. En efecto, se percibe la dificultad que experimenta ante el hecho mismo del vivir cotidiano; se palpa la preocupación ante la propia seguridad física; se vive instalado en la ansiedad ante la amenaza terrorista. Pero, con ser todo lo anterior de verdadera gravedad, no lo es todo, ni mucho menos.
A poco que profundicemos en nuestro interior, percibiremos que el miedo es mucho más extenso e invade cuanto somos y tocamos. Nos sentimos inseguros con nosotros mismos porque, en realidad, nos encontramos con dificultades claras para afrontar las más variadas situaciones en que nos pone la vida, porque no sabemos decidir, porque casi todo nos lo han dado hecho, porque somos muy inmaduros. Esta fotografía personal revela un panorama de sufrimiento, de angustia vital, de ansiedad, de depresión, que se interponen, obstaculizándolo, en el camino hacia la felicidad anhelada..
Por si lo anterior no fuera suficiente, el miedo abarca también a lo que comemos, a lo que bebemos, a las ondas de la telefonía móvil, a los accidentes de tráfico, al cáncer, al sida, a cualquier enfermedad, al estrés. En todo vemos riesgo y nos procuramos protección y seguridad. Tenemos miedo del vecino, del compañero de trabajo, del ciudadano que nos tropezamos en la calle, de cualquiera que aparente estar fuera de lo convencional. Es tal la opresión que ejerce sobre nosotros que estamos llegando a mutar el significado del concepto de tolerancia. Ahora “tolerancia, como explica Slavoj Zizek, significa: déjame en paz, no quiero que me molestes demasiado”.
Tal deriva del fofo multiculturalismo, políticamente correcto, se concreta en una verdadera claudicación de los propios valores que han conformado nuestra identidad personal. Tal actitud se ha visto reforzada en los últimos tiempos al objeto de vernos libres del apocalíptico terrorismo. El miedo y la cobardía ante esta amenaza está llevando a la progresía de izquierdas occidental a ‘tolerar’ lo que sea a fin de “evitar ser molestado”, a “conservar la distancia adecuada con respecto al Otro” y así pensar que nos dejarán tranquilos. Es tal el nivel del miedo atesorado, del pánico que nos ha invadido, que, en nombre de una supuesta tolerancia y respeto del otro, consentimos y defendemos la intransigencia del otro, dejamos de ser nosotros mismos. Semejante reculón no sirve para otro cosa que dar alas a la bestia tan temida.
Probablemente estas reflexiones puedan servir para entender mejor la reacción de ciertos sectores de la opinión pública occidental, de cierta clase política y de algunos ciudadanos ante los acontecimientos de hace unas semanas. Cada vez se reacciona más intensamente desde el miedo y la cobardía, cada día se habla más de diálogo y tolerancia. Pero cada día el Otro reacciona también con más violencia.
Uno de los sentimientos más distintivos de las diferentes sociedades occidentales gira, sin duda alguna, en torno a una especie de obsesión o fiebre del goce o del placer. Se ha dicho, con acierto, que los tiempos actuales son rabiosamente hedonistas. Sin embargo, el hiperindividualismo reinante (narcisismo) no se traduce únicamente en el culto al propio yo ni en una especie de enamoramiento de sí mismo, sino, sobre todo, en el miedo a casi todo lo que nos rodea, incluida la vida ordinaria.
A poco que nos molestemos en observar las reacciones del atormentado hombre actual, advertiremos de inmediato que vive un tanto aterrorizado. En efecto, se percibe la dificultad que experimenta ante el hecho mismo del vivir cotidiano; se palpa la preocupación ante la propia seguridad física; se vive instalado en la ansiedad ante la amenaza terrorista. Pero, con ser todo lo anterior de verdadera gravedad, no lo es todo, ni mucho menos.
A poco que profundicemos en nuestro interior, percibiremos que el miedo es mucho más extenso e invade cuanto somos y tocamos. Nos sentimos inseguros con nosotros mismos porque, en realidad, nos encontramos con dificultades claras para afrontar las más variadas situaciones en que nos pone la vida, porque no sabemos decidir, porque casi todo nos lo han dado hecho, porque somos muy inmaduros. Esta fotografía personal revela un panorama de sufrimiento, de angustia vital, de ansiedad, de depresión, que se interponen, obstaculizándolo, en el camino hacia la felicidad anhelada..
Por si lo anterior no fuera suficiente, el miedo abarca también a lo que comemos, a lo que bebemos, a las ondas de la telefonía móvil, a los accidentes de tráfico, al cáncer, al sida, a cualquier enfermedad, al estrés. En todo vemos riesgo y nos procuramos protección y seguridad. Tenemos miedo del vecino, del compañero de trabajo, del ciudadano que nos tropezamos en la calle, de cualquiera que aparente estar fuera de lo convencional. Es tal la opresión que ejerce sobre nosotros que estamos llegando a mutar el significado del concepto de tolerancia. Ahora “tolerancia, como explica Slavoj Zizek, significa: déjame en paz, no quiero que me molestes demasiado”.
Tal deriva del fofo multiculturalismo, políticamente correcto, se concreta en una verdadera claudicación de los propios valores que han conformado nuestra identidad personal. Tal actitud se ha visto reforzada en los últimos tiempos al objeto de vernos libres del apocalíptico terrorismo. El miedo y la cobardía ante esta amenaza está llevando a la progresía de izquierdas occidental a ‘tolerar’ lo que sea a fin de “evitar ser molestado”, a “conservar la distancia adecuada con respecto al Otro” y así pensar que nos dejarán tranquilos. Es tal el nivel del miedo atesorado, del pánico que nos ha invadido, que, en nombre de una supuesta tolerancia y respeto del otro, consentimos y defendemos la intransigencia del otro, dejamos de ser nosotros mismos. Semejante reculón no sirve para otro cosa que dar alas a la bestia tan temida.
Probablemente estas reflexiones puedan servir para entender mejor la reacción de ciertos sectores de la opinión pública occidental, de cierta clase política y de algunos ciudadanos ante los acontecimientos de hace unas semanas. Cada vez se reacciona más intensamente desde el miedo y la cobardía, cada día se habla más de diálogo y tolerancia. Pero cada día el Otro reacciona también con más violencia.
jueves, 8 de febrero de 2007
COSAS VEREDES …
¡Ya lo creo! Resulta que la ubicación de la macroestructura de Calatrava en el entorno de Es Baluard es una notoria irregularidad. Las críticas del Decano del Colegio de arquitectos y de un grupo de arquitectos independientes parecen fundadas y lógicas. No se ha instalado en el lugar previsto y aprobado por la Comisión de Centro Histórico del Ayuntamiento de Palma, su impacto visual en la fachada marítima es muy notable y su encaje con la Seu, Sa Llotja y el propio Baluard es más que discutible. ¿Por qué no se han de hacer bien las cosas? ¿Por qué no ha existido el necesario dialogo entre las diferentes entidades culturales? ¿Por qué los responsables de cultura del Consell, de Cort y del Govern han permitido semejante desatino? ¡Cosas veredes …! No me extraña nada, ni me asombro. Por inusitado que parezca lo ocurrido, es normal en nuestra tierra. Somos, por definición, arbitrarios, siempre impone su criterio el cacique de turno y el resto, en su mayoría, se dedica al aplauso, en un gesto supremo de estupidez. ¡Cosas veredes …!
Publicado en “Bon Dia Mallorca, 8.02.2007, pág 9
¡Ya lo creo! Resulta que la ubicación de la macroestructura de Calatrava en el entorno de Es Baluard es una notoria irregularidad. Las críticas del Decano del Colegio de arquitectos y de un grupo de arquitectos independientes parecen fundadas y lógicas. No se ha instalado en el lugar previsto y aprobado por la Comisión de Centro Histórico del Ayuntamiento de Palma, su impacto visual en la fachada marítima es muy notable y su encaje con la Seu, Sa Llotja y el propio Baluard es más que discutible. ¿Por qué no se han de hacer bien las cosas? ¿Por qué no ha existido el necesario dialogo entre las diferentes entidades culturales? ¿Por qué los responsables de cultura del Consell, de Cort y del Govern han permitido semejante desatino? ¡Cosas veredes …! No me extraña nada, ni me asombro. Por inusitado que parezca lo ocurrido, es normal en nuestra tierra. Somos, por definición, arbitrarios, siempre impone su criterio el cacique de turno y el resto, en su mayoría, se dedica al aplauso, en un gesto supremo de estupidez. ¡Cosas veredes …!
Publicado en “Bon Dia Mallorca, 8.02.2007, pág 9
jueves, 1 de febrero de 2007
EL QUE ASÓ LA MANTECA
Lo que ha hecho estos días Grosske no se le ocurre ni al que asó la manteca. La chulería de este político siempre ha sido proverbial. Conocía perfectamente las características de su vivienda. Sabía cuál había su actitud en el pasado respecto de un compañero. Sin embargo, mintió en toda regla, se permitió la jactancia propia de quien presume de lo que no tiene y, ahora con la misma prepotencia, se niega a cumplir su propia palabra. ¡Qué gente lleva mi carro! Y, Antich, ¿qué comenta sobre su socio secreto? Seguro que le echa la culpa al PP o, al menos, al Psm, a quien lleva tiempo laminando con la cooperación del ínclito Grosske. Cualquier cosa menos pedirle que renuncie a su cargo en el Ayuntamiento. ¡Cómo para fiarse de ellos! ¿Recuerdan cómo Grosske predicaba a favor de la prohibición de toda edificación en suelo rústico? ¡Hay que tener más cara que un saco de perras para comportarse así! Y, ¿no será que Grosske pretende hacernos creer que existe una receta para asar la manteca?
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 1.02.2007. pág. 9
Lo que ha hecho estos días Grosske no se le ocurre ni al que asó la manteca. La chulería de este político siempre ha sido proverbial. Conocía perfectamente las características de su vivienda. Sabía cuál había su actitud en el pasado respecto de un compañero. Sin embargo, mintió en toda regla, se permitió la jactancia propia de quien presume de lo que no tiene y, ahora con la misma prepotencia, se niega a cumplir su propia palabra. ¡Qué gente lleva mi carro! Y, Antich, ¿qué comenta sobre su socio secreto? Seguro que le echa la culpa al PP o, al menos, al Psm, a quien lleva tiempo laminando con la cooperación del ínclito Grosske. Cualquier cosa menos pedirle que renuncie a su cargo en el Ayuntamiento. ¡Cómo para fiarse de ellos! ¿Recuerdan cómo Grosske predicaba a favor de la prohibición de toda edificación en suelo rústico? ¡Hay que tener más cara que un saco de perras para comportarse así! Y, ¿no será que Grosske pretende hacernos creer que existe una receta para asar la manteca?
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 1.02.2007. pág. 9
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