viernes, 21 de noviembre de 2008

DERECHO DE ADMISIÓN
Siempre he tenido claro que el ‘lobby feminista’ ponía en práctica, entre otras cosas poco recomendables, el derecho de admisión. Su vinculación y dependencia respecto de las opciones políticas de izquierda es manifiesta. Su complicidad con el Gobierno de ZP no ofrece dudas. Su protagonismo en alguna de las más frustrantes reformas legales (violencia de género, guarda compartida) fue elocuente. Sus planteamientos, en consecuencia, aparecen siempre coloreados por la opción política que representa la izquierda que ahora nos gobierna. Ello explica, entre otros motivos, que muchas mujeres no compartan sus ideales sino que los consideran incompatibles con la dignidad femenina.
Hace unos días Edurne Uriarte glosaba una realidad puesta de manifiesto –una vez más- en relación con Sarah Palin, la candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos con el republicano John McCain. Decía así: “Y es que no quieren admitirla en el club. Ni en el de las feministas ni en el de las mujeres de referencia para la lucha por la igualdad. Porque es de derechas, porque tras sus partos volvió inmediatamente al trabajo sin acogerse a los permisos de maternidad”. En definitiva, porque –dicen- no es de las nuestras. Se entiende, políticamente hablando.
Bien mirado, tal actitud excluyente parece una sandez, una estupidez, reveladora, por otra parte, de un grado notable de ignorancia. Uno tiene la impresión ante tales paridas que se ignora incluso el sentido mismo de la lucha por la dignidad de la mujer. Uno siempre ha creído que merecía la pena trabajar para que fuese realidad la igualdad efectiva de todos los seres humanos, también de la mujer tan discriminada y esclavizada durante siglos enteros. Uno siempre ha pensado que merecía la pena luchar por hacer realidad la autonomía individual y personal de la mujer, su independencia de criterio, su participación, en igualdad de condiciones, en cualquier actividad social, incluida la acción política y el gobierno de los pueblos, su derecho al trabajo también en igualdad de condiciones y de remuneración, su protagonismo decisorio en la familia y en la empresa. Todo ello basado, única y exclusivamente, en la igual condición de todos los seres humanos.
¿Qué viene ocurriendo, sin embargo, en estos últimos tiempos? Algo muy sencillo. El feminismo militante se ha dejado manipular y utilizar por la clase política. Se ha creído a pie juntillas que el poder político, a cambio del voto incondicional, resolvería a la mujer sus problemas, daría satisfacción plena a sus anhelos, la situaría en el lugar que le corresponde sin esfuerzo alguno, pondría firme al dominante varón, le garantizaría la felicidad. Craso error.
El poder político –como contraprestación a la promesa de satisfacer las llamadas ‘equivalencias’ feministas- le ha exigido apoyar otras muchas cosas que poco o nada tienen que ver con la dignidad de la mujer: el aborto libre, la ideología de género, el suicidio asistido, el matrimonio entre homosexuales, la antiglobalización, el ecologismo, etc. etc. Ha caído en la trampa tendida y lo ha metido en el saco de la corrección política y femenina. Toda mujer, por tanto, que no comparta semejante cóctel no es admitida en el club de quienes se permiten la osadía de repartir el carnet de identidad femenina.
Como no era pensable otra cosa –a partir de tan raquítica visión-, en el pecado llevan la penitencia. Como recuerda muy bien Edurne Uriarte, “… al feminismo le han salido unas hijas no deseadas y, sin embargo, perfectas. Mujeres que representan todo lo que el feminismo deseó”. Una vez más, en definitiva, se demuestra que la realidad es, como dijo Papini, “hollejos, cáscaras, vestidos, máscaras…”. Pero, “las cáscaras caen, uno se quita los vestidos, las máscaras se apagan…”. Superficialidad, carencia de identidad, ausencia de verdad. Una verdadera pena.
Gregorio Delgado del Río

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