SIMBOLOS RELIGIOSOS EN EL TRABAJO
Dos mujeres británicas fueron despedidas por negarse a ocultar en el trabajo el signo de la cruz. Nadia Eweida perdió su puesto de azafata de tierra en British Airways. Shirley Chaplin, enfermera de profesión, fue despedida por el hospital de Exeter por motivos similares. La cuestión ha llegado al Tribunal Europeo de Derechos humanos. Ya veremos qué decisión toma.
El Gobierno británico –en un gesto sectario– ha encomendado a sus representantes que se opongan al derecho de los cristianos a llevar colgado al cuello el símbolo religioso de la cruz durante el trabajo. En concreto, el Gobierno Cameron entiende –y así lo alegará– que llevar semejante símbolo religioso no forma parte esencial de la fe cristiana, que es algo opcional y que no constituye un requisito religioso obligatorio. Es decir, no forma parte del derecho individual de libertad religiosa, cuya tutela y protección asume el Estado para todos los ciudadanos con independencia del color de su fe religiosa. La consecuencia –en opinión de la ministra de igualdad– es clara: las empresas pueden despedir a aquellos empleados que rechacen ocultar el símbolo religioso de la cruz.
Llevamos bastante tiempo en Europa con la misma cantinela. Avergonzada de su propia identidad, se empeña en imponer la ley del silencio a todo aquello que suene a religión y más si es la cristiana. Eso sí, con el hipócrita amparo en la tutela de la libertad religiosa. La izquierda política y cultural –con manifiestas complicidades de cierta derecha– hace ostentación de semejante sectarismo, ya caduco y trasnochado. Ni siquiera, al parecer, la políticamente correcta censura permite la visualización de los signos externos de la fe que cada cual pueda abrazar y convertir en el motor de su existencia. La corrección aconseja la ocultación de tales signos, por ejemplo, en el trabajo.
Uno se pregunta –ante estas actitudes contrarias a la autonomía personal– de qué libertad estamos hablando, qué entendemos por sociedad pluralista, qué significa eso del respeto y de la tolerancia. Uno puede entender que cualquier signo religioso, cualquier símbolo ideológico y/o solidario, cualquier expresión externa de las infinitas utopías humanas, pueda no ser compartido por el vecino o por el compañero de trabajo. Uno puede entender que sus ideas y creencias molesten a otros. Diría que, hasta cierto punto, es inevitable, sobre todo si tenemos en cuenta que muchos viven sus convicciones de un modo dialéctico o arrojadizo frente a los demás. Pero esto forma parte del necesario pluralismo reinante. La actitud responsable –que deben propiciar los Estados– no es exigir el ocultamiento de tales símbolos (imponer la censura y el silencio) sino fomentar el respeto y la tolerancia.
Todo persona –dicen, al menos formalmente, los textos de derecho constitucional internacional–, sea de la religión que sea, puede practicarla, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, y exhibirla, si ese es su deseo, con toda amplitud, amparada precisamente por el respeto y tolerancia de todos. El único límite lo conocemos perfectamente: el respeto a la dignidad de los demás, el respeto a los derechos humanos, la ausencia de violencia y coacción.
No se me ocurre nada mejor para ilustrar lo expuesto que recordar unas palabras del Estatuto de la libertad religiosa de Virginia (a.1785). En él se rechaza “la impía presunción de legisladores y dirigentes, tanto civiles como eclesiásticos, quienes siendo hombres y, por tanto, falibles, han asumido el dominio sobre la fe de otros hombres, implantando sus opiniones y modos de pensar como los únicos verdaderos e infalibles, y tratando de imponerlos a otros”.
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sábado, 31 de marzo de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
LUCHA POLÍTICA IMPRESENTABLE
Por fin, la esperada huelga general ya tiene fecha. UGT y CCOO no han sabido resistir la tentación. Han preferido demostrar –una vez más- que, en las sociedades abiertas, la HG sólo sirve a los fines de la lucha política. Ya no luchan –al margen de la retórica utilizada- por la clase trabajadora, que, en realidad, en modo alguno representan. Están en otra cosa: en desgastar al Gobierno del PP, en hacer causa común con los partidos de izquierdas, en pagar al PSOE los favores que, en su día, les otorgó, en ganar en la calle lo que perdieron estrepitosamente en las urnas.
Si, en verdad, su razón de ser estuviese en función de los trabajadores, habrían mantenido una actitud diferente a lo largo de la crisis y de la gestión de la misma que hizo el Gobierno socialista. No habrían permanecido ‘calladitos’ ante la masiva destrucción de puestos de trabajo y el cierre de numerosas empresas generadoras del mismo. Se habrían levantado contra el Gobierno de izquierdas. No se habrían limitado a poner el cazo, a recoger las prebendas y privilegios, que tan generosamente les otorgaba un Gobierno de izquierdas a cambio de su silencio. Como observaron una actitud egoísta e hipócrita, ajena a su verdadera función, y como hicieron –a la vista de todos- lo que hicieron, ahora, no tienen la más mínima autoridad moral.
Su ilegítima adhesión a la lucha política callejera -ya veremos ese día cómo respetan los derechos de los demás-, demuestra que, en estos momentos complicados para el país, no tienen empacho alguno en causar más daño a la economía, en crispar y dividir la sociedad, en enfrentar a la gente. ¡Qué irresponsabilidad!
Aunque no lo digan, todos sabemos que están rabiosos por un único motivo: temen que se les acaba la bicoca y el cuento. ¡Ya era hora!
Precisamente, el pueblo –a quien Ustedes no respetan, aunque vivan de él-, que no es tonto, no les secundará ese día. ¡Hay que tener cara para, después de lo que han hecho, pedir el apoyo de la ciudadanía! No lo tendrán y serán los grandes derrotados.
La mejor contribución que se puede hacer a este maltrecho país es pasar de largo e ir a trabajar. No se pueden secundar tan traidores propósitos.
Por fin, la esperada huelga general ya tiene fecha. UGT y CCOO no han sabido resistir la tentación. Han preferido demostrar –una vez más- que, en las sociedades abiertas, la HG sólo sirve a los fines de la lucha política. Ya no luchan –al margen de la retórica utilizada- por la clase trabajadora, que, en realidad, en modo alguno representan. Están en otra cosa: en desgastar al Gobierno del PP, en hacer causa común con los partidos de izquierdas, en pagar al PSOE los favores que, en su día, les otorgó, en ganar en la calle lo que perdieron estrepitosamente en las urnas.
Si, en verdad, su razón de ser estuviese en función de los trabajadores, habrían mantenido una actitud diferente a lo largo de la crisis y de la gestión de la misma que hizo el Gobierno socialista. No habrían permanecido ‘calladitos’ ante la masiva destrucción de puestos de trabajo y el cierre de numerosas empresas generadoras del mismo. Se habrían levantado contra el Gobierno de izquierdas. No se habrían limitado a poner el cazo, a recoger las prebendas y privilegios, que tan generosamente les otorgaba un Gobierno de izquierdas a cambio de su silencio. Como observaron una actitud egoísta e hipócrita, ajena a su verdadera función, y como hicieron –a la vista de todos- lo que hicieron, ahora, no tienen la más mínima autoridad moral.
Su ilegítima adhesión a la lucha política callejera -ya veremos ese día cómo respetan los derechos de los demás-, demuestra que, en estos momentos complicados para el país, no tienen empacho alguno en causar más daño a la economía, en crispar y dividir la sociedad, en enfrentar a la gente. ¡Qué irresponsabilidad!
Aunque no lo digan, todos sabemos que están rabiosos por un único motivo: temen que se les acaba la bicoca y el cuento. ¡Ya era hora!
Precisamente, el pueblo –a quien Ustedes no respetan, aunque vivan de él-, que no es tonto, no les secundará ese día. ¡Hay que tener cara para, después de lo que han hecho, pedir el apoyo de la ciudadanía! No lo tendrán y serán los grandes derrotados.
La mejor contribución que se puede hacer a este maltrecho país es pasar de largo e ir a trabajar. No se pueden secundar tan traidores propósitos.
LUCHA POLÍTICA IMPRESENTABLE
Por fin, la esperada huelga general ya tiene fecha. UGT y CCOO no han sabido resistir la tentación. Han preferido demostrar –una vez más- que, en las sociedades abiertas, la HG sólo sirve a los fines de la lucha política. Ya no luchan –al margen de la retórica utilizada- por la clase trabajadora, que, en realidad, en modo alguno representan. Están en otra cosa: en desgastar al Gobierno del PP, en hacer causa común con los partidos de izquierdas, en pagar al PSOE los favores que, en su día, les otorgó, en ganar en la calle lo que perdieron estrepitosamente en las urnas.
Si, en verdad, su razón de ser estuviese en función de los trabajadores, habrían mantenido una actitud diferente a lo largo de la crisis y de la gestión de la misma que hizo el Gobierno socialista. No habrían permanecido ‘calladitos’ ante la masiva destrucción de puestos de trabajo y el cierre de numerosas empresas generadoras del mismo. Se habrían levantado contra el Gobierno de izquierdas. No se habrían limitado a poner el cazo, a recoger las prebendas y privilegios, que tan generosamente les otorgaba un Gobierno de izquierdas a cambio de su silencio. Como observaron una actitud egoísta e hipócrita, ajena a su verdadera función, y como hicieron –a la vista de todos- lo que hicieron, ahora, no tienen la más mínima autoridad moral.
Su ilegítima adhesión a la lucha política callejera -ya veremos ese día cómo respetan los derechos de los demás-, demuestra que, en estos momentos complicados para el país, no tienen empacho alguno en causar más daño a la economía, en crispar y dividir la sociedad, en enfrentar a la gente. ¡Qué irresponsabilidad!
Aunque no lo digan, todos sabemos que están rabiosos por un único motivo: temen que se les acaba la bicoca y el cuento. ¡Ya era hora!
Precisamente, el pueblo –a quien Ustedes no respetan, aunque vivan de él-, que no es tonto, no les secundará ese día. ¡Hay que tener cara para, después de lo que han hecho, pedir el apoyo de la ciudadanía! No lo tendrán y serán los grandes derrotados.
La mejor contribución que se puede hacer a este maltrecho país es pasar de largo e ir a trabajar. No se pueden secundar tan traidores propósitos.
Por fin, la esperada huelga general ya tiene fecha. UGT y CCOO no han sabido resistir la tentación. Han preferido demostrar –una vez más- que, en las sociedades abiertas, la HG sólo sirve a los fines de la lucha política. Ya no luchan –al margen de la retórica utilizada- por la clase trabajadora, que, en realidad, en modo alguno representan. Están en otra cosa: en desgastar al Gobierno del PP, en hacer causa común con los partidos de izquierdas, en pagar al PSOE los favores que, en su día, les otorgó, en ganar en la calle lo que perdieron estrepitosamente en las urnas.
Si, en verdad, su razón de ser estuviese en función de los trabajadores, habrían mantenido una actitud diferente a lo largo de la crisis y de la gestión de la misma que hizo el Gobierno socialista. No habrían permanecido ‘calladitos’ ante la masiva destrucción de puestos de trabajo y el cierre de numerosas empresas generadoras del mismo. Se habrían levantado contra el Gobierno de izquierdas. No se habrían limitado a poner el cazo, a recoger las prebendas y privilegios, que tan generosamente les otorgaba un Gobierno de izquierdas a cambio de su silencio. Como observaron una actitud egoísta e hipócrita, ajena a su verdadera función, y como hicieron –a la vista de todos- lo que hicieron, ahora, no tienen la más mínima autoridad moral.
Su ilegítima adhesión a la lucha política callejera -ya veremos ese día cómo respetan los derechos de los demás-, demuestra que, en estos momentos complicados para el país, no tienen empacho alguno en causar más daño a la economía, en crispar y dividir la sociedad, en enfrentar a la gente. ¡Qué irresponsabilidad!
Aunque no lo digan, todos sabemos que están rabiosos por un único motivo: temen que se les acaba la bicoca y el cuento. ¡Ya era hora!
Precisamente, el pueblo –a quien Ustedes no respetan, aunque vivan de él-, que no es tonto, no les secundará ese día. ¡Hay que tener cara para, después de lo que han hecho, pedir el apoyo de la ciudadanía! No lo tendrán y serán los grandes derrotados.
La mejor contribución que se puede hacer a este maltrecho país es pasar de largo e ir a trabajar. No se pueden secundar tan traidores propósitos.
miércoles, 14 de marzo de 2012
LA EDUCACION EN LA CALLE
Una parte de la sociedad –la que dice ser de izquierdas- ha protagonizado, en días pasados, un espectáculo bastante penoso. Ha salido a la calle –en las instituciones no tiene mucho que hacer- para expresar su gran preocupación por la futura educación de nuestros hijos. Unos cuantos profesores, padres, alumnos –cogidos de la mano- se han ejercitado en el insulto fácil, en las pintadas en edificios públicos y religiosos, en la mentira, en la manipulación, en la violencia. ¿Han pensado alguna vez –padres y profesores- en el dicho de Einstein de que “la única manera de educar es dando un ejemplo”? ¿Están satisfechos del camino que Ustedes están mostrando a sus hijos y alumnos? ¿Creen que el odio, la división, la violencia, la mentira, la manipulación, el dejarse instrumentalizar es un buen ejemplo para sus hijos y alumnos? ¡Estos son valores tangibles. Sí señor!
Como, por desgracia, la actitud de la izquierda política y cultural cuenta con la idiotez de tanto incauto como les secunda, me permito sugerirles unas cuantas cuestiones cuyo análisis puede ayudarles a no participar en su propia instrumentalización al servicio de fines ajenos a la educación de sus hijos y alumnos.
No quisiera que lo tomaséis a ofensa –padres y profesores que tanto chilláis en la calle-. Tengo que recordaros a un clásico, a Pitágoras. Decía así: “Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”. Hacer ciudadanos, hombres de bien, diríamos ahora. ¿Consideran que su actitud, como padres y profesores, contribuye a este objetivo tan esencial? Piénselo despacio. La respuesta que se den es trascendente, entre otros, para Ustedes.
Dada la situación económica que nos aqueja, es ingenuo pensar que el estado del bienestar que hemos conocido pueda subsistir. Hay que apretarse el cinturón a todos los niveles. Los recortes –aunque haya que priorizarlos- se harán presentes y no queda otro remedio que adaptarse a la nueva situación. ¿Por qué –me pregunto ingenuamente- no salieron el curso pasado a la calle y protestaron airadamente cuando ZP redujo en más del 8% el presupuesto para educación? No me digan que no se enteraron o que, acaso, tal reducción no afectaba a la educación de sus hijos y alumnos. ¿Por qué aquel recorte, no, y éste, de ahora, sí? Espero que tengan alguna razón más convincente que la del color del Gobierno que la adopta.
Les preocupa, según dicen, el futuro de la educación en este país. ¿De verdad les preocupa? No nos habíamos enterado. ¿Por qué se lo tenían tan callado? ¿Cómo es que, con tales niveles de preocupación, no han reaccionado hasta ahora que la izquierda ha perdido el poder?
No negarán que el sistema educativo –el que venimos sufriendo desde Felipe González-destaca por su ineficacia y su absoluto fracaso. ¿Cómo es que Ustedes –padres y profesores que ahora salen a la calle- no se han manifestado hasta ahora? Han tenido todo el tiempo del mundo, han tenido motivos más que sobrados. Y, sin embargo, han permanecido calladitos. ¿Por qué de tal silencio? ¿Cómo nos lo explican? ¿De verdad piensan que el fracaso del sistema radica en los posibles, presentes o futuros, recortes? ¿Es ajena su actitud al color político de quienes ahora ostentan el Gobierno por encargo del pueblo?
Por otra parte, sus temores me parecen infundados. Me temo que el PP no realizará -por desgracia- la reforma educativa que necesita este país. Desde luego, nada augura tal noticia a la vista de los planes esbozados por el Ministerio. ¿A qué tanto miedo, señores de la izquierda? No se preocupen. Seguiremos padeciendo los males del sistema que Ustedes han implantado.
Una parte de la sociedad –la que dice ser de izquierdas- ha protagonizado, en días pasados, un espectáculo bastante penoso. Ha salido a la calle –en las instituciones no tiene mucho que hacer- para expresar su gran preocupación por la futura educación de nuestros hijos. Unos cuantos profesores, padres, alumnos –cogidos de la mano- se han ejercitado en el insulto fácil, en las pintadas en edificios públicos y religiosos, en la mentira, en la manipulación, en la violencia. ¿Han pensado alguna vez –padres y profesores- en el dicho de Einstein de que “la única manera de educar es dando un ejemplo”? ¿Están satisfechos del camino que Ustedes están mostrando a sus hijos y alumnos? ¿Creen que el odio, la división, la violencia, la mentira, la manipulación, el dejarse instrumentalizar es un buen ejemplo para sus hijos y alumnos? ¡Estos son valores tangibles. Sí señor!
Como, por desgracia, la actitud de la izquierda política y cultural cuenta con la idiotez de tanto incauto como les secunda, me permito sugerirles unas cuantas cuestiones cuyo análisis puede ayudarles a no participar en su propia instrumentalización al servicio de fines ajenos a la educación de sus hijos y alumnos.
No quisiera que lo tomaséis a ofensa –padres y profesores que tanto chilláis en la calle-. Tengo que recordaros a un clásico, a Pitágoras. Decía así: “Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”. Hacer ciudadanos, hombres de bien, diríamos ahora. ¿Consideran que su actitud, como padres y profesores, contribuye a este objetivo tan esencial? Piénselo despacio. La respuesta que se den es trascendente, entre otros, para Ustedes.
Dada la situación económica que nos aqueja, es ingenuo pensar que el estado del bienestar que hemos conocido pueda subsistir. Hay que apretarse el cinturón a todos los niveles. Los recortes –aunque haya que priorizarlos- se harán presentes y no queda otro remedio que adaptarse a la nueva situación. ¿Por qué –me pregunto ingenuamente- no salieron el curso pasado a la calle y protestaron airadamente cuando ZP redujo en más del 8% el presupuesto para educación? No me digan que no se enteraron o que, acaso, tal reducción no afectaba a la educación de sus hijos y alumnos. ¿Por qué aquel recorte, no, y éste, de ahora, sí? Espero que tengan alguna razón más convincente que la del color del Gobierno que la adopta.
Les preocupa, según dicen, el futuro de la educación en este país. ¿De verdad les preocupa? No nos habíamos enterado. ¿Por qué se lo tenían tan callado? ¿Cómo es que, con tales niveles de preocupación, no han reaccionado hasta ahora que la izquierda ha perdido el poder?
No negarán que el sistema educativo –el que venimos sufriendo desde Felipe González-destaca por su ineficacia y su absoluto fracaso. ¿Cómo es que Ustedes –padres y profesores que ahora salen a la calle- no se han manifestado hasta ahora? Han tenido todo el tiempo del mundo, han tenido motivos más que sobrados. Y, sin embargo, han permanecido calladitos. ¿Por qué de tal silencio? ¿Cómo nos lo explican? ¿De verdad piensan que el fracaso del sistema radica en los posibles, presentes o futuros, recortes? ¿Es ajena su actitud al color político de quienes ahora ostentan el Gobierno por encargo del pueblo?
Por otra parte, sus temores me parecen infundados. Me temo que el PP no realizará -por desgracia- la reforma educativa que necesita este país. Desde luego, nada augura tal noticia a la vista de los planes esbozados por el Ministerio. ¿A qué tanto miedo, señores de la izquierda? No se preocupen. Seguiremos padeciendo los males del sistema que Ustedes han implantado.
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