viernes, 21 de septiembre de 2012
jueves, 19 de abril de 2012
Decía -no hace mucho- Arcadi Espada que “ pocas cosas tienen un sentido público tan necesario e indiscutible como la verdad”. Ni los ciudadanos, ni la sociedad que conforman, ni los Estados ni sus Gobiernos deberían regirse por la mentira. Sin embargo, la realidad nos enseña hasta qué punto ésta se impone como verdad y hasta qué punto nos guiamos por ella. Como dijo J.F. Revel, “la primera de todas las fuerzas que dirigen al mundo es la mentira”.
Si hablamos de la verdad como especie a proteger, de inmediato pensamos en los Gobiernos y en los Partidos que los sustentan. Disponen de innumerables recursos -humanos y técnicos-, que no dudan en adulterar, a fin de imponer su verdad, que es, en la mayoría de los casos, mentira. Los tentáculos del poder se extienden sibilinamente por todo el cuerpo social con el obsceno afán de controlarlo y dirigirlo, a veces contra de sí mismo. Lo cual comporta, sin duda, un nefando engaño frente al que el ciudadano medio se siente indefenso. “La verdad, como dijera Antonio Machado, también se inventa”, se fabrica en los medios de comunicación, se cocina en las despensas de los Partidos, se sirve adulterada en múltiples mesas y, por ignorancia, error o malicia, es degustada con placer por bien pensantes ciudadanos. ¿Por qué nos empeñamos en ignorar tan evidente realidad?
La situación anterior de riesgo para la verdad se ve agravada aún más por lo que ocurre en las llamadas ‘redes sociales’. En ellas, sobre cualquier hecho pueden instalarse innumerables mentiras. Todos sabemos el eco exponencial que puede obtener un relato o una perspectiva falsa, por ignorancia, por malicia, por claudicación ideológica. La capacidad de manipulación en esos medios es proverbial. ¿Por qué nos empeñamos en ignorar su existencia y eficacia?
La pregunta –sobre todo, en momentos de crisis social y ética como el que estamos protagonizando- surge espontánea: ¿existe un derecho del ciudadano a protegerse frente a la mentira? Hoy por hoy, no atisbo en el horizonte una respuesta eficaz. Tampoco la espero de quienes deberían tutelar mis derechos. Sólo se me ocurre decir con Descartes que, si quieres “hallar a la verdad, es preciso dudar de todas las cosas”.
Probablemente no habríamos llegado a la lamentable situación actual si cada uno de nosotros hubiese sido más crítico; si, diariamente, nos hubiésemos atrevido a creer solamente en lo que habíamos experimentado; si, además, tuviésemos el hábito de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia; si fuésemos capaces de decir a los demás que se quedasen con su verdad.
Por muy ‘orwelliano’ que uno se sienta, no conviene patrocinar un Ministerio de la verdad. Lo controlaría alguien al servicio de la mentira. La única garantía, el único ministerio de la verdad, es uno mismo.
lunes, 16 de abril de 2012
Todos recordamos la simpatía con que se recibió en Occidente –particularmente, en Europa y EEUU- la Primavera Árabe. Asistíamos a movimientos revolucionarios, que implantarían la democracia en el mundo de las naciones árabes. Todo fue júbilo y celebraciones. Sin embargo, para muchos, la realidad se manifestaba a través de coordenadas muy distintas.
Más allá de la euforia legítima por la caída de diferentes dictadores, se puso de relieve toda una muestra de adaptación de la política occidental a posibles nuevas formas de tiranía, que no se advertían o se ocultaban interesadamente. Lo cual –desde otra perspectiva- significaba todo un ejemplo de manipulación de la opinión pública por los medios de comunicación de la izquierda y gran parte de la derecha. Ahora –con el paso del tiempo y los procesos electorales habidos-, tenemos razones que confirman los peores augurios para la libertad.
Para un mínimo esclarecimiento, pueden ser sugerentes algunas de las preguntas que, recientemente, formuló Serafín Fanjul (ABC, 1.03.2012, pág. 3), saber: “Los ‘moderados’, cuyo partido se llama de la ‘libertad’, legislarán a favor de la libertad real de la mujer, incluso en materia matrimonial?¿Garantizarán la libertad de culto, incluidos el proselitismo y el abandono del islam, o, al menos, dejarán de quemar iglesias? ¿Levantarán la asfixiante presión sobre la sociedad en materia de costumbres, ropas, ritos, omnipresencia del Corán en todas partes?”.
La respuesta -que sabemos- sitúa el problema en una dimensión diferente. “Lo esencial –ha dicho Ali Ahmed Said Esber- para los pueblos árabes quizá sea la liberación de la tiranía religiosa”. Esta fecunda idea del gran literato sirio –citado como posible premio Nobel de Literatura- nos permite afirmar con él que, hasta ahora, no hemos asistido a revolución árabe alguna, sino a simples cambios de régimen, a derrocamientos de dictadores, a caídas de tiranías. Nada garantiza que no puedan ser sustituidas por otras, tanto o más peligrosas. ¿Por qué?
“En las sociedades árabes no se producirá una revolución mientras no se alcance una separación total del poder político y el poder religioso. Los países árabes necesitan ser liberados de la sharia, la ley islámica. Las sociedades árabes necesitan una revolución laica, que permita a los pueblos liberarse del poder absoluto de los islamistas” (Ibidem). Completamente de acuerdo. Lo hemos dicho ya en otras ocasiones. El proceso que permita llevar a término semejante aspiración es largo, muy largo, y muy complejo. Pensemos lo que costó realizar esta transformación en Occidente, no obstante la helenización inicial del mensaje cristiano. Es necesario un proceso de secularización, de separación total del poder político del Corán y sus exégetas islamistas.
Este proceso está lejos de iniciarse. Probablemente, al haberse radicalizado en los últimos tiempos, se han dado pasos hacia atrás, se ha retornado, en algunos aspectos, al orden medieval. Es preciso reconocerlo y saludar con esperanza de un futuro lejano la magnífica estatua que preside la entrada a la Universidad del Cairo en Giza : una mujer que se alza el velo. ¿Qué hacer mientras tanto? No acomodarse a las tiranías, no apoyarlas, no mirar para otro lado, no perder la esperanza, confiar en los pueblos árabes, “contar la verdad. Pedir el respeto a la libertad y los derechos humanos” (Ibidem).
viernes, 6 de abril de 2012
A fuer de sincero, me parece que los españoles todavía no hemos tomado conciencia plena de nuestra situación real actual. Esta vieja nación atraviesa –víctima de muchos pecados del pasado- un momento especialmente delicado. Además de las cuestiones económicas que ahora visiblemente nos conturban, tenemos pendiente la solución a otros muchos problemas, políticos, sociales y éticos, que ahora se evidencian en su toda su infecunda eficacia.
El pasado jueves se protagonizó -una vez más- una las tentaciones que más cautivan a este pueblo: expresarse al margen de la ley. Se ha tomado la calle, se ha querido subvertir el orden salido de las urnas, se ha actuado con violencia, se ha impedido el ejercicio de los derechos de los demás, se ha falseado la realidad y se ha hecho uso de la mentira. Es más, como las cosas no les han salido como querían, amenazan con seguir en la misma línea. ¡Vaya panorama!
La vida nacional ha entrado, en mi opinión, en un verdadero radicalismo. Está –a decir verdad- en el ADN de sus agitadores: la izquierda política y cultural, junto con el nacionalismo. No exhiben nada nuevo. Siempre ha sido igual. Con la legalidad, si se les permite obtener lo que quieren. Fuera de la legalidad, cuando no se den las condiciones para realizar sus deseos. Lo del jueves –sin duda alguna- irá a más.
Frente a este mensaje claro de la izquierda (o nos votáis o tomaremos la calle), debería alzarse el liderazgo recio de la derecha. Tengo serías dudas al respecto. Todos los días atisbo los complejos del PP. Me atrevo a decirle que no tenga miedo a la libertad, que ha recibido el mandato popular para darle la vuelta a este país, que está llamado –además de poner orden en la economía- a encauzar por una senda diferente los muy graves problemas institucionales y éticos que, desde muy antiguo, nos aquejan.
Aunque alguien se moleste, es ahora cuando se echa de menos en la sociedad española unas cuantas dosis de luteranismo. Son tiempos para la libertad y para la responsabilidad. Todos estamos convocados a esta empresa. Sólo se necesita un líder clarividente, que sea capaz de sacar la luz interior de los españoles.
A fuer de sincero, me parece que los españoles todavía no hemos tomado conciencia plena de nuestra situación real actual. Esta vieja nación atraviesa –víctima de muchos pecados del pasado- un momento especialmente delicado. Además de las cuestiones económicas que ahora visiblemente nos conturban, tenemos pendiente la solución a otros muchos problemas, políticos, sociales y éticos, que ahora se evidencian en su toda su infecunda eficacia.
El pasado jueves se protagonizó -una vez más- una las tentaciones que más cautivan a este pueblo: expresarse al margen de la ley. Se ha tomado la calle, se ha querido subvertir el orden salido de las urnas, se ha actuado con violencia, se ha impedido el ejercicio de los derechos de los demás, se ha falseado la realidad y se ha hecho uso de la mentira. Es más, como las cosas no les han salido como querían, amenazan con seguir en la misma línea. ¡Vaya panorama!
La vida nacional ha entrado, en mi opinión, en un verdadero radicalismo. Está –a decir verdad- en el ADN de sus agitadores: la izquierda política y cultural, junto con el nacionalismo. No exhiben nada nuevo. Siempre ha sido igual. Con la legalidad, si se les permite obtener lo que quieren. Fuera de la legalidad, cuando no se den las condiciones para realizar sus deseos. Lo del jueves –sin duda alguna- irá a más.
Frente a este mensaje claro de la izquierda (o nos votáis o tomaremos la calle), debería alzarse el liderazgo recio de la derecha. Tengo serías dudas al respecto. Todos los días atisbo los complejos del PP. Me atrevo a decirle que no tenga miedo a la libertad, que ha recibido el mandato popular para darle la vuelta a este país, que está llamado –además de poner orden en la economía- a encauzar por una senda diferente los muy graves problemas institucionales y éticos que, desde muy antiguo, nos aquejan.
Aunque alguien se moleste, es ahora cuando se echa de menos en la sociedad española unas cuantas dosis de luteranismo. Son tiempos para la libertad y para la responsabilidad. Todos estamos convocados a esta empresa. Sólo se necesita un líder clarividente, que sea capaz de sacar la luz interior de los españoles.
sábado, 31 de marzo de 2012
Dos mujeres británicas fueron despedidas por negarse a ocultar en el trabajo el signo de la cruz. Nadia Eweida perdió su puesto de azafata de tierra en British Airways. Shirley Chaplin, enfermera de profesión, fue despedida por el hospital de Exeter por motivos similares. La cuestión ha llegado al Tribunal Europeo de Derechos humanos. Ya veremos qué decisión toma.
El Gobierno británico –en un gesto sectario– ha encomendado a sus representantes que se opongan al derecho de los cristianos a llevar colgado al cuello el símbolo religioso de la cruz durante el trabajo. En concreto, el Gobierno Cameron entiende –y así lo alegará– que llevar semejante símbolo religioso no forma parte esencial de la fe cristiana, que es algo opcional y que no constituye un requisito religioso obligatorio. Es decir, no forma parte del derecho individual de libertad religiosa, cuya tutela y protección asume el Estado para todos los ciudadanos con independencia del color de su fe religiosa. La consecuencia –en opinión de la ministra de igualdad– es clara: las empresas pueden despedir a aquellos empleados que rechacen ocultar el símbolo religioso de la cruz.
Llevamos bastante tiempo en Europa con la misma cantinela. Avergonzada de su propia identidad, se empeña en imponer la ley del silencio a todo aquello que suene a religión y más si es la cristiana. Eso sí, con el hipócrita amparo en la tutela de la libertad religiosa. La izquierda política y cultural –con manifiestas complicidades de cierta derecha– hace ostentación de semejante sectarismo, ya caduco y trasnochado. Ni siquiera, al parecer, la políticamente correcta censura permite la visualización de los signos externos de la fe que cada cual pueda abrazar y convertir en el motor de su existencia. La corrección aconseja la ocultación de tales signos, por ejemplo, en el trabajo.
Uno se pregunta –ante estas actitudes contrarias a la autonomía personal– de qué libertad estamos hablando, qué entendemos por sociedad pluralista, qué significa eso del respeto y de la tolerancia. Uno puede entender que cualquier signo religioso, cualquier símbolo ideológico y/o solidario, cualquier expresión externa de las infinitas utopías humanas, pueda no ser compartido por el vecino o por el compañero de trabajo. Uno puede entender que sus ideas y creencias molesten a otros. Diría que, hasta cierto punto, es inevitable, sobre todo si tenemos en cuenta que muchos viven sus convicciones de un modo dialéctico o arrojadizo frente a los demás. Pero esto forma parte del necesario pluralismo reinante. La actitud responsable –que deben propiciar los Estados– no es exigir el ocultamiento de tales símbolos (imponer la censura y el silencio) sino fomentar el respeto y la tolerancia.
Todo persona –dicen, al menos formalmente, los textos de derecho constitucional internacional–, sea de la religión que sea, puede practicarla, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, y exhibirla, si ese es su deseo, con toda amplitud, amparada precisamente por el respeto y tolerancia de todos. El único límite lo conocemos perfectamente: el respeto a la dignidad de los demás, el respeto a los derechos humanos, la ausencia de violencia y coacción.
No se me ocurre nada mejor para ilustrar lo expuesto que recordar unas palabras del Estatuto de la libertad religiosa de Virginia (a.1785). En él se rechaza “la impía presunción de legisladores y dirigentes, tanto civiles como eclesiásticos, quienes siendo hombres y, por tanto, falibles, han asumido el dominio sobre la fe de otros hombres, implantando sus opiniones y modos de pensar como los únicos verdaderos e infalibles, y tratando de imponerlos a otros”.
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domingo, 25 de marzo de 2012
Por fin, la esperada huelga general ya tiene fecha. UGT y CCOO no han sabido resistir la tentación. Han preferido demostrar –una vez más- que, en las sociedades abiertas, la HG sólo sirve a los fines de la lucha política. Ya no luchan –al margen de la retórica utilizada- por la clase trabajadora, que, en realidad, en modo alguno representan. Están en otra cosa: en desgastar al Gobierno del PP, en hacer causa común con los partidos de izquierdas, en pagar al PSOE los favores que, en su día, les otorgó, en ganar en la calle lo que perdieron estrepitosamente en las urnas.
Si, en verdad, su razón de ser estuviese en función de los trabajadores, habrían mantenido una actitud diferente a lo largo de la crisis y de la gestión de la misma que hizo el Gobierno socialista. No habrían permanecido ‘calladitos’ ante la masiva destrucción de puestos de trabajo y el cierre de numerosas empresas generadoras del mismo. Se habrían levantado contra el Gobierno de izquierdas. No se habrían limitado a poner el cazo, a recoger las prebendas y privilegios, que tan generosamente les otorgaba un Gobierno de izquierdas a cambio de su silencio. Como observaron una actitud egoísta e hipócrita, ajena a su verdadera función, y como hicieron –a la vista de todos- lo que hicieron, ahora, no tienen la más mínima autoridad moral.
Su ilegítima adhesión a la lucha política callejera -ya veremos ese día cómo respetan los derechos de los demás-, demuestra que, en estos momentos complicados para el país, no tienen empacho alguno en causar más daño a la economía, en crispar y dividir la sociedad, en enfrentar a la gente. ¡Qué irresponsabilidad!
Aunque no lo digan, todos sabemos que están rabiosos por un único motivo: temen que se les acaba la bicoca y el cuento. ¡Ya era hora!
Precisamente, el pueblo –a quien Ustedes no respetan, aunque vivan de él-, que no es tonto, no les secundará ese día. ¡Hay que tener cara para, después de lo que han hecho, pedir el apoyo de la ciudadanía! No lo tendrán y serán los grandes derrotados.
La mejor contribución que se puede hacer a este maltrecho país es pasar de largo e ir a trabajar. No se pueden secundar tan traidores propósitos.
Por fin, la esperada huelga general ya tiene fecha. UGT y CCOO no han sabido resistir la tentación. Han preferido demostrar –una vez más- que, en las sociedades abiertas, la HG sólo sirve a los fines de la lucha política. Ya no luchan –al margen de la retórica utilizada- por la clase trabajadora, que, en realidad, en modo alguno representan. Están en otra cosa: en desgastar al Gobierno del PP, en hacer causa común con los partidos de izquierdas, en pagar al PSOE los favores que, en su día, les otorgó, en ganar en la calle lo que perdieron estrepitosamente en las urnas.
Si, en verdad, su razón de ser estuviese en función de los trabajadores, habrían mantenido una actitud diferente a lo largo de la crisis y de la gestión de la misma que hizo el Gobierno socialista. No habrían permanecido ‘calladitos’ ante la masiva destrucción de puestos de trabajo y el cierre de numerosas empresas generadoras del mismo. Se habrían levantado contra el Gobierno de izquierdas. No se habrían limitado a poner el cazo, a recoger las prebendas y privilegios, que tan generosamente les otorgaba un Gobierno de izquierdas a cambio de su silencio. Como observaron una actitud egoísta e hipócrita, ajena a su verdadera función, y como hicieron –a la vista de todos- lo que hicieron, ahora, no tienen la más mínima autoridad moral.
Su ilegítima adhesión a la lucha política callejera -ya veremos ese día cómo respetan los derechos de los demás-, demuestra que, en estos momentos complicados para el país, no tienen empacho alguno en causar más daño a la economía, en crispar y dividir la sociedad, en enfrentar a la gente. ¡Qué irresponsabilidad!
Aunque no lo digan, todos sabemos que están rabiosos por un único motivo: temen que se les acaba la bicoca y el cuento. ¡Ya era hora!
Precisamente, el pueblo –a quien Ustedes no respetan, aunque vivan de él-, que no es tonto, no les secundará ese día. ¡Hay que tener cara para, después de lo que han hecho, pedir el apoyo de la ciudadanía! No lo tendrán y serán los grandes derrotados.
La mejor contribución que se puede hacer a este maltrecho país es pasar de largo e ir a trabajar. No se pueden secundar tan traidores propósitos.
miércoles, 14 de marzo de 2012
Una parte de la sociedad –la que dice ser de izquierdas- ha protagonizado, en días pasados, un espectáculo bastante penoso. Ha salido a la calle –en las instituciones no tiene mucho que hacer- para expresar su gran preocupación por la futura educación de nuestros hijos. Unos cuantos profesores, padres, alumnos –cogidos de la mano- se han ejercitado en el insulto fácil, en las pintadas en edificios públicos y religiosos, en la mentira, en la manipulación, en la violencia. ¿Han pensado alguna vez –padres y profesores- en el dicho de Einstein de que “la única manera de educar es dando un ejemplo”? ¿Están satisfechos del camino que Ustedes están mostrando a sus hijos y alumnos? ¿Creen que el odio, la división, la violencia, la mentira, la manipulación, el dejarse instrumentalizar es un buen ejemplo para sus hijos y alumnos? ¡Estos son valores tangibles. Sí señor!
Como, por desgracia, la actitud de la izquierda política y cultural cuenta con la idiotez de tanto incauto como les secunda, me permito sugerirles unas cuantas cuestiones cuyo análisis puede ayudarles a no participar en su propia instrumentalización al servicio de fines ajenos a la educación de sus hijos y alumnos.
No quisiera que lo tomaséis a ofensa –padres y profesores que tanto chilláis en la calle-. Tengo que recordaros a un clásico, a Pitágoras. Decía así: “Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”. Hacer ciudadanos, hombres de bien, diríamos ahora. ¿Consideran que su actitud, como padres y profesores, contribuye a este objetivo tan esencial? Piénselo despacio. La respuesta que se den es trascendente, entre otros, para Ustedes.
Dada la situación económica que nos aqueja, es ingenuo pensar que el estado del bienestar que hemos conocido pueda subsistir. Hay que apretarse el cinturón a todos los niveles. Los recortes –aunque haya que priorizarlos- se harán presentes y no queda otro remedio que adaptarse a la nueva situación. ¿Por qué –me pregunto ingenuamente- no salieron el curso pasado a la calle y protestaron airadamente cuando ZP redujo en más del 8% el presupuesto para educación? No me digan que no se enteraron o que, acaso, tal reducción no afectaba a la educación de sus hijos y alumnos. ¿Por qué aquel recorte, no, y éste, de ahora, sí? Espero que tengan alguna razón más convincente que la del color del Gobierno que la adopta.
Les preocupa, según dicen, el futuro de la educación en este país. ¿De verdad les preocupa? No nos habíamos enterado. ¿Por qué se lo tenían tan callado? ¿Cómo es que, con tales niveles de preocupación, no han reaccionado hasta ahora que la izquierda ha perdido el poder?
No negarán que el sistema educativo –el que venimos sufriendo desde Felipe González-destaca por su ineficacia y su absoluto fracaso. ¿Cómo es que Ustedes –padres y profesores que ahora salen a la calle- no se han manifestado hasta ahora? Han tenido todo el tiempo del mundo, han tenido motivos más que sobrados. Y, sin embargo, han permanecido calladitos. ¿Por qué de tal silencio? ¿Cómo nos lo explican? ¿De verdad piensan que el fracaso del sistema radica en los posibles, presentes o futuros, recortes? ¿Es ajena su actitud al color político de quienes ahora ostentan el Gobierno por encargo del pueblo?
Por otra parte, sus temores me parecen infundados. Me temo que el PP no realizará -por desgracia- la reforma educativa que necesita este país. Desde luego, nada augura tal noticia a la vista de los planes esbozados por el Ministerio. ¿A qué tanto miedo, señores de la izquierda? No se preocupen. Seguiremos padeciendo los males del sistema que Ustedes han implantado.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Mucho me temo que algunas cosas del Gobierno del PP estén haciendo realidad aquella frase antigua alusiva a la inteligencia del estudiante que iba a la Universidad salmantina. Por muy grande y famosa que fuese dicha Universidad, si el que acudía a sus aulas carecía de las dotes necesarias para el estudio, saldría de ellas sin apenas haber aprendido algo. ‘Quod natura non dat, Salmantica non prestat’.
No basta, Señores del PP, con haber ganado, con amplia mayoría absoluta, las pasadas elecciones. Eso será inútil para este país –cabreado con ZP más que simpatizante natural de Rajoy- y, a corto plazo, peligroso para Ustedes. Los votos, por mucho que piensen lo contrario, no otorgan la inteligencia política ni el cumplimiento de lo prometido ni la fidelidad a lo que dicen ser sus principios y valores. ¡Qué más quisieras, ranchera!
Ya sé que llevan poco tiempo. Pero, más que suficiente para dudar de Ustedes. ¡Vaya error que han cometido! No valen excusas ni pretextos. La Sra Díez les ha retratado. Y lo ha hecho Ella solita y en un tema esencial para la dignidad de un país que se precie. ¿Dónde está el fin de ETA y la entrega de las armas?¿No decían que con ETA no se negociaba y había que derrotarla con la Ley? Da igual lo que le opongan y quienes les hayan apoyado. Han sido puestos en evidencia. Han demostrado una nula inteligencia política. No olviden que los votos también vuelan y son caprichosos. ¿Por qué no nos explican con claridad a los ciudadanos –a quienes fríen a impuestos en diferentes versiones- el nuevo tiempo político? ¿Acaso se avergüenzan de dar la cara? Me temo que así es.
Ahora resulta –ya habíamos expresado nuestros temores al respecto mucho antes de las elecciones que ganaron por goleada- que ZP dio pasos en materia de terrorismo y lo hizo contando con el beneplácito de Ustedes. ¿Por qué no rompen el pacto en el País vasco? ¡Qué pasa! ¡Que están de acuerdo! Vaya, vaya, Sr. Rajoy. Ahora va a resultar que Ustedes pueden hacer lo mismo o muy parecido a lo que hizo ZP, tan criticado por Ustedes. Ahora resulta que no quieren ilegalizar. ¿Pero no decían que había pruebas más que suficientes? A este paso también Ustedes van a hacer cosas que helarán el alma de este país. ¿Dónde queda aquello que decían anteayer de que no había que negociar sino aplicar la Ley?
Recuerdo lo que uno ha tenido que aguantar cuando-en tiempos no muy lejanos- insinuaba que el PP estaba en el ajo, al lado de ZP. ¡Qué cosas decían y cómo te ponían! Ja, ja, ja. Todo se llega a saber. Y, ahora, ¿qué? En fin, no tienen remedio. Ni siquiera con mayoría absoluta.
lunes, 27 de febrero de 2012
Ya lo ven. Una vez más, el líder de UGT ha dado muestras cumplidas de su gran inteligencia sindical y política. Tantos años lejos del trabajo diario, le han permitido estar al día, evolucionar en su pensamiento, mantenerse fresco y en forma. No es extraño, en consecuencia, que su receta, para estos tiempos de crisis gestados con su complicidad, tenga que ver con el rancio discurso entre el capital y el trabajo, entre buenos y malos, entre progresistas y fascistas, entre ricos y pobres, entre demócratas y fachas. ¡Siempre lo mismo! Se presume de lo que se carece. Se permanece anclado en los planteamientos de inicios del siglo pasado. Eso sí, son progresistas.
Tan seguros están de su receta, tan firmes en su interesada e hipócrita lucha, tan lejos se sienten de lo que ellos mismos han contribuido a crear, que nos amenazan -a nosotros que les pagamos-con toda clase de males, con “huelgas salvajes e incendios”. A esto se le llama coherencia. ¿Por qué? ¿Qué les hemos hecho los sufridos ciudadanos? ¿Qué es lo que realmente buscan?
Tengo la impresión de que la casta sindical se arroga una representatividad que no ostenta. Por no representar, no representan ni a la clase trabajadora. Desde luego -a ver si se enteran-, el pueblo no los ha elegido ni ve con buenos ojos lo ‘calladitos’ que han estado hasta hace muy poco. ¿Por qué de tal actitud?
Aunque pretendan mirar para otro lado, porque se vendieron -con alta traición al movimiento obrero- al zapaterismo estéril, ineficaz y ruinoso. No pareció importarles el desastre que generaban. Sólo les interesaba poner el cazo y retirarlo lleno. ¿Qué quieren ahora? Busquen el apoyo y el aplauso en otro lugar. El ciudadano sabe perfectamente lo que han hecho ustedes, lo que buscan y lo que quieren. Nada que tenga que ver con el bienestar general de la ciudadanía.
Tengo que reconocer que gozan de una triste ventaja. Nos la recordaba el otro día Agustín Pery al subrayar que “la inteligencia, o pillería, de Lorenzo es la idiotez de los ciudadanos que tragamos con una casta sindical tan desprestigiada como la política”. Lleva toda la razón. No hemos escuchado protesta alguna sindical ante el incremento progresivo de la cifra de parados. ¡Ya está bien! ¿Hasta cuándo permitiremos que abusen de nuestra paciencia?
martes, 21 de febrero de 2012
Una vez más aparece en la vida nacional la realidad de la frustración. La reforma del sistema educativo no supera la improvisación ni el enfrentamiento ideológico. ¡Una pena!
No seré yo quien niegue que la asignatura de Educación para la ciudadanía se significaba por un cierto carácter sectario y por su fuerte ideologización. Pero tampoco mantendré que la nueva asignatura (Educación cívica y constitucional) nos sacará del atolladero en que se halla sumido el sistema educativo. Lo importante está en otro sitio. Pero, como seguimos en el enfrentamiento, todo se focaliza en un gesto: cargarse el sectarismo zapateril y sustituirlo por otro también doctrinario.
En Berlín, Benedicto XVI subrayó que el tiempo actual viene “marcado por el pluralismo”. Sociedad plural –cada vez más laica, en consecuencia-, que no es pensable que “pueda sostenerse a largo plazo sin un consenso sobre los valores éticos fundamentales”. La enseñanza de estos valores éticos parecería esencial en cualquier sistema educativo. Sin embargo, aquí radica el problema.
Cuando en la Iglesia católica se habla de valores éticos se entiende que se trata de valores fundados en la religión, que se ha convertido de hecho en señal de identidad, en principio de organización social y en fuente de vida personal. Es obvio, que la ética laica y la cultura hace mucho tiempo que se emanciparon de la religión. Es obvio que la sociedad se ha secularizado y ha devenido muy plural y laica. Es obvio que, por este nuevo camino, no puede transitar la anterior concepción de la religión.
En la sociedad posmoderna, la religión ha sido relativizada y, por ello –ya desde Kant-, “no hace falta creer en Dios para asumir valores morales, la ética no necesita para nada de la religión” (S. Pániker). Hablamos, pues, de un ética laica, no de una ética confesional. El enfrentamiento es claro e insuperable.
Es precisamente esta ética laica la que debería enseñarse en el sistema educativo. Como ha vuelto a recordar José A. Marina a propósito de la reforma educativa del Gobierno, “en algún momento tendrán que oír hablar nuestros alumnos de ética, es decir, de principios morales universales, y no confesionales o familiares”.
sábado, 11 de febrero de 2012
Como es sabido, el PP tiene planteado -hace ya siete años- un recurso ante el Tribunal constitucional contra el matrimonio entre homosexuales. El otro día, el Ministro de justicia recordó, en unas declaraciones a la Cadena Ser, esta posición de su partido. Pero, al mismo tiempo, expresó que, no obstante, no encontraba -en su opinión particular- causa de inconstitucionalidad. La derecha más fundamentalista y doctrinaria de este país saltó inmediatamente a la opinión pública y expuso -a bombo y platillo- la opinión confesional conocida de todos. Están en su derecho.
Ahora bien, con independencia de la opinión que cada cual pueda abrigar sobre el particular, conviene llamar la atención sobre algunas cosas de las que, en mi opinión, no se puede prescindir.
La primera consiste en subrayar que, en un Estado laico, como el nuestro (aunque lo niegue ese sector católico), no es posible imponer a la sociedad, con la fuerza del Estado, ninguna concepción confesional acerca del matrimonio y la familia. Es legítimo que los grupos confesionales tengan su propio modo de ver esta realidad y la expongan en la plaza pública. Pero, ello no significa que el Estado haya de aceptarla de modo necesario y menos aún imponerla a una sociedad pluralista (y, por tanto, laica) como la española.
La segunda está en relación con una realidad social innegable. El matrimonio tradicional se ha descafeinado en tal grado que apenas pasa de ser otra cosa que una pura situación de hecho con efectos jurídicos. Digan lo que digan, crean lo que crean, lo cierto es que la gente -de forma muy mayoritaria- no acepta la concepción católica del matrimonio (en concreto, su indisolubilidad). Prefiere una unión soluble y hecha a la carta.
La tercera está directamente relacionada con la ingenuidad con la que algunos aparecen ante la opinión pública. El problema no reside en el Sr. Ruíz Gallardón -un verso suelto-. ¡Ojalá todo se redujese a esta constatación! En mi opinión, el problema radica en la posición de su Partido como tal. Es el PP quien, en este tema, no parece que haga suyas las convicciones que supuestamente se le atribuyen. No se ve que el PP esté dispuesto a dar la batalla. Esto -que me parece obvio- incomoda profundamente a la derecha católica. Pues, lo siento. Pero nadie les ha mandado confiar la vigencia efectiva de sus convicciones confesionales a la acción de un Partido político, a quien, a la larga, sólo le interesa el voto. Quien, en todo caso, les está fallando -en la perspectiva en que se sitúan- no es el Ministro de justicia, sino el Partido popular.
La cuarta consiste en recordar a estos grupos confesionales que en el pecado llevan la penitencia. En efecto, se opusieron abiertamente -todo el mundo sabe la razón de fondo- al proyecto legal de configurar y calificar estas realidades como unión civil. El tema quedó aparcado y ZP les hizo tomar taza y media. No quisieron la unión civil y tuvieron que tragar el matrimonio entre parejas homosexuales. Resulta sarcástico ver que ahora estos grupos confesionales consideran piedra angular (unión civil) la que ellos mismos desecharon en su día. ¡Qué aprendan!
La quinta puede consistir en recordar que, para escabullir el bulto, muchos políticos de la derecha lanzan balones fuera al respecto, esto es, esperan el veredicto del Tribunal constitucional -que presumen a favor de la constitucionalidad de las uniones en cuestión- y en base al mismo lavarse las manos o llamarse andana. La intervención del Ministro de justicia encaja perfectamente en este posicionamiento del partido. Es decir, como no tiene sentido que un Ministro exprese su posición particular, sólo es posible entender sus declaraciones como un mensaje al propio Tribunal constitucional. ¡Al tiempo!
En definitiva, estos grupos que legítimamente alzan su voz, deben tomar buena nota de lo que está ocurriendo. Ser más flexibles a la hora de querer imponer sus posiciones a toda la sociedad y andar atentos a lo que es posible desde una perspectiva política. No deberían olvidar el dicho que nos sirve de título, a saber: “ojo al Cristo, que es de plata”.
viernes, 10 de febrero de 2012
Todos hemos visto la que se ha liado en Asturias. Lo verdaderamente sorprendente radica en que era absolutamente innecesario. ¿Qué necesidad tiene el PP –cuando ostenta todo el poder en España- de montar semejante gatuperio? Ninguna. Pero, se ve que no han sabido resistir a la dulzura de la venganza, que dice Vargas Llosa.
En todo este triste episodio, ya se han puesto de relieve tres cosas, a cual más indecente, que quiero subrayar. La primera está en relación con el tancredismo del S. Rajoy. ¡Desconocía los detalles! Una decisión de este calibre no se toma sin su conocimiento y autorización. Por tanto, mintió. Lo cual no es de recibo, como tampoco lo era cuando lo hacía ZP. ¡Ya empezamos mal!
La segunda está en relación con los portavoces del PP. ¡Qué cosas han dicho! ¡Con lo bien que hubiesen estado calladitos! Por cierto, no parece que sea malo ir a votar de nuevo. ¿Qué les pasa? ¿Acaso no creen en ello o no están habituados? Mal, pero que muy mal. Puestos a explicar las cosas, no hemos visto que hayan aludido a lo que realmente han hecho: prorrogar, en comandita con el PSOE, los presupuestos del adversario y que ustedes rechazaron en su día. Tal contradicción no es fruto de la falta de cintura política del Sr. Cascos sino del alma creadora del PP. Lo han podido evitar y enmendar, en lo que hubiesen creído oportuno, el proyecto de presupuestos presentado. Sin embargo, han preferido el abrazo del oso y estrangular al Sr. Cascos. ¡Ya veremos como les sale!
La tercera tiene que ver con la impresentable crítica de los medios de la derecha. Todos a una, como en Fuentevejuna. Nada de matices. La voz de su amo, como los medios de la izquierda. ¡Qué importa la voz del pueblo! Sólo éste puede resolver el conflicto. Todo lo demás es agua de borrajas. Lo que dicen, no se lo creen ni quienes lo afirman. Así no se contribuye a formar opinión.
No puedo por menos de recordar un dicho de Pietro Motastasio. Dice así: “Usar la venganza con el más fuerte es locura, con el igual es peligroso, y con el inferior es vileza”. Sin comentarios.
miércoles, 11 de enero de 2012
Es evidente –salvo para los corifeos y pelotas de siempre- que Rajoy ha empezado mal. Ha incumplido las promesas electorales. Ha hecho lo que siempre ha dicho que no haría: subir los impuestos. Y lo ha hecho sin explicarlo bien y sin justificarlo como es debido.
La comunicación con el ciudadano sigue siendo una asignatura que no aprueba el PP. Siguen prisioneros de sus complejos. ¿Por qué no se atreven a decir la verdad de aquello que se han encontrado? ¿Acaso tienen miedo a la reacción de la izquierda? ¡Lamentable! Parece hasta mentira. Pero, es así. No lo duden, señores del PP, pagarán un alto precio por no saber o no querer explicar lo que hacen.
Todavía hay más. El entuerto ofrece una dimensión mucho más profunda: No ha sabido justificarlo. Lo cual me parece especialmente grave. Me temo que, en el fondo, no tienen claro cuál es su función como representantes del pueblo. Para exigir un esfuerzo tan importante a las ya sufridas clases medias hay que pertrecharse de altas dosis de autoridad moral. Es decir, antes hay que hacer verdadera limpieza, empezando por la propia clase política. Antes hay que exigir un esfuerzo proporcionado a los grandes capitales, al clase verdaderamente rica de este país. ¿Por qué no lo hacen? Mal, muy mal empezamos.
Cuando se piden tantos sacrificios –en muchos casos más del 50% del rendimiento del propio trabajo-, la ejemplaridad de la Administración pública adquiere un protagonismo especial. No se puede malgastar ni un euro. Es más, antes de exigir semejante esfuerzo al ciudadano, hay que dar ejemplo y acabar con cualquier gasto inútil, por insignificante que sea y afecte a lo que afecte. Se trata de acabar con las causas reales del cachondeo hasta ahora existente. Hay que acabar con la existencia de instituciones, fundaciones, empresas, organismos, consejos, institutos, inútiles e ineficaces y que sólo sirven para colocar a los del propio partido cuando se ostenta el poder. Es una simple pero esencial cuestión de ejemplaridad previa.
¿A qué viene semejante pusilanimidad del Gobierno Rajoy? Él sabrá. Pero se la está jugando.
domingo, 8 de enero de 2012
Una de las manifestaciones más claras de la importancia que una sociedad otorga a la educación de sus ciudadanos reside en la financiación de su sistema educativo. Vamos a mostrar, al respecto, cómo la realizan en aquellos países (Semanal ABC, 10.12.2011), que tienen reconocido un notable éxito educativo.
Según declaraciones de Reijo Aholainen, Director del Ministerio de Educación y cultura, en Finlandia “hay consenso para que nunca falte financiación. Casi todas las escuelas son públicas y municipales. El transporte escolar, los libros y la comida son gratis. Nuestras aulas tienen televisor, cocina, audiovisuales...¡y un ordenador por cada dos alumnos! El Estado corre con los gastos educativos de cada filandés hasta que consigue un título”. Viene a invertir unos 200.000 € en educar a cada filandés desde primaria hasta la Universidad. Se le inculca al alumno que no malgaste el dinero del contribuyente, que es quién paga, en definitiva, su educación.
En Suecia hubo un momento –al inicio de los 90- en el que se entendió que el derecho a elegir el mejor Colegio para los hijos no podía depender de la capacidad económica de sus padres. Odd Eiken, ex secretario de Estado de educación, explica cómo el Gobierno conservador promovió una reforma –que respetaron y mantuvieron después los socialdemócratas-, consistente en que el Estado da un cheque anual por cada hijo, de un valor que oscila entre 6000 y 7500 €. Las familias –dentro de cada municipio- reciben la misma cantidad por hijo. Con esa cantidad se cubre aproximadamente un 85% del coste de la escuela, que los padres hayan elegido, sea pública o privada. Sistema de financiación, que apoyan la izquierda y la derecha políticas.
En Singapur, otro de los países que entendió que la educación era clave para sobrevivir y competir, dedica –según Saravanan Gopinathan, Profesor de un Instituto nacional de educación- el 20% del presupuesto nacional. “Lo consideramos –dice- una inversión, no un gasto”.
En Corea del Sur –nos cuenta Sunwoong Kim, Profesor universitario-, se dedica a la educación casi el 7% del PIB. Como ello no es suficiente, en las escuelas públicas gratuitas “se debe pagar un donativo, que se supone que es voluntario pero que en realidad no lo es, de 600 dólares mensuales”. Sin embargo, las familias pagan otro tanto o más que el Gobierno en educación.
En España se ha abierto el debate –con gran escándalo entre los profesionales de la enseñanza pública más atentos, en general, a sus derechos laborales que a los frutos de su función- en torno a la gratuidad de la enseñanza, sobre todo en el nivel universitario. Como en tantas otras cuestiones, la iniciativa ha correspondido a Esperanza Aguirre. Es cierto que el alumno universitario apenas satisface el 10% del costo de la plaza que ocupa. Es cierto también que si no aprueba, volverá a disfrutar de un precio casi gratuito por su nueva matrícula. Es cierto que este estado de cosas puede llevar a preguntarse sobre su dimensión social. Es cierto que los impuestos del ciudadano -y todos pagamos- se utilizan para financiar la desidia de muchos repetidores. Es cierto, por tanto, que el debate sobre la gratuidad de la enseñanza –al menos, en ciertos niveles- es merecedor de atención.
Sin embargo, soy partidario de la más amplia gratuidad en la enseñanza a todos sus niveles. Dado el alto nivel impositivo que soportamos, hemos adquirido el derecho a recibir la educación de nuestros hijos con gratuidad. Su exigencia efectiva me parece una cuestión elemental y esencial, de simple salud democrática, correspondiente con la prioridad en que ha de situarse la educación, que retrata a la sociedad misma y al Estado, y que marca el futuro del país en todos los aspectos.
Una de las reformas prioritarias que tiene pendiente este país es la del sistema educativo. Alguna de las posibles claves para la misma fue aportada en un reciente seminario de la Fundación Ortega-Marañón y Fedea. El Semanal de ABC, del 4-10 de diciembre de 2011, las ofreció a sus lectores en un magnífico reportaje de Carlos Manuel Sánchez.
El reportaje –en el que nos inspiraremos-, inicia su presentación con una muy atractiva inscripción, que nos define y sitúa como pueblo. Dice así : “España tiene cuatro equipos de fútbol entre los 25 primeros del mundo. Pero no tiene ninguna universidad entre las 100 primeras”. Todo lo contrario a lo que ocurre, por ejemplo, en países como Finlandia, Suecia, Singapur o Corea del Sur, cuyos sistemas educativos se miran como modélicos. ¿Cuáles fueron las claves que las inspiraron?
La primera medida consistió en acometer una radical reforma del sistema educativo, basada en el consenso político. Algo que en España, a la vista de la experiencia, parece un imposible metafísico.
Dentro de las lógicas diferencias, existen, sin embargo, aspectos comunes, a saber: “excelentes profesores a los que se pagan sueldos en consonancia, pero a los que también se les exige y a los que se evalúa continuamente...; financiación de las escuelas garantizada y generosa, sean públicas o privadas; implicación de los padres; fomento de la lectura; clases bilingües de verdad y no el chapurreo de cuatros palabras en inglés; obsesión con las matemáticas, las ciencias y las tecnologías ...”. Todo ello condimentado con recetas tan antiguas como disciplina, esfuerzo, respeto. ¡Parecido a lo que ocurre en España!
Con palabras de José Antonio Marina, se señala que, en la escuela, hay que enseñar el respeto a la ley, la no discriminación de nadie, la prohibición de la mentira, la no utilización a favor propio de la función que se realiza en la sociedad, la necesidad de buscar la justicia, el reproche al uso de la fuerza, la ética, etc. Si no se enseñan en la escuela, me temo que tampoco lo haga la familia al menos, muchas de ellas-, tal y como se encuentra en estos momentos.
viernes, 6 de enero de 2012
Por fin, al cabo del tiempo, tenemos Gobierno. Era absolutamente necesario el cambio. Íbamos directos al precipicio. Ahora nos toca desear y esperar su acierto en la gestión. Pero, sobre todo, nos corresponde ‘hacer camino al andar’, que diría Antonio Machado.
Ya sé que el primer empeño de este Gobierno es el empleo. Es lo que demanda la realidad de más de cinco millones de parados. El nuevo Gobierno se ha organizado, con buen criterio, al servicio de este objetivo nacional. Las personas elegidas me parecen preparadas e idóneas. ¡Suerte y a trabajar!
omo tantos otros españoles, pienso, sin embargo, que la verdadera crisis que España ha de afrontar es de otro orden. Llevamos demasiado tiempo exhibiendo, como individuos y como colectividad, esa vieja actitud humana que consiste en creerse, a todos los efectos, como dioses. A partir de aquí, actuamos como si no hubiera límite alguno, ni legal ni ético. Todo –aunque lleve consigo la imposición a los demás de las propias concepciones de la vida- nos puede parece digno de aplauso y apoyo. A veces, da la impresión de que buscamos, como valores, la división y el enfrentamiento. Hemos ratificado la no creencia en la verdad, en la igualdad, en la justicia y en la libertad. Nos hemos dejado chupar la inteligencia y la conciencia, como reprochaba Stockmann en un Enemigo del pueblo ¡Qué cosas, madre mía!>br>
Toda esta trascendental e inmensa problemática me parece prioritaria para este país. No obstante, dudo que el Sr. Rajoy esté dispuesto a abordarla en serio. Tengo al respecto serias reservas sobre lo que pueda aportarnos en educación, en interior y en justicia. Quizás ello explique el perfil de las personas elegidas. Alguna ya ha enviado mensajes más que inquietantes. ¡Ya veremos! Me temo lo peor.
En estas fechas propicias al cambio, quiero dejarles mi mensaje de felicitación a todos. Lo hago con las palabras del Profeta a Umar ante las lamentaciones por la pérdida de Granada: “el problema está en nosotros, en nuestra sangre” (Tariq Alí). Si fuésemos diferentes, hasta la política cambiaría.