domingo, 27 de enero de 2008

CONDICIÓN DE LIBERTAD
Para desgracia propia, los españoles, como pueblo, nos hemos distinguido, a lo largo de la historia, por defender causas perdidas. Hemos sido tan insensatos y tan chulos que nos hemos permitido el lujo de dejar pasar el tren del progreso en el que viajaba Europa. Eso sí, nos hemos enzarzado en estériles luchas fratricidas, víctimas del fundamentalismo que muchos se empeñan en exhibir. Y en éstas estamos en los albores del siglo XXI: discutiendo si son churras o merinas.
A estas alturas de la historia, parece indiscutible que un Estado democrático tiene que ser laico. La laicidad –que no es sinónimo de laicismo- es una garantía de igualdad de trato, de estricta neutralidad, de libertad. ¿Por qué nos empeñamos –unos y otros- en poner piedras en este camino? ¿A qué viene, a estas alturas, tanto sectarismo laicista y tanto confesionalismo encubierto? ¿Por qué no practicamos algo tan elemental y de sentido común cómo permitir que cada cual decida su propio destino en libertad? ¿Por qué tanto empeño –de unos y otros- en imponer a los demás las propias concepciones del mundo, de la vida y del hombre?
A este respecto, no nos vendría nada mal darnos una vuelta por la ‘católica’ Francia –laica, sin embargo-. Tenemos mucho que aprender. Resolvieron estos problemas, de modo definitivo, ya en 1905. Hace a penas unos días, su Presidente, Nicolás Sarkozy, dijo ante el Papa: “… Nadie cuestiona ya que el régimen francés de laicidad es hoy una libertad: libertad de creer o no creer, de practicar una religión y de cambiarla por otra, de no ser afectado en su conciencia por prácticas ostentatorias, libertad para los padres de hacer que se dé a sus hijos una educación conforme a sus convicciones, libertad de no ser discriminado por la administración en función de las propias creencias …”.
Vuelvan a leerlo de nuevo. Hagan, a continuación, un alto en la lectura y traten de interiorizar estas palabras, de comprender toda su grandeza, de aceptar sus exigencias, de comprometer la lucha diaria por hacerlas realidad. ¿Por qué hemos de ser tan sectarios y buscar siempre imponer a los demás nuestras propias convicciones, sean del signo que sean? Todos, absolutamente todos -Poderes públicos, ciudadanos y Poderes religiosos-, deberíamos sentirnos orgullosos de una sociedad que, ante todo y sobre todo, respetase la conciencia de cada cual. Todos, absolutamente todos, deberíamos entender que, a partir de la libertad de creencias, es lícito, como dijera Tomás Moro, hacer prosélitos pero esto debe hacerse ‘aportando razones’.
En una sociedad tan pluralista como la que nos ha tocado vivir, la laicidad se afirma como una necesidad y un instrumento de civilización. Volvemos otra vez al Presidente francés: “… la laicidad se ha afirmado como una necesidad y una oportunidad. Se ha convertido en una condición de la paz civil. Y por eso el pueblo francés ha sido tan ardiente para defender la libertad escolar como para desear la prohibición de signos ostentatorios en la escuela… Por eso voto por el advenimiento de una laicidad positiva, es decir una laicidad que, siempre velando por la libertad de pensar, de creer y no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino que son un valor”.
Casi nada. ¿Cuándo entenderemos y practicaremos los españoles algo tan elemental e indispensable para la convivencia en paz? Cuando alguien intenta meterse en donde no le corresponde, dirigir las conciencias de los demás, ignorar derechos de los padres respecto de sus hijos, adoctrinar cualquiera que sea la excusa que exhiba, está alterando la paz civil, la sociedad misma. Está dividiendo, está molestando, está siendo irrespetuoso con los derechos de los ciudadanos, que hacen muy bien en revelarse y desobedecer. Si esto lo hace el Poder público, por intentarlo se está deslegitimando como tal. Le otorgamos los poderes que ostenta, precisamente para tutelar nuestros derechos.

domingo, 20 de enero de 2008

TOMEMOS NOTA
Hace unos días dijo Nicolás Sarkozy: “… Nadie cuestiona ya que el régimen francés de laicidad es hoy una libertad: libertad de creer o no creer, de practicar una religión y de cambiarla por otra, de no ser afectado en su conciencia por prácticas ostentatorias, libertad para los padres de hacer que se dé a sus hijos una educación conforme a sus convicciones, libertad de no ser discriminado por la administración en función de las propias creencias… Francia ha cambiado mucho. Los franceses tienen convicciones más diversas que antes. A partir de ahí la laicidad se ha afirmado como una necesidad y una oportunidad. Se ha convertido en una condición de la paz civil. Y por eso el pueblo francés ha sido tan ardiente para defender la libertad escolar como para desear la prohibición de signos ostentatorios en la escuela… Por eso voto por el advenimiento de una laicidad positiva, es decir una laicidad que, siempre velando por la libertad de pensar, de creer y no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino que son un valor”.
SOBRE TERRENO LLANO
Con demasiada frecuencia, oímos los lamentos de la Jerarquía católica ante los ataques que, desde su perspectiva, recibe la familia en el mundo actual. Con referencia a España, todos los males se centran, en los últimos tiempos, en la acción del ‘laicista’ Gobierno socialista.
Sin negar ciertos rasgos de un caduco laicismo, ya más que superado a nivel doctrinal, me parece que es un error convertir al Gobierno en la causa de todos los males de la familia. El problema, que ya viene de muy lejos, no reside, ni mucho menos, en cuándo se puede pedir el divorcio, o en si las uniones entre homosexuales son o no matrimonio, o en si determinadas leyes y conductas personales o sociales se corresponden o no con la moral católica, o en si se han de admitir o no las uniones de hecho. Creo sinceramente que la cuestión, vista desde una perspectiva de sensatez, gira en torno a un quicio muy diferente.
Ciertamente la Iglesia católica opone ante estos supuestos males una prolífica actividad magisterial. Son abundantes los documentos doctrinales, las notas pastorales, las declaraciones y orientaciones morales. Pero, al mismo tiempo, no parece que debiera ignorar que no tiene la garantía de que ese tipo de acción llegue al fiel y que, por tanto, su influjo en la mayoría de las conciencias es mínimo o nulo. Es más, en la medida en que su eco resuena en los oídos del gran público, suelen –quizás por la intermediación interesada de algunos medios de comunicación- primar los aspectos de su doctrina más controvertidos socialmente. Lo cual hace que se produzca de hecho un efecto contrario al pretendido. Se diga lo que se diga, se eche la culpa a quien se eche (incluidos ciertos teólogos), lo cierto es que la masa social, e incluso la parte que se profesa católica, no comparte en la práctica tanta condena y negatividad como suele acompañar al mensaje clerical, sobre todo en relación con ciertos aspectos de la moral sexual. Se diga lo que se diga, lo cierto es que la Iglesia viene secularmente utilizando el mismo método, al parecer, si nos atenemos a como está el patio familiar, con muy dudosa eficacia.
Frente a todo lo anterior, me parece obligado, por el contrario, denunciar que no se detecta en la posición de la Iglesia católica una cierta dosis de autocrítica. Quizás unas cuantas preguntas nos pongan en el sendero de una acción que está por realizarse: ¿Qué más –al margen de tanto documento y condena- hace la Iglesia por la familia? ¿Qué apoyo recibe de hecho una pareja con dificultades en su convivencia diaria? ¿Qué se ofrece a los matrimonios con problemas más allá de un lenguaje poco inteligible y una moral restrictiva? ¿Qué servicios permanentes existen en la Iglesia a los que poder acudir y que además acrediten una cierta capacidad de acogida y de entendimiento de la realidad que se vive en pareja? ¿Por qué, en este terreno, se sigue con la tradicional desconfianza hacia los laicos? ¿Por qué no se encomienda esta labor a personas creyentes, que viven en pareja con un cierto nivel de compromiso, y que, por haber experimentado a diario las dificultades de la vida en común, generarían un grado mayor de credibilidad? ¿La Jerarquía católica se toma realmente en serio la preparación de sus fieles para el matrimonio?
Sinceramente creo que, en este campo, está casi todo por hacer. No sirve de nada pronunciar melifluas palabras sobre la gracia sacramental. La partida se ventila de tejas abajo. Lo estrictamente humano es esencial en este orden de cosas. Aunque no se corresponda en todo con el ideal católico, la Iglesia debería prestar mayor atención a quienes luchan por vivir en pareja en medio de múltiples dificultades. No es sólo un problema de moral ni de formas de convivencia. Es primariamente una cuestión de madurez personal, de ciertas virtudes humanas, de compromiso y de responsabilidad.
Por lo demás, la Iglesia no debería estar tan atenta a la adversidad, a las dificultades y a los peligros que acechan a la familia en la hora presente. Su sabiduría debiera llevarle a no olvidar el dicho de Aristóteles: “Fatiga menos caminar sobre terreno accidentado que sobre terreno llano”.
MÁS HACER Y MENOS HABLAR
Además de la denuncia, la Jerarquía católica podría intentar una cierta autocrítica. Ésta podría concretarse en algunas preguntas: ¿Qué más –al margen de tanto documento y condena- hace la Iglesia por la familia? ¿Qué apoyo recibe de hecho una pareja con dificultades en su convivencia diaria? ¿Qué se ofrece a los matrimonios con problemas más allá de un lenguaje poco inteligible y una moral restrictiva? ¿Qué servicios permanentes existen en la Iglesia a los que poder acudir y que además acrediten una cierta capacidad de acogida y de entendimiento de la realidad que se vive en pareja? ¿Por qué, en este terreno, se sigue con la tradicional desconfianza hacia los laicos? ¿Por qué no se encomienda esta labor a personas creyentes, que viven en pareja con un cierto nivel de compromiso, y que, por haber experimentado a diario las dificultades de la vida en común, generarían un grado mayor de credibilidad? ¿La Jerarquía católica se toma realmente en serio la preparación de sus fieles para el matrimonio? Para mí la conclusión es clara: menos hablar y más hacer.