LA FE DEL CARBONERO
El martes pasado la Presidenta del PP nos pedía un acto de fe, sencilla y firme, la de los simples de corazón, la de quien no exige pruebas ni sabe de argumentos. En efecto, como Matas ‘es el pasado’ (Estarás, dixit), Ella representa y encarna el futuro. ¡Qué más quisieras, ranchera!
Me temo que le pasa como al carbonero. Al ser preguntado por el demonio acerca e lo que creía sobre Jesucristo, le respondió: Yo creo todo lo que cree la Iglesia. Y, ¿qué es eso?, volvió a inquirirle el demonio. Ella cree todo lo que creo yo –contestó el carbonero-. Aplíquese la moraleja. No olvide, sin embargo, que ya no estamos ‘en tiempos de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas …’, como escribió Cervantes. No nos tome el pelo. También Usted pertenece al pasado. Si esto es, de cara el futuro, lo que nos ofrece el PP, apaga y vámonos. No juegue con la gente ni le exija actos de fe. Todavía está a tiempo. Abra las ventanas y propicie de verdad el debate.
Publicado en “Bon Día Mallorca”, 26.03.2008, pág. 2
lunes, 31 de marzo de 2008
domingo, 16 de marzo de 2008
NO TENEMOS ARREGLO
Como decía Julián Marías, cada vez me parece más evidente que hay muchas cosas que no tienen arreglo. A veces, tal situación es predicable de una colectividad, de pueblos enteros, de la sociedad como tal. Hoy quiero reflexionar, a este respecto, sobre ciertas características de la sociedad mallorquina. Desde la perspectiva en que me sitúo, creo sinceramente que no tiene remedio porque parece empeñada en engañarse a sí misma, en vivir encantada ante la mirada del propio ombligo, en perpetuar ciertos usos y costumbres habituales en una sociedad medieval, en permanecer en la oscuridad que acompaña a su incultura, en relativizar casi todo.
Acabo de pintar un panorama que no gustará a muchos y que, incluso, puede molestar a otros tantos. Pero les confieso que es fruto del ejercicio de eso que, en esta tierra, suele usarse con cuentagotas: el pensamiento en libertad, condición indispensable de progreso y maduración social. Lo que importa ahora es buscar la razón que explique la realidad misma, entendida como ‘lo que inexorablemente se impone y con lo que tenemos que contar’, que dijo Ortega.
Pues bien, mal que nos pese, no creo equivocarme si afirmo que hay muy poca sociedad, muy poco debate de ideas en profundidad, demasiada ‘cultureta’ de patio de colegio, escasa individualidad y autonomía de criterio, muy pocos horizontes utópicos y ausencia de ética en la gestión de la cosa pública. Cuesta reconocerlo, pero es así. En este aspecto, apenas hemos avanzado. Lo que se hace, aquello en lo que se cree y lo que suele decirse (las vigencias sociales) no es el fruto de la personal elección sino el resultado funesto de la fuerza impositiva que conlleva el no atreverse a oponerse a lo política y socialmente correcto. Precisamente por ello, somos, en general, gente muy previsible en nuestro comportamiento, aunque ni siquiera nos conozcamos físicamente.
En este momento viene a mi memoria el recuerdo del hombre-masa que describiera el más grande pensador español del siglo pasado. En palabras de su más preclaro discípulo, diríamos que “…no tiene proyecto vital propio; no se exige; vive en pura inercia y a la deriva; cree que sólo tiene derechos y no obligaciones; usa de una cultura que no ha creado ni entiende, sin conciencia de los múltiples esfuerzos que ha requerido ni de su carácter inestable y problemático; su psicología es la del ‘niño mimado’ o, si se prefiere, la del ‘señorito satisfecho’ (Julián Marías). Esta caracterización podría ser completada con un puñado de calificativos, que están en el ánimo de cualquiera de nosotros.
Desde esta realidad social, con la que hay que contar en cualquier análisis minimamente serio, es más fácil acercarse a la comprensión de lo que ocurre, por ejemplo, en el mundo de la política mallorquina. Sólo una sociedad como la que hemos descrito puede acreditar suficientes tragaderas como para engullir, sin inmutarse, el monstruoso espectáculo que nos ofrece la clase política. Únicamente una ciudadanía, a quien le produce urticaria la sola mención del término ‘responsabilidad’, puede sentirse, como observó Alberto Moravia, ajena a los fracasos del Gobierno que ha votado. No es posible explicar, desde la racionabilidad, que toleremos que estén en las instituciones públicas personajes con más que dudosa competencia y con sospechas fundadas de haberse servido del poder que les dimos. ¡Sin remedio!
Confieso mi pesimismo respecto del futuro. Todo me dice que estamos abonados al progreso cangrejil. Quiero, no obstante, vislumbrar un camino para intentar el saneamiento de la sociedad, que con tantas debilidades conformamos en el quehacer diario. Este pasa por la rebeldía, por no dejarse dominar ni gobernar, por ejercitar el pensamiento, por no prestar a cualquier mequetrefe, que rellene una lista electoral, nuestra fuerza. ¿Hasta cuándo aguantaremos? ¿Será verdad que no tenemos arreglo?
Recuerdo, a este propósito, una idea que siempre ha sido uno de los motores de mi vida, aunque me ha costado bastantes disgustos. Todo un mensaje contra el ‘pasotismo’ actual:“… me he rebelado siempre, sobre todo en mi juventud, contra todo tipo de mandamientos” (H. Hesse), que, hoy día, se encarnan en el totalitarismo de la corrección social y política.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 15.03.2008, pág. 11
Como decía Julián Marías, cada vez me parece más evidente que hay muchas cosas que no tienen arreglo. A veces, tal situación es predicable de una colectividad, de pueblos enteros, de la sociedad como tal. Hoy quiero reflexionar, a este respecto, sobre ciertas características de la sociedad mallorquina. Desde la perspectiva en que me sitúo, creo sinceramente que no tiene remedio porque parece empeñada en engañarse a sí misma, en vivir encantada ante la mirada del propio ombligo, en perpetuar ciertos usos y costumbres habituales en una sociedad medieval, en permanecer en la oscuridad que acompaña a su incultura, en relativizar casi todo.
Acabo de pintar un panorama que no gustará a muchos y que, incluso, puede molestar a otros tantos. Pero les confieso que es fruto del ejercicio de eso que, en esta tierra, suele usarse con cuentagotas: el pensamiento en libertad, condición indispensable de progreso y maduración social. Lo que importa ahora es buscar la razón que explique la realidad misma, entendida como ‘lo que inexorablemente se impone y con lo que tenemos que contar’, que dijo Ortega.
Pues bien, mal que nos pese, no creo equivocarme si afirmo que hay muy poca sociedad, muy poco debate de ideas en profundidad, demasiada ‘cultureta’ de patio de colegio, escasa individualidad y autonomía de criterio, muy pocos horizontes utópicos y ausencia de ética en la gestión de la cosa pública. Cuesta reconocerlo, pero es así. En este aspecto, apenas hemos avanzado. Lo que se hace, aquello en lo que se cree y lo que suele decirse (las vigencias sociales) no es el fruto de la personal elección sino el resultado funesto de la fuerza impositiva que conlleva el no atreverse a oponerse a lo política y socialmente correcto. Precisamente por ello, somos, en general, gente muy previsible en nuestro comportamiento, aunque ni siquiera nos conozcamos físicamente.
En este momento viene a mi memoria el recuerdo del hombre-masa que describiera el más grande pensador español del siglo pasado. En palabras de su más preclaro discípulo, diríamos que “…no tiene proyecto vital propio; no se exige; vive en pura inercia y a la deriva; cree que sólo tiene derechos y no obligaciones; usa de una cultura que no ha creado ni entiende, sin conciencia de los múltiples esfuerzos que ha requerido ni de su carácter inestable y problemático; su psicología es la del ‘niño mimado’ o, si se prefiere, la del ‘señorito satisfecho’ (Julián Marías). Esta caracterización podría ser completada con un puñado de calificativos, que están en el ánimo de cualquiera de nosotros.
Desde esta realidad social, con la que hay que contar en cualquier análisis minimamente serio, es más fácil acercarse a la comprensión de lo que ocurre, por ejemplo, en el mundo de la política mallorquina. Sólo una sociedad como la que hemos descrito puede acreditar suficientes tragaderas como para engullir, sin inmutarse, el monstruoso espectáculo que nos ofrece la clase política. Únicamente una ciudadanía, a quien le produce urticaria la sola mención del término ‘responsabilidad’, puede sentirse, como observó Alberto Moravia, ajena a los fracasos del Gobierno que ha votado. No es posible explicar, desde la racionabilidad, que toleremos que estén en las instituciones públicas personajes con más que dudosa competencia y con sospechas fundadas de haberse servido del poder que les dimos. ¡Sin remedio!
Confieso mi pesimismo respecto del futuro. Todo me dice que estamos abonados al progreso cangrejil. Quiero, no obstante, vislumbrar un camino para intentar el saneamiento de la sociedad, que con tantas debilidades conformamos en el quehacer diario. Este pasa por la rebeldía, por no dejarse dominar ni gobernar, por ejercitar el pensamiento, por no prestar a cualquier mequetrefe, que rellene una lista electoral, nuestra fuerza. ¿Hasta cuándo aguantaremos? ¿Será verdad que no tenemos arreglo?
Recuerdo, a este propósito, una idea que siempre ha sido uno de los motores de mi vida, aunque me ha costado bastantes disgustos. Todo un mensaje contra el ‘pasotismo’ actual:“… me he rebelado siempre, sobre todo en mi juventud, contra todo tipo de mandamientos” (H. Hesse), que, hoy día, se encarnan en el totalitarismo de la corrección social y política.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 15.03.2008, pág. 11
viernes, 14 de marzo de 2008
CONOCER EL PROPIO ERROR
Se ha despejado la incógnita, si es que alguna vez existió. ZP, con los votos más radicales, ha sido el vencedor de las pasadas elecciones. Sin embargo –no lo duden-, mandarán los nacionalistas, como anunció Rosa Díez. Este es uno de los riesgos del futuro, que el pueblo español no ha querido ver. Pagaremos la factura. El gran perdedor, para mí, ha sido el PP. Su vocación es ser gobierno. Al no conseguirlo, ha fracasado. Y, lo ha cosechado, sobre todo, por no haber sabido sacar el partido debido a los graves errores de ZP en la pasada legislatura, por no saber hacer oposición. La consecuencia es clara: deben irse a casa. Si nos centramos ahora en Baleares, estamos en lo mismo: un nuevo fracaso. Estarás y compañeros mártires –toda una caterva infinita- ya debieron irse a casa hace tiempo. Son incapaces de hacer oposición en serio a pesar de que se la ponen como a Fernando VII. Les recuerdo esta idea de Saramago: “Y muchas veces es más importante el error que el acierto porque, si tú conoces el error, te puede ayudar a construirte”. ¿Admitirán su error? Lo dudo.
Publicado en “Bon Día”, 14-20.03.2008, pág. 2
Se ha despejado la incógnita, si es que alguna vez existió. ZP, con los votos más radicales, ha sido el vencedor de las pasadas elecciones. Sin embargo –no lo duden-, mandarán los nacionalistas, como anunció Rosa Díez. Este es uno de los riesgos del futuro, que el pueblo español no ha querido ver. Pagaremos la factura. El gran perdedor, para mí, ha sido el PP. Su vocación es ser gobierno. Al no conseguirlo, ha fracasado. Y, lo ha cosechado, sobre todo, por no haber sabido sacar el partido debido a los graves errores de ZP en la pasada legislatura, por no saber hacer oposición. La consecuencia es clara: deben irse a casa. Si nos centramos ahora en Baleares, estamos en lo mismo: un nuevo fracaso. Estarás y compañeros mártires –toda una caterva infinita- ya debieron irse a casa hace tiempo. Son incapaces de hacer oposición en serio a pesar de que se la ponen como a Fernando VII. Les recuerdo esta idea de Saramago: “Y muchas veces es más importante el error que el acierto porque, si tú conoces el error, te puede ayudar a construirte”. ¿Admitirán su error? Lo dudo.
Publicado en “Bon Día”, 14-20.03.2008, pág. 2
domingo, 9 de marzo de 2008
HUNDIMIENTO PROGRESIVO
Es habitual, ante su incapacidad para afrontar la realidad, ver a la izquierda en Mallorca acudir al viejo ideal progresista. Etiqueta mágica que asegura supuestas virtudes y, en consecuencia, merece adhesión y apoyo. Si lo pones en duda y lo discutes, te saltan al cuello los oficiantes estipendiarios de ‘la nueva religión’.
A pesar del maravilloso progreso técnico, económico y social a que hemos llegado –al menos, en esta tierra-, me parece razonable ver las cosas desde una perspectiva diferente y formular ciertas dudas que nos asaltan. No todo lo que reluce en Mallorca es precisamente oro. En la trastienda, existen muchas frustraciones, muchas perversiones, muchas obscenidades, que atormentan a sus habitantes.¿Estamos en condiciones de afrontar ese mundo oculto, de atajarlo a tiempo y de equilibrar la situación? No estoy seguro de ello. Me parece claro, en cualquier caso, que, como ha dicho Alberto Buela, el falso dios del progreso está moribundo o, al menos, es “un mito derrumbado”, que diría Humberto Eco.
Con todo, el verdadero problema -como ha recordado el autor del Manifiesto contra el progreso (Agustín López Tobajas)- quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando y que, consciente o inconscientemente, nos han conducido al actual estado de cosas. Desde esta perspectiva, es muy posible que estemos ante “una continuada decadencia”, ante “un hundimiento progresivo”. En efecto, el progreso mismo y el lado oscuro que ha generado ni han surgido por generación espontánea ni son el fruto maduro de ciertas actitudes humanas de reciente creación. Al contrario, como cualquier otro fenómeno social, viene desde muy atrás. Probablemente, desde que el hombre se sintió el centro del universo y proclamó los derechos absolutos de la diosa razón.
Quizás, ante las distintas caras del progreso logrado, pueda ser útil pensar, entre otras, en torno a la siguiente perspectiva: “Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea ‘perversión’, pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La ‘estupidez’ a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino. De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres” (López Tobajas).
Parece evidente, en efecto, que el ser humano ha enloquecido con el progreso trabajosamente logrado. Esta locura le está llevando a mirar para otro lado ante las lacras sociales que genera y, sobre todo, a rehuir el por qué y el cómo de tanto anverso obsceno. ¿Será que le aterra contemplarse como protagonista activo de tanto retroprogreso? ¿Será que se niega a extraer la sabiduría debida? Probablemente haya un poco de todo. Pero, con semejante actitud, es muy posible también que el hombre actual olvide su verdad esencial, su origen y su destino, como nos recuerda López Tobajas. A partir de tal desquiciamiento, todo es posible, por degradante que pueda parecer.
Más allá de lo mucho que se ha logrado, siguen en el aire y sin respuesta algunas otras preguntas radicales. No es tan claro –así lo ha puesto de relieve Vargas Llosa- que la “… libertad conquistada en distintos órdenes se haya traducido en una mejora sensible de la calidad de vida, en un enriquecimiento de la cultura que llega a todo el mundo, o, por lo menos, a la gran mayoría”. Tal reproche le viene como anillo al dedo a la sociedad balear. Ésta acredita un gran avance económico, pero no así en cultura, conocimiento y libertad. Estamos donde siempre.
Pero, sobre todo, al decir del gran crítico literario Harold Bloom, el progreso nos puede proporcionar una tecnología, “… pero cada vez menos conocimiento de nosotros mismos”. ¡A esto se le llama sabiduría1 Si esto es así, podemos estar incurriendo en una gran ‘estupidez’: apartarnos de lo que otorga sentido a nuestro ser mismo y a nuestra existencia.
Al empeñarnos en no querer verlo, seguimos por la senda perversa del hundimiento progresivo, que nos acerca ya al precipicio existencial.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 8.03.2007, pág. 11
Es habitual, ante su incapacidad para afrontar la realidad, ver a la izquierda en Mallorca acudir al viejo ideal progresista. Etiqueta mágica que asegura supuestas virtudes y, en consecuencia, merece adhesión y apoyo. Si lo pones en duda y lo discutes, te saltan al cuello los oficiantes estipendiarios de ‘la nueva religión’.
A pesar del maravilloso progreso técnico, económico y social a que hemos llegado –al menos, en esta tierra-, me parece razonable ver las cosas desde una perspectiva diferente y formular ciertas dudas que nos asaltan. No todo lo que reluce en Mallorca es precisamente oro. En la trastienda, existen muchas frustraciones, muchas perversiones, muchas obscenidades, que atormentan a sus habitantes.¿Estamos en condiciones de afrontar ese mundo oculto, de atajarlo a tiempo y de equilibrar la situación? No estoy seguro de ello. Me parece claro, en cualquier caso, que, como ha dicho Alberto Buela, el falso dios del progreso está moribundo o, al menos, es “un mito derrumbado”, que diría Humberto Eco.
Con todo, el verdadero problema -como ha recordado el autor del Manifiesto contra el progreso (Agustín López Tobajas)- quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando y que, consciente o inconscientemente, nos han conducido al actual estado de cosas. Desde esta perspectiva, es muy posible que estemos ante “una continuada decadencia”, ante “un hundimiento progresivo”. En efecto, el progreso mismo y el lado oscuro que ha generado ni han surgido por generación espontánea ni son el fruto maduro de ciertas actitudes humanas de reciente creación. Al contrario, como cualquier otro fenómeno social, viene desde muy atrás. Probablemente, desde que el hombre se sintió el centro del universo y proclamó los derechos absolutos de la diosa razón.
Quizás, ante las distintas caras del progreso logrado, pueda ser útil pensar, entre otras, en torno a la siguiente perspectiva: “Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea ‘perversión’, pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La ‘estupidez’ a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino. De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres” (López Tobajas).
Parece evidente, en efecto, que el ser humano ha enloquecido con el progreso trabajosamente logrado. Esta locura le está llevando a mirar para otro lado ante las lacras sociales que genera y, sobre todo, a rehuir el por qué y el cómo de tanto anverso obsceno. ¿Será que le aterra contemplarse como protagonista activo de tanto retroprogreso? ¿Será que se niega a extraer la sabiduría debida? Probablemente haya un poco de todo. Pero, con semejante actitud, es muy posible también que el hombre actual olvide su verdad esencial, su origen y su destino, como nos recuerda López Tobajas. A partir de tal desquiciamiento, todo es posible, por degradante que pueda parecer.
Más allá de lo mucho que se ha logrado, siguen en el aire y sin respuesta algunas otras preguntas radicales. No es tan claro –así lo ha puesto de relieve Vargas Llosa- que la “… libertad conquistada en distintos órdenes se haya traducido en una mejora sensible de la calidad de vida, en un enriquecimiento de la cultura que llega a todo el mundo, o, por lo menos, a la gran mayoría”. Tal reproche le viene como anillo al dedo a la sociedad balear. Ésta acredita un gran avance económico, pero no así en cultura, conocimiento y libertad. Estamos donde siempre.
Pero, sobre todo, al decir del gran crítico literario Harold Bloom, el progreso nos puede proporcionar una tecnología, “… pero cada vez menos conocimiento de nosotros mismos”. ¡A esto se le llama sabiduría1 Si esto es así, podemos estar incurriendo en una gran ‘estupidez’: apartarnos de lo que otorga sentido a nuestro ser mismo y a nuestra existencia.
Al empeñarnos en no querer verlo, seguimos por la senda perversa del hundimiento progresivo, que nos acerca ya al precipicio existencial.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 8.03.2007, pág. 11
sábado, 1 de marzo de 2008
INTERFERENCIAS
Ha bastado que la Consellería de educación haya sacado la ‘hociquilla’ respecto de la asignatura de religión para que nuestros Obispos se hayan movilizado de inmediato. Estamos ante una partida de mus en la que habrá muchas muecas, señas y engaños. Pero –la verdad- ni unos ni otros tienen la suficiente fortaleza y respaldo social como para lanzar un órdago a grande ni para aceptar el envite. Es muy posible que, al final de la partida, la ya desacreditada Sra Galmés pague las copas. ¡Tiempo al tiempo!
A fuer de sincero, creo que, por unos y otros, se piensan, se dicen y se hacen multitud de cosas poco serias sobre un asunto muy serio, raíz última de muchos de los males que nos aquejan. Lo grave, en cualquier caso, radica en que, después de andar en tantos dimes y diretes, ambos siguen en sus trece y me temo –ojalá me equivoque- que sin remedio.
Nuestros Obispos son muy libres de transitar por el camino emprendido y salir de la primera entrevista esperanzados. Pero, como ciudadano responsable y cristiano, me atrevería a pedirles además otras cosas, que entiendo más importantes. Echo de menos, por ejemplo, la necesaria autocrítica. Se exhiben con frecuencia injustificadas excusas, que buscan derivar la propia responsabilidad hacia el sistema y hacía quienes lo han impuesto y lo mantienen. Probablemente, no les falte una cierta razón. Pero no estaría de más que se preguntasen si, a partir de la evidente presencia activa de la Iglesia católica en Mallorca en el panorama educativo, no tienen también una cierta responsabilidad en el desastre escolar que padecemos y en la tan cacareada incultura que nos invade. Aquí, Señores Obispos, tienen un extenso campo para la reflexión, el diálogo, la actuación consiguiente y el servicio al pueblo.
Si, como `parece, desean seguir con su presencia en el sistema, no entiendo por qué no revisan a fondo la calidad de la enseñanza que se imparte en los centros que regentan. Ya sé que no se puede medir a todos con el mismo rasero. Pero también sé que se aprecia, en muchos padres, un amargo sentimiento de frustración respecto de la enseñanza que se imparte y del nivel de exigencia que se exige. Son evidentes las carencias al respecto. Reconozco que existen todavía centros católicos modélicos y excelentes. Pero creo, al mismo tiempo, que la calidad ha descendido a niveles ínfimos y que la mayoría deja bastante que desear en cuanto centros de enseñanza. ¿Por qué han perdido o renunciado a la excelencia que tradicionalmente distinguía a los centros católicos de enseñanza desde la perspectiva de la instrucción que en ellos se impartía? ¿Se lo han preguntado alguna vez? No se equivoquen. El primer servicio que pueden prestar a la sociedad balear estriba en que los Centros católicos funcionen, en primer lugar y ante todo, como verdaderos centros de enseñanza e instrucción.
Hace unos cuantos años ya me manifesté desde estas mismas páginas en términos críticos. “Con todas las matizaciones que se quiera –los padres y profesores lo sabemos muy bien-, se evidencian, en estos centros católicos, los mismos o parecidos defectos que son apreciables en la mayoría de los centros públicos. Esto es, no parece que se distingan por su eficacia. No creo que garanticen la transmisión de los contenidos exigibles en matemáticas, historia, geografía o literatura. Al menos, no se puede descartar la presencia de elementos para ponerlo en tela de juicio”.
Todo sigue igual o peor y no todo es atribuible, sin más, al sistema. A partir de tal situación, nos surge una pregunta un tanto radical: ¿Para qué mantienen abiertos muchos de sus centros educativos? La respuesta –y lo digo con dolor- no me parece fácil, ni necesariamente unívoca, ni mucho menos positiva. Y es que o los Colegios de la Iglesia son buenos centros educativos, brillan por su excelencia, superan con creces la comparación con los centros públicos, o dudo que merezcan la pena y sirvan realmente al ciudadano y creyente. ¿De verdad piensan, Srs Obispos, que no cabe realizar cambios apreciables de mejora? Ya es hora de que se pongan a ello.
Creo, finalmente, que están muy lejos de secundar el proceder de Mark TWain, esto es, no dejar que la instrucción escolar se interfiera con la educación.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 1.03.2008, pág. 9
Ha bastado que la Consellería de educación haya sacado la ‘hociquilla’ respecto de la asignatura de religión para que nuestros Obispos se hayan movilizado de inmediato. Estamos ante una partida de mus en la que habrá muchas muecas, señas y engaños. Pero –la verdad- ni unos ni otros tienen la suficiente fortaleza y respaldo social como para lanzar un órdago a grande ni para aceptar el envite. Es muy posible que, al final de la partida, la ya desacreditada Sra Galmés pague las copas. ¡Tiempo al tiempo!
A fuer de sincero, creo que, por unos y otros, se piensan, se dicen y se hacen multitud de cosas poco serias sobre un asunto muy serio, raíz última de muchos de los males que nos aquejan. Lo grave, en cualquier caso, radica en que, después de andar en tantos dimes y diretes, ambos siguen en sus trece y me temo –ojalá me equivoque- que sin remedio.
Nuestros Obispos son muy libres de transitar por el camino emprendido y salir de la primera entrevista esperanzados. Pero, como ciudadano responsable y cristiano, me atrevería a pedirles además otras cosas, que entiendo más importantes. Echo de menos, por ejemplo, la necesaria autocrítica. Se exhiben con frecuencia injustificadas excusas, que buscan derivar la propia responsabilidad hacia el sistema y hacía quienes lo han impuesto y lo mantienen. Probablemente, no les falte una cierta razón. Pero no estaría de más que se preguntasen si, a partir de la evidente presencia activa de la Iglesia católica en Mallorca en el panorama educativo, no tienen también una cierta responsabilidad en el desastre escolar que padecemos y en la tan cacareada incultura que nos invade. Aquí, Señores Obispos, tienen un extenso campo para la reflexión, el diálogo, la actuación consiguiente y el servicio al pueblo.
Si, como `parece, desean seguir con su presencia en el sistema, no entiendo por qué no revisan a fondo la calidad de la enseñanza que se imparte en los centros que regentan. Ya sé que no se puede medir a todos con el mismo rasero. Pero también sé que se aprecia, en muchos padres, un amargo sentimiento de frustración respecto de la enseñanza que se imparte y del nivel de exigencia que se exige. Son evidentes las carencias al respecto. Reconozco que existen todavía centros católicos modélicos y excelentes. Pero creo, al mismo tiempo, que la calidad ha descendido a niveles ínfimos y que la mayoría deja bastante que desear en cuanto centros de enseñanza. ¿Por qué han perdido o renunciado a la excelencia que tradicionalmente distinguía a los centros católicos de enseñanza desde la perspectiva de la instrucción que en ellos se impartía? ¿Se lo han preguntado alguna vez? No se equivoquen. El primer servicio que pueden prestar a la sociedad balear estriba en que los Centros católicos funcionen, en primer lugar y ante todo, como verdaderos centros de enseñanza e instrucción.
Hace unos cuantos años ya me manifesté desde estas mismas páginas en términos críticos. “Con todas las matizaciones que se quiera –los padres y profesores lo sabemos muy bien-, se evidencian, en estos centros católicos, los mismos o parecidos defectos que son apreciables en la mayoría de los centros públicos. Esto es, no parece que se distingan por su eficacia. No creo que garanticen la transmisión de los contenidos exigibles en matemáticas, historia, geografía o literatura. Al menos, no se puede descartar la presencia de elementos para ponerlo en tela de juicio”.
Todo sigue igual o peor y no todo es atribuible, sin más, al sistema. A partir de tal situación, nos surge una pregunta un tanto radical: ¿Para qué mantienen abiertos muchos de sus centros educativos? La respuesta –y lo digo con dolor- no me parece fácil, ni necesariamente unívoca, ni mucho menos positiva. Y es que o los Colegios de la Iglesia son buenos centros educativos, brillan por su excelencia, superan con creces la comparación con los centros públicos, o dudo que merezcan la pena y sirvan realmente al ciudadano y creyente. ¿De verdad piensan, Srs Obispos, que no cabe realizar cambios apreciables de mejora? Ya es hora de que se pongan a ello.
Creo, finalmente, que están muy lejos de secundar el proceder de Mark TWain, esto es, no dejar que la instrucción escolar se interfiera con la educación.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 1.03.2008, pág. 9
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