martes, 26 de julio de 2011

¡CARAMBA CON LA SEÑORA!

Para cualquier observador imparcial del tratamiento judicial de las relaciones de familia, lo ‘femeninamente correcto’ constituye, desde hace tiempo, su auténtica carcoma, su factor más corrosivo. El profesional del derecho tiende, de modo instintivo, a situarse, frente al conflicto que se avecina, mediante una primera previsión. Le interesa -mucho más de lo imaginable por el cliente- conocer en qué Juzgado se va a dirimir la cuestión.

Ello es así porque sabe que, al margen de todas las posibles matizaciones y excepciones que es necesario realizar, tendrá, de alguna forma, que “echarse, no en brazos de la ley, sino en los del juez, que es quien, a la postre, decide, no sin cierta arrogancia, por encima del mandato legal” (J. Gómez de Liaño). Dicho de otro modo, se aprecia, en muchos casos, la tendencia -aunque nunca se reconocerá- a confundir o identificar el contenido de la ley con los principios y consecuencias de la llamada ideología de género. Conocer en qué lugar se sitúa el Juez y el Ministerio fiscal suele ser de más utilidad, a veces, que el propio conocimiento de la ley.

En este marco general y con respecto a la pensión compensatoria a la ex mujer sin hijos, siempre he dado por bueno el pensamiento que ya expresó el maestro Víctor Reina en el año 1996. Decía así: “Porque, para mí, una señora que se casa, que es mayor de edad, que no tiene hijos, que se levanta todos los días a las diez de la mañana y que al cabo de diez años sale pidiendo pensión compensatoria -y eso pasa en los Juzgados todos los días- …¡caramba con la señora!...O lo mismo, si es el hombre, que aquí no se trata de una cuestión de machismo…¿Pensión por desequilibrio económico? ¿De qué me está Ud. hablando? ‘Es que me he dedicado a mi marido…¿‘Y quién le ha mandado a Ud. dedicarse a su marido?’ ‘Qué favor hace Ud. a la sociedad dedicándose a su marido?’ Eso es lo que yo pienso. Ahora:’Es que resulta que yo me he pasado quinces años dedicada a los hijos’. Eso es otra historia. Ahí si que veo yo razones de justicia, Pero, si no ¿a santo de qué?”.

Está claro. Ya veremos, en otro momento, qué pasa si ha habido hijos.

domingo, 17 de julio de 2011

UNA PREGUNTA EN MEDIO DE LA VIDA

Quizás el último y más trascendente servicio que he recibido de mi padre ha sido poderle acompañar –junto con mi esposa y mis dos hijos- hasta el fin de su existencia en la tierra. Han sido momentos tan intensos, tan próximos, tan familiares, tan íntimos, que jamás podré olvidarlos. Dentro del rasgado que se opera en el alma, he sentido la satisfacción infinita de haber podido hablar con mi padre como nunca lo había hecho en la vida. ¡Qué paz y qué liberación se experimenta! ¡Gracias!

En medio de la vida frenética y estresante que casi todos llevamos, no estaría de más –ante la Ley con la que se puede despedir ZP- realizar un alto en el camino y preguntarnos algunas cosas. Lo voy hacer reproduciendo las preguntas de Hans Küng (Morir con dignidad, Madrid 1997). Dice así:


“Cómo se envejece hoy, cómo se envejecerá mañana, cómo es envejecer?

Qué significa saber que se es mortal, que se ha de morir?

Se tiene miedo a la muerte o simplemente miedo al morir?

¿Cómo se quiere morir, si es que uno puede participar en esa decisión? ¿Es que se puede participar, se debe participar o incluso decidir personalmente Pero ¿quién es el que puede hoy en día decidir personalmente?"


Ayer por la tarde, cuando releía aspectos de la biografía de León N. Tolstoi, me topé con una reflexión que no me resisto a transcribir: “Tenía usted razón: no hay nada peor que la muerte. Y cuando uno piensa que éste es el fin de todo, se ve que no hay nada peor que la vida”. Profundo pensamiento, que es posible que compartan muchos. Pero, que encierra un nihilismo estéril. Para quienes seguimos a Jesús, la muerte y la vida tienen un sentido muy diferente: la muerte no es el fin de todo. Por eso, precisamente, la vida tiene sentido.

Ahora que la clase política socialista tiene la frecuente tentación de predicar y sermonar, nos quiere garantizar la muerte con dignidad, incluso a pesar nuestro. Pues bien, en cualquier caso y con todos los matices que son posibles, me parece que “¡Sin una vida digna de personas no es posible una muerte digna de personas! O lo que es lo mismo, dicho al contrario, una muerte digna de seres humanos no es algo obvio ni siquiera en las condiciones de una sociedad de la sobreabundancia. Morir con dignidad es una oportunidad inmerecida, un gran regalo: el gran don. Y al mismo tiempo una gran tarea para la humanidad” (Hans Küng).

Volvemos de nuevo a Tolstoi. Morir con dignidad no significa entender el morir como el final de la vida al que, necesariamente, habremos de enfrentarnos cuando no lo esperemos. Es algo más y muy diferente. El morir es una dimensión de la vida, que, si se vive en plenitud, está presente, de alguna manera, en todas y cada uno de las decisiones de la vida, al menos las más importantes.

domingo, 10 de julio de 2011

RECUPERAR VALORES ÉTICOS

En la anterior reflexión, subrayamos la obligación moral del político de establecer sólidas relaciones interpersonales de comunicación con el ciudadano. En ese marco, el político debe prestar atención especial a los creadores de opinión pública, sobre todo a aquellos que, ideológicamente, son sus adversarios. Es un modo de caer en la cuenta de los errores que puede estar cometiendo en su gestión. Por esta razón, ni ha de subestimar al enemigo, ni ha de despreciar a quien le critica, ni ha de crearse los turiferarios de turno.

Todas estas actitudes –aunque son muy habituales en el político- me parecen contrarias a la verdad moral. Máxime si se busca comprar a los halagadores con el dinero de los ciudadanos. La subvención a los medios de comunicación –y otros muchos favores que se otorgan- me parece inmoral y más aún cuando no se reparte equitativamente. Si el pueblo conociese la verdad de lo que ha ocurrido en tiempos no lejanos, saldría corriendo despavorido.
Cuando todo lo anterior se realiza con un mínimo de honestidad, el gobernante obtiene, como fruto, un conocimiento bastante directo y aproximado de las circunstancias e intereses que configuren la realidad social a ordenar y organizar y, de este modo, podrá actuar con la debida responsabilidad. Hemos pronunciado la palabra clave: responsabilidad. Se trata, precisamente, de imponer aquellas soluciones más apropiadas a los problemas reales existentes y más equitativas a la vista de todos los intereses en juego. Se trata de evitar lo habitual: imponer soluciones que parecen referidas a un mundo inexistente o que sólo buscan –bajo la coartada del interés general- servir a lo contrario: el interés particular. En este caso, se está recorriendo un camino claramente ajeno a la realización de la verdad moral en política.

Aunque los ejemplos sobre el particular podrían ser numerosos, creo necesario recordar a nuestros actuales gobernantes que una actuación responsable, sobre todo en estos momentos tan críticos, pasa por liquidar la mayor parte de las empresas y funciones públicas. La gestión de algunas áreas se puede realizar desde la iniciativa privada y así ahorrarnos sus cuantiosos costes en personal enchufado. Por cierto, que urge una información detallada al ciudadano de cuántas mantiene, qué hacen y cuántas personas prestan en ellas sus servicios. Otra de las actuaciones de responsabilidad política indispensable pasa por revisar los sueldos, prebendas, privilegios que ostentan los altos cargos y similares, informar al ciudadano y acabar con semejante inmoral dispendio.

Tal y como están las cosas en la política actual, me parece -a fin de evitar la ganancia habitual de los pescadores en río revuelto- que “un segundo camino para promover la verdad moral consiste en poner al descubierto las ideologías políticas que pretender suplantar la verdad” (Benedicto XVI). En este sentido, tiendo a pensar que el sistema democrático -en los términos experimentados a lo largo del s. XX- ha tenido un mucho de alienante de la condición y dignidad humanas. Hasta la misma izquierda ha cedido a la tentación tramposa de fomentar supuestos valores universales -paz, progreso, derechos humanos- cuando, en realidad, el objetivo real no iba más allá de los intereses particulares.

Personalmente tengo serias dudas de que las tan ahora cacareadas otras democracias -real, participativa, deliberativa, etc.- busquen otra cosa que “un asiento en la parte oficial de la mesa negociadora... Aquí y ahora se trata de recuperar valores éticos; defender la excelencia y el sentido de la responsabilidad; proclamar (y, por supuesto, practicar) las virtudes liberales” (Benigno Pendás).

LA VERDAD MORAL EN POLÍTICA

Ya desde el mundo de los estoicos -por no remontarnos más atrás-, se entendía que el servicio a la comunidad había de desempeñarse con honestidad e integridad. La dimensión moral del ejercicio del poder público siempre se subrayó -a lo largo de los siglos- por los pensadores cristianos y árabes. Con las grandes revoluciones -muy en concreto la americana- y la aparición del moderno constitucionalismo, el gobierno de la comunidad se entendió –cosa diferente es lo que ocurrió en su ejercicio de hecho- como un servicio, a saber, para tutelar y proteger los derechos individuales de los ciudadanos. Quizás, en esta vocación de servicio, se exprese y radique la auténtica verdad moral de la política, la verdadera legitimidad de la acción de gobierno -encomendada por los ciudadanos a sus representantes-, la esencial dimensión ética de la política, verificable en el día a día.


Desde esta radical perspectiva, la obligación moral del gobernante en el ejercicio de su función institucional tiene mucho que ver con el originario pacto social. Es decir, gobernar para servir a los derechos e intereses de la comunidad es una ley impuesta por el cuerpo electoral -una especie de condición sine que non- y que el político acepta y debe obedecer bajo la sanción de quedar -en caso de incumplimiento- totalmente deslegitimado. La tutela de los derechos de los ciudadanos, en definitiva, funciona como gran criterio de legitimación del político y de la calidad misma de la democracia, como la justificación última del poder. Derechos que, por otra parte, funcionan como esferas de libertad frente a ese poder político otorgado.


Hace ahora un año, Benedicto XVI, en su viaje a Chipre (L’ Osservatore romano, 24, 2010, pág. 6) nos recordó que las relaciones interpersonales, la comunicación frecuente con la ciudadanía -escuchar a la calle- son un primer paso indispensable o, mejor, un instrumento necesario para conocer la voluntad de los gobernados y el legítimo juego de intereses que se den cita, y, a partir de todo ello, cumplir o intentar satisfacer, en la medida de lo posible, el bien general de la comunidad que se gobierna.Si se desea satisfacer el interés del ciudadano, parece de elemental exigencia imponerse la obligación moral de escucharlo. Imperativo ético que el político actual suele rehuir con obstinación.

Asumir en serio –como debería- esta obligación moral, supondría para el gobernante que éste se manifieste y comporte ante el ciudadano –a quien debe su elección, su medio de vida, su posición social, su protagonismo en multitud de ámbitos, su función- con cercanía y proximidad, sin altanería y prepotencia, con humildad y sencillez, con vocación de servicio y trasparencia, con afán de conocer su voluntad y grado de satisfacción ante la gestión realizada. Todo un mundo relacional complejo, que reclama del político arbitrar un cauce a través del cual fluya la comunicación y se posibilite, después de un riguroso análisis, la puesta en marcha de las medidas más apropiadas para el gobierno de la comunidad. ¡Qué diferencia con lo que suele ocurrir!






lunes, 4 de julio de 2011

¡CUIDADO CON EL CRISTO!

Nuestro nuevo alcalde ha iniciado su andadura con un gesto muy significativo: restituir, a un lugar destacado de su despacho oficial, el crucifijo que, en los últimos tiempos, había andado errante por diferentes dependencias. De inmediato, Matías Vallés le propinó una atinada crítica, que, en líneas generales, comparto.

Vaya por delante que nada tengo que oponer a la competencia y preparación de Mateo Isern. Igualmente, sus convicciones religiosas –incluidas las que manifiesta con la restitución del Crucifijo-, me merecen absoluto respeto. Sin embargo, espero que sea muy consciente de ciertas obviedades: sus convicciones religiosas no son necesarias para el ejercicio de su función pública, tampoco tiene que hacer ostentación de algo que pertenece a su vida privada e íntima, ni, sobre todo, viene obligado a gobernar la ciudad de acuerdo con ellas. Nos es suficiente con que observe la legalidad vigente y se atenga a los principios de una ética civil y laica, que, como ya enseñó Kant, no necesita para nada de la religión. ¿Por qué, entonces, iniciar su gestión con ese gesto tan cargado de simbolismo?

No es fácil cambiar –menos aún después de un triunfo tan espectacular- una organización política. Mucho me temo que, en el entorno y aledaños de la dirección del PP, siguen todavía muy activos representantes del viejo catolicismo. Me refiero a aquellos sectores que suelen distinguirse por sus posiciones más doctrinarias y fundamentalistas y que despiertan serias dudas sobre la aceptación, con todas las consecuencias, de ciertas exigencias constitucionales e incluso –para mayor inri- de algunas enseñanzas de Benedicto XVI. Ya sé que el Estado español se autodefine como aconfesional: el Estado no profesa religión alguna. Pero también se define –aunque a muchos no parece gustarles- como laico: neutralidad e igualdad de trato. De acuerdo con esta definición, no todo lo que significa cambio en la consideración de la religión por parte del Estado se ha de descalificar –cosa habitual en amplios sectores del PP y del catolicismo oficial- como laicista. Es un grave error que cometen. Recuerden, al menos, que Benedicto XVI habló –hace ya mucho tiempo- de una sana laicidad positiva.

Tengo la impresión –cosa que lamento- de que son muchas las resistencias que se aprecian en el PP para aceptar algo tan obvio como que la sociedad en que vivimos es una sociedad secularizada y laica, esto es, pluralista, que ha de estar presidida por la libertad de conciencia, garantizada, por cierto, constitucionalmente. No necesitamos –y menos aún desde el ámbito de la política- que nos estén adoctrinando constantemente, marcando el rumbo a seguir, fijando el camino ideológico correcto, expresando, mediante símbolos como el que ha protagonizado nuestro Alcalde, el espíritu que ha de presidir una determinada gestión pública. No, no es eso. Cada cual, desde la modernidad, sabe que es libre para “adoptar la concepción del mundo que mejor se le acomode” (Salvador Pániker).

El respeto a estos principios –esenciales en la cultura actual- han de imponer una comunicación con el ciudadano –con todos, aunque sean ateos- en la que ninguno se sienta incómodo en el despacho de la primera autoridad ciudadana. ¿Sirve a este fin su gesto de restituir el Crucifijo? Respóndase Vd. mismo, Sr. Alcalde, pensando no en sus convicciones sino en las de los demás.