NO TENEMOS ARREGLO
Como decía Julián Marías, cada vez me parece más evidente que hay muchas cosas que no tienen arreglo. A veces, tal situación es predicable de una colectividad, de pueblos enteros, de la sociedad como tal. Hoy quiero reflexionar, a este respecto, sobre ciertas características de la sociedad mallorquina. Desde la perspectiva en que me sitúo, creo sinceramente que no tiene remedio porque parece empeñada en engañarse a sí misma, en vivir encantada ante la mirada del propio ombligo, en perpetuar ciertos usos y costumbres habituales en una sociedad medieval, en permanecer en la oscuridad que acompaña a su incultura, en relativizar casi todo.
Acabo de pintar un panorama que no gustará a muchos y que, incluso, puede molestar a otros tantos. Pero les confieso que es fruto del ejercicio de eso que, en esta tierra, suele usarse con cuentagotas: el pensamiento en libertad, condición indispensable de progreso y maduración social. Lo que importa ahora es buscar la razón que explique la realidad misma, entendida como ‘lo que inexorablemente se impone y con lo que tenemos que contar’, que dijo Ortega.
Pues bien, mal que nos pese, no creo equivocarme si afirmo que hay muy poca sociedad, muy poco debate de ideas en profundidad, demasiada ‘cultureta’ de patio de colegio, escasa individualidad y autonomía de criterio, muy pocos horizontes utópicos y ausencia de ética en la gestión de la cosa pública. Cuesta reconocerlo, pero es así. En este aspecto, apenas hemos avanzado. Lo que se hace, aquello en lo que se cree y lo que suele decirse (las vigencias sociales) no es el fruto de la personal elección sino el resultado funesto de la fuerza impositiva que conlleva el no atreverse a oponerse a lo política y socialmente correcto. Precisamente por ello, somos, en general, gente muy previsible en nuestro comportamiento, aunque ni siquiera nos conozcamos físicamente.
En este momento viene a mi memoria el recuerdo del hombre-masa que describiera el más grande pensador español del siglo pasado. En palabras de su más preclaro discípulo, diríamos que “…no tiene proyecto vital propio; no se exige; vive en pura inercia y a la deriva; cree que sólo tiene derechos y no obligaciones; usa de una cultura que no ha creado ni entiende, sin conciencia de los múltiples esfuerzos que ha requerido ni de su carácter inestable y problemático; su psicología es la del ‘niño mimado’ o, si se prefiere, la del ‘señorito satisfecho’ (Julián Marías). Esta caracterización podría ser completada con un puñado de calificativos, que están en el ánimo de cualquiera de nosotros.
Desde esta realidad social, con la que hay que contar en cualquier análisis minimamente serio, es más fácil acercarse a la comprensión de lo que ocurre, por ejemplo, en el mundo de la política mallorquina. Sólo una sociedad como la que hemos descrito puede acreditar suficientes tragaderas como para engullir, sin inmutarse, el monstruoso espectáculo que nos ofrece la clase política. Únicamente una ciudadanía, a quien le produce urticaria la sola mención del término ‘responsabilidad’, puede sentirse, como observó Alberto Moravia, ajena a los fracasos del Gobierno que ha votado. No es posible explicar, desde la racionabilidad, que toleremos que estén en las instituciones públicas personajes con más que dudosa competencia y con sospechas fundadas de haberse servido del poder que les dimos. ¡Sin remedio!
Confieso mi pesimismo respecto del futuro. Todo me dice que estamos abonados al progreso cangrejil. Quiero, no obstante, vislumbrar un camino para intentar el saneamiento de la sociedad, que con tantas debilidades conformamos en el quehacer diario. Este pasa por la rebeldía, por no dejarse dominar ni gobernar, por ejercitar el pensamiento, por no prestar a cualquier mequetrefe, que rellene una lista electoral, nuestra fuerza. ¿Hasta cuándo aguantaremos? ¿Será verdad que no tenemos arreglo?
Recuerdo, a este propósito, una idea que siempre ha sido uno de los motores de mi vida, aunque me ha costado bastantes disgustos. Todo un mensaje contra el ‘pasotismo’ actual:“… me he rebelado siempre, sobre todo en mi juventud, contra todo tipo de mandamientos” (H. Hesse), que, hoy día, se encarnan en el totalitarismo de la corrección social y política.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 15.03.2008, pág. 11
domingo, 16 de marzo de 2008
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