LA TIRANÍA DE LA HUMANIDAD
Hace unos días, los medios de comunicación nos ofrecían un variado, pero anticuado desayuno. El maestro cocinero que lo confeccionaba era Gaspar Llamazares. En realidad, era lo de siempre: sectarismo, anticlericalismo, irracionalidad, mínima sensibilidad por las libertades de quienes no piensan igual, progreso congrejil.
Ante la toma de posición de la Comisión permanente de la Conferencia episcopal respecto de las próximas elecciones generales, reprochaba a ZP que eso le pasaba por no haber propiciado, en la pasada legislatura, la laicidad del Estado. Me temo que el Sr. Llamazares, como el resto de la izquierda que nos gobierna, ignore totalmente qué es eso de la laicidad. Si lo supiese no diría tales tonterías. ¡Esto es lo que hay!
Es opinable si ZP, a lo largo de estos cuatro últimos años, ha adoptado frente al hecho religioso la postura propia de un Estado inspirado en la laicidad o, más bien, en un trasnochado laicismo. Ya saben que la diferencia es notabilísima. Se trataría de situar a la izquierda en los finales del s. XIX (laicismo) o en los tiempos postmodernos (laicidad). Probablemente, no quepa otra perspectiva que la de subrayar una tendencia. Esta, en el gobierno ZP, se escora claramente al laicismo caduco y trasnochado, por mucho que hablen de progreso. Lo cual, dicho con palabras de Vargas Llosa, “… es la más peligrosa de las mentiras”.
Lo que nadie duda es que, en cualquier Estado en que la laicidad se haya consolidado, los Obispos, como cualquier otro grupo organizado, de inspiración religiosa o no, gozan de libertad para opinar sobre cualquier tema que se debata en la plaza pública. ¡No faltaba más! Lo político no es exclusivo de la clase política. Eso es lo que le gustaría a cierta clase política. Cualquier tema que interesa a la ciudadanía, incluido el terrorismo, puede y debe ser debatido, máxime en periodo electoral. ¿Por qué no? Laicidad es garantía de libertad, es neutralidad, igualdad de trato, valoración positiva de lo religioso
Puede que lo que los Obispos han dicho en esta ocasión no guste a la izquierda más radicalizada. Pero deberíamos reconocer, al mismo tiempo, que la sociedad española presenta ahora rasgos especialmente inquietantes. La pasada legislatura no ha sido precisamente modélica. El futuro inmediato se atisba con preocupación. Más que nunca es necesaria la participación de todos, el debate público, la opinión de los contrarios. ¿A qué viene, entonces, armar tanta algarabía? ¡Qué lejos estamos de comportarnos con talante democrático!
En una democracia consolidada, la clase política no debería inmutarse lo más mínimo por estos debates, ni obstaculizarlos ni reaccionar ante ellos con histerismo y con amenazas. Al contrario, deberían ser recibidos con toda naturalidad. Incluso, aplaudidos pues concurren, en la plaza pública, a conformar opiniones fundadas. ¿No decimos que la sociedad española es muy plural? No se ve que lo compartan los pontífices de la izquierda. En cualquier país laico, la opinión de los Obispos sería respetada, tolerada e, incluso, puede que pasase inadvertida. ¿Por qué tenemos que seguir siendo diferentes?
Mucho me temo que lo que, en realidad, propicia Llamazares –y el PSOE dada su histriónica y poco democrática reacción- es el laicismo: volver al s. XIX, perseguir lo religioso, eliminar la libertad, actuar sectariamente, acallar al disidente, imponer el pensamiento único, dirigir las conciencias, silenciar a los grupos religiosos.
Para ello –mucho me temo que sea así- nada más útil que un sistema educativo ineficaz como el que se empeña en imponer la izquierda, productor a mansalva de analfabetos funcionales, de verdaderos ignorantes. Me parece oportuno recordar, a este propósito, un dicho del gran Vargas Llosa, absolutamente confirmado por la experiencia diaria, a saber: “… la tiranía de la humanidad es la ignorancia” (Vargas Llosa).
viernes, 22 de febrero de 2008
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