HAY QUE SEGUIR DICIENDO NO
Aunque pueda parecer mentira, todos, en general, nos permitimos el lujo de comulgar -con más frecuencia de lo deseable- con verdaderas ruedas de molino. Nuestra capacidad de habituarnos a lo que está de moda, a lo que vemos en la pequeña pantalla, a los usos y costumbres de la calle, a lo que hacen y dicen los demás es de tal magnitud que, como subrayó, en su día José A. Marina, podemos ‘acabar aceptando como normal cualquier disparate que se repita muchas veces’.
La cultura actual cambia a diario. Lo que hoy proporciona seguridad y certeza al ser humano mañana será arrojado a la basura y será sustituido de inmediato. Así ocurre en todos los ámbitos, incluso en aquellos que son aparentemente más íntimos y privados. Un buen ejemplo al respecto puede apreciarse en el modo cómo tendemos a organizar y estar en las relaciones de pareja y en la vida familiar. La vida afectiva, por ejemplo, ha adoptado las formas más dispares. Las normas éticas según las cuales valoramos tan compleja realidad son ahora de otra galaxia. Es más, todo nos viene dado, sugerido, impuesto sibilinamente. Nos limitamos, en la mayoría de los casos, a cometer la errónea estupidez de pensar que hemos sido nosotros quienes, con entera libertad personal, hemos recreado un nuevo mundo más humano. ‘¡Cuán grande es la ignorancia que os extravía!’, que dijo Dante.
Es más, actuamos casi ‘como sonámbulos’ (Pío Baroja). Quizás por ello no caigamos en la cuenta de que, en realidad, estamos colaborando a consolidar vigencias sociales que luego criticamos o nos repugnan. Estamos colaborando a hacer realidad esta sociedad tan egoísta, tan acomodaticia, tan claudicante, tan consumista, tan desorientada, tan carente de valores, tan destructiva, tan poco crítica. Así somos de inconscientes y superfluos. Cada día participamos activamente –probablemente sin saberlo- en imponer usos, costumbres, modas, comportamientos y valores, que no compartimos.
En el prólogo de la Vida de don Quijote y Sancho, Don Miguel de Unamuno nos ofrece una respuesta que siempre he valorado con gran aprecio. Dice así: ‘¡Cómo? Tropezáis con uno que miente?, gritadle a la cara: ¡Mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritadle: ¡Ladrón!, y ¡adelante! ¿Es que con eso (…) se borra la mentira, ni el latrocinio, ni la tontería del mundo? ¿Quién ha dicho que no? La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es esa de decir que nada se adelanta con denunciar a un ladrón, porque los otros seguirán robando, que nada se adelanta con decirle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería desaparecerá del mundo’.
Se trata, según mi modo de ver las cosas, de ser uno mismo, aunque se equivoque. No importa lo que crean o finjan otros, lo que nos ha transmitido la tradición, ni siquiera lo que nos dicen los sabios. ‘Creed únicamente en lo que vosotros mismos habéis experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia’ (Sánchez Dragó, tomado de una cartela de un monasterio budista en Bali). ¡Qué distintas serían las cosas si obrásemos de acuerdo con la sabiduría que se contiene en las palabras transcritas!
Nos falta el coraje para, como dijo Saramago, ‘… seguir diciendo no, aunque se trate de una voz predicando en el desierto’.
Gregorio Delgado del Río
lunes, 26 de julio de 2010
martes, 20 de julio de 2010
VERDADES CONVERTIDAS EN DOGMAS
Hace ya casi veinte años, unos padres, en una aldea perdida de Baviera, educaban a sus tres hijos en las ideas de Rudolf Steiner (antroposofía). De acuerdo con el Reglamento, que regulaba las escuelas primarias, era obligatoria la presencia del crucifijo en las escuelas públicas. Estos padres entendían que esta norma debía ser declarada nula y tomar, como medida cautelar, la de obligar a retirar el crucifijo de las aulas. Sus hijos –decían- habían quedado ‘traumatizados’ por el espectáculo del Cristo crucificado, que todos los días venían obligados a contemplar.
Tanto el Tribunal administrativo de Regensburg como la Corte administrativa superior de Baviera rechazaron la posición de estos padres y lo hicieron en base a argumentos que siguen manejándose en la actualidad en países como Italia y España. Fueron –seguimos la exposición de Mª Cruz Llamazares- los siguientes:
1). El derecho constitucional a seguir los dictados de la propia conciencia no es de carácter ilimitado. Ha de respetar o encuentra su límite en los derechos fundamentales del resto de alumnos y de sus padres, que tienen opiniones y convicciones contrarias o diferentes.
2). La presencia del crucifijo, como símbolo de la pasión de Cristo, conlleva y predica, ciertamente, una determinada concepción religiosa de la vida.Pero, al mismo tiempo, también forma parte de toda una tradición cristiana occidental –sobre todo europea- y, en consecuencia, simboliza además una común tradición cultural.
3). La mera presencia de un crucifijo en la pared de un aula escolar no reclama ni exige a los alumnos que se identifiquen con el mensaje que encarna y representa. La escuela –desde esta perspectiva- no se atribuye ninguna función de adoctrinamiento ni de proselitismo alguno ni tampoco limita o niega la apertura a otras posibles concepciones de la vida. La escuela forma e instruye a los alumnos mediante actividades típicamente educativas. No lo hace a través de representaciones simbólicas como el crucifijo. Dicho de otro modo, el crucifijo no exhibe una pretensión de exclusividad y no conlleva la propuesta y promoción de una confesión cristiana en particular.
Los padres en cuestión no se aquietaron con esta respuesta e interpusieron el oportuno recurso ante la Corte Constitucional de la República, en Karlsruhe. En su Sentencia de 16 de mayo de 1995, los ocho magistrados que la integran fallaron que la oferta de sustituir el crucifijo por simples cruces sin crucificado era insuficiente. En consecuencia, ordenaron al Estado de Baviera que retirara cruces y crucifijos de todas las aulas pues “en materia religiosa el Estado debe ser neutral”.
Tal decisión produjo estupefacción y asombro en una mayoría de ciudadanos. Pero, sobre todo, se ganó la reacción desmesurada del Arzobispo de Múnich, Card. Wetter: “Ni siquiera los nazis arrancaron las cruces de nuestras escuelas … ¿Vamos a permitir que lo que no pudo perpetrar una dictadura lo realice un Estado democrático, regido por la Ley?”. A pesar de todo ello –y felizmente- no se hizo realidad el dicho de Chesterton para quien “las verdades se convierten en dogmas desde el momento en que son discutidas”.
Gregorio Delgado del Río
Hace ya casi veinte años, unos padres, en una aldea perdida de Baviera, educaban a sus tres hijos en las ideas de Rudolf Steiner (antroposofía). De acuerdo con el Reglamento, que regulaba las escuelas primarias, era obligatoria la presencia del crucifijo en las escuelas públicas. Estos padres entendían que esta norma debía ser declarada nula y tomar, como medida cautelar, la de obligar a retirar el crucifijo de las aulas. Sus hijos –decían- habían quedado ‘traumatizados’ por el espectáculo del Cristo crucificado, que todos los días venían obligados a contemplar.
Tanto el Tribunal administrativo de Regensburg como la Corte administrativa superior de Baviera rechazaron la posición de estos padres y lo hicieron en base a argumentos que siguen manejándose en la actualidad en países como Italia y España. Fueron –seguimos la exposición de Mª Cruz Llamazares- los siguientes:
1). El derecho constitucional a seguir los dictados de la propia conciencia no es de carácter ilimitado. Ha de respetar o encuentra su límite en los derechos fundamentales del resto de alumnos y de sus padres, que tienen opiniones y convicciones contrarias o diferentes.
2). La presencia del crucifijo, como símbolo de la pasión de Cristo, conlleva y predica, ciertamente, una determinada concepción religiosa de la vida.Pero, al mismo tiempo, también forma parte de toda una tradición cristiana occidental –sobre todo europea- y, en consecuencia, simboliza además una común tradición cultural.
3). La mera presencia de un crucifijo en la pared de un aula escolar no reclama ni exige a los alumnos que se identifiquen con el mensaje que encarna y representa. La escuela –desde esta perspectiva- no se atribuye ninguna función de adoctrinamiento ni de proselitismo alguno ni tampoco limita o niega la apertura a otras posibles concepciones de la vida. La escuela forma e instruye a los alumnos mediante actividades típicamente educativas. No lo hace a través de representaciones simbólicas como el crucifijo. Dicho de otro modo, el crucifijo no exhibe una pretensión de exclusividad y no conlleva la propuesta y promoción de una confesión cristiana en particular.
Los padres en cuestión no se aquietaron con esta respuesta e interpusieron el oportuno recurso ante la Corte Constitucional de la República, en Karlsruhe. En su Sentencia de 16 de mayo de 1995, los ocho magistrados que la integran fallaron que la oferta de sustituir el crucifijo por simples cruces sin crucificado era insuficiente. En consecuencia, ordenaron al Estado de Baviera que retirara cruces y crucifijos de todas las aulas pues “en materia religiosa el Estado debe ser neutral”.
Tal decisión produjo estupefacción y asombro en una mayoría de ciudadanos. Pero, sobre todo, se ganó la reacción desmesurada del Arzobispo de Múnich, Card. Wetter: “Ni siquiera los nazis arrancaron las cruces de nuestras escuelas … ¿Vamos a permitir que lo que no pudo perpetrar una dictadura lo realice un Estado democrático, regido por la Ley?”. A pesar de todo ello –y felizmente- no se hizo realidad el dicho de Chesterton para quien “las verdades se convierten en dogmas desde el momento en que son discutidas”.
Gregorio Delgado del Río
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