jueves, 22 de mayo de 2008

TODOS A UNA
Recuerdo la escena. Días antes de las elecciones generales, unos cuantos amigos nos dimos cita en un conocido restaurante. Alguien preguntó a un prestigiado político asistente qué pasaría en Mallorca con el PP. Éste respondió: Si perdemos las generales, se devorarán entre sí. Tan atinado diagnóstico del viejo roquero de la política mallorquina, se está cumpliendo y no ha hecho más que empezar a llover.
Desde que, allá por 1981, decidí renunciar a la cátedra en la Universidad literaria de Valencia y trasladarme a la de la UIB, el cartel que nos ofrece el PP se viene repitiendo casi invariablemente. Se han dejado invadir por la metástasis que aqueja a la profesionalización de la política. Están dispuestos a todo con tal de mantenerse en el abrevadero público. Les va en ello, en la mayoría de los casos, el menú del día. No renuncian, de motu proprio, ni aunque los maten. Se esfuerzan en manejar un vocabulario correcto que oculta, en realidad, su afán por continuar o, según los casos, por ganar la posición en caso de que caiga en el futuro el gordo del poder. Hacen, en tan interesado afán, lo que no está en los escritos. ¡Vaya espectáculo!
La nomenclatura pepera, con Estarás a la cabeza, viene oponiendo gran resistencia a ser consecuentes con los resultados logrados. En vez de irse a su casa, han ideado un itinerario que les lleve a alzarse de nuevo con el santo y la limosna. No tienen escrúpulo democrático alguno en utilizar el aparato del partido en beneficio propio. Antes de elegir los compromisarios –a esto se le llama profetismo- ya sabían que contaban con sus avales. Salvo en Palma y Calviá, sólo se presentaron a compromisarios un número de afiliados igual a los que podían ser elegidos. Curioso, ¿no? ¡Seguro que en ello nada tuvo que ver el partido! Están poniendo en práctica, con Fiol de moderador -uno de los causantes más directos de la debacle electoral por su deriva catalanista-, toda clase de marrullerías con un solo objetivo: impedir que Carlos Delgado pueda cantarles las cuarenta en pleno Congreso. ¡Vaya espectáculo!
Como ya dije en otro momento por activa, pasiva y perifrástica, Rosa Estarás “lo que siempre ha querido es evitar el debate abierto, el cuerpo a cuerpo, el que se escuchen voces críticas respecto de la acción política pasada y futura. Tiene verdadero pavor a la discusión abierta sobre las ideas y propuestas, sobre los necesarios cambios de imagen y de marca, sobre las actitudes éticas en la gestión pública, sobre las personas que van a encarnar el nuevo rostro del PP, sobre el tipo de oposición que tiene que hacer, sobre si resisten de verdad al cambio de régimen que está en marcha, sobre cuál es la estrategia y el planteamiento ideológicos, sobre cuál es su posicionamiento en materia lingüística, etc., etc.” ¡Vaya espectáculo!
Ante trance tan embarazoso, ante semejante circo tan poco democrático, ante las cosas que están en juego, sólo cabe esperar que los compromisarios estén a la altura de las circunstancias. Primero, yendo al Congreso, sin haber hipotecado su voto y, segundo, sin dejarse utilizar por el aparato del partido para fines –no lo duden- bastardos. Si ocurriese –con la complicidad de muchos- que Carlos Delgado viese prohibido su acceso a la Tribuna del congreso, las consecuencias serían muy graves, sobre todo para Rosa Esterás. Espero que no sean tan torpes de otorgar al temido opositor el privilegiado título de mártir del aparato burocrático. No echen sobre sus espaldas el saco tramposo del aparato. Carguen –por muy cuesta arriba que se les haga- con el fardo de la libertad e independencia y pasarán a la historia por la lección de democracia que darán a su propio partido y a la izquierda. Sientan la vergüenza ajena y, después, escuchen, analicen, comparen, valoren y voten en libertad.
Tampoco deberían llamarse andana los afiliados peperos. Ya deberían estar tomando nota de las actitudes que advierten, de los gestos, de los protagonistas, del espectáculo que se les ofrece. De verdad, ¿se sienten orgullosos de su partido? No contesten aún. Esperen un poco más y tendrán más elementos de juicio. Si se confirman los malos augurios y el aparato les torea a todos, ¿qué harán? No seré yo quien les diga que tienen que hacer. Simplemente les digo lo que yo haría si me encontrase en esa tesitura: romper el carnet.
Sería fantástico que, como aquel 23 de abril de 1476, actuasen como los de Fuenteovejuna, todos a una. Esto es, el afiliado anónimo y sencillo, a quien no suele tenerse en cuenta para nada, al menos por una vez, se atreve a actuar como único Juez de tan escandalosa situación.
Gregorio Delgado del Río

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