lunes, 28 de marzo de 2011

UN SITIO A LA VERDAD Hace ya unos cuantos años, intenté (¿El divorcio católico? Un sitio a la verdad, Palma 1998) servir a la verdad en el espinoso tema de las nulidades canónicas de matrimonio. Busqué desenmascarar la parte de mentira oculta, pero firmemente instalada, en los procesos eclesiásticos. En aquel entonces, me dejé guiar por el dicho de Gracián según el cual “como la mentira llega la primera, la verdad no encuentra ya sitio”. Perspectiva que, con referencia a los grupos religiosos como la Iglesia católica, nunca ha de desdeñarse. Ya sé que una declaración canónica de nulidad no es un divorcio católico. No hace falta subrayar esta circunstancia entre juristas. La cuestión, sin embargo, no se plantea -menos todavía entre los fieles cristianos y la gente ‘normal’ de la calle- en esos términos. Ellos no entienden, en principio, de tales distinciones jurídicas. El pueblo llano -no sin ciertas dosis de escándalo-, sabe o intuye el trasfondo real que, a veces, puede hacer acto de presencia en una nulidad canónica. No siempre ni en todos los casos. Pero, sí con demasiada frecuencia. Estamos ante una realidad innegable que, en modo alguno, puede ignorarse en lo que tiene de verdad. Desde mi modesta y ya dilata experiencia, me veo obligado a subrayar que la Iglesia católica intenta, desde hace tiempo, recuperar en esta materia el terreno, que considera haber perdido. Lo hace con tal intensidad que –visto desde fuera y con imparcialidad- sólo es explicable a partir de una cierta patología. Parece -a la vista de las diferentes actuaciones emprendidas- que afronta la cuestión de modo obsesivo o compulsivo. Lo cual, por otra parte, hace que dé la impresión de que su auténtica preocupación sería salvar la estadística y la apariencia, impedir que se pueda afirmar que también los matrimonios por la Iglesia fracasan, conseguir que no se ponga en entredicho la eficacia de la gracia sacramental del matrimonio, salvar por encima de todo el sacramento del matrimonio. Pues bien, aquí radicaría, en mi opinión, un primer pecado mortal que se comete y, además, con consecuencias funestas. Para empezar, no veo el por qué de tanta alarma, de tanta cautela y de tanto nerviosismo ante una nulidad de matrimonio (Cfr., a título de ejemplo, el último Discurso de Benedicto XVI al Tribunal de la Rota Romana, el pasado 22 de enero, en ‘L’ Osservatore Romano’, 5, 2011, págs. 8-9). Es lo normal y habitual siempre que anda de por medio la condición humana. El ser humano no siempre se comporta en sus decisiones con la debida madurez y responsabilidad. Es algo de alguna forma inevitable por muchas cautelas que se adopten. Quien pretende y quiere celebrar matrimonio se ve –muchas veces- requerido por sentimientos y pasiones encontrados, no siempre manejables con facilidad. En la vida real, no siempre resulta fácil oponer resistencia a los múltiples condicionamientos –de todo tipo y naturaleza- que puede oprimir y quitar la necesaria libertad para casarse. Negar esta realidad humana –que se hace de hecho- es estar en otro mundo, estar en Babia o en las Batuecas. Es desconocer la auténtica realidad personal. Y, cuando esto ocurre, no es extraño alarmarse ante la existencia de un determinado número de nulidades de matrimonio. Pues bien, si se tiene claro este marco de situación, el fenómeno se contemplará y enjuiciará con un mayor equilibrio, sin prejuicio alguno, con serenidad de espíritu, con mayor rapidez y solicitud. A veces, da la impresión de que muchos Jueces eclesiásticos, muchos Obispos y amplios sectores de la doctrina canónica parten de la idea de la ausencia absoluta de verdad en la alegada causa de nulidad. ¿Por qué de este prejuicio tan infundado y tan nefasto? El fiel –que actúa en conciencia- se siente ofendido por aquellos de quien espera comprensión y apertura a su verdad. El Tribunal actuará con un rigor fuera de las normas, con unas cautelas que sólo expresan su desconfianza, con miedo escénico a ser tachado de demasiado ‘aperturista’ y ‘comprensivo’. Esto es, con tales prejuicios se está propiciando un clima ajeno a la realización de la verdadera justicia y muy distante del objetivo de traer la paz a las conciencias. Si en algún ámbito sería exigible el predominio absoluto de la verdad, el que ésta encontrase su sitio, es el de la actividad de la Iglesia católica en relación con el matrimonio. ¿Por qué hemos de dudar de ello? Porque sabemos –por experiencia propia y ajena- que también en la Iglesia la mentira llega, a veces, la primera. Urge, en consecuencia, hacer sitio a la verdad, por muy dolorosa que sea.

lunes, 21 de marzo de 2011

EL SIGNO DE LA BARBARIE
En su repaso al s. XX, Luís Racionero lo define en base a la ‘idea de progreso decadente’. Un siglo de un ‘colosal progreso tecnológico’ y de, en cierto sentido, un constante avance del nivel de vida material del ser humano. Pero, al mismo tiempo, un siglo que, en el orden moral, fue de estancamiento o regresión. Efectivamente, si vemos la realidad desde la perspectiva del conocimiento (ciencia y tecnología), la humanidad ha seguido y sigue en constante progreso. Pero ¿es ésta la única dimensión a contemplar? La respuesta que, en la cultura actual, se elabora no es necesariamente positiva.
Recientemente, Benedicto XVI -en su entrevista con Peter Seewald- ha hecho suya la perspectiva de valoración del mundo intelectual anterior al subrayar que el conocimiento es poder y su ejercicio puede dar lugar a destruir el mundo mismo que creemos conocer. Hay, por tanto, que verlo desde una perspectiva esencial: ‘el aspecto del bien’, desde ‘el aspecto ético’. ¿Qué implica, en realidad, este modo de ver el progreso?
Lo que el Papa alienta, a lo que llama, es a un profundo examen de conciencia: “¿Qué es realmente progreso? ¿Es progreso si puedo destruir? ¿Es progreso si puedo hacer, seleccionar y eliminar seres humanos por mí mismo? ¿Cómo puede lograrse un dominio ético y humano del progreso? (...)”. Es más, nos invita a meditar sobre la libertad entendida ‘como libertad para poder hacerlo todo’ y se pregunta: ‘¿Es verdad eso’? Su respuesta –en sintonía con el mundo intelectual- es clara: ‘Yo pienso que no’. Ello es así porque se advierte un verdadero ‘desequilibrio’ entre los logros del progreso en sentido tecnológico y material y los frutos del mismo desde la perspectiva más esencial, la moral (Cfr. Un falso progresismo, en http://plazapublicagredelrio.blogspot.com).
No me parece necesario relacionar los cada vez más grandes problemas colectivos y globales que tenemos delante, ni siquiera los personales e individuales. Están en boca de todos. La dificultad radica –seguimos el pensamiento de Benedicto XVI- en crear en todos y cada uno de los seres humanos ‘una consciencia moral nueva y más profunda’, que actúe como ‘norma de valores para su vida’. No basta con adhesiones formales a movimientos globales a favor de ciertas causas. Hay que dar un paso más: comprometerse en lo personal y actuar en consecuencia. ¿Qué implica todo ello?
Creo que lleva razón Peter Seewald cuando afirma que “muchas de las cosas que admitimos en esta cultura de los medios y del comercio corresponde http://plazapublicagredelrio.blogspot.com/en el fondo a una carga tóxica que, casi forzosamente, tiene que llevar a una contaminación espiritual”. Sin duda alguna. Pero, para superar tal toxicidad, es necesaria una conversión verdadera, que –hoy por hoy- no parece que esté dispuesto a realizar el hombre actual. Los pasos en esa dirección son demasiado sigilosos. Sin embargo, ahí está el reto del s. XXI.
Lo que parece claro, por otra parte, es que no podemos permanecer como hasta ahora. La actitud personal e individual -ante la vida entera y en todas sus facetas y dimensiones- me parece decisiva. No debemos renunciar al protagonismo que nos corresponde. Si lo hacemos –y lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo- nos instalaremos en el caos y en la barbarie. Ya lo estamos tocando con las manos. Urge cambiar el rumbo, recuperar la ética del poder, la consciencia de la trascendencia de nuestra vida personal en el conjunto de la sociedad.

miércoles, 16 de marzo de 2011

UN FALSO PROGRESISMO
Todos sabemos que la izquierda cultural y política ha venido identificándose con el calificativo de ‘progresista’, esto es, amante y patrocinadora e impulsora del progreso de la sociedad y del hombre. Tal atributo ha constituido su verdadero ADN. Por ello, ha servido para deslegitimar cualquier planteamiento o política realizada por la derecha. Ésta, por definición, nunca ha sido ni puede ser progresista.
Tan utópico y mítico concepto encierra, sin embargo, una profunda falsedad, que ha venido y viene contaminando todo el pensamiento actual. ¿Qué progreso es el que, en realidad, patrocina la izquierda cultural y política? ¿Qué se entiende, según esta izquierda, por progreso? ¿El mero avance tecnológico y la mejora de las condiciones de vida del ser humano son suficientes para calificar o hablar de una sociedad verdaderamente progresista? ¿Qué está pasando con otras dimensiones de la condición humana? ¿Podemos –si nos centramos en nuestro país- valorar como ‘progresista’ la política actual del Gobierno socialista?
Una vez aparecida, a finales del s. XVII, la noción de progreso y superado el momento supremo de su divinización (s.XIX) como perfeccionamiento sin retorno, hemos asistido –sobre todo a lo largo del s. XX- a su constante repensar mediante la valoración de nuevas perspectivas y dimensiones, de nuevas realidades, que cuestionaban claramente las formulaciones anteriores y apelaban críticamente a la conciencia del hombre. Este proceso culminó en la afirmación de un estado de ánimo de verdadero ‘pesimismo’ frente a la idea misma de progreso. Es una evidencia que el desarrollo moral del hombre y de la sociedad se ha sumido en un mayor y lamentable abandono, en un alarmante deterioro, en un evidente estancamiento. No es exagerado afirmar que este proceso ha culminado en un auténtico caos. La insatisfacción existencial es hoy día un hecho tormentoso (Racionero, Lipovetsky, Marina).
Incluso se asiste a la paradoja según la cual los ‘progresistas’ son los que menos atienden –por no decir que persiguen o eliminan- a las dimensiones éticas de la actividad humana, dando lugar a la llamada ‘felicidad paradójica’. Hablar ahora de progreso en la humanidad –sin más matizaciones y precisiones- es una mera ilusión, una falsedad, un error, una frivolidad, una idea grotesca, ‘la más peligrosa de las mentiras’ (M. Vargas Llosa).
A la vista de este estado de opinión en el mundo intelectual, deberíamos dejarnos de etiquetas y atenernos a los hechos, a lo que realmente se propone y, después, se hace. ¿Cuántos -incluso cristianos- apoyaron con su voto al Presidente Rodríguez Zapatero? ¿Por qué no se atreven a ejercer ahora la crítica de la política llevada a cabo desde la perspectiva del bien o de la ética civil? ¿Pueden, ahora, sentirse orgullosos de haber apoyado una opción tan ‘progresista’? ¿De verdad este país transita por el camino del progreso?
En mi opinión, antes de aceptar, como orientación de nuestra acción en lo personal y en lo colectivo, un mito tan falso (‘progreso’), deberíamos valorar con seriedad el dicho de H. Arendty, para quien “todo progreso lleva aparejado el signo de la barbarie”. Muy pronto tendremos la oportunidad de ponerlo en práctica.

domingo, 13 de marzo de 2011

LA VERDADERA REALIDAD
La falta de sacerdotes en Mallorca -al igual que en el resto de diócesis españolas- ya no puede disimularse por más tiempo. Ahora la propia Iglesia se ve obligada a reaccionar. Como siempre, se han adoptado y sugerido medidas parciales, que no van a resolver nada de modo definitivo. Al contrario, agravarán aún más el problema, al menos que se aborde por derecho y de una vez por todas. Las cosas son así por mucho que se trate de ocultarlo y mirar para otro lado.
Como en otras cuestiones, la Iglesia católica se ha venido distinguiendo por negar la realidad. Gravísimo error. Los hechos son tozudos. Es inútil negarlos. Ante cualquier situación problemática, se ha de partir de la realidad misma, por dura y desagradable que sea. Como ha dicho Luís María Anson, ‘no hay cosa peor que la realidad que se ignora’. Cabalmente, esto es lo que ha ocurrido. La realidad del sacerdocio en la Iglesia no se parecía ni se parece en nada a lo que se dice que es la realidad del mismo, a lo que se empeñan en hacernos creer, a lo que les gustaría que fuese. Todo -o casi todo- ha sido y es simulación. Ignorarlo, como se ha hecho, sólo ha servido para hacer mayor la incapacidad de respuesta y adaptación a los tiempos actuales (cfr. Contacto con el suelo y Un grave problema pendiente, en http://plazapublicagredelrio.blogspot.com).
Como la situación del clero todavía existente es, desde todos los puntos de vista, la que es, seguir con el modelo tradicional de sacerdote parece un sin sentido y sin recorrido. Habría que preguntarse algo que va mucho más allá. Ahora que Benedicto XVI ha impulsado una nueva evangelización, parece coherente profundizar en ella y definir sus contornos a fin de idear, con posterioridad, el evangelizador del futuro, señalar su función, su perfil y personalidad, su formación y preparación, su estilo de vida. Atreverse con esta tarea –el gran reto de la Iglesia- significa y exige remover en Ella muchas cosas, modificar múltiples estructuras, usos y modos de estar presente en un mundo muy descristianizado, reconocer, con todas las consecuencias, que, como ha dicho el Card. Rouco, ‘Jesucristo sigue siendo muy poco conocido y amado’, actuar en consecuencia, esto es, con ‘la coherencia del testimonio’ y de ‘la fe vivida en coherencia’ (Card. Fisichella). ¡Casi nada!
Este empeño debió emprenderse en el Concilio Vaticano II. Se torpedeó por la todopoderosa Curia Romana y las cosas han seguido básicamente como estaban, esto es, en una dinámica de claro deterioro. No pueden continuar así. Suponen un contra testimonio y un abandono del mandato evangelizador. Todo lo demás es colateral y muy relativo. Esta es la verdadera realidad.

domingo, 6 de marzo de 2011

INGENUIDAD PELIGROSA
Mal que le pese a algún opinador local, hoy por hoy ‘la corrupción es la imagen’ de Mallorca. Así es la realidad de dura. En vez de ofenderse y hablar de paraísos inexistentes, es mejor coger el toro por los cuernos, apechugar con la situación y mandar a casa –sin miramiento alguno- a sus principales protagonistas.
Por benévolo que uno quiera ser con la clase política mallorquina, no puede por menos de aplicar a todos ellos (casta despreciable) el severo juicio que Henrik Ibsen pone en boca del médico Stockmann en Un enemigo del pueblo. Lo han destrozado todo. Han pisoteado lo más sagrado del ciudadano: su conciencia y su libertad. Han instrumentalizado en beneficio propio el poder que les dimos para proteger nuestros derechos. Han vivido del cuento, no han hecho otra casa que andar a la sopa boba del presupuesto público como cualquier holgazán y gorrón. Eso sí, han enchufado a los suyos. Se han hecho, por tanto, acreedores al desprecio ciudadano. Se han ganado a pulso su exterminio, su destierro de la ciudad y de la vida pública.
La adalid de la lucha contra la corrupción –nuestra alcaldesa- pretende despistar al personal. Pero no tiene escapatoria. No puede ignorar que llegó a la Alcaldía de modo ilegítimo pues aceptó los votos de UM. Esa obscenidad, Sra Calvo, no es propia de un demócrata. Ni su partido ni Usted pueden ampararse en que no sabían. Todo aquel que quiso saber en Mallorca conocía lo de UM. Sin embargo, su partido pactó vergonzosamente y Usted se encaramó a la Alcaldía. Perdió, por tanto, la virginidad democrática.
Y, por si lo anterior no fuera suficiente –que lo es-, resulta que, dada su desastrosa gestión, tampoco se ha visto enriquecida por la legitimidad de ejercicio. Lo de los ‘informadores medioambientales’ le afecta de lleno. También al Bloc. No tiene excusa alguna. Al menos, existe una –presunta- culpa in vigilando. Se dejó engañar. Actuó con imprudencia. Supongo que ya se habrá dado cuenta que no basta con sonreír. ¿Por qué permitió semejante islote en su gestión? Ahora, no puede llamarse andana. Ahora no puede invocar su ingenuidad. Usted es responsable. Déjese de tanta palabrería y aténgase a los hechos.
A partir de aquí, parece obvio que un mínimo de vergüenza torera debiera llevarle a no presentarse a la Alcaldía en las inmediatas elecciones. Obras son amores, que no buenas razones. Le ha llegado el momento de realizar lo que tantas veces ha demandado al vecino. Demuestre ahora su coherencia.
Sin ánimo de ofender a nadie, me permito ofrecer estas reflexiones de un filósofo francés. Dice así: “Un político ingenuo es una catástrofe para su país. Los políticos mediocres son ingenuos que se hacen ilusiones y eso tiene consecuencias funestas. Si el político es ingenuo, es peligroso” (E. M. Cioran). ¿No creen que viene como anillo al dedo de nuestra actual alcaldesa y de quienes le votaron? ¿Van a seguir confiando en una persona tan ingenua, que no se enteraba de nada de lo que hacían a su alrededor? ¿Van a apoyar de nuevo a quien se ha hecho cómplice de la presunta corrupción aparecida en el Ayuntamiento?

jueves, 3 de marzo de 2011

NI ESTÁN NI SE LES ESPERA
Como es sabido, los Tribunales catalanes han suspendido temporalmente la prohibición de un Ayuntamiento –creo que el de Lérida- del uso del burka en los espacios públicos de titularidad municipal. Los Tribunales en cuestión se han situado -¡cómo no!- en la estricta corrección política, propia del sistema que padecemos. Ya veremos que deciden, en su día, en cuanto al fondo.
Algunos representantes de la Iglesia católica han salido en su defensa. Saben lo que hacen. Si se permitiera el uso del burka sería utilizado, sin duda, como argumento para patrocinar la presencia de símbolos religiosos católicos en el espacio público. Me imagino que estos adalides del burka no desconocen ni disienten del pensamiento de Benedicto XVI en la reciente entrevista concedida al periodista alemán Peter Seewald (Luz del mundo, Ed. Herder, Barcelona 2010, pág. 68). Estas son sus palabras: “En lo tocante al burka, no veo razón alguna para una prohibición general. Se afirma que algunas mujeres no llevan el burka de forma libre y voluntaria, y que se trata propiamente de una violación de la mujer. Por supuesto, con eso no se puede estar de acuerdo. Pero si libre y voluntariamente quieren llevarlo, no sé por qué hay que prohibírselo”.
Quiero pensar que el Papa es, en todo caso, plenamente consciente de que, como ha dicho Gabriel Albiac, el burka “no es ornamento ni atuendo. Es signo litúrgico. Que dice lo que dice. Lo que el Libro al cual debe fe el musulmán dicta: la propiedad sobre la hembra del varón”. Lo cual, por otra parte, es –como hemos escrito en otro momento- exactamente contradictorio con el principio igualitario que se proclama en Occidente. Es y representa –sería secundar y otorgar vigencia- a ‘lo anticiudadano’. Sería tanto como negar la propia dignidad igualitaria de la mujer Es obvio, por tanto, que, como dice Benedicto XVI, ‘con eso no se puede estar de acuerdo’.
Es más, aunque, libre y voluntariamente -que no es el caso-, quisieran llevar el burka, existen razones poderosas de seguridad, comunicabilidad e identificación personales que, sin duda, pueden aconsejar a los Gobiernos su prohibición en el espacio público. Tengo la impresión de que el Papa tampoco ignora este argumentario, al que se es muy sensible en Occidente. Sin embargo, ha preferido, en este caso, posicionarse en la equidistancia calculada, en la ambigüedad querida y en evitar un nuevo choque con los sectores más radicales del islamismo. No olvidemos que el Vaticano mantiene un fluido diálogo con el mundo musulmán, que no quiere, en modo alguno, entorpecer (Benedicto XVI, Luz del mundo, Barcelona 2010, págs. 109-114). No obstante lo cual, ha de quedar claro, en mi opinión, que nadie, en Occidente, se cree que el burka no responda a una concepción inaceptable: la sumisión de la mujer al varón.
No es extraño, por ello, que su prohibición se vaya incorporando a las legislaciones europeas. Es más, constituye una sólida posición intelectual en el mundo cultural de Occidente: “El burka es una regresión. Antes, en Egipto, Turquía o el Líbano casi nadie llevaba velo. Se trata de un fenómeno reciente, malo para las mujeres e inaceptable no sólo en París, sino también en Kabúl. No estoy de acuerdo en que eso sea un elemento de civilización. Hay valores universales, leyes de equidad, derechos elementales que se deben aplicar ...” (Amin Maalouf).
Esta visión de lo que significa el burka es, por poner otro ejemplo, compartida también por Kenizé Mourad. Para esta conocida escritora, hija de de la Princesa Selma de Turquía y nieta de Mourad V, el último sultán otomano, el burka “es una cosa terrible, que no se puede aceptar. No es algo musulmán. Es una barbaridad que viene de Arabia...”
A partir de aquí, el pensamiento es libre. ¿Los tribunales? Con sinceridad e incorrección: ni están ni se les espera.

miércoles, 2 de marzo de 2011

EL FIN Y LOS MEDIOS
Recuerdo muy bien el manifiesto contra la corrupción que nos endilgó la actual alcaldesa, Sra Calvo, al inicio de la pasada campaña electoral. Por supuesto, no me lo creí. Por desgracia, ni era entonces ni es ahora pensable que el PSOE -tampoco otros partidos- esté dispuesto a cargarse el sistema que padecemos y en cuya implantación ha intervenido tan decisivamente a partir del 23-F. Los hechos, siempre tozudos -como diría Lenín-, me darían la razón de inmediato.
El Diccionario de María Moliner define el verbo corromper en los siguientes términos: “Cambiar la naturaleza de una cosa volviéndola mala”. Cabalmente es esto lo que han hecho los socialistas en Mallorca: Cambiar sustancialmente la naturaleza de las instituciones, volviéndolas malas. Ya sé que el Sr. Antich simula no saber nada y los corifeos orgánicos de la izquierda practican la obediencia debida. Esto es más que sabido. Pero –cabalmente- esta actitud, tan poco crítica y comprometida con la realidad, refuerza la verdad de la corrupción socialista. El PSOE, en consecuencia, no preside legítimamente el Gobierno de Baleares, ni el Consell de Mallorca, ni el Ayuntamiento de Palma.
Habría que recordar que el PSOE no tuvo en las urnas el apoyo mayoritario. Logró –ciertamente- formar gobierno en todas las instituciones. Pero, mediante un pacto, absolutamente obsceno y prevaricador. Está –por mucho que lo disimule el Sr. Antich y demás compañeros mártires- gobernando gracias a los votos de UM. Gracias a ese pacto antinatural que llevó –para vergüenza de todos los ciudadanos- a que, por ejemplo, la Sra Munar presidiera el Parlamento. Todo el mundo sabía las dimensiones y el alcance corruptor de la gestión de UM
-pongamos: presuntamente corruptor, para evitar posibles males-. Los socialistas –no nos hagan reír- no ignoraban esta realidad. Al contrario, se sirvieron de ella para impedir el acuerdo UM/PP, que estaría deslegitimado igualmente. Y ahí está el resultado: el PSOE alzándose con el santo y la limosna, esto es, presidiendo las instituciones merced al voto de la -presuntamente corrupta- UM, que además consiguió parte de esos votos a través de su presunta compra con dinero público. ¡Qué maravilla, qué honestidad, qué legitimidad, Sr. Antich! ¡Puede sentirse muy orgulloso! ¿No le parece que perdió en ese momento la llamada legitimidad de origen?
Por si lo anterior no fuese suficiente, conviene recordar al PSOE que ha estado amparando –desde el Gobierno de todos- la pésima gestión política de UM. Conviene igualmente no olvidar que, a partir de dicha actitud contraria a cualquier ética civil, le ha sido permitido colocar a los suyos en la pesebrera pública. ¿Qué han hecho en estos años? La respuesta está clara en la ciudadanía. ¿Cómo calificaríamos este proceder? ¿Acaso no es una presunta corrupción a gran escala? ¿No le parece, Sr. Antich, que todo ello le previa de la llamada legitimidad de ejercicio? ¡Puro disfrute partidista del poder!
Con todas las salvedades que se quiera, hago mías unas atinadas reflexiones de Carmen Iglesias cuando digo recientemente que “... lo que resulta en extremo pernicioso para la salud democrática es que los políticos – o una buena parte de ellos- se considere un fin y no un medio al servicio de la ciudadanía que los ha elegido”. En nuestro caso, hasta el proceso de elección está presuntamente corrompido.