sábado, 1 de marzo de 2008

INTERFERENCIAS
Ha bastado que la Consellería de educación haya sacado la ‘hociquilla’ respecto de la asignatura de religión para que nuestros Obispos se hayan movilizado de inmediato. Estamos ante una partida de mus en la que habrá muchas muecas, señas y engaños. Pero –la verdad- ni unos ni otros tienen la suficiente fortaleza y respaldo social como para lanzar un órdago a grande ni para aceptar el envite. Es muy posible que, al final de la partida, la ya desacreditada Sra Galmés pague las copas. ¡Tiempo al tiempo!
A fuer de sincero, creo que, por unos y otros, se piensan, se dicen y se hacen multitud de cosas poco serias sobre un asunto muy serio, raíz última de muchos de los males que nos aquejan. Lo grave, en cualquier caso, radica en que, después de andar en tantos dimes y diretes, ambos siguen en sus trece y me temo –ojalá me equivoque- que sin remedio.
Nuestros Obispos son muy libres de transitar por el camino emprendido y salir de la primera entrevista esperanzados. Pero, como ciudadano responsable y cristiano, me atrevería a pedirles además otras cosas, que entiendo más importantes. Echo de menos, por ejemplo, la necesaria autocrítica. Se exhiben con frecuencia injustificadas excusas, que buscan derivar la propia responsabilidad hacia el sistema y hacía quienes lo han impuesto y lo mantienen. Probablemente, no les falte una cierta razón. Pero no estaría de más que se preguntasen si, a partir de la evidente presencia activa de la Iglesia católica en Mallorca en el panorama educativo, no tienen también una cierta responsabilidad en el desastre escolar que padecemos y en la tan cacareada incultura que nos invade. Aquí, Señores Obispos, tienen un extenso campo para la reflexión, el diálogo, la actuación consiguiente y el servicio al pueblo.
Si, como `parece, desean seguir con su presencia en el sistema, no entiendo por qué no revisan a fondo la calidad de la enseñanza que se imparte en los centros que regentan. Ya sé que no se puede medir a todos con el mismo rasero. Pero también sé que se aprecia, en muchos padres, un amargo sentimiento de frustración respecto de la enseñanza que se imparte y del nivel de exigencia que se exige. Son evidentes las carencias al respecto. Reconozco que existen todavía centros católicos modélicos y excelentes. Pero creo, al mismo tiempo, que la calidad ha descendido a niveles ínfimos y que la mayoría deja bastante que desear en cuanto centros de enseñanza. ¿Por qué han perdido o renunciado a la excelencia que tradicionalmente distinguía a los centros católicos de enseñanza desde la perspectiva de la instrucción que en ellos se impartía? ¿Se lo han preguntado alguna vez? No se equivoquen. El primer servicio que pueden prestar a la sociedad balear estriba en que los Centros católicos funcionen, en primer lugar y ante todo, como verdaderos centros de enseñanza e instrucción.
Hace unos cuantos años ya me manifesté desde estas mismas páginas en términos críticos. “Con todas las matizaciones que se quiera –los padres y profesores lo sabemos muy bien-, se evidencian, en estos centros católicos, los mismos o parecidos defectos que son apreciables en la mayoría de los centros públicos. Esto es, no parece que se distingan por su eficacia. No creo que garanticen la transmisión de los contenidos exigibles en matemáticas, historia, geografía o literatura. Al menos, no se puede descartar la presencia de elementos para ponerlo en tela de juicio”.
Todo sigue igual o peor y no todo es atribuible, sin más, al sistema. A partir de tal situación, nos surge una pregunta un tanto radical: ¿Para qué mantienen abiertos muchos de sus centros educativos? La respuesta –y lo digo con dolor- no me parece fácil, ni necesariamente unívoca, ni mucho menos positiva. Y es que o los Colegios de la Iglesia son buenos centros educativos, brillan por su excelencia, superan con creces la comparación con los centros públicos, o dudo que merezcan la pena y sirvan realmente al ciudadano y creyente. ¿De verdad piensan, Srs Obispos, que no cabe realizar cambios apreciables de mejora? Ya es hora de que se pongan a ello.
Creo, finalmente, que están muy lejos de secundar el proceder de Mark TWain, esto es, no dejar que la instrucción escolar se interfiera con la educación.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 1.03.2008, pág. 9

1 comentario:

Iván dijo...

Aún recuerdo cuando empecé la carrera, el batacazo que me dí -al igual que muchos de mis compañeros- cuando me dieron los resultados de las primeras notas.

Desafortunadamente, hay un desnivel entre la educación secundaria y bachillerato, y la universidad propiamente dicha, que cuando uno accede a la segunda, se encuentra con el problema de tener que superar ciertas carencias culturales para ponerse al día en la materia que uno intenta aprender.

Ojalá todo fuera tan sencillo como que los profesores se pusieran mas duros, o se seleccionaran a los mismos con unos criterios que realmente fueran beneficiosos para el alumno, y sobretodo, mirando por el bien de ellos, y no por el de los profesores en cuestión.

Sin embargo, a veces llego a pensar que simplemente le es mas cómodo al político de turno -quien dice político, dice obispo, en este caso y bajo mi parecer- tener una sociedad de ciudadanos catetos y analfabetos, para ni siquiera tener que tomarse la molestia de esforzarse para poder manipularlos, que le voten a uno, y pueda después hacer lo que le salga de las santas narices.

El sistema educativo tiene una herida mortal, y esta es la pasividad de los propios ciudadanos ante el hecho de que sus hijos posean una cultura y nivel ejemplar. Claro, es mas cómodo tener al pueblo viendo el fútbol, las carreras, etc... Como en la antigua Roma, no? Pan y circo.

Yo digo, que hasta que nosotros, el pueblo, no cambiemos la mentalidad, no va a venir un político o un obispo a hacerlo por nosotros.
Y gracias por permitirme expresar esta modesta -y seguramente- errónea opinión al respecto.

Chau

PD: y pública lleva tilde, aun con mayúsculas