domingo, 31 de octubre de 2010

EL ‘ABSURDO’ MULTICULTURAL
¿Recuerdan el rasgado de vestiduras que efectuó la izquierda intelectual europea frente a la actitud del Presidente Sarkozy por las expulsiones de rumanos? Al final, la responsable europea tuvo que envainársela y todo ha quedado en agua de borraja. Se desinformó al pueblo por parte de muchos medios de comunicación, cómplices directos de una de tantas claudicaciones como suele protagonizar la vieja Europa. Todo por un problema –como ha recordado el gran pensador francés Alain Minc-, que, en el fondo, es rumano. Aquel debate europeo ha tenido poco después una nueva respuesta -esta vez, por el sociólogo e historiador francés Alain Touraine, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades-, digna de ser apreciada con objetividad.
Para el pensador francés, “el problema es cómo podemos ser ciudadanos con los mismos derechos y deberes pero con culturas diferentes”. Y prosigue su razonamiento con esta otra idea: en toda sociedad es necesario “poner unos límites” porque “no puede ser que unos pocos nieguen al resto los derechos de todos”. La realidad de culturas diferentes es innegable. La sociedad actual es muy pluralista. Los movimientos migratorios son imparables. Todo ello hará realidad la existencia creciente de culturas diferentes en un mismo ámbito nacional.
A partir de aquí, el verdadero problema –que Europa no se ha atrevido afrontar hasta ahora- radica en si nos atrevemos a ser intransigentes en la defensa del acervo común de derechos y deberes, sobre todo fundamentales. Aquí no es posible tolerancia alguna. Al contrario, como hace tiempo subrayó J.A. Marina, la actitud debida se corresponde con la más absoluta intolerancia. Hay que respetar los derechos y deberes porque “una sociedad tolerante no es libre ni democrática y no respeta los derechos humanos” (Alain Touraine). ¡Eh aquí la madre del cordero!
No puede ser que unos pocos –procedan de donde proceden y profesen la religión que sea- se constituyan en verdaderos guetos, pequeños estados dentro del Estado, con usos y costumbres abiertamente contrarios a los derechos humanos, que debemos respetar los demás. Son los inmigrantes quienes han de realizar un esfuerzo de integración en la sociedad que han escogido para vivir. La ley tiene que ser la misma e igual para todos, máxime en aspectos que afectan a la dignidad personal.
Desde esta perspectiva, por ejemplo, la consideración de la mujer en el mundo islámico plantea contradicciones manifiestas e inadmisibles en Occidente. No es cuestión de diferente religión o de cultura distinta. Por mucho que se escandalice la izquierda cultural, por mucho que haya propiciado el multiculturalismo, la evidencia se impone: hablar de feminismo islámico es una pura contradicción entre los términos. ¿Han oído algún posicionamiento del Gobierno español o de sus corifeos mediáticos en contra de estremecedoras violaciones de la dignidad de la mujer como nos relatan a diario los medios de comunicación social? Al contrario, las amparan en el multiculturalismo o califican a quien las subraya de islamófobo. ¡Vaya paripé! ¡Encima lo financiamos!

domingo, 24 de octubre de 2010

UN TEMA CENTRAL DE NUESTRO TIEMPO
Vivimos unos tiempos verdaderamente complicados. Sin apenas seguridad alguna. Nos hemos quedado sin el sombrajo. Todo se ha derrumbado. Desde los años sesenta del siglo pasado no es posible un consenso mínimo ético, que nos comprometa y dé sentido a nuestras vidas. Ni siquiera los derechos humanos cumplen este papel. Todo se ha desvirtuado y hundido. Y, además, con nuestra inconsciente participación.
La familia, el sexo, la libertad, el consumo, la igualdad, la religión, la patria, la política y el gobierno, la justicia, la propia vida humana están envueltos con el manto del disenso. ¡Vaya panorama, madre mía!
Estamos inmersos, en efecto, en un mundo muy plural. Lo cierto es que -hoy por hoy- las concepciones sobre lo bueno y lo malo son muy distintas en las más diversas cuestiones. Se han hecho grandes esfuerzos por fijar prioridades. Probablemente lleve razón Salvador Pániker cuando expresa sus dudas sobre la posibilidad de establecer o lograr una salida válida por la vía de los principios universales. Ya lo había dicho –mucho antes- Montesquieu. Recordemos, a este respecto, la formulación del inefable Groucho Marx: ‘Estos son mis principios, y si a usted no le gustan, tengo otros’. ¿No será que estamos condenados a vivir en una permanente negoción y compromiso diarios?
Sospecho –frente a otras voces autorizadas- que la Iglesia católica anda metida en un mar de turbulentas dudas. Por una parte, se ha empeñado –con Juan Pablo II, sobre todo- en la restauración del pasado. En tal impulso ha tenido mucho que ver el ‘Opus Dei’. Por otra –sin abandonar la anterior-, Benedicto XVI ha dado muestras de querer atenerse al compromiso diario, a una búsqueda de un cierto consenso con el mundo actual, a convivir con el pluralismo, al menos social y político. Su posición en torno a ‘la laicidad positiva’ es una buena muestra de ello. Un paso al frente de gran trascendencia, que ha cosechado de hecho en el seno de la propia Iglesia altas dosis de incomprensión.
En este marco general, hemos de situar la reciente iniciativa papal de crear un Consejo Pontificio para la nueva evangelización. Se trata de recuperar la fe en una sociedad muy secularizada, de enfrentarse a los retos de la globalización, de la ciencia y la técnica actuales, de hacerse oír en las profundas transformaciones económicas y sociales que nos esperan, de orientar las masivas migraciones futuras. Todo ello es una realidad palpable en Europa y América del Norte. Ha puesto al frente del mismo a una persona de gran prestigio intelectual, el Arzobispo Rino Fisichella.
¡Ojalá tenga éxito! Se ha detectado el problema y no se desea permanecer encerrado –como era habitual- detrás de la muralla. Se avecina una época nueva en la que la Iglesia quiere estar presente. En esa perspectiva –ha recordado Mons Fisichella- “la Iglesia entera debe reflexionar y encontrar las formas adecuadas para renovar su anuncio ante tantos bautizados que han perdido el sentido de pertenencia a la comunidad cristiana, son víctimas del subjetivismo y se encierran en un individualismo sin responsabilidad pública y social”. ¡Suerte y al tajo!
Gregorio Delgado del Río
www.delgadoyasociados.es

viernes, 15 de octubre de 2010

UN GRAVE PROBLEMA PENDIENTE
Desde los ya lejanos años del Concilio Vaticano II, la Jerarquía católica viene llamándose andana ante un problema estructural de primer orden, que afecta a la Iglesia: el celibato sacerdotal. Diría que el transcurso del tiempo lo ha agravado todavía más. La falta de sacerdotes, en muchos países de la tierra –incluida la católica España-, es una realidad innegable. La necesidad de sacerdotes resulta cada día más acuciante. Todo el mundo lo palpa, menos, al parecer, la Jerarquía católica y las altas esferas vaticanas. ¿Por qué no se aborda de frente, con decisión y sin rodeos? ¿Por qué sigue siendo un tema ‘tabú’, ocultado bajo el manto del silencio?
Sencillamente, porque así lo quiere, desde tiempo inmemorial, la todo poderosa Curia romana, porque la Jerarquía católica es absolutamente sumisa, porque prefiere aceptar la ley del silencio y no comprometarse. Ni siquiera el Concilio permitió su tratamiento. La autoridad superior, al decir del todopoderoso Secretario general Mons Felici, lo impedía. Curiosa terminología e invocación en base a la cual se han hecho y deshecho en el Vaticano las cosas más insólitas y paradójicas. Lo cierto es que para el Concilio no mereció de hecho ni una sola palabra.
Es más, como ha subrayado Hans Küng, “sin consultar a los obispos, o sea, en claro menosprecio de la colegialidad que tan solemnemente había proclamado el concilio, el papa Pablo VI, de nuevo comprometido sin reservas con la línea de la Curia, promulga el 24 de junio de 1967 una gran encíclica ... a favor del celibato: Sacerdotalis caelibatus”.
¡Se acabó! ¡Ya no existía el problema!
Sin embargo –a pesar del documento papal y de la doctrina oficial-, la realidad era y sigue siendo muy diferente. Las deserciones se multiplicaron y las vocaciones bajaron en picado. Y ahí permanecen. Son muchos los creyentes y los sacerdotes que se preguntan por qué ha de permanecer una disciplina medieval, por qué no se valora su armonía con el evangelio, por qué no se tiene en cuenta su contradicción con el derecho del hombre al matrimonio, por qué el pueblo fiel se ha de ver privado de atención pastoral, por qué se mira hacia otro lado cuando se habla de cómo vive el clero católico su celibato.
Gregorio Delgado del Río
WWW.delgadoyasociados.es

domingo, 10 de octubre de 2010

EL ORDEN RELIGIOSO DEL FUTURO
Todas las religiones han tenido, a partir del advenimiento de la modernidad, que afrontar muy difíciles cuestiones de adaptación. Este reto singular ha puesto a prueba su fidelidad al mensaje revelado que dicen transmitir y su eficacia en el servicio al hombre, a quien quieren salvar. Es más, en el cristianismo y en el islamismo –por referirnos a las dos más significativas- este enfrentamiento se ha agigantado en la ‘posmodernidad’ y en la actual ‘ultramodernidad’.
Las preguntas básicas que reclaman una respuesta clara y precisa han sido formuladas por Hans Küng en su referencia a la ‘sari’a en los términos siguientes: “¿Puede ser una religión todavía hoy un sistema omnímodo de normas que regule hasta los más mínimos detalles de la vida? ¿Puede ser el islam un ‘camino total’ revelado por Dios para el conjunto de la vida intelectual, cultural social, política y económica?¿Pueden representar los mandamientos de Dios un ‘sistema’ que penetre en todos los ámbitos específicos de la vida y en el que la religión esté por completo entrelazada con la economía, la política y la cultura?”.
Si se piensa un poco en las preguntas del gran teólogo suizo –injustamente menospreciado en la Iglesia católica- y la respuesta práctica que vienen dando las diferentes religiones, se advertirá de inmediato las dificultades que todas ellas han encontrado y encuentran para sobrevivir
y cohabitar en un mundo muy secularizado. Ya sé que las dificultades son muy distintas en cada religión por su singular posicionamiento histórico, por su específica evolución frente al problema de la relaciones entre fe y razón y por la diferente manera de aproximarse al tema en la civilización occidental y en el resto del mundo. Es más, cada día se advierte un posicionamiento del cristianismo, cada día más doctrinario y fundamentalista respecto de la acción política, social, económica y cultural de la sociedad.
Dicho de una manera más inteligible: en el mundo occidental, el cristianismo romano está empeñado en recuperar un liderazgo protagonista en todos los aspectos de la vida y muestra una gran resistencia a aceptar la laicidad (neutralidad) del Estado. Todo lo ve e interpreta, a veces, en términos de sectarismo anticlerical. Parece como si anhelara el orden medieval.
LA LEY IGUAL PARA TODOS
Una de las polémicas más vivas de las últimas semanas ha girado en torno a dos hechos frente a los cuales el ‘establishment’ occidental, acoquinado por el miedo, ha vuelto a emplear un doble rasero de medir. Nos referimos a la construcción de un Centro religioso-cultural musulmán en la Zona Cero y la intención del pastor Terry Jones de conmemorar el 11-S con la quema del Corán. La opinión pública mundial –convenientemente desinformada por los medios de comunicación que no quieren salir de la corrección política- se ha limitado, en general, a seguir a sus líderes políticos.
Parece que seguimos condenados a no entender las cosas. Son posibles, en efecto, todos los debates imaginables. Caben las posiciones más encontradas. Pueden expresarse opiniones para todos los gustos. Pero, sobre todo, deberíamos atenernos a la Ley, igual para todos, máxime en su máxima manifestación constitucional. La libertad religiosa –hoy por hoy- es, en la civilización occidental, un principio organizador de la convivencia democrática (a la vez que un derecho fundamental de todos y cada uno de los ciudadanos y de los grupos en que se aglutinan) de carácter inquebrantable y del que jamás hay que abdicar. Al contrario, se ha de propugnar y exigir, en la convivencia ordinaria y en la vida real, de manera radical, sin tolerancia alguna. La consecuencia es clara: los fieles de cualquier religión pueden construir sus templos donde lo estimen conveniente, siempre y cuando cumplan los requisitos urbanísticos y administrativos que exige la ley. No hay más discusión. No es una cuestión de tolerancia, ni de diálogo inter religioso ni de civilizaciones. Los musulmanes son también ciudadanos y pueden ejercer sus derechos en igualdad de condiciones con el resto de fieles de otras religiones. Construir un lugar de oración es sencillamente un derecho.
También Terry Jones –como cualquier otro ciudadano- tiene el derecho de amenazar y quemar el Corán. No es una actitud adornada por la prudencia, la tolerancia o la conveniencia. Pero es y forma parte del contenido de la libertad de expresión. Podrá gustar más o menos. Pero, sería la expresión del ejercicio de un derecho o libertad garantizada constitucionalmente.
Cosa muy diferente es lo que, en tales Centros de oración, se pueda enseñar o a lo que se pueda incitar. La experiencia nos enseña al respecto que el Estado no puede ni debe llamarse andana. Muy al contrario, ha de estar en permanente vigilancia y exigir el cumplimiento de la legalidad vigente. Ya se han cometido y se vienen cometiendo –sobre todo en España- suficientes errores. No tiene sentido alguno actuar bajo el miedo o con la idea de evitar contrariar al mundo del radicalismo islamista. Pensar –como es habitual en Occidente- que de este modo no seremos víctimas del terrorismo islamista es de una ingenuidad supina. Los hechos, en este sentido, son incontestables. No partir de ellos es la expresión suprema de una gran irresponsable estupidez.
Occidente, al valorar los hechos referenciados con un doble rasero, ha vuelto a evidenciar que no ha aprendido la lección de los hechos. Es urgente un cambio de política al respecto. Después no valdrán las lamentaciones. ¡Que todos, con independencia de la religión que profesemos, respetemos y cumplamos la misma legalidad!