Hace unos días, Ángeles Caso nos decía, en las páginas de Magazine, que existían hombres “... que han decidido que el trabajo no lo es todo, que la vida privada merece la pena y que dedicar tiempo a los hijos y a la pareja es un privilegio –y también una responsabilidad- al que nadie debiera renunciar”. Plenamente de acuerdo. Añadiría que, para bien de todos, ese club va creciendo día a día.
Todavía son, no obstante, muchos los hombres que siguen abrazados a una mentalidad del pasado. Todavía son demasiados los que experimentan una cierta obsesión repulsiva hacia el trabajo de la mujer y afirman las razones que llevan a mirar mal su profesionalidad. Todavía subsisten directivos empresariales que tienen a ciertos hombres –con actitudes fuera de lo convencional- como ‘marujos’ y calzonazos’, que, por ello, desechan su colaboración por muy competentes que sean en su profesión, que les suena fatal eso de que sus empleados aleguen los ‘imponderables familiares’, que piensan que sus empleados serán peores si se preocupan por el embarazo de su mujer, por el Colegio de sus hijos, por ir al supermercado, por dedicar un tiempo preferencial a su familia y hogar. Todavía, como nos recuerda Mar Galtés, “para una gran mayoría, especialmente de hombres, hay ...ciertas actividades pertenecientes a la vida privada que se perciben en el trabajo como síntoma de debilidad”.
La idea predominante en la sociedad según la cual “para el hombre está estandarizado que el éxito es tener un alto cargo, ganar mucho dinero y visibilidad profesional”, no es válida en la actualidad ni compensa personalmente. Quienes siguen semejante patrón, es muy probable que, cuando adviertan lo mucho que se han perdido y que han dejado de vivir, ya no tengan tiempo de reaccionar, habrán, en muchos casos, perdido su matrimonio, y sus hijos ya se habrán enfrentado a la vida en soledad, sin la educación y el apoyo de sus padres. ¿Qué valoración de la vida se atreverán realizar entonces?
Todos estos patrones de enfrentarse a la vida profesional a costa de la personal y familiar es lo que va cambiando. En efecto, “los hombres –volvemos a servirnos de la formulación de Ángeles Caso-descubren que hay otros valores además de los de la carrera, que existe vida más allá de la profesional. Y no me refiero sólo a la familiar, sino también a todo aquello que nos hace ser más felices, los amigos, los libros, el deporte o la jardinería ...”. Gran descubrimiento que, a buen seguro, les obligará plantearse multitud de cosas en su vida y en su profesión.
Es más, muchas empresas –felizmente- han descubierto que, para que sus empleados trabajen bien y rindan, es necesario que vivan felices, que estén bien en su casa, que tengan ilusiones, que tengan una vida equilibrada y sana. ¿Cómo se logra esa situación? No es tarea fácil. Exige gran madurez personal, modificar muchos hábitos en la vida, tener determinados valores y convicciones, ejercer la corresponsabilidad familiar a tope, dialogar y pactar a todos los niveles, desarrollar políticas de recursos humanos avanzadas. ¡Todo un mundo por descubrir y realizar!
En definitiva, después de tantas idas y venidas, volvemos al punto de partida, que no es otro, que nosotros mismos. Ya sé que las empresas han de adaptarse a los tiempos actuales. Pero, la clave del equilibrio entre trabajo y vida privada radica, básicamente, en la persona.