UTOPÍA UNIVERSITARIA
Después de ciertas dudas, he decidido expresar en la plaza pública algunas ideas en torno a la Universidad. Lo hago convencido de que “la duda, como nos aleccionó el gran Stefan Zweig, es la madre de las ideas” y en la esperanza de abrir paso a un debate que, por increíble que parezca, se ha rehuido en el proceso de elección del próximo Rector. Muy poco podemos esperar del futuro inmediato de la UIB cuando no ha existido una diversidad de propuestas sobre las cuestiones de fondo.
Mi percepción me dice que seguimos empeñados –la clase política y los propios universitarios- en renovar la institución universitaria sin preguntarnos en qué consiste, ahora y en este momento. Lo cual conlleva, como contrapartida, un continuo esfuerzo inútil, que sólo se ha traducido en una verdadera maraña de normas administrativas y organizativas, pero que, en modo alguno, han impedido la incestuosa endogamia y el nepotismo más descarado. Llevaba razón Alejandro Llano, cuando dijo que “a la Universidad actual lo que le sobra es organización. Lo que le falta es vida”. Dicho de otro modo, “todo en ella está preestablecido y domeñado…”(A. Gala) de tal forma que, en realidad, es mal territorio para ejercer la libertad, “ya sea de cátedra, ya de inteligencia”. Sin recobrar en plenitud tal libertad, no estará en condiciones de ofrecer una de sus más significativas señas de su identidad: la capacidad de innovar.
En este contexto, es muy posible que la cacareada autonomía de la Universidad –eje central del sistema- deba de ser meditada de nuevo a fin de impedir que “el Estado acabe desentendiéndose de ella” (Sosa Wagner), como está sucediendo, y se vea impelida a luchar sola por su subsistencia. Si tuviésemos el coraje de contemplar la realidad universitaria con un mínimo espíritu crítico, probablemente llegaríamos a la conclusión de que nos han importado mucho más los sistemas que las personas (Leopoldo García Alas), que seguimos improvisando y que la autonomía, “ha permitido meter de matute en la vida universitaria mucha mercancía de contrabando y la mayor parte de ella averiada” (Sosa Wagner) hasta el punto de que siga siendo un poderoso “artefacto gremial y en buena medida lugareño”.
Todos los candidatos –no muy conscientes de las limitaciones financieras- han apostado por proseguir un camino ya iniciado y que, a mi entender, se ha demostrado profundamente erróneo: la apertura de nuevos centros. Con mi buen amigo Camilo José Cela, estimo que “no se trata sólo de poner sino también de quitar, de elegir entre la multitud de estudios posibles”. Querer una UIB de calidad no se compadece con “mantener la actual oferta” (Ibidem). Menos aún, con ampliarla. ¿Por qué no se establece un respetable sistema de becas que permita salir de la roca y recibir una formación de mayor calidad? Desde luego sería bastante más rentable, incluso desde la perspectiva del coste financiero.
Hace unos años Pedro García-Trevijano subrayaba una obviedad, hace tiempo ignorada por todos. “La Universidad, decía, debe formar profesionales, pero también, y no es menos significativo, personas”. Me temo que, para mayor inri, no consiga ni lo uno ni lo otro. Las causas que hay que afrontarlas, si queremos caminar en la buena dirección. Tenemos la Comunidad autónoma con más fracaso escolar (40%), con un índice altísimo de analfabetismo funcional (50%), con un una sociedad sin hábitos culturales. Con tales mimbres, ni la UIB será socialmente valorada, ni universalizará los conocimientos, ni será un lugar para el aprendizaje total. Todo se difuminará en una ‘titulitis’ mercantilista o en una especie de agencia de colocación. Eso sí, con el impulso final nepotista o de clientelismo político. Tampoco, en el logro de tan esenciales objetivos, hemos de excluir la necesaria ‘poda’ (C. J. Cela) en relación con el profesorado. Los métodos de selección del mismo han de ser más rigurosos, pasar ‘la cuarentena’ del desierto (G. Steiner), acreditar en serio su competencia y, en general, distinguirse de verdad por su ilustración.
Frente a la opinión generalizada, creo que, por el contrario, es urgente ‘despolitizar’ la UIB, abrirla al mundo, fijarse un horizonte mucho más amplio que el del campus actual (Lluís Quintana Murci) y pensar que “un mapa en el que no estuviera dibujado el país de la utopía, no valdría la pena ni echarle una ojeada” (Oscar Wilde).
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares, 28.03. 2007, pág. 20
miércoles, 28 de marzo de 2007
domingo, 18 de marzo de 2007
AQUÍ SÍ HA PASADO ALGO
Mal que les pese a muchos, tenemos un juguetito llamado IB3 absolutamente prescindible. Por cierto, que IB Confidencial era de lo poco que merecía la pena. Pretendía sacar a la luz lo oculto y subterráneo de la realidad. Ponía en el terrado esa parte de verdad que los políticos siempre buscan velar. Pues bien, precisamente por ello, se lo han cargado con el beneplácito de toda la oposición. ¡Qué espectáculo tan bochornoso, madre mía! Dos personajes (Munar y Matas), que dicen ser liberales, se ponen de acuerdo para imponer la censura y decapitar al ‘vigilante’. Y, encima, pensarán que aquí no ha pasado nada.
Desde Thomas Jefferson, el papel de los medios de comunicación, en orden a conservar la libertad, ha constituido una creencia indiscutida. Es más, ni siquiera –por aquello del control democrático del poder- se concebía un gobierno sin periódicos. No puedo por menos de rememorar, con Benigno Pendás, algunas reglas elementales al respecto: “Contar los hechos; difundir información veraz, decir la verdad sin miedo ni servilismo. Sin un genuino Tribunal de la opinión pública no hay democracia, ni libertad, ni es concebible el Estado constitucional. La opinión debe ser alimentada sin descanso por gentes con espíritu crítico, exigentes hasta el extremo acerca de la conformidad de la teoría con la práctica”. ¡Quién tenga oídos para oír que oiga!
Aunque no lo crean, el Sr. Matas y la Sra Munar han preferido, en este caso, tutelar los intereses partidistas en contra del respeto a la verdad y al derecho del ciudadano a saber y conocer. Han puesto la que debería ser voz imparcial de IB3 al servicio de las causas del poder. El vigilante ha dejado de ser imparcial. No es extraño, en consecuencia, que la oposición política haya asomado la oreja al expresar su incomodidad ante los intentos de IB Confidencial por buscar y ofrecer retazos de verdad ocultos. Y es que, sencillamente, ese es el habitat en que mejor se mueve la izquierda.
En noviembre de 2004, el Sr. Matas, en la clausura del Congreso del PP balear, soñaba con la apertura definitiva de estas Islas a la modernidad. Lo malo es que dos años y medio después, con su actitud claudicante respecto de IB Cnfidencial, nos ha introducido en lo peor de la hipermodernidad. La Sra Munar, por el contrario, nunca se ha entretenido en semejantes elucubraciones. Siempre ha sido y es mucho más práctica, va a lo suyo y no se detiene en los medios para lograrlo. En este caso, ambos han evidenciado una concepción de IB3 que, en modo alguno, es de recibo en una sociedad democrática. Aunque la pagamos todos, ellos, como diría Sébastien Charles, la han instrumentalizado para manipular la realidad al servicio partidista, para alienar al ciudadano en un intento de justificar el orden establecido por ellos, para lograr el conformismo y la estandarización del individuo, a quien no respetan. Está claro. No tienen inconveniente en masificarnos a todos, en anestesiarnos.
No conformes con ocultar la verdad de las cosas, con desinformarnos por interés partidista, con acallar por mezquindad el espíritu crítico, han dado todo un recital para justificar lo injustificable. Como casi siempre, han sacado a relucir la habitual hipocresía, “… forma sutil de convertir los vicios en virtud …”, como diría Benigno Pendás. No pretenderán que nos creamos que lo que les preocupaba de IB Confidencial era el carácter público del medio, salvaguardar su imparcialidad en periodo electoral o tutelar algún derecho individual. No nos hagan sonreír, por favor. Saben de sobra –para ello pagamos una caterva de asesores- que el uso de cámara oculta está generalizado (BBC, DR, Telemadrid, TV3, Canal Sur, Canal 9, Tele 5, La Sexta, Antena 3, etc.) y que la jurisprudencia de los Tribunales supremo y constitucional ha respaldado su legitimidad siempre que se respete la veracidad, el interés público y el interés informativo. ¿Qué era, entonces, lo que temían?
Como respuesta a semejante interrogante, viene a mi ‘disco duro’ una sagaz reflexión de Steiner. Decía así: “No se trata sólo de que la verdad pueda no hacernos libres, sino de que pueda destruirnos”. Exacto. Llovía, en realidad, sobre mojado. En las pasadas Navidades ya eran conscientes del desastre que se avecinaba y de la urgente necesidad de control la situación (El Mundo, 21.01.2007, pág. 13). Por ello, a nadie puede extrañar que ahora hayan buscado, como socios cómplices que son, la mutua protección.
En definitiva, modificando un poco el refrán de Sbarbi, proclamamos que “aquí, sí que ha pasado algo”. Y, además, muy grave.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 18.03.2007, pág. 10
Mal que les pese a muchos, tenemos un juguetito llamado IB3 absolutamente prescindible. Por cierto, que IB Confidencial era de lo poco que merecía la pena. Pretendía sacar a la luz lo oculto y subterráneo de la realidad. Ponía en el terrado esa parte de verdad que los políticos siempre buscan velar. Pues bien, precisamente por ello, se lo han cargado con el beneplácito de toda la oposición. ¡Qué espectáculo tan bochornoso, madre mía! Dos personajes (Munar y Matas), que dicen ser liberales, se ponen de acuerdo para imponer la censura y decapitar al ‘vigilante’. Y, encima, pensarán que aquí no ha pasado nada.
Desde Thomas Jefferson, el papel de los medios de comunicación, en orden a conservar la libertad, ha constituido una creencia indiscutida. Es más, ni siquiera –por aquello del control democrático del poder- se concebía un gobierno sin periódicos. No puedo por menos de rememorar, con Benigno Pendás, algunas reglas elementales al respecto: “Contar los hechos; difundir información veraz, decir la verdad sin miedo ni servilismo. Sin un genuino Tribunal de la opinión pública no hay democracia, ni libertad, ni es concebible el Estado constitucional. La opinión debe ser alimentada sin descanso por gentes con espíritu crítico, exigentes hasta el extremo acerca de la conformidad de la teoría con la práctica”. ¡Quién tenga oídos para oír que oiga!
Aunque no lo crean, el Sr. Matas y la Sra Munar han preferido, en este caso, tutelar los intereses partidistas en contra del respeto a la verdad y al derecho del ciudadano a saber y conocer. Han puesto la que debería ser voz imparcial de IB3 al servicio de las causas del poder. El vigilante ha dejado de ser imparcial. No es extraño, en consecuencia, que la oposición política haya asomado la oreja al expresar su incomodidad ante los intentos de IB Confidencial por buscar y ofrecer retazos de verdad ocultos. Y es que, sencillamente, ese es el habitat en que mejor se mueve la izquierda.
En noviembre de 2004, el Sr. Matas, en la clausura del Congreso del PP balear, soñaba con la apertura definitiva de estas Islas a la modernidad. Lo malo es que dos años y medio después, con su actitud claudicante respecto de IB Cnfidencial, nos ha introducido en lo peor de la hipermodernidad. La Sra Munar, por el contrario, nunca se ha entretenido en semejantes elucubraciones. Siempre ha sido y es mucho más práctica, va a lo suyo y no se detiene en los medios para lograrlo. En este caso, ambos han evidenciado una concepción de IB3 que, en modo alguno, es de recibo en una sociedad democrática. Aunque la pagamos todos, ellos, como diría Sébastien Charles, la han instrumentalizado para manipular la realidad al servicio partidista, para alienar al ciudadano en un intento de justificar el orden establecido por ellos, para lograr el conformismo y la estandarización del individuo, a quien no respetan. Está claro. No tienen inconveniente en masificarnos a todos, en anestesiarnos.
No conformes con ocultar la verdad de las cosas, con desinformarnos por interés partidista, con acallar por mezquindad el espíritu crítico, han dado todo un recital para justificar lo injustificable. Como casi siempre, han sacado a relucir la habitual hipocresía, “… forma sutil de convertir los vicios en virtud …”, como diría Benigno Pendás. No pretenderán que nos creamos que lo que les preocupaba de IB Confidencial era el carácter público del medio, salvaguardar su imparcialidad en periodo electoral o tutelar algún derecho individual. No nos hagan sonreír, por favor. Saben de sobra –para ello pagamos una caterva de asesores- que el uso de cámara oculta está generalizado (BBC, DR, Telemadrid, TV3, Canal Sur, Canal 9, Tele 5, La Sexta, Antena 3, etc.) y que la jurisprudencia de los Tribunales supremo y constitucional ha respaldado su legitimidad siempre que se respete la veracidad, el interés público y el interés informativo. ¿Qué era, entonces, lo que temían?
Como respuesta a semejante interrogante, viene a mi ‘disco duro’ una sagaz reflexión de Steiner. Decía así: “No se trata sólo de que la verdad pueda no hacernos libres, sino de que pueda destruirnos”. Exacto. Llovía, en realidad, sobre mojado. En las pasadas Navidades ya eran conscientes del desastre que se avecinaba y de la urgente necesidad de control la situación (El Mundo, 21.01.2007, pág. 13). Por ello, a nadie puede extrañar que ahora hayan buscado, como socios cómplices que son, la mutua protección.
En definitiva, modificando un poco el refrán de Sbarbi, proclamamos que “aquí, sí que ha pasado algo”. Y, además, muy grave.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 18.03.2007, pág. 10
lunes, 12 de marzo de 2007
INDIFERENCIA CÓMPLICE
Nos encontramos ya en plena vorágine electoral. Son muchas las cosas que se ventilan en dicho proceso. Estamos –aunque molesta a muchos que se recuerde- permitiendo que alguien protagonice nuestras vidas y nuestra libertad sin nuestro consentimiento. Lo cual, como ya dijera Abraham Lincoln, no le corresponde a hombre alguno por bueno que sea.
Con ser grave, muy grave, la situación social y política –tanto a nivel nacional como autonómico-, me parece infinitamente más deplorable la actitud del cuerpo social, aunque, por ventura, se atisben ciertos indicios de reacción. Nadie, o casi nadie, se escandaliza ya de nada. Y lo que es peor, son muy pocos los que se avergüenzan de todo ello e intentan ponerle remedio. Sin embargo, casi nadie renuncia a mostrar ‘las paradojas’ del tiempo hipermoderno que nos toca vivir (Lipovetsky/Charles). En efecto, la inmensa mayoría de la ciudadanía practica a diario, como si se tratara de consumados maestros, el arte de mirar hacia otro lado, de aparentar que no se ha enterado de lo que pasa, de abrazarse a lo más cómodo, de no complicarse la vida, de ‘colocar’ al familiar incompetente, de obtener del político de turno alguna ventaja urbanística o de cualquier tipo, de jugar a la piñata, de obtener de los políticos un trato diferenciado por la puerta trasera, de ser beneficiario de alguna subvención.
Tan pasota, egoísta, contradictoria, irresponsable y antisocial actitud –por extendida que lo esté y lo está- es el caldo de cultivo de cierta clase política que padecemos. Tenemos los políticos que queremos, que mantenemos y que refrendamos. ¿A qué viene lamentarse después? La clase política deja, sin duda, mucho que desear. Pero no es menos cierto que ello es así porque la sociedad es como es. Como dijera el jesuita y enciclopedista Guillaume Raynal, “la fuerza del gobernante no es en realidad más que la fuerza de los que se dejan gobernar”. Los políticos son lo que el cuerpo electoral quiere que sean.
Desde esta perspectiva, los gobernados tenemos el derecho y el deber de recordar a la clase política que están a nuestro servicio, que viven de nuestros impuestos, que sólo se legitiman si tutelan nuestros derechos y nos gobiernan con eficacia. Ya sé que semejante recordatorio les sabe a cuerno quemado. Pero, aunque muchos no lo quieran ver, ahí radica una de las esencias del buen gobierno democrático. Precisamente, porque estas ideas han desaparecido del ideario de la mayoría del electorado y de la clase política, porque no tenemos la fuerza moral para exigir su vigencia, porque carecemos de ciertos valores, nos encontramos tan alejados del ideal democrático.
En este punto, me atrevo a recordar a los dirigentes del PP que realicen un profundo examen de conciencia. No jueguen con su electorado, que anda un tanto agitado y no sin cierta razón. ¡Ya está bien! No desoigan sus quejas, escuchen infinitamente más de lo que es habitual en ustedes, no sean tan prepotentes, despréndanse de tanto protegido incompetente y no falten tanto a la verdad. El pacto con la Princesa les saldrá muy caro. Tiempo al tiempo. ¿De verdad no quieren saber nada de ella? ¿No es más cierto que el pacto ya se firmó al inicio de la legislatura que termina y fue para ocho años? ¡Ya lo veremos!
Para terminar, una última reflexión. Cuando uno participa en lo que se comenta en los más diversos foros sociales y políticos, se queda perplejo y apenado. Casi nada se enfoca con objetividad. Casi todo depende de la previa perspectiva política en que la mayoría de la gente se halla instalada. Aunque parezca mentira, la inmensa mayoría del electorado se posiciona a partir de un principio sagrado, no explicitado, que consiste en marginar la racionalidad y que se formula con calculada simplicidad: “Yo, con los míos”. A pocos, a muy pocos se les escucha una palabra de recriminación del pasotismo vigente o de la falta de un mínimo de compromiso social. Todo se reduce a echar la culpa al vecino, al adversario político, a los demás. Ni la más mínima autocrítica.
Semejante estado de cosas, que nadie debiera ignorar, me obliga a proclamar una incorrección política y social que toma del gran George Steiner. Dice así: “Los hombres son cómplices de cuanto les deja indiferentes”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 11.03.2007, pág. 10
Nos encontramos ya en plena vorágine electoral. Son muchas las cosas que se ventilan en dicho proceso. Estamos –aunque molesta a muchos que se recuerde- permitiendo que alguien protagonice nuestras vidas y nuestra libertad sin nuestro consentimiento. Lo cual, como ya dijera Abraham Lincoln, no le corresponde a hombre alguno por bueno que sea.
Con ser grave, muy grave, la situación social y política –tanto a nivel nacional como autonómico-, me parece infinitamente más deplorable la actitud del cuerpo social, aunque, por ventura, se atisben ciertos indicios de reacción. Nadie, o casi nadie, se escandaliza ya de nada. Y lo que es peor, son muy pocos los que se avergüenzan de todo ello e intentan ponerle remedio. Sin embargo, casi nadie renuncia a mostrar ‘las paradojas’ del tiempo hipermoderno que nos toca vivir (Lipovetsky/Charles). En efecto, la inmensa mayoría de la ciudadanía practica a diario, como si se tratara de consumados maestros, el arte de mirar hacia otro lado, de aparentar que no se ha enterado de lo que pasa, de abrazarse a lo más cómodo, de no complicarse la vida, de ‘colocar’ al familiar incompetente, de obtener del político de turno alguna ventaja urbanística o de cualquier tipo, de jugar a la piñata, de obtener de los políticos un trato diferenciado por la puerta trasera, de ser beneficiario de alguna subvención.
Tan pasota, egoísta, contradictoria, irresponsable y antisocial actitud –por extendida que lo esté y lo está- es el caldo de cultivo de cierta clase política que padecemos. Tenemos los políticos que queremos, que mantenemos y que refrendamos. ¿A qué viene lamentarse después? La clase política deja, sin duda, mucho que desear. Pero no es menos cierto que ello es así porque la sociedad es como es. Como dijera el jesuita y enciclopedista Guillaume Raynal, “la fuerza del gobernante no es en realidad más que la fuerza de los que se dejan gobernar”. Los políticos son lo que el cuerpo electoral quiere que sean.
Desde esta perspectiva, los gobernados tenemos el derecho y el deber de recordar a la clase política que están a nuestro servicio, que viven de nuestros impuestos, que sólo se legitiman si tutelan nuestros derechos y nos gobiernan con eficacia. Ya sé que semejante recordatorio les sabe a cuerno quemado. Pero, aunque muchos no lo quieran ver, ahí radica una de las esencias del buen gobierno democrático. Precisamente, porque estas ideas han desaparecido del ideario de la mayoría del electorado y de la clase política, porque no tenemos la fuerza moral para exigir su vigencia, porque carecemos de ciertos valores, nos encontramos tan alejados del ideal democrático.
En este punto, me atrevo a recordar a los dirigentes del PP que realicen un profundo examen de conciencia. No jueguen con su electorado, que anda un tanto agitado y no sin cierta razón. ¡Ya está bien! No desoigan sus quejas, escuchen infinitamente más de lo que es habitual en ustedes, no sean tan prepotentes, despréndanse de tanto protegido incompetente y no falten tanto a la verdad. El pacto con la Princesa les saldrá muy caro. Tiempo al tiempo. ¿De verdad no quieren saber nada de ella? ¿No es más cierto que el pacto ya se firmó al inicio de la legislatura que termina y fue para ocho años? ¡Ya lo veremos!
Para terminar, una última reflexión. Cuando uno participa en lo que se comenta en los más diversos foros sociales y políticos, se queda perplejo y apenado. Casi nada se enfoca con objetividad. Casi todo depende de la previa perspectiva política en que la mayoría de la gente se halla instalada. Aunque parezca mentira, la inmensa mayoría del electorado se posiciona a partir de un principio sagrado, no explicitado, que consiste en marginar la racionalidad y que se formula con calculada simplicidad: “Yo, con los míos”. A pocos, a muy pocos se les escucha una palabra de recriminación del pasotismo vigente o de la falta de un mínimo de compromiso social. Todo se reduce a echar la culpa al vecino, al adversario político, a los demás. Ni la más mínima autocrítica.
Semejante estado de cosas, que nadie debiera ignorar, me obliga a proclamar una incorrección política y social que toma del gran George Steiner. Dice así: “Los hombres son cómplices de cuanto les deja indiferentes”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 11.03.2007, pág. 10
viernes, 9 de marzo de 2007
TRASQUILAR A CRUCES
Ya en otra ocasión solicitamos para los díscolos frailes del Monasterio de la Real y, sobre todo, para su iluminado Superior la pena que estableciera el IV Concilio de Toledo, consistente en trasquilar a cruces, es decir, “sin orden, cruzándose las tijeretadas al modo en que se trasquila a las ovejas”. No se hizo (entre otras cosas, por la manifiesta debilidad de Mons Murgui) y han vuelto a reincidir (ahora con el protagonismo añadido del líder espiritual de la Plataforma, el padre Juan Francisco March) en conductas cada vez más gravemente atentatorias al espíritu de lo que dicen representar.
A partir de su confesada devoción a San Bernardo de Claraval, les sugerí en su día que, para deshacer el entuerto y el escándalo que estaban generando, dedicasen un tiempo a releer sus obras y así empaparse de su verdadero espíritu. Me atreví a recomendarles la lectura del De laude novae militiae. Allí podrían encontrar esta acusadora pregunta: “¿Cuál es ( ... ) ese inconcebible error, esa inadmisible locura que hace que gastéis para la guerra tanto esfuerzo y dinero y no recojáis más que frutos de muerte o de crimen?”. La pregunta se las trae y viene, con algunas matizaciones, como anillo al dedo a la desviada y pertinaz conducta de la comunidad religiosa.
Los reporteros de IB Confidencial han puesto en el terrado lo que todo el mundo sospechaba. Ahora la oposición, que ha quedado con las vergüenzas al aire, patalea. Se ha evidenciado que estaba detrás del tinglado. Como casi siempre, con tapujos, sin dar la cara, manipulando a la gente, escondiéndose y tirando la piedra. Los ciudadanos, por supuesto, tienen todo el derecho de asociarse para lo quieran. Pero también tienen todo el derecho de no ser manipulados en sus legítimos objetivos. Si, por el motivo que fuese, se prestan a ello –en este caso, así ha sido-, no deben extrañarse que recaiga sobre ellos la crítica.
En todo este indecente e inmenso gatuperio, ha existido un protagonismo excepcional, que ha brillado con singular desdén. Los monjes de la Real –escribí en otro momento-, aunque nunca lo han querido percibir así, se han dejado utilizar e instrumentalizar al servicio de intereses que nada tienen que ver con la vida religiosa. Han aceptado y bendecido, en estos tiempos –qué ya es decir-, una forma clara de cesaropapismo, esto es, se han prestado al control y al uso de la religión por parte de los políticos de la oposición para sus fines propios. Unos y otros –oposición y monjes- han acreditado su falta de escrúpulos y de respeto al ciudadano. No han ido con la verdad por delante. No han tenido reparo alguno al unirse en un extraño maridaje, absolutamente ajeno a las exigencias de la laicidad del Estado. ¡Vaya cuadrilla de ‘progresistas’ que exhiben ahora las esencias de la unión del trono y el altar!
En el colmo de la locura, de la soberbia y de la ignorancia de su papel en el mundo, los teocráticos monjes de la Real no se atreven a formularse la gran pregunta de San Bernardo. Me temo que, sin enterarse, han presentado, como dice Sèbastien Charles, a la luz del día las paradojas de la hipermodernidad. Ellos, precisamente, que deberían ser ‘luz del mundo … que alumbre a cuantos hay en la casa’ (Mt. 5, 15). Entretenidos en el juego de la política mallorquina, no les ha dado tiempo a reflexionar sobre estas palabras de Casanova: “cuanto más se esfuerza la religión por transformar el mundo en un sentido religioso, más se enzarza en los asuntos ‘mundanos’ y queda transformada por el mundo”. Obvio, aunque estos monjes no se hayan enterado. Demasiada ideología política, demasiado fariseísmo. Muy poca teología católica. ¡Qué pena!
Como se trata de una persistencia en el error y en el desvarío, como han vuelto a reincidir, como todo ha salido a la luz, como ya no son posibles excusas de ningún género, es absolutamente necesario un golpe de timón, que enderece el rumbo del Monasterio. El escándalo, desde la perspectiva del creyente, me parece mayúsculo. El Obispado no puede seguir mirando para otro lado. Son muchas las cosas que están en entredicho. Entre otras, la propia autoridad y credibilidad de Mons Murgui. Es urgente, por tanto, imponer el sentido común y cortar por lo sano.
En el orden civil, ya han recibido su merecido, perdiendo cuantos procesos han instado. Los creyentes podemos castigarles con método muy expeditivo: retirándoles el apoyo económico. En el ámbito eclesiástico, la autoridad podría también aplicarles la antigua pena de trasquilarlos a cruces.
Publicado en “El Mundo. El Dia de Baleares”, 9.03.2007, pág. 8
Ya en otra ocasión solicitamos para los díscolos frailes del Monasterio de la Real y, sobre todo, para su iluminado Superior la pena que estableciera el IV Concilio de Toledo, consistente en trasquilar a cruces, es decir, “sin orden, cruzándose las tijeretadas al modo en que se trasquila a las ovejas”. No se hizo (entre otras cosas, por la manifiesta debilidad de Mons Murgui) y han vuelto a reincidir (ahora con el protagonismo añadido del líder espiritual de la Plataforma, el padre Juan Francisco March) en conductas cada vez más gravemente atentatorias al espíritu de lo que dicen representar.
A partir de su confesada devoción a San Bernardo de Claraval, les sugerí en su día que, para deshacer el entuerto y el escándalo que estaban generando, dedicasen un tiempo a releer sus obras y así empaparse de su verdadero espíritu. Me atreví a recomendarles la lectura del De laude novae militiae. Allí podrían encontrar esta acusadora pregunta: “¿Cuál es ( ... ) ese inconcebible error, esa inadmisible locura que hace que gastéis para la guerra tanto esfuerzo y dinero y no recojáis más que frutos de muerte o de crimen?”. La pregunta se las trae y viene, con algunas matizaciones, como anillo al dedo a la desviada y pertinaz conducta de la comunidad religiosa.
Los reporteros de IB Confidencial han puesto en el terrado lo que todo el mundo sospechaba. Ahora la oposición, que ha quedado con las vergüenzas al aire, patalea. Se ha evidenciado que estaba detrás del tinglado. Como casi siempre, con tapujos, sin dar la cara, manipulando a la gente, escondiéndose y tirando la piedra. Los ciudadanos, por supuesto, tienen todo el derecho de asociarse para lo quieran. Pero también tienen todo el derecho de no ser manipulados en sus legítimos objetivos. Si, por el motivo que fuese, se prestan a ello –en este caso, así ha sido-, no deben extrañarse que recaiga sobre ellos la crítica.
En todo este indecente e inmenso gatuperio, ha existido un protagonismo excepcional, que ha brillado con singular desdén. Los monjes de la Real –escribí en otro momento-, aunque nunca lo han querido percibir así, se han dejado utilizar e instrumentalizar al servicio de intereses que nada tienen que ver con la vida religiosa. Han aceptado y bendecido, en estos tiempos –qué ya es decir-, una forma clara de cesaropapismo, esto es, se han prestado al control y al uso de la religión por parte de los políticos de la oposición para sus fines propios. Unos y otros –oposición y monjes- han acreditado su falta de escrúpulos y de respeto al ciudadano. No han ido con la verdad por delante. No han tenido reparo alguno al unirse en un extraño maridaje, absolutamente ajeno a las exigencias de la laicidad del Estado. ¡Vaya cuadrilla de ‘progresistas’ que exhiben ahora las esencias de la unión del trono y el altar!
En el colmo de la locura, de la soberbia y de la ignorancia de su papel en el mundo, los teocráticos monjes de la Real no se atreven a formularse la gran pregunta de San Bernardo. Me temo que, sin enterarse, han presentado, como dice Sèbastien Charles, a la luz del día las paradojas de la hipermodernidad. Ellos, precisamente, que deberían ser ‘luz del mundo … que alumbre a cuantos hay en la casa’ (Mt. 5, 15). Entretenidos en el juego de la política mallorquina, no les ha dado tiempo a reflexionar sobre estas palabras de Casanova: “cuanto más se esfuerza la religión por transformar el mundo en un sentido religioso, más se enzarza en los asuntos ‘mundanos’ y queda transformada por el mundo”. Obvio, aunque estos monjes no se hayan enterado. Demasiada ideología política, demasiado fariseísmo. Muy poca teología católica. ¡Qué pena!
Como se trata de una persistencia en el error y en el desvarío, como han vuelto a reincidir, como todo ha salido a la luz, como ya no son posibles excusas de ningún género, es absolutamente necesario un golpe de timón, que enderece el rumbo del Monasterio. El escándalo, desde la perspectiva del creyente, me parece mayúsculo. El Obispado no puede seguir mirando para otro lado. Son muchas las cosas que están en entredicho. Entre otras, la propia autoridad y credibilidad de Mons Murgui. Es urgente, por tanto, imponer el sentido común y cortar por lo sano.
En el orden civil, ya han recibido su merecido, perdiendo cuantos procesos han instado. Los creyentes podemos castigarles con método muy expeditivo: retirándoles el apoyo económico. En el ámbito eclesiástico, la autoridad podría también aplicarles la antigua pena de trasquilarlos a cruces.
Publicado en “El Mundo. El Dia de Baleares”, 9.03.2007, pág. 8
¡LO QUE NOS FALTABA!
Hasta este momento la expendeduría políticamente correcta de la izquierda oficial había dejado sentado, como verdad irrefutable, que Aznar había sido la desgracia que tuvo que soportar este país, la parte más débil del trío de las Azores, quien nos metió en la guerra de Irak, quien desprestigió a España en el mundo entero, quien personificaba todos los males. ¿Lo recuerdan? Llevamos toda la legislatura con la misma matraca. ¡Quién te ha visto y quién te ve! Ahora resulta que tan vilipendiado, despreciable e inmoral personaje lo quieren convertir en referencia ética del comportamiento de la izquierda, sobre todo en su política antiterrorista. El criterio de valoración de la actuación de ZP en la cesión al chantaje de De Juana es –pásmesen, estimados lectores- lo que supuestamente hizo o dejó de hacer Aznar. ¡Hay que ver a qué nivel de degradación moral puede descender la clase política! Pero ¿no habíamos quedado en que la moral de la izquierda no tenía comparación alguna posible? ¡Cómo se sentirán para tener que echar mano de Aznar! ¡Lo que nos faltaba!
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 9.03.2007, pág. 9
Hasta este momento la expendeduría políticamente correcta de la izquierda oficial había dejado sentado, como verdad irrefutable, que Aznar había sido la desgracia que tuvo que soportar este país, la parte más débil del trío de las Azores, quien nos metió en la guerra de Irak, quien desprestigió a España en el mundo entero, quien personificaba todos los males. ¿Lo recuerdan? Llevamos toda la legislatura con la misma matraca. ¡Quién te ha visto y quién te ve! Ahora resulta que tan vilipendiado, despreciable e inmoral personaje lo quieren convertir en referencia ética del comportamiento de la izquierda, sobre todo en su política antiterrorista. El criterio de valoración de la actuación de ZP en la cesión al chantaje de De Juana es –pásmesen, estimados lectores- lo que supuestamente hizo o dejó de hacer Aznar. ¡Hay que ver a qué nivel de degradación moral puede descender la clase política! Pero ¿no habíamos quedado en que la moral de la izquierda no tenía comparación alguna posible? ¡Cómo se sentirán para tener que echar mano de Aznar! ¡Lo que nos faltaba!
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 9.03.2007, pág. 9
martes, 6 de marzo de 2007
BUSCAR CINCO PIES AL GATO
Nos cuenta Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua castellana (1611) que “buscar cinco pies al gato se dice de los que con sofisterías y embustes nos quieren hacer entender lo imposible; nació de que uno quiso probar que la cola del gato era pie”. Anda el Psoe desfogándose ante la reacción cívica de indignación por lo ocurrido con De Juana Chaos. La cosa, para la mayoría de la ciudadanía, no puede estar más clara, por muy legal que sea. Lo que no se puede pretender es que encima se aplauda a ZP. Me parece ridículo que se pretenda excluir del debate político el principal problema de los españoles. Es más, a la vista del rumbo que sigue, creo que la única solución reside en el voto del ciudadano. Está en juego la libertad y la dignidad de todos. Es una verdadera manipulación que ciertos medios locales den pie a vincular la concentración del pasado viernes con la ultraderecha. Tal descalificación insulta a los asistentes y ofende a las víctimas del terrorismo. Es buscar cinco patas al gato.
Publicado en “Bon Día Mallorca, 6.03.2007, pág. 9
Nos cuenta Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua castellana (1611) que “buscar cinco pies al gato se dice de los que con sofisterías y embustes nos quieren hacer entender lo imposible; nació de que uno quiso probar que la cola del gato era pie”. Anda el Psoe desfogándose ante la reacción cívica de indignación por lo ocurrido con De Juana Chaos. La cosa, para la mayoría de la ciudadanía, no puede estar más clara, por muy legal que sea. Lo que no se puede pretender es que encima se aplauda a ZP. Me parece ridículo que se pretenda excluir del debate político el principal problema de los españoles. Es más, a la vista del rumbo que sigue, creo que la única solución reside en el voto del ciudadano. Está en juego la libertad y la dignidad de todos. Es una verdadera manipulación que ciertos medios locales den pie a vincular la concentración del pasado viernes con la ultraderecha. Tal descalificación insulta a los asistentes y ofende a las víctimas del terrorismo. Es buscar cinco patas al gato.
Publicado en “Bon Día Mallorca, 6.03.2007, pág. 9
jueves, 1 de marzo de 2007
ANVERSO OBSCENO
El pasados martes Isabel Llinàs puso en circulación el siguiente eslogan partidista: “Mientras haya desigualdades entre hombres y mujeres tenemos trabajo”. Tan ambiguo mensaje, propio del feminismo militante, me recordó la lógica del anverso obsceno, resucitada por el filósofo marxista Slavoj Zizek en sus análisis de la realidad personal, social y política
Al ser obsequioso con las famosas equivalencias de género, característica distintiva del feminismo imperante, no se quiere reconocer, se mira para otro lado, no se denuncia el anverso obsceno que propicia de hecho la Ley 15/2005, de 8 de julio. En efecto, por mucho que se hable de corresponsabilidad, lo cierto es que, salvo acuerdo en contrario poco frecuente, sólo excepcionalmente se admite una guarda compartida o alternativa. Lo habitual, ahora como siempre, es que la guarda de los hijos se atribuya a la mujer. La consecuencia es evidente: el padre, por lo general, va perdiendo, aunque sea de un modo inconsciente, la percepción de la propia responsabilidad respecto de sus hijos.
Como ha recordado María Bacigalupo, la reciente reforma del art. 92 del Cc., con la colaboración activa de los grupos feministas, de muchos Fiscales, Jueces y Letrados, propicia algo tan obsceno como facilitar que el padre no participe, en la gran mayoría de los casos, en las decisiones sobre los más variados aspectos y situaciones que pueden afectar a sus hijos. Su participación, con las excepciones de rigor, se suele limitar al pago de una determinada cantidad para su sustento y educación y a pasar un rato breve con ellos. ¿Cómo es posible que los responsables de las administraciones públicas no muevan un dedo para erradicar tal maltrato a la familia y, sobre todo, a los hijos?
La realidad, como observara Lenin, es muy tozuda. Lo que está ocurriendo es que, en muchos casos, la organización de la familia, en los casos de ruptura, se hace de tal forma que de hecho se priva al padre de toda posibilidad de decisión en el destino de sus hijos. Ya sé que no todo el mundo es igual. Pero, en la generalidad de las rupturas, el padre queda en muy mala posición en relación a sus hijos a la hora de participar e intervenir en su madurez personal y en orientar su instrucción y educación. Y todo ello porque se sigue amparando el consabido automatismo a la hora de organizar su futura atención y cuidados. Y todo ello porque se olvidan los principios y se opta por amparar posiciones económicas de la mujer. Y todo ello porque quienes intervienen en las decisiones no se atreven a repudiar eso que he dado en llamar lo “femeninamente correcto”.
Aunque la situación descrita sea una lamentable realidad, fácil de verificar a diario con sólo darse una vuelta por los Juzgados, nadie se atreve a decir nada a pesar del daño cierto que causa a los hijos y a sus progenitores. Jamás he oído denuncia alguna al respecto ni administración pública alguna le ha prestado la más mínima atención. Sin embargo, tal estado de cosas socava la relación de los hijos con el padre, adultera el proceso normal de maduración de éstos, margina a los padres del entorno familiar, rompe la vinculación del padre con el mismo y, sobre todo, hace que se perciba por los hijos como un abandono y dejación.
Ya sé también que muchas madres se sienten, al poco tiempo, agobiadas por la responsabilidad asumida, asfixiadas por el hecho de tener que afrontar la educación y el proceso de maduración de los hijos comunes prácticamente en soledad. Pero, aunque sea duro reconocerlo, probablemente es, en muchos casos, el justo castigo al egoísmo acaparador. Si, por el contrario, aceptasen una visión más amplia de las cosas, si no oyesen tanto consejo estéril, si pensasen más en los verdaderos intereses de sus hijos. propiciarían el acuerdo, facilitarían un reparto de la función parental más acorde con la efectiva responsabilidad de ambos progenitores, y, en definitiva, aceptarían gozosas la guarda compartida.
Aquí tiene, señora Llinàs, un gran trabajo a realizar. Además diferenciándose de las posiciones de sus rivales políticos. Podría olvidarse de las estadísticas que tanto le preocupan y centrarse en el fondo de los problemas, esto es, en la acción educativa. De ese modo, no participaría en la pervivencia de anverso obsceno alguno. Al contrario, estaría luchando por su erradicación.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 25.02.2007, pág. 10
El pasados martes Isabel Llinàs puso en circulación el siguiente eslogan partidista: “Mientras haya desigualdades entre hombres y mujeres tenemos trabajo”. Tan ambiguo mensaje, propio del feminismo militante, me recordó la lógica del anverso obsceno, resucitada por el filósofo marxista Slavoj Zizek en sus análisis de la realidad personal, social y política
Al ser obsequioso con las famosas equivalencias de género, característica distintiva del feminismo imperante, no se quiere reconocer, se mira para otro lado, no se denuncia el anverso obsceno que propicia de hecho la Ley 15/2005, de 8 de julio. En efecto, por mucho que se hable de corresponsabilidad, lo cierto es que, salvo acuerdo en contrario poco frecuente, sólo excepcionalmente se admite una guarda compartida o alternativa. Lo habitual, ahora como siempre, es que la guarda de los hijos se atribuya a la mujer. La consecuencia es evidente: el padre, por lo general, va perdiendo, aunque sea de un modo inconsciente, la percepción de la propia responsabilidad respecto de sus hijos.
Como ha recordado María Bacigalupo, la reciente reforma del art. 92 del Cc., con la colaboración activa de los grupos feministas, de muchos Fiscales, Jueces y Letrados, propicia algo tan obsceno como facilitar que el padre no participe, en la gran mayoría de los casos, en las decisiones sobre los más variados aspectos y situaciones que pueden afectar a sus hijos. Su participación, con las excepciones de rigor, se suele limitar al pago de una determinada cantidad para su sustento y educación y a pasar un rato breve con ellos. ¿Cómo es posible que los responsables de las administraciones públicas no muevan un dedo para erradicar tal maltrato a la familia y, sobre todo, a los hijos?
La realidad, como observara Lenin, es muy tozuda. Lo que está ocurriendo es que, en muchos casos, la organización de la familia, en los casos de ruptura, se hace de tal forma que de hecho se priva al padre de toda posibilidad de decisión en el destino de sus hijos. Ya sé que no todo el mundo es igual. Pero, en la generalidad de las rupturas, el padre queda en muy mala posición en relación a sus hijos a la hora de participar e intervenir en su madurez personal y en orientar su instrucción y educación. Y todo ello porque se sigue amparando el consabido automatismo a la hora de organizar su futura atención y cuidados. Y todo ello porque se olvidan los principios y se opta por amparar posiciones económicas de la mujer. Y todo ello porque quienes intervienen en las decisiones no se atreven a repudiar eso que he dado en llamar lo “femeninamente correcto”.
Aunque la situación descrita sea una lamentable realidad, fácil de verificar a diario con sólo darse una vuelta por los Juzgados, nadie se atreve a decir nada a pesar del daño cierto que causa a los hijos y a sus progenitores. Jamás he oído denuncia alguna al respecto ni administración pública alguna le ha prestado la más mínima atención. Sin embargo, tal estado de cosas socava la relación de los hijos con el padre, adultera el proceso normal de maduración de éstos, margina a los padres del entorno familiar, rompe la vinculación del padre con el mismo y, sobre todo, hace que se perciba por los hijos como un abandono y dejación.
Ya sé también que muchas madres se sienten, al poco tiempo, agobiadas por la responsabilidad asumida, asfixiadas por el hecho de tener que afrontar la educación y el proceso de maduración de los hijos comunes prácticamente en soledad. Pero, aunque sea duro reconocerlo, probablemente es, en muchos casos, el justo castigo al egoísmo acaparador. Si, por el contrario, aceptasen una visión más amplia de las cosas, si no oyesen tanto consejo estéril, si pensasen más en los verdaderos intereses de sus hijos. propiciarían el acuerdo, facilitarían un reparto de la función parental más acorde con la efectiva responsabilidad de ambos progenitores, y, en definitiva, aceptarían gozosas la guarda compartida.
Aquí tiene, señora Llinàs, un gran trabajo a realizar. Además diferenciándose de las posiciones de sus rivales políticos. Podría olvidarse de las estadísticas que tanto le preocupan y centrarse en el fondo de los problemas, esto es, en la acción educativa. De ese modo, no participaría en la pervivencia de anverso obsceno alguno. Al contrario, estaría luchando por su erradicación.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 25.02.2007, pág. 10
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