lunes, 30 de mayo de 2011

MÁS ALLÁ DE LO PROFESIONAL

Hace unos días, Ángeles Caso nos decía, en las páginas de Magazine, que existían hombres “... que han decidido que el trabajo no lo es todo, que la vida privada merece la pena y que dedicar tiempo a los hijos y a la pareja es un privilegio –y también una responsabilidad- al que nadie debiera renunciar”. Plenamente de acuerdo. Añadiría que, para bien de todos, ese club va creciendo día a día.

Todavía son, no obstante, muchos los hombres que siguen abrazados a una mentalidad del pasado. Todavía son demasiados los que experimentan una cierta obsesión repulsiva hacia el trabajo de la mujer y afirman las razones que llevan a mirar mal su profesionalidad. Todavía subsisten directivos empresariales que tienen a ciertos hombres –con actitudes fuera de lo convencional- como ‘marujos’ y calzonazos’, que, por ello, desechan su colaboración por muy competentes que sean en su profesión, que les suena fatal eso de que sus empleados aleguen los ‘imponderables familiares’, que piensan que sus empleados serán peores si se preocupan por el embarazo de su mujer, por el Colegio de sus hijos, por ir al supermercado, por dedicar un tiempo preferencial a su familia y hogar. Todavía, como nos recuerda Mar Galtés, “para una gran mayoría, especialmente de hombres, hay ...ciertas actividades pertenecientes a la vida privada que se perciben en el trabajo como síntoma de debilidad”.

La idea predominante en la sociedad según la cual “para el hombre está estandarizado que el éxito es tener un alto cargo, ganar mucho dinero y visibilidad profesional”, no es válida en la actualidad ni compensa personalmente. Quienes siguen semejante patrón, es muy probable que, cuando adviertan lo mucho que se han perdido y que han dejado de vivir, ya no tengan tiempo de reaccionar, habrán, en muchos casos, perdido su matrimonio, y sus hijos ya se habrán enfrentado a la vida en soledad, sin la educación y el apoyo de sus padres. ¿Qué valoración de la vida se atreverán realizar entonces?

Todos estos patrones de enfrentarse a la vida profesional a costa de la personal y familiar es lo que va cambiando. En efecto, “los hombres –volvemos a servirnos de la formulación de Ángeles Caso-descubren que hay otros valores además de los de la carrera, que existe vida más allá de la profesional. Y no me refiero sólo a la familiar, sino también a todo aquello que nos hace ser más felices, los amigos, los libros, el deporte o la jardinería ...”. Gran descubrimiento que, a buen seguro, les obligará plantearse multitud de cosas en su vida y en su profesión.

Es más, muchas empresas –felizmente- han descubierto que, para que sus empleados trabajen bien y rindan, es necesario que vivan felices, que estén bien en su casa, que tengan ilusiones, que tengan una vida equilibrada y sana. ¿Cómo se logra esa situación? No es tarea fácil. Exige gran madurez personal, modificar muchos hábitos en la vida, tener determinados valores y convicciones, ejercer la corresponsabilidad familiar a tope, dialogar y pactar a todos los niveles, desarrollar políticas de recursos humanos avanzadas. ¡Todo un mundo por descubrir y realizar!

En definitiva, después de tantas idas y venidas, volvemos al punto de partida, que no es otro, que nosotros mismos. Ya sé que las empresas han de adaptarse a los tiempos actuales. Pero, la clave del equilibrio entre trabajo y vida privada radica, básicamente, en la persona.

martes, 24 de mayo de 2011

DOS PICOTAS

Esta vez ha hablado el pueblo con claridad y rotundidad. Los resultados del domingo son inequívocos. Como intentamos acercarnos a un estado democrático, el resultado electoral debiera zanjar cualquier causa: el pueblo ha pronunciado una verdadera censura. Aquí también es aplicable el dicho según el cual ‘Roma locuta, causa finita est’.

Una primera reflexión –aunque obvia- nos parece necesaria. El primer responsable que ha provocado la ira del pueblo ha sido, sin duda, el PSOE. Cegado en sus luchas internas, un día se le ocurrió poner al frente del partido un personaje absolutamente gris, sin un mínimo de conocimiento de la historia de España, sin la preparación y experiencia mínimas exigibles y que -para más inri- representaba una izquierda ya caduca y trasnochada. El desaguisado que ha consumado debió ser, en consecuencia, presumible. ¿Acaso se podía esperar algo diferente?

A lo largo de su nefasta gestión –verdadera acción consistente en infernar la sociedad civil, que diría Julíán Marías-, han participado en esta complicidad ‘pecaminosa’ quienes –en dos momentos diferentes- le auparon a la Moncloa a pesar de faltar a la verdad. El elector y votante es responsable –de alguna forma- de lo que haga quién ha elegido, máxime cuando tenía elementos sobrados para dudar de su idoneidad. El voto es un acto de gran responsabilidad. No se puede aupar al poder a quien azuza odios inútiles, divide y falta a la verdad. Es de esperar que nunca más el pueblo olvide esta lección de sabiduría democrática.

También a lo largo de estos siete años de gestión de ZP, el partido socialista ha contraído otra gran responsabilidad. Salvo contadas excepciones, todo el mundo ha callado. Era más rentable participar en el festín pesebrero. ¿La realidad? No importaba, se miraba para otro lado y si te he visto no me acuerdo. Se le aplaudían sus mentiras, sus sectarismos, sus manipulaciones de las instituciones, su ruptura del orden constitucional e incluso –como ha ocurrido en estos pagos- se prestaban a ser instrumento de una gran corrupción democrática: el pacto con UM. ¡Todos, sin excepción, si tuvieran lo que hay que tener, se irían a su casa!

En este repaso de complicidades, no puedo ocultar la que, a mi entender, han cometido los medios de comunicación. Sé que aquí hay que matizar e individualizar mucho. Pero, no estaría de más que los medios, los supuestos intelectuales, los tertulianos y opinadores, se concedieran un tiempo de reflexión. Cada cual sabe muy bien a quién ha servido, en qué solana se ha refugiado, qué ambiente ha propiciado, qué ha jaleado y qué ha silenciado. En muchos casos –no parece que pueda negarse- han servido conscientemente de anestesia antidemocrática, han justificado -sibilinamente, al menos- las tropelías del poder y no han cumplido la función constitucional asignada: ser creadores de una auténtica opinión pública. ¡También aquí es urgente un cambio si queremos regenerar el sistema!

Recuerdo, para terminar, un dicho de José Martí, que no me resisto a transcribir en este día postelectoral. Dice así: “Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles, y otra para quien no les dice a tiempo la verdad”.

jueves, 19 de mayo de 2011

LA RUINDAD DE GOZAR CON ÉL

Decía Joan Miró que “por ruin que haya sido el pecado, son más ruines los que con él se gozan”. Esto es, exactamente, lo que les ha pasado a Antich, Calvo, Armengol y a toda la caterva de aprovechados pesebreros de la izquierda -y no sólo socialista-.

El gran pecado que cometió la gran cúpula socialista fue conseguir el poder en el Gobierno en Baleares, en el Consell de Mallorca y en Cort mediante un obsceno acuerdo con UM. Sin este acuerdo, sin los votos de UM, no habría sido posible. Y ello por una razón muy sencilla: porque nunca habían ganado a la derecha en las urnas. Su obsesiva ansia de poder les llevó a mirar hacia otro lado y, para mayor vergüenza, fueron capaces de poner al frente del Parlamento a la Princesa. Cometieron el mayor pecado posible contra el espíritu democrático, el único que no tiene perdón, pues lo hicieron en nombre de la democracia y al margen de la voluntad popular.

El cinismo, por cierto, no les ha servido de nada. Nadie les ha creído. Todo el mundo sabía quién era UM y dónde estaba metida. Todos sus manejos, corruptelas y pesebreras -que hoy están, en gran parte, en los tribunales- eran de dominio público. Incluso el cómo consiguió muchos de los votos, que les han servido a los socialistas, era sabido. No tienen, por tanto, excusa ni justificación. No pueden alegar ignorancia alguna. En definitiva, no hay que darle más vueltas: cometieron un gran pecado democrático. Uno más de los muchos que, a lo largo de la historia de su predicada honradez, ha jalonado su quehacer político.

A partir de tan ruin pecado inicial, los tres mosqueteros socialistas de la política balear no han hecho otra cosa que aprovecharse y gozar del mismo. Han andado a la sopa boba. Han colocado a los suyos. Pero, hacer cosas -lo que se dice hacer en positivo-, nada de nada. Eso sí. palabrería en abundancia, mirar siempre para otro lado, complicar al máximo el tráfico en la ciudad, engañar -como norma- a la gente, no saber cómo orientar la oferta turística del futuro, situar el sistema educativo en la cotas más altas de fracaso, utilizar en beneficio propio todas las instituciones públicas, no saber qué hacer con la Playa de Palma, colocar a los suyos en el pesebre público, etcétera, etcétera. Un verdadero desgobierno, sólo superado, a nivel nacional, por su gran jefe, Rodríguez Zapatero.

Una cosa, sin embargo, han hecho bastante bien. Han logrado limpiar el PP, que, en esta ocasión, ha entendido el mensaje. No me extraña, por ello, que no hayan hablado en la campaña electoral de corrupción. Ni siquiera la sonriente señora Calvo, a quien tanto le preocupaba la corrupción en la pasada campaña electoral. ¿Por qué este cambio de actitud? Muy sencillo. Porque la respuesta de Bauza, Isern y Salom, al estar limpios y no llevar a nadie imputado ni mezclado con el pasado, os habría dejado en evidencia. Ninguno de los tres socialistas, que ahora nos vuelven a pedir el voto, puede decir lo mismo. Al contrario, han gobernado en virtud de un pacto corrupto y, por tanto, todo lo surgido del mismo está manchado.

Las reglas del juego hoy en vigor hicieron posible -mediante un pacto que debiera avergonzarles- su ascenso al gobierno de las instituciones referidas. Pero, como su gestión ha sido un desastre, como han traicionado la confianza del pueblo, como se han deslegitimado democráticamente por su absoluta ineficiencia, como han gastado un dinero que no era suyo en el desgobierno llevado a cabo, se han comportado de modo corrupto. ¡Cómo iban a hablar de corrupción, precisamente ellos!

Merecen, por todo ello, que se vayan a su casa y sigan gozando del recuerdo del poder que jamás debieron ostentar.

lunes, 16 de mayo de 2011

LA ESCUELA NO EDUCA

Una de las cuestiones socialmente más trascendentes es, sin duda alguna, la educación en valores. Son muchos los años que llevamos a cuestas la confusión entre educación/formación e instrucción. Confusión que –en términos de apreciación general- padecemos individual y socialmente, al igual que instituciones tan comprometidas e interesadas en el tema como el Estado y los grupos religiosos, en especial la Iglesia católica.

Históricamente hemos asistido, en esta materia, a las más diversas modas cíclicas, que, a su vez, han dado lugar a feroces e inútiles luchas institucionales. En ese contexto, el afán acaparador y exclusivista de la izquierda occidental, política y cultural, ha sido y todavía sigue siendo –como, por ejemplo, en España- proverbial. De hecho se comporta de tal forma que entiende todo el sistema educativo como si fuera un coto personal. Nunca ha visto con buenos ojos la enseñanza privada, sigue luchando contra ella, deslegitima todo intento de intervención de la derecha y está provocando un gigantesco fracaso, que ya nadie pone en duda.

Como en tantas otras cuestiones, hemos oscilado entre opciones pendulares –los extremos-: hemos pasado del rigor y la disciplina estrictos a la tolerancia más laxa y permisiva (no traumar a los niños). Ya sé que este mismo fenómeno lo han padecido y padecen Estados Unidos y, en general, toda Europa. El reciente libro de Amy Chua, catedrática de la Universidad de Yale (Battle Hymn of the Tiger Mother) está causando un verdadera revuelta al contrastar la educación en USA con China. Se trata también de dos sistemas opuestos y pendulares. En ambos casos, se confunde igualmente educación/formación e instrucción.

Hace unos meses, Carmen Rigalt subrayaba una gran verdad: “La educación blanda produce gente adocenada; ésta es la clave del declive americano y occidental”. No le falta razón. La aceptación indiscriminada de los valores del Mayo del 68 lo estamos pagando muy caro. Aquella revolución también ha resultado un gran fracaso. La ética incolora de los nuevos tiempos democráticos y la nueva sociedad de la felicidad paradójica sobre la base del hiperconsumo (Gilles Lipovetsky, La felicidad paradójica, Barcelona 2.006 y El crepúsculo del deber, Barcelona 2.008) pueden orientar cualquier aproximación seria al rumbo de la sociedad actual, que -a buen seguro- nos conducirá a otro gran fracaso.

Y es que no deberíamos darle tantas vueltas. Está comprobado hasta la saciedad que una educación en la que no esté presente el esfuerzo, el mérito, un cierto nivel de disciplina y control es una educación llamada al fracaso. Una educación que no esté basada en valores permanentes y sólidos convertirá la vida en un sin sentido (Herbert Spencer). El problema, en el fondo, reside en que no queremos enterarnos, en que, probablemente, no tengamos valores que trasmitir, en que no nos atengamos, como sociedad ni individualmente, una ética respetable.

En cualquier caso, no deberíamos olvidar que la educación en valores no se realiza primordialmente en el ámbito escolar. En este importante aspecto, comparto el punto de vista de Saramago cuando dijo que “la escuela puede instruir, esto es, impartir conocimientos, pero no educar, inculcar valores, que es lo que antes hacían las familias y que ya no hacen”. Más claro agua. Somos las familias, los padres, quienes no educamos. Lo fácil es echar la culpa a los centros de enseñanza. Pero eso, no es otra cosa que llamarse andana.

martes, 10 de mayo de 2011

EL ENMASCARAMIENTO FEMENINO

Hace unos días, Francia prohibió el uso del niqad y el burka en los espacios públicos. “Ni en vías públicas, ni en lugares abiertos al público o afectados a un servicio público” se puede hacer acto de presencia con el rostro oculto. La medida ha sido calificada –en algunos medios de comunicación- de absurda, de estupidez, de maldita, de insensata. Incluso se apela -para apoyar tan ostentosos calificativos- al uso que hacen los motoristas del casco, los soldadores de la máscara, los practicantes de la esgrima de la careta, y, en los Carnavales, al uso de todo tipo de disfraces. Probablemente estemos ante el hecho cierto de expresar una opinión sobre cuanto se ignora.

Nada tendría sentido, en relación al tema, si no partimos y entendemos de verdad la condición ciudadana. Ésta es igual para todos (Cfr. La condición digna de la mujer, en http://plazapublicagredelrio.blogspot.com, del 31.05.2.010). Compartimos plenamente el punto de vista de Gabriel Albiac cuando afirma: “Comparecer bajo máscara es suspender la condición ciudadana. El tiempo de un festejo o el de un rito marcan las paredes de ese paréntesis. Que, por contraste, enfatiza la exigencia diaria: afrontar, a rostro descubierto, la individual responsabilidad del acto libre”.

La medida adoptada en Francia nos parece de elemental necesidad. Lo contrario –tolerar la presencia de algunas mujeres musulmanas en el espacio público bajo máscara- significaría tolerar y permitir situaciones opuestas al contenido esencial de la común condición (iguales derechos y deberes) de todo ciudadano. Condición -no debería ser necesario subrayarlo- vigente desde el establecimiento de la democracia misma, desde las grandes revoluciones occidentales y, muy en particular, desde la francesa. Por esta razón, lo que estaba ocurriendo de hecho en Francia –y en otros países occidentales-, lo que se toleraba y permitía -comparecer bajo máscara- era, sin duda, algo excepcional y extraordinario, que ponía en entredicho un principio sagrado en Occidente: la igual condición ciudadana. Era, en definitiva, una manifiesta contradicción -establecer un paréntesis-, que permitía lo anticiudadano, la suspensión de la plenitud ciudadana.

Dicho de otro modo, a la ley –seguimos la argumentación del ya citado G. Albiac- han de ajustarse por igual todos los ciudadanos, en derechos y obligaciones, en el modo de comparecer en el espacio público, en el modo de ejercer la individual responsabilidad ciudadana, esto es, a rostro descubierto. La norma francesa, por tanto, no es de orden religioso. En los lugares de culto, manda la liturgia y, en el teatro, el director de escena. Pero estos momentos escénicos –y otros imaginables- son necesariamente muy concretos y acotados.

La clave única de toda la cuestión radica, por tanto, en la igualdad de todos los ciudadanos. Principio inspirador, valor superior, de cualquier ordenamiento democrático occidental. Ha costado mucho lograrlo. Algo más de doscientos años. Los ciudadanos somos todos iguales, sin distinción ni de sexo ni de religión. El multiculturalismo fracasado y el relativismo imperante pretenden imponer en las democracias occidentales prácticas, que, en el fondo, son contrarias a los derechos humanos. Y lo hacen en base a su pretendido carácter cultural y/o religioso, que, según estas posiciones, habría que respetar. Creo que, en Occidente, no tiene sentido este tipo de pensamiento. Occidente (cfr. Ayaan Hirsi Ali, Nómada, Madrid 2.011) no desea renuncia a su cultura y, en consecuencia, piensa que el inmigrante es quien está obligado a adaptarse.

lunes, 2 de mayo de 2011

UNA DILIGENCIA MAYOR

Aunque me he mostrado decididamente partidario de la guarda compartida de los hijos como opción preferente (La custodia de los hijos. La guarda compartida: opción preferente, Pamplona 2010), no puedo por menos de realizar una serie de llamadas de atención, que, en este caso, quiero dirigir al varón y padre. Me mueve a ello la ligereza –no exenta de cierta irresponsabilidad- con que, a veces, aquél la solicita, la facilidad –no sustentada en el conocimiento real de la capacitación ostentada- con que se acoge por muchos Jueces y Fiscales y, sobre todo, la impresión consistente en que –de repente, sin que se sepa muy bien a qué obedece- parece que los Jueces y Fiscales –tan comedidos y prudentes anteriormente- actúan ahora con obediencia a los dictados de la moda. Creo que, en esta materia, no se trata simplemente de compensar al varón por pasados abusos ni por una indiscriminada aplicación de un principio que compartimos todos. La aplicación de la Ley exige –antes y ahora- prudencia y equidad.

Para empezar, ambos padres -si se quiere que el sistema funcione- han de canalizar la ruptura de su vida en común con una actitud fundamental, que no siempre está presente. Nos referimos a la absoluta necesidad que tienen de aparcar los inevitables sentimientos de venganza y pase de factura por el pasado relacional entre ellos. No es tarea fácil. La tentación de caer en la trampa siempre está presente. Organizar de modo civilizado el futuro familiar es condición indispensable. Si no lo entienden así, sus hijos –al margen de decisiones judiciales en un sentido u otro- lo pagarán, esto es, tendrán un crecimiento y un proceso de maduración patológicos.

En este marco general, me parece necesario insistir en otro aspecto importante. No se trata, a mi entender, de ganar la batalla económica a la madre de tus hijos. Si vas con esa mentalidad, perderás, al menos, el servicio y la relación fluida, que debes a tus hijos. Llevas razón –en muchos casos- en la necesidad de racionalizar ciertos aspectos de la organización que imponen los Jueces. Llevas razón también en que, en demasiados casos, te echan a los pies de los caballos y te humillan. Pero, no deberías dejar que esos sentimientos se apoderen de ti. Se nota demasiado que muchos varones y padres respiran por esa herida, que no conduce a nada positivo. Has de purificar la intención.

Por otra parte, el varón y padre ha de ser muy consciente de que el ejercicio de una guarda compartida exigirá de él una gran capacitación y preparación. No es fácil pasar de repente de dejar la atención de los hijos –lo que abarca múltiples aspectos- en manos de su madre a ocuparse directamente de ellos. Nadie da lo que no tiene. Te reclamará grandes esfuerzos, voluntad de adaptación y aprendizaje, constancia y diligencia.Vas a tener la oportunidad de verificar lo que comporta el trabajo y la dedicación que tantas veces has infravalorado porque lo realizaba la madre de tus hijos. ¡Puedes aprender una gran lección!

Jamás asumas el reto de cuidar a tus hijos para llevar la contraria su madre o para demostrarle algo a ella. Te equivocarás y fracasarás. Tienes que aceptarlo como un servicio a tus hijos. Reitero las dificultades que vas a encontrar. Vas a comprobar qué es estar pendiente todo el día de los demás. Vas, en muchas ocasiones, a sentirte inútil e incapaz. Vas a experimentar lo que conlleva eso de llevar los hijos al Colegio, recogerlos, enseñarles a estudiar, a hacer suyos valores, usos y hábitos para la vida. Vas a padecer el estrés consiguiente cuando, además de todo ello, tengas que ir al trabajo diario, realizar la compra, etc.

No olvides, al tomar la decisión de compartir la atención y el cuidado de tus hijos, que, en las situaciones de ruptura, como nos recuerda la exposición de motivos de Ley 15/2005, de 8 de julio, te reclamará ‘una diligencia mayor’.