LO DESTROZAN TODO
Si me fuera permitido recomendar alguna lectura al sufrido ciudadano, sin duda alguna pensaría en el drama Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. Al criticar la ‘extraordinaria insensatez’ que habían cometido los gobernantes en la construcción del famoso balneario, el médico Stockmann realiza la siguiente valoración: “No he podido soportarlos nunca; he tenido en mi vida bastantes ocasiones de conocer a esta casta; son como cabras a las que se les deja invadir un jardín recién plantado; lo destrozan todo; donde quiera que atisban un hombre libre se cruzan en su camino; y lo mejor sería que pudiésemos exterminarlos como a insectos dañinos”. Severo juicio que podría suscribir cualquier español de a pie respecto de la actual casta política, que padecemos.
Si algo positivo nos está dejado la crisis en la que estamos sumidos, es la mayor conciencia que se aprecia en la ciudadanía respecto de la necesidad de cambiar radicalmente el sistema. Circunstancia de importancia mayúscula. El cambio del sistema –absolutamente necesario- no vendrá por iniciativa de la casta política. La única esperanza al respecto se cifra en la sociedad, en el ciudadano medio. O la sociedad se regenera o estamos perdidos.
A este propósito, recuerdo la reflexión de un intelectual –Pérez Reverte-, que vive permanentemente en los aledaños de la incorrección. Dice así: “¡Qué pereza me dan! Una cosa debe quedar clara: el político sale de nosotros, no es un marciano; son como nosotros, son de los nuestros, de nuestras familias. Nosotros somos tan culpables como todos ellos de lo que está ocurriendo. Los políticos son parásitos de nuestra basura, de la que todos nosotros generamos”. Sin duda alguna. Por ello es tan importante que entendamos la situación actual –política, social, económica y hasta religiosa- a partir de nuestra personal complicidad, hecha muchas veces de silencio. ¿Por qué callamos ante tanto desmadre, tanto desgobierno, tanta corrupción, tanta utilización de las instituciones en beneficio propio, tanto privilegio partidista, tanta irresponsabilidad, tanta mentira?
Personalmente pienso que la crisis actual a la que se enfrenta nuestra sociedad –también la mallorquina- es, ante todo y sobre todo, de índole ético y espiritual. Hemos vivido, como sociedad, mucho tiempo sin profesar credo alguno ético. Nos ha llegado el momento de tener que pagar la factura. No nos libraremos de ello. Con todo, lo verdaderamente grave radicaría en que, una vez más, no sepamos aprender la lección, no sepamos extraer la sabiduría que se nos ofrece. Sólo saldremos airosos si entendemos que tenemos delante una gran oportunidad. Pero –eso sí- la respuesta, individual y social, siempre se ha de mover en el contexto ético, esto es, en el marco del esfuerzo interior y personal, en el marco del compromiso total con un mínimo de convicciones personales.
Con la que está cayendo y con el pensamiento puesto en un futuro que merezca la pena, confieso que no me interesa absolutamente nada lo que me digan quienes nos han metido en este lío con la mentira como bandera. Tampoco me interesa nada la posición blandengue, sin compromiso, ambigua, que busca no molestar a la izquierda política y cultural que representa la alternancia existente. Hacen falta políticos que no mientan, que digan lo que piensan y quieren hacer –y lo hagan-, que sean humildes y servidores, que tengan ideales más allá del lucro propio, que no creen más problemas de los existentes.
Ahora recuerdo un dicho de Enrique Jardiel Poncela, perfectamente aplicable al político español, a saber: “El que no se atreve a ser inteligente, se hace político”.
martes, 25 de enero de 2011
martes, 18 de enero de 2011
ESA CHISPA DE FUEGO CELESTE
A primeros de octubre, el Consejo de Europa, reunido en Estrasburgo, abortó una propuesta en orden a la regulación de la objeción de conciencia de los médicos, puesta a votación por iniciativa de la izquierda, siendo ponente de la misma la socialista británica Christine MaCafferty. En su lugar, se aprobó otro texto en el que, por ejemplo, se dice: Ninguna persona ni hospital ni institución serán obligadas, hechas responsables o discriminadas de ninguna forma por su negativa a efectuar, ayudar o someterse a un aborto”. Se logró, en esta ocasión, detener el ataque a la libertad de conciencia.
La libertad de conciencia –una de cuyas especies es la libertad religiosa- tiene su fundamento en la persona misma (Art. 10.1 CE) y, al mismo tiempo, es el fundamento y la fuente del resto de libertades y derechos fundamentales. La libertad de conciencia, como ha subrayado Dionisio Llamazares (Derecho de la libertad de conciencia, I, Madrid 2002, pág. 278 y ss.), incluye “... la libertad de ideas y creencias, tanto religiosas como no religiosas, de un lado; de otro, incluye tanto la libertad interior como su manifestación externa, incluido el derecho a acomodar las conductas a esas ideas y creencias”. En un afán por concretar aún más su contenido, el ilustre catedrático pone de relieve, a la luz de la jurisprudencia de nuestro Tribunal constitucional, que “... la libertad de conciencia en sentido estricto se refiere, no a todas las ideas y creencias, sino únicamente a las ideas y creencias que, por ser auténticas convicciones, forman parte del núcleo esencial de la identidad y, por ello fundan el derecho de objeción de conciencia” (Ibidem).
En todo ello –prosigue mi compañero y amigo- late una importante distinción: las convicciones (creencias e ideas) y las opiniones. Entre las primeras, es posible distinguir “...las que se viven como parte inseparable de la propia identidad y las que no”. Este matiz explica y funda el distinto trato que el Derecho otorga al comportamiento humano de acuerdo con unas y otras. Cuando estamos ante convicciones (creencias e ideas), que se viven como parte inseparable de la propia identidad personal, son el fundamento de dos garantías importantes, a saber: a). “del reconocimiento de supuestos de objeción de conciencia como liberadores de las obligaciones o prohibiciones que impone la norma jurídica; b). de los linderos de la esfera personal de libertad más íntima, que no debe traspasar el Derecho si quiere mantenerse fiel a su razón de ser, el fomento de la libertad personal” (Ibidem).
La contradicción de ciertos sectores de la izquierda política e intelectual radica, precisamente, en que, a estas alturas, muestren tantas reticencias respecto de la tutela de la libertad de conciencia, que tanto ha tenido que ver con el advenimiento del Estado moderno. ¿Será que no les sirve al objeto de su afán transformador de la sociedad de acuerdo con su particular ideología? Es posible. Desde luego, no es -ni mucho menos- una posición progresista.
En cualquier caso, hemos de celebrar que se garantice que la gente se atenga a la voz de la conciencia, que nos fija ‘lo que debemos no hacer’ (J. Gómez de Liaño). Es muy importante –si quieres construir una sociedad diferente- “mantener viva en tu pecho esa pequeña chispa de fuego celeste, la conciencia” (George Washington).
A primeros de octubre, el Consejo de Europa, reunido en Estrasburgo, abortó una propuesta en orden a la regulación de la objeción de conciencia de los médicos, puesta a votación por iniciativa de la izquierda, siendo ponente de la misma la socialista británica Christine MaCafferty. En su lugar, se aprobó otro texto en el que, por ejemplo, se dice: Ninguna persona ni hospital ni institución serán obligadas, hechas responsables o discriminadas de ninguna forma por su negativa a efectuar, ayudar o someterse a un aborto”. Se logró, en esta ocasión, detener el ataque a la libertad de conciencia.
La libertad de conciencia –una de cuyas especies es la libertad religiosa- tiene su fundamento en la persona misma (Art. 10.1 CE) y, al mismo tiempo, es el fundamento y la fuente del resto de libertades y derechos fundamentales. La libertad de conciencia, como ha subrayado Dionisio Llamazares (Derecho de la libertad de conciencia, I, Madrid 2002, pág. 278 y ss.), incluye “... la libertad de ideas y creencias, tanto religiosas como no religiosas, de un lado; de otro, incluye tanto la libertad interior como su manifestación externa, incluido el derecho a acomodar las conductas a esas ideas y creencias”. En un afán por concretar aún más su contenido, el ilustre catedrático pone de relieve, a la luz de la jurisprudencia de nuestro Tribunal constitucional, que “... la libertad de conciencia en sentido estricto se refiere, no a todas las ideas y creencias, sino únicamente a las ideas y creencias que, por ser auténticas convicciones, forman parte del núcleo esencial de la identidad y, por ello fundan el derecho de objeción de conciencia” (Ibidem).
En todo ello –prosigue mi compañero y amigo- late una importante distinción: las convicciones (creencias e ideas) y las opiniones. Entre las primeras, es posible distinguir “...las que se viven como parte inseparable de la propia identidad y las que no”. Este matiz explica y funda el distinto trato que el Derecho otorga al comportamiento humano de acuerdo con unas y otras. Cuando estamos ante convicciones (creencias e ideas), que se viven como parte inseparable de la propia identidad personal, son el fundamento de dos garantías importantes, a saber: a). “del reconocimiento de supuestos de objeción de conciencia como liberadores de las obligaciones o prohibiciones que impone la norma jurídica; b). de los linderos de la esfera personal de libertad más íntima, que no debe traspasar el Derecho si quiere mantenerse fiel a su razón de ser, el fomento de la libertad personal” (Ibidem).
La contradicción de ciertos sectores de la izquierda política e intelectual radica, precisamente, en que, a estas alturas, muestren tantas reticencias respecto de la tutela de la libertad de conciencia, que tanto ha tenido que ver con el advenimiento del Estado moderno. ¿Será que no les sirve al objeto de su afán transformador de la sociedad de acuerdo con su particular ideología? Es posible. Desde luego, no es -ni mucho menos- una posición progresista.
En cualquier caso, hemos de celebrar que se garantice que la gente se atenga a la voz de la conciencia, que nos fija ‘lo que debemos no hacer’ (J. Gómez de Liaño). Es muy importante –si quieres construir una sociedad diferente- “mantener viva en tu pecho esa pequeña chispa de fuego celeste, la conciencia” (George Washington).
lunes, 17 de enero de 2011
EL SAGRARIO DEL HOMBRE
El otro día (El supremo don del espíritu) reivindicaba, frente a la añoranza de uniformidades, miedos y verdades únicas, la libertad de conciencia en la Iglesia católica. No sé por qué, pero intuyo que amplísimos sectores de la Iglesia no han comprendido o profundizado suficiente en el texto del Apóstol Pablo a la Comunidad de Galacia: “Cristo nos ha liberado para la libertad” (Gal, 5, 1).
Libertad que hay que conquistar a diario en la propia Iglesia, de donde, en mi opinión, procede su principal amenaza. Baste recordar los innumerables cristianos que han debido afrontar graves conflictos de conciencia, precisamente, porque la Jerarquía católica no supo respetar los límites que le impone la libertad de los hijos de Dios. No todo es dogmático en la doctrina de la Iglesia.
Desde esta perspectiva, fue una maravillosa bendición el reconocimiento inequívoco de la libertad de conciencia, que nos regaló Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris. Sin embargo -oh misterio insondable-, ha sido, en gran parte, olvidada y despreciada con posterioridad. No obstante lo cual, conviene subrayar que “... se impone incluso frente al dogma, el cual nunca debe admitirse si va contra la conciencia” (Hans Küng).
Como esta alusión al teólogo suizo, será tachada por muchos poco menos que de herética, les ofrezco el pensamiento de otro gran teólogo conciliar, tampoco bien visto en su día en ciertos grupos eclesiales. Decía así: “Aun por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la autoridad eclesiástica se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”. No se asusten. Ese teólogo era Joseph Ratzinger.
Para comprender estas palabras en toda su dimensión para la vida, me parece muy aconsejable releer el n. 16 de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Claro que si se uno se confiesa como ‘no entusiasta con el último Concilio ecuménico’ (F.J.F de la Cigoña), difícilmente se tomará esa molestia. Eso sí, después repartirá mandobles condenatorios.
En cualquier caso, hablar de conciencia, como dijera Sartre es siempre “conciencia –de-algo” y, por tanto, como concluye S. Pániker, “no puede entenderse como una interioridad espiritualista ni como un principio metafísico aislado del mundo”. Lo cual es tanto como dejar de colocar al hombre como centro de la realidad. Sin embargo, este modo de entender las cosas no encontrará fácil acomodo en la sociedad actual. Sigo entiendo el mundo y la realidad como algo siempre en función y al servicio del ser humano.
El otro día (El supremo don del espíritu) reivindicaba, frente a la añoranza de uniformidades, miedos y verdades únicas, la libertad de conciencia en la Iglesia católica. No sé por qué, pero intuyo que amplísimos sectores de la Iglesia no han comprendido o profundizado suficiente en el texto del Apóstol Pablo a la Comunidad de Galacia: “Cristo nos ha liberado para la libertad” (Gal, 5, 1).
Libertad que hay que conquistar a diario en la propia Iglesia, de donde, en mi opinión, procede su principal amenaza. Baste recordar los innumerables cristianos que han debido afrontar graves conflictos de conciencia, precisamente, porque la Jerarquía católica no supo respetar los límites que le impone la libertad de los hijos de Dios. No todo es dogmático en la doctrina de la Iglesia.
Desde esta perspectiva, fue una maravillosa bendición el reconocimiento inequívoco de la libertad de conciencia, que nos regaló Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris. Sin embargo -oh misterio insondable-, ha sido, en gran parte, olvidada y despreciada con posterioridad. No obstante lo cual, conviene subrayar que “... se impone incluso frente al dogma, el cual nunca debe admitirse si va contra la conciencia” (Hans Küng).
Como esta alusión al teólogo suizo, será tachada por muchos poco menos que de herética, les ofrezco el pensamiento de otro gran teólogo conciliar, tampoco bien visto en su día en ciertos grupos eclesiales. Decía así: “Aun por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la autoridad eclesiástica se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”. No se asusten. Ese teólogo era Joseph Ratzinger.
Para comprender estas palabras en toda su dimensión para la vida, me parece muy aconsejable releer el n. 16 de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Claro que si se uno se confiesa como ‘no entusiasta con el último Concilio ecuménico’ (F.J.F de la Cigoña), difícilmente se tomará esa molestia. Eso sí, después repartirá mandobles condenatorios.
En cualquier caso, hablar de conciencia, como dijera Sartre es siempre “conciencia –de-algo” y, por tanto, como concluye S. Pániker, “no puede entenderse como una interioridad espiritualista ni como un principio metafísico aislado del mundo”. Lo cual es tanto como dejar de colocar al hombre como centro de la realidad. Sin embargo, este modo de entender las cosas no encontrará fácil acomodo en la sociedad actual. Sigo entiendo el mundo y la realidad como algo siempre en función y al servicio del ser humano.
martes, 11 de enero de 2011
AUNQUE LE DEN DOSCIENTOS
El pasado 7 de diciembre conocimos los resultados del Programa para la evaluación internacional de alumnos 2009 (PISA). Un fracaso sin paliativos. La educación española va cada día peor. Camina hacia atrás como el cangrejo. Estamos en el número 33 de una lista de 65 países. Nada que no supiésemos ya. Si contemplamos la situación de la educación en nuestra Comunidad autónoma el panorama es verdaderamente desolador. Seguimos encabezando el pelotón de los torpes. Parece como si, sobre la sociedad mallorquina, pendiese un funesto maleficio.
Como toda respuesta del responsable (Sr. Llinás), en el Gobierno balear, de gestionar la educación, nos hemos encontrado con esta valoración: “Baleares no debe desmoralizarse por los malos resultados del informe PISA”. A esto se le llama pensar en positivo. Está en línea con el beatífico juicio del Ministro educación para quien la enseñanza en España progresa adecuadamente. ¡Cuánta irresponsabilidad y mentira hemos de soportar!
Una vez más, creo que –en sintonía con el prefacio de George Orwell a su Rebelión en la granja- es necesario ejercer la libertad de decir a los socialistas lo que no quieren oír. Ustedes –por mucho que enmascaren la situación con las más variopintas excusas- son los principales responsables del desastre educacional de este país, de la incultura de la sociedad española y mallorquina, de un cierto nivel de analfabetismo funcional de nuestros jóvenes. Ya es hora, ya está bien: bájense del burro. Es tal el grado de ineficacia en la gestión educativa, es tal el daño que han perpetrado a esta sociedad, que ya no son creíbles. No abusen más de la gente e intenten venderles el burro, ande o no ande. Eso ya no cuela.
Reconozco que, por desgracia, juegan con ventaja. Disfrutan de todos los resortes del poder –que financiamos, por cierto, todos los ciudadanos- y pueden manipular a su antojo esta sociedad. Lo llevan haciendo muchos años. A pesar de todo, muchos les seguirán creyendo y apoyando. Pero esto no les legitima para ostentar exclusiva alguna en nada y –menos aún- en materia educativa o en cultura. Ese mito también se derrumbó ya hace mucho tiempo. No pidan más pactos educativos que consistan en que todos tengamos que apoyar y aplaudir sus opciones, que –por cierto- han fracasado estrepitosamente. Ahí están los resultados.
Lo más grave de todo es que no están dispuestos a bajarse del burro. Al contrario, están resueltos a seguir montados en el burro, a no abdicar de su empeño –mal llamado progresista-. Merecen por ello –y así completamos la frase- que les den doscientos.
El dicho –por si, como me temo, el Sr. Ministro y el Sr. Conseller no lo saben- alude a la condena a la pena de azotes. El condenado –como refiere José María Iribarren- “desnudo de cintura arriba y montado en un burro, era paseado por las calles y recibía del verdugo los palos que el juez o el tribunal hubiese señalado para castigo de sus culpas”. Ya que ahora semejante pena sería vejatoria, podría sustituirse por la de irse a su casa. Eso sí, sin indemnización ni pensión vitalicia alguna.
Gregorio Delgado del Río
El pasado 7 de diciembre conocimos los resultados del Programa para la evaluación internacional de alumnos 2009 (PISA). Un fracaso sin paliativos. La educación española va cada día peor. Camina hacia atrás como el cangrejo. Estamos en el número 33 de una lista de 65 países. Nada que no supiésemos ya. Si contemplamos la situación de la educación en nuestra Comunidad autónoma el panorama es verdaderamente desolador. Seguimos encabezando el pelotón de los torpes. Parece como si, sobre la sociedad mallorquina, pendiese un funesto maleficio.
Como toda respuesta del responsable (Sr. Llinás), en el Gobierno balear, de gestionar la educación, nos hemos encontrado con esta valoración: “Baleares no debe desmoralizarse por los malos resultados del informe PISA”. A esto se le llama pensar en positivo. Está en línea con el beatífico juicio del Ministro educación para quien la enseñanza en España progresa adecuadamente. ¡Cuánta irresponsabilidad y mentira hemos de soportar!
Una vez más, creo que –en sintonía con el prefacio de George Orwell a su Rebelión en la granja- es necesario ejercer la libertad de decir a los socialistas lo que no quieren oír. Ustedes –por mucho que enmascaren la situación con las más variopintas excusas- son los principales responsables del desastre educacional de este país, de la incultura de la sociedad española y mallorquina, de un cierto nivel de analfabetismo funcional de nuestros jóvenes. Ya es hora, ya está bien: bájense del burro. Es tal el grado de ineficacia en la gestión educativa, es tal el daño que han perpetrado a esta sociedad, que ya no son creíbles. No abusen más de la gente e intenten venderles el burro, ande o no ande. Eso ya no cuela.
Reconozco que, por desgracia, juegan con ventaja. Disfrutan de todos los resortes del poder –que financiamos, por cierto, todos los ciudadanos- y pueden manipular a su antojo esta sociedad. Lo llevan haciendo muchos años. A pesar de todo, muchos les seguirán creyendo y apoyando. Pero esto no les legitima para ostentar exclusiva alguna en nada y –menos aún- en materia educativa o en cultura. Ese mito también se derrumbó ya hace mucho tiempo. No pidan más pactos educativos que consistan en que todos tengamos que apoyar y aplaudir sus opciones, que –por cierto- han fracasado estrepitosamente. Ahí están los resultados.
Lo más grave de todo es que no están dispuestos a bajarse del burro. Al contrario, están resueltos a seguir montados en el burro, a no abdicar de su empeño –mal llamado progresista-. Merecen por ello –y así completamos la frase- que les den doscientos.
El dicho –por si, como me temo, el Sr. Ministro y el Sr. Conseller no lo saben- alude a la condena a la pena de azotes. El condenado –como refiere José María Iribarren- “desnudo de cintura arriba y montado en un burro, era paseado por las calles y recibía del verdugo los palos que el juez o el tribunal hubiese señalado para castigo de sus culpas”. Ya que ahora semejante pena sería vejatoria, podría sustituirse por la de irse a su casa. Eso sí, sin indemnización ni pensión vitalicia alguna.
Gregorio Delgado del Río
jueves, 6 de enero de 2011
GUARDA COMPARTIDA
Con ocasión de la presentación de su último trabajo (La custodia de los hijos. La guarda compartida: opción preferente. Editado por ‘Civitas Thomson Reuters, el periódico digital ‘Ciutat.es’ le hizo las siguientes preguntas:
Pregunta: Se habla, a partir de las estadísticas, de que en Europa cada minuto se deshace una pareja. España es el país de la Unión en que más han crecido las rupturas. Ello parece acreditar que el amor es cosa de dos días. ¿Qué opina de ello?
Respuesta: Las estadísticas reflejan, en efecto, ciertos hechos innegables. En este caso, la frecuencia de la ruptura de la pareja. Para completar el cuadro, deberíamos insistir en las consecuencias personales y sociales, y, muy especialmente, en el por qué de todo ello. A este respecto, me parece claro que debemos revisar el modo como decidimos vivir en pareja, el modo como vamos (capacitación/preparación) a ese tipo de vida en común y, finalmente, el modo como vivimos en pareja. Tengo la impresión de que, en general, damos testimonio claro de flaqueza e irresponsabilidad.
Pregunta: Como efecto de la ruptura, surge el problema de la guarda de los hijos, que divide aún más a los padres y causa daños muy graves a los hijos. ¿Qué cabe hacer?
Respuesta: Creo sinceramente –lo llevo diciendo hace ya bastantes años- que es urgente superar la ‘concepción maniquea’ de la guarda de los hijos: un progenitor –la madre- es bueno y gana y el otro –el padre- es malo y pierde. El único que, de verdad, pierde, es el hijo. Urge introducir un concepto más progresista –vigente ya en muchos países europeos- y moderno, a saber: el de la responsabilidad parental compartida.
Pregunta: Los hijos ahora -como siempre- suelen ser encomendados a la guarda de sus madres. Rara vez, la guarda se comparte entre los padres. ¿A qué lo atribuye?
Respuesta: Sinceramente creo que, al margen de ciertos hábitos y usos tradicionales que todavía perviven en la sociedad española, el verdadero causante es el Legislador socialista. Claramente claudicó –en busca del voto- ante las exigencias del feminismo militante de género. La consecuencia fue ésta: la guarda compartida pasó ser una opción excepcional.
Pregunta: Han sido varias las Comunidades autónomas (Aragón, Cataluña, Navarra, Valencia) que han introducido un criterio diferente (la guarda compartida como opción preferente). ¿No le parece que ello está implantando de hecho un trato discriminatorio?
Respuesta: Efectivamente estamos ante una manifestación más del desbarajuste legislativo que impera en España y que, en tema tan decisorio como la guarda de los hijos, origina tratos diferentes en función de la Comunidad autónoma en la que se resida. Habría que acabar con ello y unificar la legislación. Pero eso significaría cambiar el sistema y nadie está dispuesto a ello no éste ni en otros temas.
Pregunta: ¿Cómo ha sido posible, hasta ahora, prescindir de las exigencias de la común responsabilidad paterna?
Respuesta: Muy sencillo. La ‘progresía’ –por contradictorio que parezca- y el feminismo de género han optado en la reforma de 2005 por la tradición. Se dice otra cosa. ¡No faltaba más! Pero, esa es la realidad. En la práctica secundan el principio según el cual las madres son las mejores guardadoras y los niños están mejor educados con sus madres. A partir de aquí, ya se pueden imaginar todo lo que viene después. La posibilidad de una guarda compartida es vista por la propia Ley como algo excepcional.
Pregunta: Semejante planteamiento nos parece difícil de justificar. ¿Cómo explicarlo?
Respuesta: A decir verdad, se dan citan demasiadas complicidades. Además de la muy deficiente legislación, son muchos los Jueces, Fiscales y Psicólogos que participan de la ideología de género y obran en consecuencia. Como –a pesar de todo- las decisiones hay que fundamentarlas de alguna forma, el espectáculo que se ofrece es –en demasiados casos- obsceno. ¡Qué cosas se dicen e imponen en nombre de la Ley! Mi trabajo se ha centrado, en parte, en desmontar tan débil argumentario.
Pregunta: ¿Cuál es la posición que, en definitiva, defiende en su nuevo libro?
Respuesta: Lo diré con palabras de la Magistrada María Sanahuja (Barcelona): “Si queremos superar el modelo de la caverna –él caza, ella se ocupa de la prole-, crecer profesionalmente y enriquecer a nuestros hijos, la custodia compartida tiene que ser nuestro modelo”.
Con ocasión de la presentación de su último trabajo (La custodia de los hijos. La guarda compartida: opción preferente. Editado por ‘Civitas Thomson Reuters, el periódico digital ‘Ciutat.es’ le hizo las siguientes preguntas:
Pregunta: Se habla, a partir de las estadísticas, de que en Europa cada minuto se deshace una pareja. España es el país de la Unión en que más han crecido las rupturas. Ello parece acreditar que el amor es cosa de dos días. ¿Qué opina de ello?
Respuesta: Las estadísticas reflejan, en efecto, ciertos hechos innegables. En este caso, la frecuencia de la ruptura de la pareja. Para completar el cuadro, deberíamos insistir en las consecuencias personales y sociales, y, muy especialmente, en el por qué de todo ello. A este respecto, me parece claro que debemos revisar el modo como decidimos vivir en pareja, el modo como vamos (capacitación/preparación) a ese tipo de vida en común y, finalmente, el modo como vivimos en pareja. Tengo la impresión de que, en general, damos testimonio claro de flaqueza e irresponsabilidad.
Pregunta: Como efecto de la ruptura, surge el problema de la guarda de los hijos, que divide aún más a los padres y causa daños muy graves a los hijos. ¿Qué cabe hacer?
Respuesta: Creo sinceramente –lo llevo diciendo hace ya bastantes años- que es urgente superar la ‘concepción maniquea’ de la guarda de los hijos: un progenitor –la madre- es bueno y gana y el otro –el padre- es malo y pierde. El único que, de verdad, pierde, es el hijo. Urge introducir un concepto más progresista –vigente ya en muchos países europeos- y moderno, a saber: el de la responsabilidad parental compartida.
Pregunta: Los hijos ahora -como siempre- suelen ser encomendados a la guarda de sus madres. Rara vez, la guarda se comparte entre los padres. ¿A qué lo atribuye?
Respuesta: Sinceramente creo que, al margen de ciertos hábitos y usos tradicionales que todavía perviven en la sociedad española, el verdadero causante es el Legislador socialista. Claramente claudicó –en busca del voto- ante las exigencias del feminismo militante de género. La consecuencia fue ésta: la guarda compartida pasó ser una opción excepcional.
Pregunta: Han sido varias las Comunidades autónomas (Aragón, Cataluña, Navarra, Valencia) que han introducido un criterio diferente (la guarda compartida como opción preferente). ¿No le parece que ello está implantando de hecho un trato discriminatorio?
Respuesta: Efectivamente estamos ante una manifestación más del desbarajuste legislativo que impera en España y que, en tema tan decisorio como la guarda de los hijos, origina tratos diferentes en función de la Comunidad autónoma en la que se resida. Habría que acabar con ello y unificar la legislación. Pero eso significaría cambiar el sistema y nadie está dispuesto a ello no éste ni en otros temas.
Pregunta: ¿Cómo ha sido posible, hasta ahora, prescindir de las exigencias de la común responsabilidad paterna?
Respuesta: Muy sencillo. La ‘progresía’ –por contradictorio que parezca- y el feminismo de género han optado en la reforma de 2005 por la tradición. Se dice otra cosa. ¡No faltaba más! Pero, esa es la realidad. En la práctica secundan el principio según el cual las madres son las mejores guardadoras y los niños están mejor educados con sus madres. A partir de aquí, ya se pueden imaginar todo lo que viene después. La posibilidad de una guarda compartida es vista por la propia Ley como algo excepcional.
Pregunta: Semejante planteamiento nos parece difícil de justificar. ¿Cómo explicarlo?
Respuesta: A decir verdad, se dan citan demasiadas complicidades. Además de la muy deficiente legislación, son muchos los Jueces, Fiscales y Psicólogos que participan de la ideología de género y obran en consecuencia. Como –a pesar de todo- las decisiones hay que fundamentarlas de alguna forma, el espectáculo que se ofrece es –en demasiados casos- obsceno. ¡Qué cosas se dicen e imponen en nombre de la Ley! Mi trabajo se ha centrado, en parte, en desmontar tan débil argumentario.
Pregunta: ¿Cuál es la posición que, en definitiva, defiende en su nuevo libro?
Respuesta: Lo diré con palabras de la Magistrada María Sanahuja (Barcelona): “Si queremos superar el modelo de la caverna –él caza, ella se ocupa de la prole-, crecer profesionalmente y enriquecer a nuestros hijos, la custodia compartida tiene que ser nuestro modelo”.
sábado, 1 de enero de 2011
EL SUPREMO DON DEL ESPÍRITU
No hace mucho (24.11.2010), “La Gaceta” –el periódico del grupo Intereconomia- volvió a situarse en posiciones bastante tradicionales y no compartibles, precisamente porque, en mi opinión, no me parecen cristianas. Después de su soflama contra lo que considera traiciones, incapacidad, entrega al adversario, estupidez, fuego amigo, etc., se afirma: “Se ha llegado a unos extremos tales que la Iglesia precisa una fumigación a fondo que la libre de necios o de pasados al enemigo. Cierto que a los necios habrá que aguantarlos. Pero sin púlpito. Y a los traidores, puerta. Porque en otro caso nos pasamos la vida protegiéndonos del fuego amigo, como si no nos bastara el enemigo. Y como ya estamos ante las narices de quienes consienten tanta insensatez, ...” (F.J.F. de la Cigoña). No deja títere con cabeza.
No es nuevo, por cierto, verificar, en estos grupos eclesiales, la añoranza de “... aquellos tiempos férreos de la verdad única en que la Iglesia tenía que comportarse con la disciplina de un partido político” (S. Pániker). No acaban de asumir que, en los tiempos actuales, el absolutismo, aunque sea religioso, está muy en baja. No aceptan que las uniformidades no gocen de buen predicamento. Se muestran –supongo que inconscientemente- propicios a una especie de renacimiento de cierto fundamentalismo. No se sienten a gusto con el pluralismo imperante.
Con todas estas actitudes, evidencian su inseguridad en lo que dicen creer y el gran miedo que sienten –ahí les duele- ‘a la intemperie de las sociedades pluralistas’, como subraya S. Pániker. También la Iglesia es, en cierto sentido, pluralista. Y, en este tipo de sociedad –civil o eclesiástica- la libertad de conciencia es un principio rector esencial de funcionamiento.
Ya sé que una cosa es predicar y otra dar trigo. La Iglesia, con razón, exige el respeto a la conciencia individual. Pero, después, en su ámbito, no siempre se distingue por su respeto gozoso a la misma. Todavía, por desgracia, podemos preguntarnos si no sigue ahora siendo cierta aquella denuncia profética del gran teólogo dominico, Yves Congar, posteriormente nombrado Cardenal: “Los católicos son súbditos del Papa y prisioneros de un sistema eclesiástico, clerical, en el que se esclaviza a las conciencias, y las relaciones del alma con Dios parecen previstas y controladas”. ¿Es esto lo que añora el Sr. De la Cigoña?
Por mi parte, prefiero acogerme siempre a la ‘voz de la conciencia’, ese supremo don del espíritu humano.
No hace mucho (24.11.2010), “La Gaceta” –el periódico del grupo Intereconomia- volvió a situarse en posiciones bastante tradicionales y no compartibles, precisamente porque, en mi opinión, no me parecen cristianas. Después de su soflama contra lo que considera traiciones, incapacidad, entrega al adversario, estupidez, fuego amigo, etc., se afirma: “Se ha llegado a unos extremos tales que la Iglesia precisa una fumigación a fondo que la libre de necios o de pasados al enemigo. Cierto que a los necios habrá que aguantarlos. Pero sin púlpito. Y a los traidores, puerta. Porque en otro caso nos pasamos la vida protegiéndonos del fuego amigo, como si no nos bastara el enemigo. Y como ya estamos ante las narices de quienes consienten tanta insensatez, ...” (F.J.F. de la Cigoña). No deja títere con cabeza.
No es nuevo, por cierto, verificar, en estos grupos eclesiales, la añoranza de “... aquellos tiempos férreos de la verdad única en que la Iglesia tenía que comportarse con la disciplina de un partido político” (S. Pániker). No acaban de asumir que, en los tiempos actuales, el absolutismo, aunque sea religioso, está muy en baja. No aceptan que las uniformidades no gocen de buen predicamento. Se muestran –supongo que inconscientemente- propicios a una especie de renacimiento de cierto fundamentalismo. No se sienten a gusto con el pluralismo imperante.
Con todas estas actitudes, evidencian su inseguridad en lo que dicen creer y el gran miedo que sienten –ahí les duele- ‘a la intemperie de las sociedades pluralistas’, como subraya S. Pániker. También la Iglesia es, en cierto sentido, pluralista. Y, en este tipo de sociedad –civil o eclesiástica- la libertad de conciencia es un principio rector esencial de funcionamiento.
Ya sé que una cosa es predicar y otra dar trigo. La Iglesia, con razón, exige el respeto a la conciencia individual. Pero, después, en su ámbito, no siempre se distingue por su respeto gozoso a la misma. Todavía, por desgracia, podemos preguntarnos si no sigue ahora siendo cierta aquella denuncia profética del gran teólogo dominico, Yves Congar, posteriormente nombrado Cardenal: “Los católicos son súbditos del Papa y prisioneros de un sistema eclesiástico, clerical, en el que se esclaviza a las conciencias, y las relaciones del alma con Dios parecen previstas y controladas”. ¿Es esto lo que añora el Sr. De la Cigoña?
Por mi parte, prefiero acogerme siempre a la ‘voz de la conciencia’, ese supremo don del espíritu humano.
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