martes, 30 de noviembre de 2010

LA LEY IGUAL PARA TODOS
Una de las polémicas más vivas de las últimas semanas ha girado en torno a dos hechos frente a los cuales el ‘establishment’ occidental, acoquinado por el miedo, ha vuelto a emplear un doble rasero de medir. Nos referimos a la construcción de un Centro religioso-cultural musulmán en la Zona Cero y la intención del pastor Terry Jones de conmemorar el 11-S con la quema del Corán. La opinión pública mundial –convenientemente desinformada por los medios de comunicación que no quieren salir de la corrección política- se ha limitado, en general, a seguir a sus líderes políticos.
Parece que seguimos condenados a no entender las cosas. Son posibles, en efecto, todos los debates imaginables. Caben las posiciones más encontradas. Pueden expresarse opiniones para todos los gustos. Pero, sobre todo, deberíamos atenernos a la Ley, igual para todos, máxime en su máxima manifestación constitucional. La libertad religiosa –hoy por hoy- es, en la civilización occidental, un principio organizador de la convivencia democrática (a la vez que un derecho fundamental de todos y cada uno de los ciudadanos y de los grupos en que se aglutinan) de carácter inquebrantable y del que jamás hay que abdicar. Al contrario, se ha de propugnar y exigir, en la convivencia ordinaria y en la vida real, de manera radical, sin tolerancia alguna. La consecuencia es clara: los fieles de cualquier religión pueden construir sus templos donde lo estimen conveniente, siempre y cuando cumplan los requisitos urbanísticos y administrativos que exige la ley. No hay más discusión. No es una cuestión de tolerancia, ni de diálogo inter religioso ni de civilizaciones. Los musulmanes son también ciudadanos y pueden ejercer sus derechos en igualdad de condiciones con el resto de fieles de otras religiones. Construir un lugar de oración es sencillamente un derecho.
También Terry Jones –como cualquier otro ciudadano- tiene el derecho de amenazar y quemar el Corán. No es una actitud adornada por la prudencia, la tolerancia o la conveniencia. Pero es y forma parte del contenido de la libertad de expresión. Podrá gustar más o menos. Pero, sería la expresión del ejercicio de un derecho o libertad garantizada constitucionalmente.
Cosa muy diferente es lo que, en tales Centros de oración, se pueda enseñar o a lo que se pueda incitar. La experiencia nos enseña al respecto que el Estado no puede ni debe llamarse andana. Muy al contrario, ha de estar en permanente vigilancia y exigir el cumplimiento de la legalidad vigente. Ya se han cometido y se vienen cometiendo –sobre todo en España- suficientes errores. No tiene sentido alguno actuar bajo el miedo o con la idea de evitar contrariar al mundo del radicalismo islamista. Pensar –como es habitual en Occidente- que de este modo no seremos víctimas del terrorismo islamista es de una ingenuidad supina. Los hechos, en este sentido, son incontestables. No partir de ellos es la expresión suprema de una gran irresponsable estupidez.
Occidente, al valorar los hechos referenciados con un doble rasero, ha vuelto a evidenciar que no ha aprendido la lección de los hechos. Es urgente un cambio de política al respecto. Después no valdrán las lamentaciones. ¡Que todos, con independencia de la religión que profesemos, respetemos y cumplamos la misma legalidad!
SIN DEJAR MARCAS
Una vez más, nos encontramos con una actitud no tolerable de un país árabe. Los hombres, en los Emiratos Árabes Unidos, pueden golpear a sus mujeres e hijas siempre y cuando no les dejen marcas. ¡Insufrible!, que diría nuestro último premio Príncipe de las letras, el libanés Amin Maalouf.
Tal doctrina ha sido asentada al juzgar –según se relata en ‘La Gaceta’- el caso “... de un hombre declarado culpable por golpear a su mujer tan fuerte que les destrozó los dientes y el labio superior, así como a su hija de 23 años con moratones en las extremidades”. Se le impuso una multa ridícula: unos 96 €. Fue recurrida en base a que la Ley islámica (shari’a) “permite recurrir a la violencia si no se encuentra otra forma de resolver la disputa”. El Juez le dio la razón, pero dentro de ciertos límites: que la agredida no tenga marcas.
Es cierto que el Corán exhorta a los musulmanes a tratar a sus mujeres con “amor y amabilidad”. Pero, no es menos cierto que el trato a la mujer constituye una de sus tachas más negativas. Golpear a una mujer nunca puede ser una respuesta apropiada – ni, a veces, la mejor opción- para resolver ningún problema, ni familiar ni de otro tipo. Es manifiestamente contrario a la igualdad dignidad de la mujer. Es atentatorio contra los derechos humanos.
Desde esta perspectiva, no es posible tolerancia alguna ni justificar ese trato vejatorio en base a tópicos de la corrección política. Ni el multiculturalimo ni el diálogo de civilizaciones ni ninguna religión o texto –por muy sagrado que se declare- pueden esgrimirse con éxito. Quien así lo hace –como nuestro Gobierno y el partido que lo sustenta- no es progresista sino todo lo contrario. Es una verdadera obscenidad en parangón con la actitud de muchos países árabes con respecto “hacía los derechos humanos, hacía la mujer o las minorías oprimidas” (Amin Maalouf).
Si, en estos aspectos tan esenciales, los emigrantes musulmanes no se integran en Occidente, habrá que reconocer el fracaso consiguiente y que tenemos un grave problema de convivencia.