LOS DIOSES LUCHAN EN VANO
Hace unos días, Javier Nart nos decía que le espantaba la estúpida ceguera del Occidente cristiano, incapaz de establecer una estrategia de largo alcance. Muchos menos aún si pensamos en la miedosa e ineficaz alianza de civilizaciones.
Es innegable el hecho subrayado por el reciente Sínodo de los Obispos para las Iglesias orientales: La progresiva desaparición de los cristianos sirios, libaneses, iraquíes, egipcios, que se ven obligados a renunciar a su cultura y a su tierra. Igualmente podemos referir las violaciones y persecuciones, los asesinatos, las palizas y el vandalismo, las agresiones varias, los atentados, las expulsiones, etc., de los que han sido objeto miles de cristianos en Pakistán, en India, en Chiapas, en Irak, en Nigeria, en Irán, en Marruecos, en Turquía, en Indonesia, en Etiopía, en Argelia, en Corea del Norte, en Arabia Saudí, en Kenya. A todo ello, debemos añadir, por último, la violencia constante que se ejerce, en la mayoría de los países de confesión islámica, frente a las manifestaciones externas de la práctica religiosa cristiana, no toleradas ni permitidas. El odio anticristiano va en aumento en la proporción en que el integrismo islamista impera en muchos países de confesión islámica.
Lo verdaderamente grave radica, en mi opinión, en que las supuestas grandes democracias occidentales (Europa, por ejemplo) guardan el más cómplice de los silencios ante tales atentados a la libertad personal. Miran para otro lado. No se atreven a reivindicar para las Iglesias cristianas el trato que se garantiza al Islam en la sociedad occidental. Salvo contadísimas excepciones, ningún país occidental exige la lógica reciprocidad de trato. La libertad religiosa es una perfecta desconocida en estos países.
Tampoco debería extrañarnos demasiado semejante conducta si tenemos en cuenta que, en la vieja Europa, no siempre se hace profesión de fe democrática. El respeto a la conciencia personal y el no obligar, en consecuencia, a ciudadano alguno a obrar en contra de la misma constituyó, como es sabido, uno de los pilares esenciales de las democracias liberales. Sin embargo, ahora, en ciertos países europeos –como es el caso de España- está en cuestión y se pone a votación en el Consejo de Europa. ¿Qué se puede esperar después?
Es más, se está “... acostumbrando, como ha recordado José María Marco, a los europeos a pensar su libertad fuera de la religión, cuando no contra ella”. La libertad religiosa –la primera de las libertades y el fundamento de la libertad sin adjetivos- se ve con relativa frecuencia limitada, sobre todo en relación con el cristianismo. A partir de aquí, es muy difícil reclamar a estos Gobiernos europeos multiculturales que se atrevan a oponerse a la ola de fundamentalismo islámico y de negación del pluralismo religioso. No se puede pedir peras al olmo.
Esta realidad se completa con nuestra complicidad. Somos nosotros quienes apoyamos y sostenemos a estos Gobiernos europeos. No somos conscientes de que la verdadera legitimidad reside en la tutela y salvaguardia de nuestros derechos, de nuestra libertad. Si creyésemos de verdad en ello, exigiríamos de ellos una conducta coherente de oposición a la persecución que se practica contra los cristianos.
Y es que, como dijera J.C. Friedrich von Schiller, “contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”.
domingo, 26 de diciembre de 2010
martes, 21 de diciembre de 2010
CONTACTO CON EL SUELO
Siempre he tenido muy presente una fina advertencia del gran poeta de mi tierra de nacimiento, a saber: “Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura” (Antonio Machado).
¡Cierto!
Si nos olvidamos de tantos mensajes interesados y deformadores de la realidad como recibimos, nos informamos un poco de lo que ocurre en la vida de la Iglesia y aceptamos los hechos, no tendremos más remedio que admitir la pérdida progresiva de sacerdotes y religiosos, el envejecimiento notorio del clero existente, el agostamiento o el erial de las vocaciones sacerdotales. Es inútil negarlo. ¿Quién se ocupará y atenderá –si las cosas siguen así- en el futuro inmediato a las comunidades de creyentes, que quedan?
Por si lo anterior no fuese suficiente, debemos valorar también cómo vive gran parte del clero el celibato prometido, cómo vive su sexualidad. La respuesta –si no huimos de la realidad- puede, en parte, hallarse en una escena de El poder y la gloria del inglés Graham Greene. En ella –nos dice el novelista católico-, el sacerdote “... vivía cerca del río con su ama de llaves. Por supuesto, era la mejor solución de todas: que diera testimonio vivo de la flaqueza de su fe”. Ya sé que no son todos, pero, si no se mira para otro lado como en tantas otras cosas, no tenemos más remedio que constatar esta flaqueza.
Cuando uno conoce el compromiso cristiano de tantos laicos, casados o no, su disposición y preparación, se pregunta de inmediato por qué no podrían ejercer el ministerio sacerdotal. Son muchos, en efecto, que se fueron por causa del celibato y son muchos que, por la misma razón, no optan por el sacerdocio. Como ha dicho Hans Küng, “no hay escasez de sacerdotes, sino de personas dispuestas a asumir el celibato”. Fina observación –acorde con la realidad- que debiera llevar a todos a pensar si no ha llegado ya el momento de realizar un cambio y que el celibato sea totalmente opcional. En este orden de cosas, surge otra pregunta cuya respuesta no debería eludirse, a saber: ¿por qué no se confía en un laicado, tan preparado doctrinalmente o bastante más que muchos clérigos?
Si –al margen de todo lo anterior- la Curia vaticana se atreviera además a valorar, como se merece, el testimonio de vida interior, de verdadero compromiso con su fe, de fidelidad a la doctrina evangélica, que ofrecen muchos laicos, casados o no, probablemente estaría en disposición de recorrer un camino de apertura y mayor servicio a las comunidades cristianas. La realidad es muy tozuda. El clero actual no es, en general, muy ilustrado, desconoce, en gran parte, la cultura actual, no suele disfrutar de una capacidad profesional suficiente para ganarse la vida en el mundo, suele ignorar el protagonismo que conlleva la familia para la vida social y eclesial. Se diga lo que se diga –generalmente, los tópicos de siempre-, lo cierto es que la figura del sacerdote actual no está prestigiada ni, en consecuencia, goza del respeto necesario. Esta realidad –que obedece a múltiples causas- no se quiere ver ni abordar. ¡Mal síntoma!
Siempre he tenido muy presente una fina advertencia del gran poeta de mi tierra de nacimiento, a saber: “Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura” (Antonio Machado).
¡Cierto!
Si nos olvidamos de tantos mensajes interesados y deformadores de la realidad como recibimos, nos informamos un poco de lo que ocurre en la vida de la Iglesia y aceptamos los hechos, no tendremos más remedio que admitir la pérdida progresiva de sacerdotes y religiosos, el envejecimiento notorio del clero existente, el agostamiento o el erial de las vocaciones sacerdotales. Es inútil negarlo. ¿Quién se ocupará y atenderá –si las cosas siguen así- en el futuro inmediato a las comunidades de creyentes, que quedan?
Por si lo anterior no fuese suficiente, debemos valorar también cómo vive gran parte del clero el celibato prometido, cómo vive su sexualidad. La respuesta –si no huimos de la realidad- puede, en parte, hallarse en una escena de El poder y la gloria del inglés Graham Greene. En ella –nos dice el novelista católico-, el sacerdote “... vivía cerca del río con su ama de llaves. Por supuesto, era la mejor solución de todas: que diera testimonio vivo de la flaqueza de su fe”. Ya sé que no son todos, pero, si no se mira para otro lado como en tantas otras cosas, no tenemos más remedio que constatar esta flaqueza.
Cuando uno conoce el compromiso cristiano de tantos laicos, casados o no, su disposición y preparación, se pregunta de inmediato por qué no podrían ejercer el ministerio sacerdotal. Son muchos, en efecto, que se fueron por causa del celibato y son muchos que, por la misma razón, no optan por el sacerdocio. Como ha dicho Hans Küng, “no hay escasez de sacerdotes, sino de personas dispuestas a asumir el celibato”. Fina observación –acorde con la realidad- que debiera llevar a todos a pensar si no ha llegado ya el momento de realizar un cambio y que el celibato sea totalmente opcional. En este orden de cosas, surge otra pregunta cuya respuesta no debería eludirse, a saber: ¿por qué no se confía en un laicado, tan preparado doctrinalmente o bastante más que muchos clérigos?
Si –al margen de todo lo anterior- la Curia vaticana se atreviera además a valorar, como se merece, el testimonio de vida interior, de verdadero compromiso con su fe, de fidelidad a la doctrina evangélica, que ofrecen muchos laicos, casados o no, probablemente estaría en disposición de recorrer un camino de apertura y mayor servicio a las comunidades cristianas. La realidad es muy tozuda. El clero actual no es, en general, muy ilustrado, desconoce, en gran parte, la cultura actual, no suele disfrutar de una capacidad profesional suficiente para ganarse la vida en el mundo, suele ignorar el protagonismo que conlleva la familia para la vida social y eclesial. Se diga lo que se diga –generalmente, los tópicos de siempre-, lo cierto es que la figura del sacerdote actual no está prestigiada ni, en consecuencia, goza del respeto necesario. Esta realidad –que obedece a múltiples causas- no se quiere ver ni abordar. ¡Mal síntoma!
viernes, 17 de diciembre de 2010
PARECEN VERDADES (II)
En las declaraciones del Sr. Rubalcaba -enmendando la plana a la Sra Pajín-, se puede apreciar una dimensión muy diferente a la estrictamente familiar, aunque también tenga ciertas consecuencias en este ámbito. No tiene rubor alguno en pronunciar la expresión “por encima de la presunción de inocencia”. Toda una confirmación de algo, ya sabido, en línea con la tradición socialista.
Desde su nacimiento, el Partido socialista quedó marcado por una voluntad no respetuosa con la legalidad. El 7 de julio de 1910, su padre y fundador (Pablo Iglesias) expresó, en el Congreso de los Diputados, estas desdichadas intenciones: “Estarán en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad ... cuando ella no les permita realizar sus aspiraciones”. Increíble, pero cierto.
No extraña lo más mínimo que, a lo largo de su historia ya centenaria, haya seguido al pie de la letra esta consigna. Ha dado testimonio, en multitud de ocasiones, de su flaqueza a la hora de defender el estado de derecho, sobre todo si detenta el poder. Se muestra como maestro consumado a la hora de buscar toda clase de artilugios y recovecos para, si le interesa, burlar la legalidad vigente. Es obvio que tan grave pecado democrático es cometido con la apariencia de virtud.
En esta ocasión, el Sr. Rubalcaba ha ido demasiado lejos en su afán. Se ha atrevido a hacer público su rechazo a las garantías mínimas y más elementales, que cualquier Estado, que se precie de tal, ha de salvaguardar: la presunción de inocencia. No es extraño que el clamor en contra haya sido unánime en todos los sectores, incluido el de las Asociaciones de jueces –también la de Jueces para la democracia, habitualmente a favor de las tesis socialistas-.
A pesar de todo, no abrigo duda alguna de que llevarán adelante semejante pretensión. Una vez más prevalecerá ‘el interés por el voto’ sobre el interés general y el respeto a la ley. Una vez más -¿cuántas van ya?- se impondrá, como obligatoria, una clara discriminación, un insulto evidente al principio y al derecho de igualdad ante la ley. La corrección femenina no sabe de tales exigencias. Una vez más, prevalecerán ‘las equivalencias de género’, que no es otra cosa que la búsqueda del voto de la mujer para permanecer en el poder y seguir impulsando el trabajo de ingeniería social.
Es más, si ya existían muy graves reservas en torno a las denuncias falsas de malos tratos en busca de un evidente interés o beneficio personal, esta modificación legal, si se realiza como nos tememos, no hará otra cosa que agravar aún más –si ello fuera posible- la situación actual.
Cualquier profesional del derecho sabe perfectamente hasta qué punto se viene instrumentalizando la denuncia falsa de mal trato a la mujer en beneficio propio y en evidente deterioro de la posición del varón. Hay que tener mucha cara para negar tales hechos.
¿Dónde queda el supuesto interés preferente de los hijos? Si algo daña ese interés, es el espectáculo a que se asiste en los juicios de mal trato con su vinculación a las medidas sobre los hijos. ¡Qué vergüenza!
En las declaraciones del Sr. Rubalcaba -enmendando la plana a la Sra Pajín-, se puede apreciar una dimensión muy diferente a la estrictamente familiar, aunque también tenga ciertas consecuencias en este ámbito. No tiene rubor alguno en pronunciar la expresión “por encima de la presunción de inocencia”. Toda una confirmación de algo, ya sabido, en línea con la tradición socialista.
Desde su nacimiento, el Partido socialista quedó marcado por una voluntad no respetuosa con la legalidad. El 7 de julio de 1910, su padre y fundador (Pablo Iglesias) expresó, en el Congreso de los Diputados, estas desdichadas intenciones: “Estarán en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad ... cuando ella no les permita realizar sus aspiraciones”. Increíble, pero cierto.
No extraña lo más mínimo que, a lo largo de su historia ya centenaria, haya seguido al pie de la letra esta consigna. Ha dado testimonio, en multitud de ocasiones, de su flaqueza a la hora de defender el estado de derecho, sobre todo si detenta el poder. Se muestra como maestro consumado a la hora de buscar toda clase de artilugios y recovecos para, si le interesa, burlar la legalidad vigente. Es obvio que tan grave pecado democrático es cometido con la apariencia de virtud.
En esta ocasión, el Sr. Rubalcaba ha ido demasiado lejos en su afán. Se ha atrevido a hacer público su rechazo a las garantías mínimas y más elementales, que cualquier Estado, que se precie de tal, ha de salvaguardar: la presunción de inocencia. No es extraño que el clamor en contra haya sido unánime en todos los sectores, incluido el de las Asociaciones de jueces –también la de Jueces para la democracia, habitualmente a favor de las tesis socialistas-.
A pesar de todo, no abrigo duda alguna de que llevarán adelante semejante pretensión. Una vez más prevalecerá ‘el interés por el voto’ sobre el interés general y el respeto a la ley. Una vez más -¿cuántas van ya?- se impondrá, como obligatoria, una clara discriminación, un insulto evidente al principio y al derecho de igualdad ante la ley. La corrección femenina no sabe de tales exigencias. Una vez más, prevalecerán ‘las equivalencias de género’, que no es otra cosa que la búsqueda del voto de la mujer para permanecer en el poder y seguir impulsando el trabajo de ingeniería social.
Es más, si ya existían muy graves reservas en torno a las denuncias falsas de malos tratos en busca de un evidente interés o beneficio personal, esta modificación legal, si se realiza como nos tememos, no hará otra cosa que agravar aún más –si ello fuera posible- la situación actual.
Cualquier profesional del derecho sabe perfectamente hasta qué punto se viene instrumentalizando la denuncia falsa de mal trato a la mujer en beneficio propio y en evidente deterioro de la posición del varón. Hay que tener mucha cara para negar tales hechos.
¿Dónde queda el supuesto interés preferente de los hijos? Si algo daña ese interés, es el espectáculo a que se asiste en los juicios de mal trato con su vinculación a las medidas sobre los hijos. ¡Qué vergüenza!
martes, 14 de diciembre de 2010
PARECEN VERDADES (I)
Después del grotesco espectáculo de la Sra Pajín -con exaltación de la Logse incluida-, ha venido -¿cómo, no?- el gran manipulador del reino a remediar el entuerto. “... estamos pensando en los niños por encima de la presunción de inocencia”, ha dicho Rubalcaba. Punto final. El oráculo laicista dixit.
Si no situamos en el ámbito estrictamente familiar, la protección del menor siempre ha sido, en nuestro derecho civil, el criterio rector básico que ha de presidir cualquier decisión judicial con respecto a la guarda y custodia de los hijos -a uno u otro, o a ambos-, que vincula a todos. Para este viaje no se necesitaban alforjas. No obstante, “la dificultad –como ha subrayado la Magistrada de la AP de Barcelona, Sra Viñas Maestre- estriba en determinar y delimitar el contenido de dicho interés, ya que no puede ser determinado con carácter general de forma abstracta”.
Dicho de otro modo, entiendo que la prevalencia del interés de los hijos “... ha de ser consecuencia de la concurrencia de unos presupuestos fácticos cuya apreciación requiere suficiente prueba, para lograr que, en lo posible, la aplicación del citado principio (‘favor minoris’) responda a una verdadera realidad constatada” (AP Santa Cruz, s. 23.04.2007). Aquí está, aunque suele obviarse, el punto nuclear de la cuestión.
Lo que viene ocurriendo en muchos más casos de los deseados es que, al haber infectado el Derecho de familia de ideología, el interés del menor se ha convertido de hecho en el instrumento que ampara, a veces, las más obscenas decisiones, que marcarán a los hijos de por vida. No olvidemos que la ideología de género, por ejemplo, además de inspirar la reforma realizada mediante la Ley de 2005, forma parte del horizonte intelectual de bastantes Jueces, Fiscales, Abogados y Psicólogos. Todo un despropósito que nos conduce –aunque sólo sea inconscientemente- a la imposición de los “anversos obscenos”, que ha denunciado Slavoj Zizek (Arriesgar lo imposible, Madrid 2006).
El partido socialista siempre ha sabido manejar los resortes para manipular al pueblo. Conoce a la perfección el dicho de Calderón de la Barca, que dice: “Porque tienen de su parte mucho poder las mentiras cuando parecen verdades”. Sin duda. No están pensando en los niños. No se dejen engañar.
Después del grotesco espectáculo de la Sra Pajín -con exaltación de la Logse incluida-, ha venido -¿cómo, no?- el gran manipulador del reino a remediar el entuerto. “... estamos pensando en los niños por encima de la presunción de inocencia”, ha dicho Rubalcaba. Punto final. El oráculo laicista dixit.
Si no situamos en el ámbito estrictamente familiar, la protección del menor siempre ha sido, en nuestro derecho civil, el criterio rector básico que ha de presidir cualquier decisión judicial con respecto a la guarda y custodia de los hijos -a uno u otro, o a ambos-, que vincula a todos. Para este viaje no se necesitaban alforjas. No obstante, “la dificultad –como ha subrayado la Magistrada de la AP de Barcelona, Sra Viñas Maestre- estriba en determinar y delimitar el contenido de dicho interés, ya que no puede ser determinado con carácter general de forma abstracta”.
Dicho de otro modo, entiendo que la prevalencia del interés de los hijos “... ha de ser consecuencia de la concurrencia de unos presupuestos fácticos cuya apreciación requiere suficiente prueba, para lograr que, en lo posible, la aplicación del citado principio (‘favor minoris’) responda a una verdadera realidad constatada” (AP Santa Cruz, s. 23.04.2007). Aquí está, aunque suele obviarse, el punto nuclear de la cuestión.
Lo que viene ocurriendo en muchos más casos de los deseados es que, al haber infectado el Derecho de familia de ideología, el interés del menor se ha convertido de hecho en el instrumento que ampara, a veces, las más obscenas decisiones, que marcarán a los hijos de por vida. No olvidemos que la ideología de género, por ejemplo, además de inspirar la reforma realizada mediante la Ley de 2005, forma parte del horizonte intelectual de bastantes Jueces, Fiscales, Abogados y Psicólogos. Todo un despropósito que nos conduce –aunque sólo sea inconscientemente- a la imposición de los “anversos obscenos”, que ha denunciado Slavoj Zizek (Arriesgar lo imposible, Madrid 2006).
El partido socialista siempre ha sabido manejar los resortes para manipular al pueblo. Conoce a la perfección el dicho de Calderón de la Barca, que dice: “Porque tienen de su parte mucho poder las mentiras cuando parecen verdades”. Sin duda. No están pensando en los niños. No se dejen engañar.
sábado, 11 de diciembre de 2010
DE CLIMA ARTIFICIAL, NADA
Cuando arreció en los medios la justa crítica por los abusos sexuales de algunos sacerdotes a menores de edad y por la actitud mantenida por altos miembros de la Jerarquía católica ante tan abominables conductas, se escuchó, en el bando católico, de todo y, en ciertos casos, no, precisamente, bueno. Me refiero a que se escucharon voces que intentaron –no sin ciertas dosis de obscenidad- quitar hierro a lo ocurrido.
En esta línea hubo quien habló de ‘tempestad mediática’, de ‘campaña’ que ‘recuerda las leyendas negras’, de que ‘se está generando un clima artificial de pánico moral, al que no es ajeno cierta pandemia mediática o literaria centrada en las desviaciones sexuales del clero, convertidas en una suerte de pantano moral” (Navarro-Valls, R., Clima artificial de pánico moral, en “El mundo/El Día de Baleares”, 22.03.2010, pág. 19). Semejante excusa –que también padecí ante el televisor en un programa de ‘Intereconomía’- no me escandalizó ni me sorprendió. Me causó, sin embargo, una verdadera pena y una cierta vergüenza ajena. Frente a tan encogida falta de coraje para condenar abiertamente tales conductas clericales brilló el juicio de un contertulio de la izquierda intelectual. ¡Qué espectáculo y qué contraste! La grandeza ética de la izquierda frente a la hipócrita derecha católica.
Desde entonces han pasado muchas cosas y han salido a la luz otros muchos casos de extremada gravedad. Pero, sobre todo, hemos presenciado el coraje de Benedicto XVI -conocedor, sin duda, de lo que estaba sucediendo-, que ha querido romper con el vergonzoso mirar para otro lado. Tal ruptura con la línea seguida por sus predecesores ha sido clara y terminante: intolerancia cero, colaboración total con las autoridades civiles, compromiso eficaz en orden a la protección de los menores. Programa que ha sido expuesto por el Cardenal William Levada en el Consistorio –celebrado en Roma este fin de semana- con motivo del nombramiento de veinticuatro nuevos Cardenales y que exige, ante todo, un profundo y sustancial cambio de mentalidad en la Jerarquía católica. ¡Ojalá –esta vez- vaya en serio!
Quiero, para terminar, referirme a unas luminosas palabras del Papa al respecto: “Tengo que decir que siento una gran tristeza. Tristeza también porque la autoridad de la Iglesia no ha sido lo suficientemente vigilante, ni suficientemente veloz, ni decidida, para tomar las medidas necesarias”. Evidente. Esta negligencia siempre nos ha parecido de una gravedad extrema, que nunca ha gozado de justificación. Por esto mismo, las críticas de los medios y de muchas personas, cristianas o no, tenían una clara cobertura ética. No siempre la crítica cabe despejarla con el fácil recuso al tan manido anticlericalismo. La crítica –en éste como en tantos otros casos- goza de fundamento y es muy lógica. Sólo es cuestión de humildad y sinceridad en quien la recibe.
Cuando arreció en los medios la justa crítica por los abusos sexuales de algunos sacerdotes a menores de edad y por la actitud mantenida por altos miembros de la Jerarquía católica ante tan abominables conductas, se escuchó, en el bando católico, de todo y, en ciertos casos, no, precisamente, bueno. Me refiero a que se escucharon voces que intentaron –no sin ciertas dosis de obscenidad- quitar hierro a lo ocurrido.
En esta línea hubo quien habló de ‘tempestad mediática’, de ‘campaña’ que ‘recuerda las leyendas negras’, de que ‘se está generando un clima artificial de pánico moral, al que no es ajeno cierta pandemia mediática o literaria centrada en las desviaciones sexuales del clero, convertidas en una suerte de pantano moral” (Navarro-Valls, R., Clima artificial de pánico moral, en “El mundo/El Día de Baleares”, 22.03.2010, pág. 19). Semejante excusa –que también padecí ante el televisor en un programa de ‘Intereconomía’- no me escandalizó ni me sorprendió. Me causó, sin embargo, una verdadera pena y una cierta vergüenza ajena. Frente a tan encogida falta de coraje para condenar abiertamente tales conductas clericales brilló el juicio de un contertulio de la izquierda intelectual. ¡Qué espectáculo y qué contraste! La grandeza ética de la izquierda frente a la hipócrita derecha católica.
Desde entonces han pasado muchas cosas y han salido a la luz otros muchos casos de extremada gravedad. Pero, sobre todo, hemos presenciado el coraje de Benedicto XVI -conocedor, sin duda, de lo que estaba sucediendo-, que ha querido romper con el vergonzoso mirar para otro lado. Tal ruptura con la línea seguida por sus predecesores ha sido clara y terminante: intolerancia cero, colaboración total con las autoridades civiles, compromiso eficaz en orden a la protección de los menores. Programa que ha sido expuesto por el Cardenal William Levada en el Consistorio –celebrado en Roma este fin de semana- con motivo del nombramiento de veinticuatro nuevos Cardenales y que exige, ante todo, un profundo y sustancial cambio de mentalidad en la Jerarquía católica. ¡Ojalá –esta vez- vaya en serio!
Quiero, para terminar, referirme a unas luminosas palabras del Papa al respecto: “Tengo que decir que siento una gran tristeza. Tristeza también porque la autoridad de la Iglesia no ha sido lo suficientemente vigilante, ni suficientemente veloz, ni decidida, para tomar las medidas necesarias”. Evidente. Esta negligencia siempre nos ha parecido de una gravedad extrema, que nunca ha gozado de justificación. Por esto mismo, las críticas de los medios y de muchas personas, cristianas o no, tenían una clara cobertura ética. No siempre la crítica cabe despejarla con el fácil recuso al tan manido anticlericalismo. La crítica –en éste como en tantos otros casos- goza de fundamento y es muy lógica. Sólo es cuestión de humildad y sinceridad en quien la recibe.
martes, 7 de diciembre de 2010
DE DIFERENTE MANERA
Desde el primer momento de su elección, Benedicto XVI ha dado sobradas muestras del conocimiento de los problemas de la Iglesia. Ha tenido –para sorpresa de sus detractores internos y externos- el santo coraje de afrontar por derecho cuestiones tan escabrosas y complejas –con increíbles implicaciones de miembros de la Jerarquía católica- como el escándalo surgido a partir de las revelaciones sobre la vida privada del fundador de los Legionarios de Cristo o el no menos escandaloso problema de la pederastia. Este último ha tenido, por fin, la respuesta debida, muy alejada, por cierto, del tradicional ocultamiento o del mirar para otro lado. Ha ofrecido soluciones imaginativas a problemas relacionados con el paso al catolicismo de amplios sectores de la Iglesia anglicana.
Asimismo este Papa –que está dejando boquiabierta a la izquierda intelectual y mediática que alentó, al ser elegido, tantos tópicos zafios- es consciente de lo que la Iglesia católica se juega en Europa y de la necesidad de hacerle frente mediante una nueva cristianización. En este desafío actual, España tendrá, en su opinión, un protagonismo especial. Ello explica sus frecuentes visitas. Ello explica alguno de sus mensajes más lúcidos respecto, por ejemplo, del laicismo radical y sectario -a veces y, en cierto modo, agresivo-, respecto de un evidente anticlericalismo, respecto de la familia y de los valores cristianos que conformaron Europa.
Tengo la impresión de que este Papa también ha iniciado otro camino, que, sin duda dará sus frutos. Se ha ‘atrevido’ a nombrar Obispos de San Sebastián, Bilbao y Solsona a hombres de Dios, bastante preparados –dentro de lo que existe en el panorama clerical y episcopal- intelectualmente y, sobre todo, alejados de la causa nacionalista. No ignora su Santidad que, en las diócesis más proclives al nacionalismo, se distinguen por su desafección cristiana y por la carencia más absoluta de vocaciones sacerdotales. Sabía que lo ocurrido hasta ahora no podía continuar, que había que dar un giro trascendental y lo ha dado. ¡Ojalá haya acertado!
Fue –en este orden de cosas- una verdadera gozada escuchar en TV3 a Xavier Novell –el Obispo más joven de España: 41 años- responder al interrogatorio que, desde la indiferencia religiosa y del nacionalismo más radical, le formuló el periodista Josep Cuni. No eludió ninguna pregunta, no miró para otro lado, acreditó una gran claridad de ideas y una profunda espiritualidad. ¡Qué diferencia con el Card. Martínez Sistach! En efecto, no cayó en la trampa habitual en la que suelen incurrir incluso gran parte del clero y del episcopado en Cataluña. No existe la Iglesia catalana -dijo sin inmutarse- sino que existe la Iglesia en Cataluña.
En esta misma línea, al ser preguntado si sentía catalanista, respondió: "Soy catalán, hablo esta lengua, pero como obispo me toca ser servidor y pastor de todos". Como se aprecia fácilmente, se sitúo en las antípodas de algunos de sus compañeros en el episcopado. No se extraño tampoco que, en la cuestión lingüista, se expresa con nitidez, a saber: "La Iglesia está en Cataluña e intenta hablar la lengua de aquí, en catalán, pero también en castellano porque hay gente que habla castellano".
Al menos, parece que, por fin se ha aceptado que, como dijo Albert Einstein, “no podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”.
Desde el primer momento de su elección, Benedicto XVI ha dado sobradas muestras del conocimiento de los problemas de la Iglesia. Ha tenido –para sorpresa de sus detractores internos y externos- el santo coraje de afrontar por derecho cuestiones tan escabrosas y complejas –con increíbles implicaciones de miembros de la Jerarquía católica- como el escándalo surgido a partir de las revelaciones sobre la vida privada del fundador de los Legionarios de Cristo o el no menos escandaloso problema de la pederastia. Este último ha tenido, por fin, la respuesta debida, muy alejada, por cierto, del tradicional ocultamiento o del mirar para otro lado. Ha ofrecido soluciones imaginativas a problemas relacionados con el paso al catolicismo de amplios sectores de la Iglesia anglicana.
Asimismo este Papa –que está dejando boquiabierta a la izquierda intelectual y mediática que alentó, al ser elegido, tantos tópicos zafios- es consciente de lo que la Iglesia católica se juega en Europa y de la necesidad de hacerle frente mediante una nueva cristianización. En este desafío actual, España tendrá, en su opinión, un protagonismo especial. Ello explica sus frecuentes visitas. Ello explica alguno de sus mensajes más lúcidos respecto, por ejemplo, del laicismo radical y sectario -a veces y, en cierto modo, agresivo-, respecto de un evidente anticlericalismo, respecto de la familia y de los valores cristianos que conformaron Europa.
Tengo la impresión de que este Papa también ha iniciado otro camino, que, sin duda dará sus frutos. Se ha ‘atrevido’ a nombrar Obispos de San Sebastián, Bilbao y Solsona a hombres de Dios, bastante preparados –dentro de lo que existe en el panorama clerical y episcopal- intelectualmente y, sobre todo, alejados de la causa nacionalista. No ignora su Santidad que, en las diócesis más proclives al nacionalismo, se distinguen por su desafección cristiana y por la carencia más absoluta de vocaciones sacerdotales. Sabía que lo ocurrido hasta ahora no podía continuar, que había que dar un giro trascendental y lo ha dado. ¡Ojalá haya acertado!
Fue –en este orden de cosas- una verdadera gozada escuchar en TV3 a Xavier Novell –el Obispo más joven de España: 41 años- responder al interrogatorio que, desde la indiferencia religiosa y del nacionalismo más radical, le formuló el periodista Josep Cuni. No eludió ninguna pregunta, no miró para otro lado, acreditó una gran claridad de ideas y una profunda espiritualidad. ¡Qué diferencia con el Card. Martínez Sistach! En efecto, no cayó en la trampa habitual en la que suelen incurrir incluso gran parte del clero y del episcopado en Cataluña. No existe la Iglesia catalana -dijo sin inmutarse- sino que existe la Iglesia en Cataluña.
En esta misma línea, al ser preguntado si sentía catalanista, respondió: "Soy catalán, hablo esta lengua, pero como obispo me toca ser servidor y pastor de todos". Como se aprecia fácilmente, se sitúo en las antípodas de algunos de sus compañeros en el episcopado. No se extraño tampoco que, en la cuestión lingüista, se expresa con nitidez, a saber: "La Iglesia está en Cataluña e intenta hablar la lengua de aquí, en catalán, pero también en castellano porque hay gente que habla castellano".
Al menos, parece que, por fin se ha aceptado que, como dijo Albert Einstein, “no podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”.
SIEMPRE Y EN TODAS PARTES
Por fin, el Vaticano parece que va a reaccionar ante lo evidente. En el mundo actual –no obstante el soplo del Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II-, la imagen de Dios se ha eclipsado e impera el ateísmo. Al menos, si nos atenemos al cómo parece vivir y guiarse la sociedad. La profecía de Nietzsche se habría hecho, en parte, realidad. El mundo contemporáneo no vive ya en cristiano. Desde hace mucho tiempo, era y es palpable la urgente necesidad de iniciar una nueva cristianización, una nueva evangelización de la sociedad. Esto es, había –y hay- que empezar de nuevo, desde el principio, como si todo lo ocurrido hasta ahora no hubiese existido. Eso sí, teniendo en cuenta lo que vive y quiere el hombre actual.
Nos alegra que el Papa Ratzinger haya asumido este reto con el recientemente creado Consejo para la promoción de la nueva evangelización (21.09.2010). Por una vez, la Iglesia parece que no quiere encerrase detrás de la muralla. Ya perdió media Europa con la Reforma del s. XVI, ya se apartó de la razón en el s. XVIII, ya estuvo al margen de los trabajadores en el s. XIX, ya alejó de sí a la mujer en el s. XX. Desde esta perspectiva, bienvenido sea este necesario impulso papal y ojalá la Iglesia católica permanezca atenta a su seguimiento.
No será tarea fácil. Ya veremos si es capaz de romper las cadenas del eficaz ‘sistema romano’, que mantiene –como ya denunciara en 1969 el fallecido Card. Suenens- en un cierto cautiverio al Papa y a la propia Iglesia. Ni siquiera el Concilio acabó con él. Más allá de los cambios de simple maquillaje, más allá de los gestos pastorales de los viajes, más allá de la utilización de un lenguaje más actual, lo cierto es que pronto se olvidó el famoso ‘aggiornamento’ de Juan XXIII y se dio paso al ‘involucionismo’ y la ‘restauración’ de Pablo VI y, sobre todo, de Juan Pablo II, fuertemente apoyado éste último por movimientos eclesiales muy conservadores, que están en boca de todos. Hemos presenciado –en el pontificado del Papa polaco- como se producía una renovación episcopal con hombres muy leales a la Curia romana pero de más que dudoso prestigio intelectual. Ya no existen las figuras míticas de Cardenales y Arzobispos del pasado. Ya las Universidades eclesiásticas han perdido su prestigio de antaño. Ya el clero ordinario casi ha desaparecido y, en todo caso, se ha dejado a su suerte. Las nuevas generaciones de sacerdotes no están preparadas: no dominan, en general, la doctrina católica y su ilustración sobre la cultura actual brilla por su ausencia. Se sigue, como siempre, desconfiando del laicado. Se sigue (...), en tantos y tantos aspectos, quizás peor que nunca. ¡Cómo estará el patio, que Roma se ha despertado!
Pero, sobre todas las cosas, la Iglesia deberá replantearse esa tendencia al dogmatismo del que hace gala, a regularlo todo, absolutamente todo, a establecer lo bueno y lo malo, a fijar lo que es voluntad de Dios, a hacer valer siempre su pretendido monopolio de Dios y de la verdadera doctrina en todo. Siempre he tenido la impresión –que me ha generado un gran rechazo- consistente en que la Iglesia no renunciaba a su sistema de poder cuando, a mi entender, el mensaje evangélico invita al amor.
Por fin, el Vaticano parece que va a reaccionar ante lo evidente. En el mundo actual –no obstante el soplo del Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II-, la imagen de Dios se ha eclipsado e impera el ateísmo. Al menos, si nos atenemos al cómo parece vivir y guiarse la sociedad. La profecía de Nietzsche se habría hecho, en parte, realidad. El mundo contemporáneo no vive ya en cristiano. Desde hace mucho tiempo, era y es palpable la urgente necesidad de iniciar una nueva cristianización, una nueva evangelización de la sociedad. Esto es, había –y hay- que empezar de nuevo, desde el principio, como si todo lo ocurrido hasta ahora no hubiese existido. Eso sí, teniendo en cuenta lo que vive y quiere el hombre actual.
Nos alegra que el Papa Ratzinger haya asumido este reto con el recientemente creado Consejo para la promoción de la nueva evangelización (21.09.2010). Por una vez, la Iglesia parece que no quiere encerrase detrás de la muralla. Ya perdió media Europa con la Reforma del s. XVI, ya se apartó de la razón en el s. XVIII, ya estuvo al margen de los trabajadores en el s. XIX, ya alejó de sí a la mujer en el s. XX. Desde esta perspectiva, bienvenido sea este necesario impulso papal y ojalá la Iglesia católica permanezca atenta a su seguimiento.
No será tarea fácil. Ya veremos si es capaz de romper las cadenas del eficaz ‘sistema romano’, que mantiene –como ya denunciara en 1969 el fallecido Card. Suenens- en un cierto cautiverio al Papa y a la propia Iglesia. Ni siquiera el Concilio acabó con él. Más allá de los cambios de simple maquillaje, más allá de los gestos pastorales de los viajes, más allá de la utilización de un lenguaje más actual, lo cierto es que pronto se olvidó el famoso ‘aggiornamento’ de Juan XXIII y se dio paso al ‘involucionismo’ y la ‘restauración’ de Pablo VI y, sobre todo, de Juan Pablo II, fuertemente apoyado éste último por movimientos eclesiales muy conservadores, que están en boca de todos. Hemos presenciado –en el pontificado del Papa polaco- como se producía una renovación episcopal con hombres muy leales a la Curia romana pero de más que dudoso prestigio intelectual. Ya no existen las figuras míticas de Cardenales y Arzobispos del pasado. Ya las Universidades eclesiásticas han perdido su prestigio de antaño. Ya el clero ordinario casi ha desaparecido y, en todo caso, se ha dejado a su suerte. Las nuevas generaciones de sacerdotes no están preparadas: no dominan, en general, la doctrina católica y su ilustración sobre la cultura actual brilla por su ausencia. Se sigue, como siempre, desconfiando del laicado. Se sigue (...), en tantos y tantos aspectos, quizás peor que nunca. ¡Cómo estará el patio, que Roma se ha despertado!
Pero, sobre todas las cosas, la Iglesia deberá replantearse esa tendencia al dogmatismo del que hace gala, a regularlo todo, absolutamente todo, a establecer lo bueno y lo malo, a fijar lo que es voluntad de Dios, a hacer valer siempre su pretendido monopolio de Dios y de la verdadera doctrina en todo. Siempre he tenido la impresión –que me ha generado un gran rechazo- consistente en que la Iglesia no renunciaba a su sistema de poder cuando, a mi entender, el mensaje evangélico invita al amor.
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