LA JUSTICIA DE PERALVILLO
He asistido recientemente a dos hombres y padres, que habían sido denunciados por sus respectivas mujeres por un presunto delito de injurias y coacciones. En ambos casos, se les puso en libertad y se procedió al archivo de las actuaciones. Todo quedó, efectivamente, en agua de borraja. Pero -eso sí- tuvieron que pasar la noche en los sótanos del respectivo Cuartel de la Guardia civil. Tuvieron que aceptar la vergüenza de verse detenidos ante los suyos, ante sus amigos, ante sus empleados.
Se trata, como es fácilmente imaginable, de una experiencia nada recomendable, perfectamente evitable en muchos casos, claramente injusta en otros tantos y que suele dejar una profunda huella en quien la padece. Difícilmente, según cuentan quienes han padecido tanto celo legal, se olvida. Pero, sobre todo, se corre el riesgo de alimentar la venganza como modo de ‘justicia salvaje’, que dijo Francis Bacón. O, lo que todavía es más grave, se impulsa con ello querer siempre “tener abierta la herida” (Claudio Magris).
Quienes estamos diariamente en contacto con la tragedia de muchas familias rotas, apreciamos las nefastas consecuencias de tan grave error. Todos –desde el legislador a la esposa y mujer que denuncia- deberíamos ser conscientes de lo miserablemente que, a veces, se comporta el ser humano. No se trata de justificar el maltrato ni mucho menos. Se trata de proporcionalidad. Se trata de no evitar los mosquitos a cañonazos. Se trata de evitar que el derecho penal se erija en instrumento de contención de la mala educación en la pareja. Cuando se olvidan tan elementales criterios, cuando se privilegian posiciones de modo tan indiscriminado, cuando se pierde el sentido de la equidad y la proporción, el supuesto remedio suele ser peor que la enfermedad. ¿Cómo, después de tanto embrollo innecesario, se va a poder organizar con sensatez y respeto el futuro familiar?
La experiencia me enseña que, en tan tristes situaciones, el trato que el detenido recibe de la Guardia civil o de la Policía es exquisito y respetuoso. Ellos cumplen su función y, salvo excepciones, bastante bien. No suelen meterse en camisa de once varas. No suelen sustituir al Juez ni emitir juicios de valor. Alguien, sin embargo, debiera preguntarse por qué, ante la denuncia de una mujer, se suele proceder de tal forma que el denunciado tenga que pasar, de modo innecesario e inevitable, la noche en el calabozo. ¿No es posible idear otro modo de garantizar su presencia ante el Juez? ¿Acaso todos los hechos que pueden denunciarse se enmarcan en las mismas coordenadas de presunta gravedad? La privación de libertad de cualquier persona, aunque se solamente por unas horas, me parece un hecho en sí mismo grave e irreparable. ¿Se tiene en cuenta siempre que, a veces, la denuncia de una mujer busca objetivos inconfesables, como acredita la misma práctica de los Tribunales? ¿Cuántas veces el Ministerio Fiscal actúa, ante el hecho de una denuncia falsa, frente a la denunciante?
Creo, con sinceridad, que urge revisar el modo en que se realizan estas actuaciones. Estoy convencido que es más cómodo adscribirse a la corrección femenina. Pero, no dudo lo más mínimo que, en muchos casos, se están cometiendo injusticias manifiestas. Es cierto que amparadas en la legalidad vigente. Pero, ello ni sirve de consuelo ni libera a las situaciones del apelativo de obscenas, ni ayuda a caminar por la senda correcta. Más bien, todo lo contrario. Suele exacerbar al varón, que se siente injustamente maltratado por todos. Incluso por quienes están para tutelar sus derechos, que también los tiene.
Ninguno de estos denunciados se habría negado a comparecer en el Juzgado respectivo, a la hora citada, en el mismo día o al día siguiente. ¿Por qué, entonces, hacerles pasar por la vergüenza de una detención que, al día siguiente, se manifiesta carente de todo fundamento? Decididamente las cosas se pueden y se deben hacer de otro modo. De lo contrario, corremos el riesgo de la justicia de Peralvillo, que “ahorcado el hombre, hacíale pesquisas del delito”.
Gregorio Delgado del Río
domingo, 30 de noviembre de 2008
APOYO EN LO CIERTO
Con motivo del Día internacional de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, se ha vuelto a poner de manifiesto que “la mentira suele buscar apoyo en lo cierto para atacar la verdad”. La ministra de igualdad, Bibiana Aído, se ha servido del dato cierto de las mujeres muertas en lo que va de año –exactamente, cincuenta y siete- para faltar a la verdad, para insistir en verdades parciales, para no afrontar la realidad, para ocultar su ineficacia, para ocultar el fracaso con más propaganda.
Todos compartidos el mensaje de esperanza a las víctimas del maltrato. Efectivamente, ‘de la violencia de género se puede salir’. Pero, para ello –esto lo oculta y, en consecuencia, manipula la realidad- habría que hablar sin tapujos del fracaso de la propia Ley y preguntarse críticamente el por qué del mismo. Se vendió, como cosa cierta, que con ella se iba a erradicar la violencia en el hogar familiar. Sin embargo, la estadística demuestra lo contrario: ha ido en aumento. ¿Qué se está haciendo mal para cosechar tales frutos?
Desde que se impulsó –a partir de la imposición de la corrección femenina de claro signo totalitario- Ley contra la violencia de género no se ha querido reconocer la realidad que manifiesta su aplicación efectiva. Se ha insistido, por el contrario, en el error y en él se permanece. Se sigue justificando el privilegio y la discriminación. Se sigue, en más casos de los que sería deseable, exasperando al varón y otorgándole un trato injusto y, a veces, vejatorio. Se sigue con un diagnóstico erróneo, que no se quiere rectificar. Se sigue confiando todo –hasta la mala educación- a la Ley penal y a su correspondiente justicia, sin querer aprender la lección de que se está incurriendo en un flagrante error de concepto y de método. Se sigue sin realizar una auténtica política de prevención y sin poner recursos humanos y materiales. Se sigue desoyendo la voz cuyo eco resuena hasta en los propios locales y entre los empleados de los Juzgados de violencia de género: muchas denuncias son falsas y sólo buscan presionar en orden a las medidas civiles propias de cualquier divorcio.
A la vista del sesgo que ha tomado el tratamiento de tan grave cuestión –por parte de los poderes públicos, los medios de comunicación y el feminismo militante-, uno tiene la impresión de que se rehuye abordarla por derecho y ateniéndose a la realidad, por cruda y acusadora, que sea. Se tiene miedo a hablar, entre otras cosas, de cómo se constituye la pareja, del grado de madurez con que se llega y se permanece en ella, de quién detenta realmente el poder y de cómo lo ejerce, de la capacidad de manipulación, de la fuerza y la debilidad de sus componentes. Es más cómodo –infinitamente más- mirar para otro lado, tomar un aspecto parcial de la realidad –el machismo-, instalarlo en la corrección política y, a partir de semejante falsedad, obtener claras y privilegiadas ventajas así como realizar lo que supuestamente se condena. Una verdadera obscenidad
Igualmente, todos compartidos, con la Sra Ministra, que ‘no podemos callar frente a la violencia que se ejerce sobre las mujeres’. Sin duda alguna. Tampoco podemos callar cuando se ejerce sobre los hombres, sobre los niños, sobre los ancianos. La ejerza quien la ejerza. Tampoco podemos callar cuando la violencia la ejerce la mujer. Esto último, suele callarse, silenciarse o denunciarse con la boca pequeña y cuando no se tiene más remedio. ¿Cómo justificar tal diferencia de trato y de reacción frente a la violencia?
A este respecto recuerdo una atinadísima reflexión del maestro Ortega: “Y advertir que no basta con que se puedan decir alguna verdades, porque es menester decir la verdad toda, y la verdad parcial es una forma de falsedad, lo mismo que ocurre con la verdad mal entendida”.
Con motivo del Día internacional de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, se ha vuelto a poner de manifiesto que “la mentira suele buscar apoyo en lo cierto para atacar la verdad”. La ministra de igualdad, Bibiana Aído, se ha servido del dato cierto de las mujeres muertas en lo que va de año –exactamente, cincuenta y siete- para faltar a la verdad, para insistir en verdades parciales, para no afrontar la realidad, para ocultar su ineficacia, para ocultar el fracaso con más propaganda.
Todos compartidos el mensaje de esperanza a las víctimas del maltrato. Efectivamente, ‘de la violencia de género se puede salir’. Pero, para ello –esto lo oculta y, en consecuencia, manipula la realidad- habría que hablar sin tapujos del fracaso de la propia Ley y preguntarse críticamente el por qué del mismo. Se vendió, como cosa cierta, que con ella se iba a erradicar la violencia en el hogar familiar. Sin embargo, la estadística demuestra lo contrario: ha ido en aumento. ¿Qué se está haciendo mal para cosechar tales frutos?
Desde que se impulsó –a partir de la imposición de la corrección femenina de claro signo totalitario- Ley contra la violencia de género no se ha querido reconocer la realidad que manifiesta su aplicación efectiva. Se ha insistido, por el contrario, en el error y en él se permanece. Se sigue justificando el privilegio y la discriminación. Se sigue, en más casos de los que sería deseable, exasperando al varón y otorgándole un trato injusto y, a veces, vejatorio. Se sigue con un diagnóstico erróneo, que no se quiere rectificar. Se sigue confiando todo –hasta la mala educación- a la Ley penal y a su correspondiente justicia, sin querer aprender la lección de que se está incurriendo en un flagrante error de concepto y de método. Se sigue sin realizar una auténtica política de prevención y sin poner recursos humanos y materiales. Se sigue desoyendo la voz cuyo eco resuena hasta en los propios locales y entre los empleados de los Juzgados de violencia de género: muchas denuncias son falsas y sólo buscan presionar en orden a las medidas civiles propias de cualquier divorcio.
A la vista del sesgo que ha tomado el tratamiento de tan grave cuestión –por parte de los poderes públicos, los medios de comunicación y el feminismo militante-, uno tiene la impresión de que se rehuye abordarla por derecho y ateniéndose a la realidad, por cruda y acusadora, que sea. Se tiene miedo a hablar, entre otras cosas, de cómo se constituye la pareja, del grado de madurez con que se llega y se permanece en ella, de quién detenta realmente el poder y de cómo lo ejerce, de la capacidad de manipulación, de la fuerza y la debilidad de sus componentes. Es más cómodo –infinitamente más- mirar para otro lado, tomar un aspecto parcial de la realidad –el machismo-, instalarlo en la corrección política y, a partir de semejante falsedad, obtener claras y privilegiadas ventajas así como realizar lo que supuestamente se condena. Una verdadera obscenidad
Igualmente, todos compartidos, con la Sra Ministra, que ‘no podemos callar frente a la violencia que se ejerce sobre las mujeres’. Sin duda alguna. Tampoco podemos callar cuando se ejerce sobre los hombres, sobre los niños, sobre los ancianos. La ejerza quien la ejerza. Tampoco podemos callar cuando la violencia la ejerce la mujer. Esto último, suele callarse, silenciarse o denunciarse con la boca pequeña y cuando no se tiene más remedio. ¿Cómo justificar tal diferencia de trato y de reacción frente a la violencia?
A este respecto recuerdo una atinadísima reflexión del maestro Ortega: “Y advertir que no basta con que se puedan decir alguna verdades, porque es menester decir la verdad toda, y la verdad parcial es una forma de falsedad, lo mismo que ocurre con la verdad mal entendida”.
viernes, 21 de noviembre de 2008
DERECHO DE ADMISIÓN
Siempre he tenido claro que el ‘lobby feminista’ ponía en práctica, entre otras cosas poco recomendables, el derecho de admisión. Su vinculación y dependencia respecto de las opciones políticas de izquierda es manifiesta. Su complicidad con el Gobierno de ZP no ofrece dudas. Su protagonismo en alguna de las más frustrantes reformas legales (violencia de género, guarda compartida) fue elocuente. Sus planteamientos, en consecuencia, aparecen siempre coloreados por la opción política que representa la izquierda que ahora nos gobierna. Ello explica, entre otros motivos, que muchas mujeres no compartan sus ideales sino que los consideran incompatibles con la dignidad femenina.
Hace unos días Edurne Uriarte glosaba una realidad puesta de manifiesto –una vez más- en relación con Sarah Palin, la candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos con el republicano John McCain. Decía así: “Y es que no quieren admitirla en el club. Ni en el de las feministas ni en el de las mujeres de referencia para la lucha por la igualdad. Porque es de derechas, porque tras sus partos volvió inmediatamente al trabajo sin acogerse a los permisos de maternidad”. En definitiva, porque –dicen- no es de las nuestras. Se entiende, políticamente hablando.
Bien mirado, tal actitud excluyente parece una sandez, una estupidez, reveladora, por otra parte, de un grado notable de ignorancia. Uno tiene la impresión ante tales paridas que se ignora incluso el sentido mismo de la lucha por la dignidad de la mujer. Uno siempre ha creído que merecía la pena trabajar para que fuese realidad la igualdad efectiva de todos los seres humanos, también de la mujer tan discriminada y esclavizada durante siglos enteros. Uno siempre ha pensado que merecía la pena luchar por hacer realidad la autonomía individual y personal de la mujer, su independencia de criterio, su participación, en igualdad de condiciones, en cualquier actividad social, incluida la acción política y el gobierno de los pueblos, su derecho al trabajo también en igualdad de condiciones y de remuneración, su protagonismo decisorio en la familia y en la empresa. Todo ello basado, única y exclusivamente, en la igual condición de todos los seres humanos.
¿Qué viene ocurriendo, sin embargo, en estos últimos tiempos? Algo muy sencillo. El feminismo militante se ha dejado manipular y utilizar por la clase política. Se ha creído a pie juntillas que el poder político, a cambio del voto incondicional, resolvería a la mujer sus problemas, daría satisfacción plena a sus anhelos, la situaría en el lugar que le corresponde sin esfuerzo alguno, pondría firme al dominante varón, le garantizaría la felicidad. Craso error.
El poder político –como contraprestación a la promesa de satisfacer las llamadas ‘equivalencias’ feministas- le ha exigido apoyar otras muchas cosas que poco o nada tienen que ver con la dignidad de la mujer: el aborto libre, la ideología de género, el suicidio asistido, el matrimonio entre homosexuales, la antiglobalización, el ecologismo, etc. etc. Ha caído en la trampa tendida y lo ha metido en el saco de la corrección política y femenina. Toda mujer, por tanto, que no comparta semejante cóctel no es admitida en el club de quienes se permiten la osadía de repartir el carnet de identidad femenina.
Como no era pensable otra cosa –a partir de tan raquítica visión-, en el pecado llevan la penitencia. Como recuerda muy bien Edurne Uriarte, “… al feminismo le han salido unas hijas no deseadas y, sin embargo, perfectas. Mujeres que representan todo lo que el feminismo deseó”. Una vez más, en definitiva, se demuestra que la realidad es, como dijo Papini, “hollejos, cáscaras, vestidos, máscaras…”. Pero, “las cáscaras caen, uno se quita los vestidos, las máscaras se apagan…”. Superficialidad, carencia de identidad, ausencia de verdad. Una verdadera pena.
Gregorio Delgado del Río
Siempre he tenido claro que el ‘lobby feminista’ ponía en práctica, entre otras cosas poco recomendables, el derecho de admisión. Su vinculación y dependencia respecto de las opciones políticas de izquierda es manifiesta. Su complicidad con el Gobierno de ZP no ofrece dudas. Su protagonismo en alguna de las más frustrantes reformas legales (violencia de género, guarda compartida) fue elocuente. Sus planteamientos, en consecuencia, aparecen siempre coloreados por la opción política que representa la izquierda que ahora nos gobierna. Ello explica, entre otros motivos, que muchas mujeres no compartan sus ideales sino que los consideran incompatibles con la dignidad femenina.
Hace unos días Edurne Uriarte glosaba una realidad puesta de manifiesto –una vez más- en relación con Sarah Palin, la candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos con el republicano John McCain. Decía así: “Y es que no quieren admitirla en el club. Ni en el de las feministas ni en el de las mujeres de referencia para la lucha por la igualdad. Porque es de derechas, porque tras sus partos volvió inmediatamente al trabajo sin acogerse a los permisos de maternidad”. En definitiva, porque –dicen- no es de las nuestras. Se entiende, políticamente hablando.
Bien mirado, tal actitud excluyente parece una sandez, una estupidez, reveladora, por otra parte, de un grado notable de ignorancia. Uno tiene la impresión ante tales paridas que se ignora incluso el sentido mismo de la lucha por la dignidad de la mujer. Uno siempre ha creído que merecía la pena trabajar para que fuese realidad la igualdad efectiva de todos los seres humanos, también de la mujer tan discriminada y esclavizada durante siglos enteros. Uno siempre ha pensado que merecía la pena luchar por hacer realidad la autonomía individual y personal de la mujer, su independencia de criterio, su participación, en igualdad de condiciones, en cualquier actividad social, incluida la acción política y el gobierno de los pueblos, su derecho al trabajo también en igualdad de condiciones y de remuneración, su protagonismo decisorio en la familia y en la empresa. Todo ello basado, única y exclusivamente, en la igual condición de todos los seres humanos.
¿Qué viene ocurriendo, sin embargo, en estos últimos tiempos? Algo muy sencillo. El feminismo militante se ha dejado manipular y utilizar por la clase política. Se ha creído a pie juntillas que el poder político, a cambio del voto incondicional, resolvería a la mujer sus problemas, daría satisfacción plena a sus anhelos, la situaría en el lugar que le corresponde sin esfuerzo alguno, pondría firme al dominante varón, le garantizaría la felicidad. Craso error.
El poder político –como contraprestación a la promesa de satisfacer las llamadas ‘equivalencias’ feministas- le ha exigido apoyar otras muchas cosas que poco o nada tienen que ver con la dignidad de la mujer: el aborto libre, la ideología de género, el suicidio asistido, el matrimonio entre homosexuales, la antiglobalización, el ecologismo, etc. etc. Ha caído en la trampa tendida y lo ha metido en el saco de la corrección política y femenina. Toda mujer, por tanto, que no comparta semejante cóctel no es admitida en el club de quienes se permiten la osadía de repartir el carnet de identidad femenina.
Como no era pensable otra cosa –a partir de tan raquítica visión-, en el pecado llevan la penitencia. Como recuerda muy bien Edurne Uriarte, “… al feminismo le han salido unas hijas no deseadas y, sin embargo, perfectas. Mujeres que representan todo lo que el feminismo deseó”. Una vez más, en definitiva, se demuestra que la realidad es, como dijo Papini, “hollejos, cáscaras, vestidos, máscaras…”. Pero, “las cáscaras caen, uno se quita los vestidos, las máscaras se apagan…”. Superficialidad, carencia de identidad, ausencia de verdad. Una verdadera pena.
Gregorio Delgado del Río
domingo, 2 de noviembre de 2008
A UN NIVEL SUPERIOR DE REALIZACIÓN
La crisis económica –quizás la más grave de la historia- ya no es negada por nadie. Ni siquiera por ZP. Ha penetrado con cierto sigilo en nuestro entorno vital y estamos condenados a vivir con ella durante unos cuantos años. Se mintió con vileza al pueblo y éste, en un ejercicio irresponsable de sus derechos, se lo trago absolutamente todo. Ahora, al no prestarle la atención que exigía en sus inicios, deberemos soportar una afrenta más duradera y dolorosa.
Frente a tan traumática y decepcionante realidad, la corrección política está empeñada en hacernos creer que estamos ante un problema de naturaleza estrictamente económica y financiera, cuya ‘culpa’ original se encuentra en la otra ribera del Atlántico. Una vez más, corremos el riesgo de tropezar en la misma piedra y no enterarnos de la trampa que nos tienden. No se nos ocurrirá, ni por asombro, buscar la ‘culpa’ de nuestros males dentro de nosotros mismos. Daremos por buena –no faltaba más- la versión zapateril según la cual la culpa del paro creciente en España es de Bush. ¡Buen pelo nos va a lucir!
Sin embargo, a poco que profundicemos sobre los sucesos que nos envuelven, a poco que busquemos su comprensión y no rehuyamos su entendimiento, advertiremos de inmediato que nos enfrentamos a un problema que es preciso situar en un plano o nivel muy distinto del económico. Más allá de las circunstancias puntuales que se hayan dado cita, más allá del fallo clamoroso de los controles previstos, más allá de la ingerencia de lo político en los órganos de gestión, existen unas causas, unos motivos, unas razones que se sitúan, a mi entender, en un orden superior, diferente y mucho más profundo. Las cosas, en cualquier orden de la vida, no suceden porque sí. Todo tiene su razón de ser, su explicación, su causa. Todo tiene que ver o es fruto de nuestra alma creadora. No entenderlo así significará errar en el diagnóstico y, en consecuencia, hacer inviable la solución apropiada.
Desde esta perspectiva analítica, creo sinceramente que el llamado mundo occidental –por supuesto, también España- está inmerso en una auténtica crisis moral. Aquí es donde le duele, aunque prefiramos mirar para otro lado. El sistema de valores que ha servido de argamasa social desde inicios del s. XX se ha corrompido. Muchas de las ideas -que han venido aceptándose como dogmas progresistas en la cultura occidental- han llegado, a los albores del s. XXI, convertidas en una pandemia social. Todas las ideologías mesiánicas han sido falsas. Lo evidente, después de tanto sufrimiento, de tanta deshumanización, de tantos dioses falsos, es que está pendiente la verdadera revolución. Como ya ocurrió en otros momentos de nuestra historia, se ha hecho evidente que el mundo en el que nos ha tocado vivir está en ruina. Para salvarnos, debemos construir otro nuevo y diferente.
Por hoy, nos basta con la anterior reflexión. Si afrontamos la situación con coherencia, debemos entender la intuición de Louise L. Hay para quien “cada problema con que me enfrento me lleva a un nivel superior de realización”.
Gregorio Delgado del Río
La crisis económica –quizás la más grave de la historia- ya no es negada por nadie. Ni siquiera por ZP. Ha penetrado con cierto sigilo en nuestro entorno vital y estamos condenados a vivir con ella durante unos cuantos años. Se mintió con vileza al pueblo y éste, en un ejercicio irresponsable de sus derechos, se lo trago absolutamente todo. Ahora, al no prestarle la atención que exigía en sus inicios, deberemos soportar una afrenta más duradera y dolorosa.
Frente a tan traumática y decepcionante realidad, la corrección política está empeñada en hacernos creer que estamos ante un problema de naturaleza estrictamente económica y financiera, cuya ‘culpa’ original se encuentra en la otra ribera del Atlántico. Una vez más, corremos el riesgo de tropezar en la misma piedra y no enterarnos de la trampa que nos tienden. No se nos ocurrirá, ni por asombro, buscar la ‘culpa’ de nuestros males dentro de nosotros mismos. Daremos por buena –no faltaba más- la versión zapateril según la cual la culpa del paro creciente en España es de Bush. ¡Buen pelo nos va a lucir!
Sin embargo, a poco que profundicemos sobre los sucesos que nos envuelven, a poco que busquemos su comprensión y no rehuyamos su entendimiento, advertiremos de inmediato que nos enfrentamos a un problema que es preciso situar en un plano o nivel muy distinto del económico. Más allá de las circunstancias puntuales que se hayan dado cita, más allá del fallo clamoroso de los controles previstos, más allá de la ingerencia de lo político en los órganos de gestión, existen unas causas, unos motivos, unas razones que se sitúan, a mi entender, en un orden superior, diferente y mucho más profundo. Las cosas, en cualquier orden de la vida, no suceden porque sí. Todo tiene su razón de ser, su explicación, su causa. Todo tiene que ver o es fruto de nuestra alma creadora. No entenderlo así significará errar en el diagnóstico y, en consecuencia, hacer inviable la solución apropiada.
Desde esta perspectiva analítica, creo sinceramente que el llamado mundo occidental –por supuesto, también España- está inmerso en una auténtica crisis moral. Aquí es donde le duele, aunque prefiramos mirar para otro lado. El sistema de valores que ha servido de argamasa social desde inicios del s. XX se ha corrompido. Muchas de las ideas -que han venido aceptándose como dogmas progresistas en la cultura occidental- han llegado, a los albores del s. XXI, convertidas en una pandemia social. Todas las ideologías mesiánicas han sido falsas. Lo evidente, después de tanto sufrimiento, de tanta deshumanización, de tantos dioses falsos, es que está pendiente la verdadera revolución. Como ya ocurrió en otros momentos de nuestra historia, se ha hecho evidente que el mundo en el que nos ha tocado vivir está en ruina. Para salvarnos, debemos construir otro nuevo y diferente.
Por hoy, nos basta con la anterior reflexión. Si afrontamos la situación con coherencia, debemos entender la intuición de Louise L. Hay para quien “cada problema con que me enfrento me lleva a un nivel superior de realización”.
Gregorio Delgado del Río
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