sábado, 28 de agosto de 2010

EL GRITO DE BIBIANA AIDO
Una vez más, Bibiana Aído ha vuelto a gritar. Como casi siempre, al servicio del ‘rojo feminista’, esto es, al servicio del gran impulsor de la ya caduca ‘ideología de género’. Esta vez, se le ha ocurrido la idea machista de feminizar la razón social de uno de los más importantes Bancos de inversiones del mundo.
La paradoja y la contradicción en que ha incurrido son, en terminología de Zizek, tan ‘obscenas’, que van directamente contra la igualdad, que busca imponer. Como ha subrayado LibertadDigital en un reciente editorial, “… de ser cierto que la manera de gestionar una gran empresa depende del sexo de sus principales ejecutivos, ello reflejaría la existencia de diferencias sustanciales entre hombres y mujeres, al contrario de lo que sostiene el discurso de ‘género’ tan del gusto de la ex directora de la oficina andaluza de flamenco”.
Tampoco nos extraña. Es cosa habitual en el relativismo cultural que nos invade. El feminismo militante ignora que la mayor parte de las mujeres –que tan alto sentido tienen de su dignidad- odian la cuota y todo aquello que no sea el reconocimiento del mérito y la capacidad. No quieren favores ni privilegios a costa del resto de ciudadanos. No entienden, por tanto, la existencia de ningún tipo de institución -ni siquiera del propio Ministerio de igualdad- con la finalidad de otorgarles, por medios coercitivos, beneficios, que no merezcan o que no se hayan ganado con su talento, en igual competencia con el hombre. Es muy probable que no comprendan tan elemental sentido de la vida porque sus integrantes jamás han luchado en competencia para obtener un puesto destacado en su profesión. Les ha sido muy cómodo vivir del favor político y predicar una ideología que utilizan sistemáticamente en beneficio propio. Han hecho, en definitiva, del feminismo una forma de vida. Eso sí, a costa del esfuerzo de los demás, incluidas por supuesto las mujeres.
La obscenidad del tinglado zapateril se incrementa aún más si advertimos que el mensaje que se instala en la sociedad con este modo de ver las cosas solo sirve para desincentivar a quienes aparecen más preparados y competentes. Ya sabíamos que, en materia educativa, el PSOE no es partidario de primar el esfuerzo. No iba, en consecuencia, a imponer ahora la excepción. Es preferible mantenerse en la discriminación, en el privilegio, en la cuota o el pesebre, sobre todo si están y participan del poder mismo.
En realidad, semejante sabiduría socialista viene a confirmar, una vez más, las sospechas sobre las verdaderas intenciones de su lucha. Personalmente creo que persigue las equivalencias de género, esto es, el voto de una parte de las mujeres. Lo demás –incluida su dignidad- es muy relativo y no se lucha prioritariamente por su tutela. ¿No se lo creen? Son muy libres de adherirse a semejante paradoja. Pero, con anterioridad, pregúntese si han oído a la Señora Ministra de igualdad poner el grito en el cielo a favor de la mujer musulmana. ¿No sienten vergüenza ajena de la actitud de la mayor parte de la izquierda cultural y política a propósito, por ejemplo, del debate social referido a la prohibición o no del burka?
LA IZQUIERDA Y EL ISLAM

En el Prefacio de su libro ‘Yo acuso’, en defensa de la emancipación de las mujeres musulmanas, Ayaan Hirsi Alí realizó una acerada crítica a la izquierda cultural, que cada día que pasa acredita su acierto. Crítica es también extensible a una cierta izquierda política, como la que patrocina la llamada ‘Alianza de civilizaciones’. Veamos, pues, algunos rasgos definitorios de la misma.
La izquierda cultural y política exhibe, en general, una marcada tendencia a “… considerar al resto del mundo como víctima –a los musulmanes, por ejemplo-, y las víctimas, a la postre, dan lástima, y quien da lástima y está sometido es, por definición, una buena persona que estrechamos en nuestro pecho”. Toda su acción política y mediática –por extraño que pueda parecer- parte de un principio ajeno a la tan cacareada igualdad, que dicen patrocinar. No valoran, en realidad, al mundo musulmán como a un igual.
No es extraño, en consecuencia, que incurran en verdaderas paradojas, repletas de obscenidad. Perdonan, disimulan, miran para otro lado, incluso aunque esté en juego la propia identidad cultural de Occidente, personificada en los derechos humanos. Se olvidan de la defensa y de la lucha por la dignidad de la mujer, que ha caracterizado uno de los logros culturales y de civilización más importantes del siglo pasado. Se resisten –hasta se oponen- a tomar la iniciativa y, de una vez por todas, prohibir ciertas prendas en el espacio público (el burka). Son tan relativistas –al igual que sus líderes políticos- que no se preguntan, por ejemplo, qué esfuerzos se realizan en el mundo islámico para armonizar fe y razón, o si “… hay lugar en el Islam para un discurso autónomo de la razón, para un fundamento no teocrático de la política” (Gabriel Albiac).
Este temor a la crítica –al servicio de las equivalencias políticas: el voto- les lleva a otra paradoja todavía más grave. En efecto, su relativismo cultural facilita que el mundo islámico permanezca encerrado en su atraso y no afronte las grandes cuestiones que tiene pendientes. Su respuesta acertada podría servir para salir de la sumisión y el sometimiento.
Gregorio Delgado del Río
plazapublicagredelrio.blogspot.com