domingo, 30 de noviembre de 2008

LA JUSTICIA DE PERALVILLO
He asistido recientemente a dos hombres y padres, que habían sido denunciados por sus respectivas mujeres por un presunto delito de injurias y coacciones. En ambos casos, se les puso en libertad y se procedió al archivo de las actuaciones. Todo quedó, efectivamente, en agua de borraja. Pero -eso sí- tuvieron que pasar la noche en los sótanos del respectivo Cuartel de la Guardia civil. Tuvieron que aceptar la vergüenza de verse detenidos ante los suyos, ante sus amigos, ante sus empleados.
Se trata, como es fácilmente imaginable, de una experiencia nada recomendable, perfectamente evitable en muchos casos, claramente injusta en otros tantos y que suele dejar una profunda huella en quien la padece. Difícilmente, según cuentan quienes han padecido tanto celo legal, se olvida. Pero, sobre todo, se corre el riesgo de alimentar la venganza como modo de ‘justicia salvaje’, que dijo Francis Bacón. O, lo que todavía es más grave, se impulsa con ello querer siempre “tener abierta la herida” (Claudio Magris).
Quienes estamos diariamente en contacto con la tragedia de muchas familias rotas, apreciamos las nefastas consecuencias de tan grave error. Todos –desde el legislador a la esposa y mujer que denuncia- deberíamos ser conscientes de lo miserablemente que, a veces, se comporta el ser humano. No se trata de justificar el maltrato ni mucho menos. Se trata de proporcionalidad. Se trata de no evitar los mosquitos a cañonazos. Se trata de evitar que el derecho penal se erija en instrumento de contención de la mala educación en la pareja. Cuando se olvidan tan elementales criterios, cuando se privilegian posiciones de modo tan indiscriminado, cuando se pierde el sentido de la equidad y la proporción, el supuesto remedio suele ser peor que la enfermedad. ¿Cómo, después de tanto embrollo innecesario, se va a poder organizar con sensatez y respeto el futuro familiar?
La experiencia me enseña que, en tan tristes situaciones, el trato que el detenido recibe de la Guardia civil o de la Policía es exquisito y respetuoso. Ellos cumplen su función y, salvo excepciones, bastante bien. No suelen meterse en camisa de once varas. No suelen sustituir al Juez ni emitir juicios de valor. Alguien, sin embargo, debiera preguntarse por qué, ante la denuncia de una mujer, se suele proceder de tal forma que el denunciado tenga que pasar, de modo innecesario e inevitable, la noche en el calabozo. ¿No es posible idear otro modo de garantizar su presencia ante el Juez? ¿Acaso todos los hechos que pueden denunciarse se enmarcan en las mismas coordenadas de presunta gravedad? La privación de libertad de cualquier persona, aunque se solamente por unas horas, me parece un hecho en sí mismo grave e irreparable. ¿Se tiene en cuenta siempre que, a veces, la denuncia de una mujer busca objetivos inconfesables, como acredita la misma práctica de los Tribunales? ¿Cuántas veces el Ministerio Fiscal actúa, ante el hecho de una denuncia falsa, frente a la denunciante?
Creo, con sinceridad, que urge revisar el modo en que se realizan estas actuaciones. Estoy convencido que es más cómodo adscribirse a la corrección femenina. Pero, no dudo lo más mínimo que, en muchos casos, se están cometiendo injusticias manifiestas. Es cierto que amparadas en la legalidad vigente. Pero, ello ni sirve de consuelo ni libera a las situaciones del apelativo de obscenas, ni ayuda a caminar por la senda correcta. Más bien, todo lo contrario. Suele exacerbar al varón, que se siente injustamente maltratado por todos. Incluso por quienes están para tutelar sus derechos, que también los tiene.
Ninguno de estos denunciados se habría negado a comparecer en el Juzgado respectivo, a la hora citada, en el mismo día o al día siguiente. ¿Por qué, entonces, hacerles pasar por la vergüenza de una detención que, al día siguiente, se manifiesta carente de todo fundamento? Decididamente las cosas se pueden y se deben hacer de otro modo. De lo contrario, corremos el riesgo de la justicia de Peralvillo, que “ahorcado el hombre, hacíale pesquisas del delito”.
Gregorio Delgado del Río

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