domingo, 9 de marzo de 2008

HUNDIMIENTO PROGRESIVO
Es habitual, ante su incapacidad para afrontar la realidad, ver a la izquierda en Mallorca acudir al viejo ideal progresista. Etiqueta mágica que asegura supuestas virtudes y, en consecuencia, merece adhesión y apoyo. Si lo pones en duda y lo discutes, te saltan al cuello los oficiantes estipendiarios de ‘la nueva religión’.
A pesar del maravilloso progreso técnico, económico y social a que hemos llegado –al menos, en esta tierra-, me parece razonable ver las cosas desde una perspectiva diferente y formular ciertas dudas que nos asaltan. No todo lo que reluce en Mallorca es precisamente oro. En la trastienda, existen muchas frustraciones, muchas perversiones, muchas obscenidades, que atormentan a sus habitantes.¿Estamos en condiciones de afrontar ese mundo oculto, de atajarlo a tiempo y de equilibrar la situación? No estoy seguro de ello. Me parece claro, en cualquier caso, que, como ha dicho Alberto Buela, el falso dios del progreso está moribundo o, al menos, es “un mito derrumbado”, que diría Humberto Eco.
Con todo, el verdadero problema -como ha recordado el autor del Manifiesto contra el progreso (Agustín López Tobajas)- quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando y que, consciente o inconscientemente, nos han conducido al actual estado de cosas. Desde esta perspectiva, es muy posible que estemos ante “una continuada decadencia”, ante “un hundimiento progresivo”. En efecto, el progreso mismo y el lado oscuro que ha generado ni han surgido por generación espontánea ni son el fruto maduro de ciertas actitudes humanas de reciente creación. Al contrario, como cualquier otro fenómeno social, viene desde muy atrás. Probablemente, desde que el hombre se sintió el centro del universo y proclamó los derechos absolutos de la diosa razón.
Quizás, ante las distintas caras del progreso logrado, pueda ser útil pensar, entre otras, en torno a la siguiente perspectiva: “Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea ‘perversión’, pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La ‘estupidez’ a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino. De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres” (López Tobajas).
Parece evidente, en efecto, que el ser humano ha enloquecido con el progreso trabajosamente logrado. Esta locura le está llevando a mirar para otro lado ante las lacras sociales que genera y, sobre todo, a rehuir el por qué y el cómo de tanto anverso obsceno. ¿Será que le aterra contemplarse como protagonista activo de tanto retroprogreso? ¿Será que se niega a extraer la sabiduría debida? Probablemente haya un poco de todo. Pero, con semejante actitud, es muy posible también que el hombre actual olvide su verdad esencial, su origen y su destino, como nos recuerda López Tobajas. A partir de tal desquiciamiento, todo es posible, por degradante que pueda parecer.
Más allá de lo mucho que se ha logrado, siguen en el aire y sin respuesta algunas otras preguntas radicales. No es tan claro –así lo ha puesto de relieve Vargas Llosa- que la “… libertad conquistada en distintos órdenes se haya traducido en una mejora sensible de la calidad de vida, en un enriquecimiento de la cultura que llega a todo el mundo, o, por lo menos, a la gran mayoría”. Tal reproche le viene como anillo al dedo a la sociedad balear. Ésta acredita un gran avance económico, pero no así en cultura, conocimiento y libertad. Estamos donde siempre.
Pero, sobre todo, al decir del gran crítico literario Harold Bloom, el progreso nos puede proporcionar una tecnología, “… pero cada vez menos conocimiento de nosotros mismos”. ¡A esto se le llama sabiduría1 Si esto es así, podemos estar incurriendo en una gran ‘estupidez’: apartarnos de lo que otorga sentido a nuestro ser mismo y a nuestra existencia.
Al empeñarnos en no querer verlo, seguimos por la senda perversa del hundimiento progresivo, que nos acerca ya al precipicio existencial.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 8.03.2007, pág. 11

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