martes, 22 de junio de 2010

CON TODA LIBERTAD
Atravesamos momentos muy complicados en todos los órdenes de la vida. La famosa ‘crisis económica’ evidencia una crisis más profunda, que afecta a la identidad misma del ser humano. Se ha gestado en un largo proceso de búsqueda y de fracasos. No parecen existir, ante el actual embrollo, referencias seguras. Las opciones religiosas también ven disminuido su margen de credibilidad y cada vez aparecen con adhesiones más limitadas.
Es cierto que la Iglesia católica ha estado a la altura de su misión en la ayuda caritativa y social a los más desvalidos. Su acción no resiste la comparación con ninguna oenegé. Nos congratulamos por ello. Su misión profética se ve así encarnada en el hombre doliente, abandonado de todos aquellos que le han prometido utópicos paraísos terrenales y a quienes, con toda probabilidad, auparon al poder. Frente a tanta confabulación y crítica, ha seguido fiel, en este campo, al consejo del Señor y, en silencio, ha hablado y predicado con toda libertad: con el lenguaje de los hechos y de las obras.
Sin embargo, esta magnífica realidad, facilitada por muchos contribuyentes –incluso no creyentes-, da la impresión que ahora se está exhibiendo ‘para ser vistos de los hombres’. Esto es, para tapar otros defectos y errores, para meter el dedo en el sectario ojo gubernamental (lo que ahorra al Estado), para mover al contribuyente a poner la cruz en la casilla de la declaración de la renta, para arrimar el ascua a su sardina, para seguir con el tradicional adoctrinamiento. Es cierta e innegable la obra social realizada. Pero –a fuer de sincero-, al ser utilizada para otras finalidades, no me acaba de complacer.
Desde la perspectiva evangélica, me parece esencial la rectitud de intención a fin de no parecerse a los “hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa” (Mt, 6,5). Tocamos con ello un punto clave del mensaje cristiano: las obras y la vida personal y, en el resto, no actuar como los gentiles pues “tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt, 6, 6-7). ¿A qué viene, entonces, tanta exhibición y tanto intento de sacarle partido a otros efectos?
Dicho lo anterior –siempre arriesgado de juzgar al pertenecer al mundo de las intenciones más íntimas, que sólo Dios conoce-, rechazo el afán mostrado por muchos en utilizar este indudable éxito para paliar muchos errores históricos y actuales, para cantar las excelencias de la enseñanza religiosa, para desacreditar a quienes practican la crítica, para defender su presencia en el ámbito de lo público. Son, como es evidente, cosas muy diferentes y sobre las que son posibles múltiples posiciones.
Por mi parte, comparto plenamente el juicio de Pérez Reverte para quien nada –ni siquiera su buen hacer social y evangelizador- borra “…la manipulación de las conciencias, la resistencia a la modernidad alentada desde los púlpitos, el sabotaje –sangriento, en ocasiones- de cuantos intentos hubo por airear la oscura sacristía en la que, durante tanto tiempo, estuvimos recluidos”.

jueves, 10 de junio de 2010

CUANDO LO MALO APARENTA BONDAD
Si uno se acerca al tratamiento que los medios de comunicación, los representantes de los empresarios y la casta política han otorgado a la mal llamada fusión de Sa Nostra y lo hace con un mínimo de perspectiva, inmediatamente recuerda aquello de ‘arrimar el ascua a su sardina’, esto es, aprovechar la ocasión en beneficio propio o tender a defender lo que más acomoda. Lo cual –dicho sea de paso- suele llevar consigo la ocultación de la verdad.
En este caso, ni creo, en efecto, que estemos ante un gigante financiero, ni tal como se ha hecho garantiza que vaya a fluir el crédito, ni ha sido una fusión profesional sino muy politizada, ni importa –en este mundo de absoluta globalización- su identidad provinciana, ni, por tanto, es calificable de positiva. Por no ser, ni siquiera es una fusión en sentido estricto. Todo esto y mucho más se ha de presumir en quienes han opinado al respecto. Tener el coraje de decirlo es ya harina de otro costal.
Esta actitud, tan extendida en la España que padecemos, tiene un nombre muy castizo: ‘cantamañanismo’. “Es –en palabras de Pérez Reverte- lo políticamente correcto, el no atreverse nunca a llamar a las cosas por su nombre”. Lo cual, por cierto, es muy peligroso ya que –probablemente, sin advertirlo- se está con ello colaborando en hacer “una España virtual que no tiene nada que ver con la realidad”. Tal apreciación es verificable sobre todo en momentos, como los actuales, de grave crisis económica y moral.
Me ocurre lo que a Stockmann, el famoso personaje de Ibsen, que a estos ciudadanos “no he podido soportarlos nunca”, pues destrozan cuanto encuentran a su paso. ¿Por qué será que ninguno –salvo alguna honrosa excepción- se ha atrevido a enfrentarse con la verdad y la realidad? ¿Será que, acaso, la ignoran? A fuer de sincero, tampoco, en algún caso, me extrañaría nada.
Si queremos servir a la sociedad en que vivimos, se debería exigir que nos cuenten cuál era o es la situación real de la caja, cuál es su nivel de endeudamiento y cuál es su capacidad para hacer frente al mismo. ¡Que no nos vengan ahora con milongas! ¿De verdad era ésta la reforma que necesitaban las Cajas de ahorros? ¿Puede alguien creerse que, en virtud de la chapuza política de las fusiones frías de las cajas, han cambiado radicalmente las perspectivas del crédito?
No se entiende -o, quizás, se entienda demasiado- que no se pida cuentas a nadie por tan mala gestión, por tanta ineficacia e irresponsabilidad. Es más, seguirán –no faltaba más- los mismos órganos gestores, auténticas pesebreras políticas y sindicalistas. ¡Y esto parece bien y no despierta rechazo alguno! ¿Por qué no se dice, por qué no se pone en guardia frente a ello a los impositores y la sociedad entera? ¿Por qué los de siempre hemos de pagar los entuertos de tan mala gestión?
Para definir la reacción generalizada con la fusión de Sa Nostra, no encuentro nada mejor que una máxima moral del poeta latino Publilio Siro. Dice así: “Cuando lo malo aparenta bondad es cuando es peor”.