jueves, 21 de abril de 2011

CON EL CIRIO O CON EL GARROTE


Como es archisabido, no es fácil entender España al margen de la religión. Todo en ella ha estado –para bien o para mal- impregnado por las diferentes y opuestas opciones del Estado y de la ciudadanía frente a la religión. Modos de ver las cosas –la historia de la cultura española en sus diversas manifestaciones- irreconciliables entre sí, situados siempre en los extremos, verdaderas opciones pendulares.


A partir de semejantes actitudes identitarias, la convivencia entre los españoles se desenvolvió de hecho por los cauces del enfrentamiento, de la imposición totalitaria, de la rebelde resignación. Ello explica que siempre hayamos estado al borde al borde del abismo, de la ruptura y la división, con abierta intolerancia entre nosotros, con el vengativo afán de aprovechar el momento para dar rienda suelta a sentimientos de aniquilación del otro.


Olvidamos -por incomprensible que parezca- que aquellos sentimientos, más o menos intensos en la clase política y en la ciudadanía, nunca eran fiables. A la hora de afrontar la situación nacional, cometimos el inmenso error de aceptar ‘la ingenuidad que esquiva la objetividad de lo que puede ser sabido y pensado’ (Karl Jaspers). El resultado es conocido: nos enzarzamos en una indecente guerra fratricida, que no hizo otra cosa que profundizar aún más en las heridas, perpetuar el enfrentamiento personal y social, y dejar la obscena estela de vencedores y vencidos. Un verdadero trauma nacional sin despejar ni resolver en positivo, cuya sombra nos persigue todavía.


Una vez muerto el dictador, el pueblo español y su clase política hicimos un notable esfuerzo de reconciliación, de superación de las causas de la división pasada, de mirar al futuro en positivo. La Constitución de l978 plasmó ejemplarmente este nuevo camino. Por una vez, dimos muestras de haber aprendido la lección. Rechazamos, por fin, las dos opciones pendulares del pasado, que lo único que consiguieron fue no respetar la libertad de conciencia y la libertad religiosa del ciudadano. En lo sucesivo, ‘ninguna confesión tendrá carácter estatal’ (Art. 16.3 CE), esto es, dimos el adiós definitivo a la confesionalidad católica del Estado. Éste no puede tener, como propia, religión alguna, ni imponerla al ciudadano ni informar su legislación en la doctrina o la ética derivada de religión alguna, ni otorgar privilegios a ninguna religión. En lo sucesivo, el Estado debería ser absolutamente neutral respecto de las opciones religiosas de sus ciudadanos, que no deberán ser discriminados en base a la religión que profesen (Art. 14 CE). Dimos el adiós definitivo al laicismo sectario y anticlerical y abrimos la puerta a la colaboración con todas las Confesiones.


En aquel espíritu –no obstante los lógicos contratiempos-, hemos marchado juntos en la buena dirección durante un cuarto de siglo. Pero, en los últimos años, parece que estamos empeñados en volver a las andadas. Estamos consintiendo que afloren otra vez los sentimientos. Al margen de individualizar responsabilidades –esta tarea te la reservo a ti, amable lector-, una cosa parece cierta: Cualquier tratamiento actual de lo religioso por parte del Gobierno -aunque sólo sea tangencialmente- provoca de nuevo sentimientos muy opuestos, interpretaciones partidistas e intolerantes, acusaciones fuera de tono, división y separación, odio y violencia. Nos negamos a racionalizar y objetivar los propios modos de ver las cosas, siempre respetables pero que nadie ha de pretender imponer a los demás. ¡Mal camino llevamos! Pésimo!


Me resisto a creer que podamos a caer de nuevo en el pozo de la intolerancia y la incomprensión. Sería un ingente fracaso colectivo, que evidenciaría que no hemos progresado nada. Todos podemos y debemos flexibilizar las cosas, sembrar tolerancia, repudiar el sectarismo y la imposición –vengan de donde vengan-. Me resisto, en definitiva, a resignarme con el dicho de Agustín de Foxá, según el cual “los españoles están condenados a ir siempre detrás de los curas, o con el cirio o con el garrote”.

miércoles, 13 de abril de 2011

SIN ADVERSARIO


Mal que les pese a tantos papagayos del entorno rajoniano, al PP le ha surgido un muy grave problema para las próximas elecciones generales. Me temo que su verdadera gravedad no ha sido detectada o no se atreven a explicitarla, ni los corifeos ni su entorno. Se han quedado sin adversario. Roddríguez Zapatero ya no es el muro a derribar. Problema, por tanto, a la vista.

Se puede criticar al PSOE por muchas cosas, pero en este caso –una vez más- ha dado muestras sobradas de que el Partido está por encima del cualquiera de sus miembros. Advirtieron que ZP –básicamente por errores propios- se ha había convertido en un lastre insalvable. Era necesario y urgente sacrificarlo, políticamente hablando. Y, lo han hecho. Además sin mayores estridencias ni daños colaterales. A esto se le llama inteligencia política.

Como el melifluo PP no se distingue por saber hacer oposición, ahora se encuentra sin capacidad para reaccionar. Su estrategia le iba tan bien -impulsada merced al empecinamiento zapateril en negar la crisis económica-, que se han pasado de frenada y los efectos han madurado con antelación, la cosecha se ha adelantado. ¿Y, ahora, qué hacer? ¿Cómo cambiar de discurso y mensaje? Me parece que no cuentan con demasiadas opciones. Personalmente entiendo que el error viene del Congreso de Valencia. Aquello no fue un Congreso abierto y democrático sino muy manipulado e instrumentalizado. A partir de aquel paso en falso, todo ha ido mal. Tan mal que mucho votante natural del PP recela del líder y del partido. Tampoco creo que haya conquistado votantes por la izquierda. La táctica de dejar que ZP se cociese en su propia salsa es comprensible y hasta inteligente. Pero, con ciertos límites: no desvirtuar la identidad del propio Partido.

Aunque todo es opinable, el PP no ofrece al electorado, de derechas y de izquierdas, un proyecto alternativo, que entusiasme. Al contrario, da la sensación de que es más de lo mismo. No se le ve comprometido con un proceso regenerador de nuestra debilísima democracia ni está decidido a acabar con el sistema. Son necesarias ciertas reformas sin las que no es posible hablar, con seriedad, de Estado social y democrático de derecho. Esta es la sensación que existe en la calle. Su permanente complejo frente a la izquierda, le ha llevado, con Rajoy, a claudicar y a mirar para otro lado en cuestiones esenciales, que enlazan directamente con la dignidad e identidad de la nación española. La situación real, en consecuencia, es bastante desoladora, incluso en la mejor de las hipótesis parea el PP: que gane –está por ver- unas elecciones generales. ¿Qué debería hacer ante la nueva situación política surgida tras la renuncia de ZP? ¿Es aconsejable cambiar ahora, de modo radical, el inane discurso que ha venido desgranando el Sr. Rajoy?

A pesar de que puedo equivocarme, creo, con sinceridad, que sólo tiene una opción: cambiar el líder. Hacer con Rajoy lo que el PSOE ha hecho con Rodríguez Zapatero. Todavía están a tiempo. Más vale tarde que nunca. Hay que tener coraje e inteligencia política. Sé -ojalá me equivoque- que no lo harán. Peor para el PP y para este país, llamado España.

Recuerdo a este respecto un dicho de Cicerón para quien “el hombre no tiene enemigo peor que él mismo”. Sin duda. El peor enemigo de Rajoy –al menos, a la vista de lo que ha hecho en la oposición- ha sido y sigue siendo él mismo. Da la sensación de que la derecha política, de que Rajoy y su entorno, solo compiten contra sí mismos, que dijo Duke Ellington. ¡Craso error!

LA GANSA DE CANTIPALOS Nuestro Parlamento rechazó la Ley de igualdad. El proyecto no fue aprobado porque el PP votó en contra y Convergencia de las Islas se abstuvo. Algo muy previsible. Algo que el Gobierno de izquierdas no supo encajar. Mal, muy mal, Sr. Antich y Sra Santiago. Han dado muestras –una vez más- de su sectarismo e intolerancia. Como siempre hace la izquierda cuando las cosas no salen como ella quiere imponer, la Sra Santiago acusó al PP de ‘extrema derecha’ y el Sr. Antich de no querer la igualdad. ¡Vergonzosa deslegitimación! La Sra Santiago ha hecho honor a su nombramiento, ajeno a la preparación atesorada. No es extraño, en consecuencia, que, cuando tuvo que jugar políticamente, no haya tenido cintura para el consenso. A ella lo que le gusta es imponer. Es más, conocedora del riesgo consiguiente que corría, sólo se le ocurrió la imprudencia de “salir al lobo al camino como la gansa de Cantipalos”, que dijo Cervantes. Ella misma se expuso al peligro y el PP no desaprovechó la oportunidad. Broche de oro a una legislatura de pena. La postura de la derecha ha sido, en este caso, muy cómoda. Pero, tampoco ha salido con buen pié. Sigue como siempre: avergonzada ideológicamente ante la izquierda, de la que se quiere hacer perdonar. Isabel Llinàs ha venido –con prepotencia y cerrazón- comandando el lobby feminista pepero, que tantos errores de planteamiento cometió en el pasado. Junto con las dos rosas (Estaràs y Puig) del último gobierno Matas, impuso totalitariamente al PP una visión pastelera, raquítica, deudora de la izquierda y de la ideología de género. El problema es que, al parecer, el PP no da, en este momento, más de sí, ni tiene la humildad de escuchar a quienes le podrían abrir nuevos caminos. No entiende que la ideología de género -ya caduca y trasnochada- conlleva un ataque frontal a la familia, a la mujer, a la maternidad, al matrimonio, a la misma igualdad. No entiende -o no se atreve a asumirlo- que esos posicionamientos de la ideología de género no son los propios de la derecha, no son compartidos por la inmensa mayoría de sus votantes, y ni siquiera los acepta la mujer que les puede votar. Un ejemplo de la falta de lucidez y de reflejos la ha vuelto a escenificar ahora. El PP no ha estado en la primera línea de la defensa de la guarda compartida de los hijos. ¿Qué pasa? ¿Acaso no es partidario de la misma? Ha tenido la oportunidad –incomprensiblemente desaprovechada- de izar una bandera, que no reivindica el feminismo de izquierdas. Este era un momento extraordinario para derribar una discriminación manifiesta o, al menos, levantar la voz en su contra. Ni esto. ¡No tienen perdón de Dios! A estas alturas de la historia, nuestro Parlamento estaba decidido a excluir sectariamente la guarda compartida de una Ley de igualdad. ¿Para qué pagamos a semejante clase política, que no hace los más elementales deberes? La respuesta te la dejo a ti, querido lector.

sábado, 9 de abril de 2011

EL SOÑADO PORVENIR Es muy frecuente escuchar, en grupos muy activos de la derecha católica, la acusación de laicismo, de sectarismo y de anticlericalismo respecto de determinadas actuaciones del Gobierno ZP. Tan obsesiva es la batalla que se libra que ni siquiera es aconsejable terciar. Ni se te ocurra matizar algunos aspectos de los fundamentos de partida. Serás arrojado a las tinieblas externas. Eso sí –no faltaría más- con aparente e hipócrita caridad y en nombre de Dios. Ya sé que, en estos ambientes católicos, pletóricos de entusiasmo no exento, a veces, de un cierto fundamentalismo, se dominan a la perfección ciertas viejas prácticas eclesiásticas. Pero, precisamente por ello, no me cansaré de denunciarlas. Si te has significado en la incorrección –también existe en la Iglesia católica la doctrina de lo eclesiásticamente correcto-, te regalan con el calificativo de ‘personae non gratae’ -sin excluir el más rotundo de ‘traidor’-, eres marginado y jamás serás invitado a nada que ellos controlen. Te condenan a esa vieja práctica eclesiástica de la ‘damnatio memoriae’: el borrado de la memoria de los contemporáneos (ni siquiera será citado, aunque te copien, si les interesa). No obstante lo anterior, lo verdaderamente grave es que sus miembros –cuando se manifiestan en actos sociales sobre estos temas tan candentes de la realidad española- suelen manejar posiciones difícilmente admisibles en el estado actual de la cultura. Tienes que optar –a fin de evitar el seguro enfrentamiento personal- por tragarte varios sapos, guardar silencio y lamentar la ignorancia activa reinante (J.W. Goethe). Un ejemplo claro de cuanto expongo, lo encontré el pasado diciembre en las páginas de ABC. En una entrevista realizada a Kiko Argüello, Iniciador del Camino Neocatecumenal –activísimo grupo de la derecha católica-, éste afirma lo siguiente: “Si el Estado es un Estado laico, que no cree en Dios o no quiere que exista una confesionalidad, es fácil que a veces sin querer –de forma inconsciente incluso- haga leyes que no favorezcan la familia cristiana. Es un error muy grave que comete el Estado”. Ahora, aunque respetemos la legítima libertad de cada cual para opinar lo que estime oportuno, se explica todo lo denunciado anteriormente. Me parece que a los líderes religiosos les es exigible un mayor conocimiento de ciertas cosas. A estas alturas del s. XXI, no parece que puede negarse la realidad de las consecuencias sociales y personales de la secularización, cuyo impulso –por cierto- todavía se manifiesta de forma imparable. No parece que pueda negarse que, como ha dicho Salvador Pániker, “el pluralismo es el trasfondo esencial de nuestro tiempo. Y pluralismo significa espacio laico”. No veo una forma de organización estatal, en el marco de los valores democráticos propios de Occidente, en la que no se acoja la laicidad, como espacio de neutralidad del propio Estado y vertebrador de los derechos del individuo en orden a configurar su personal visión del mundo y de sí mismo. Esta ha sido, en el fondo, una de las grandes aportaciones de la modernidad: el que cada cual pueda escoger en la oferta plural que tiene ante sí. O, lo que es lo mismo, ‘el derecho de cada cual a ser cada cual’ (Ibidem). Mal que le pese a Kiko Argüello -y a otros grupos de la derecha católica- el Estado español no es confesional -añoranzas aparte-. No es cuestión de que el Gobierno de turno quiera una u otra cosa. La norma constitucional le ha fijado ciertos límites, que no puede traspasar. La tradicional confesionalidad del Estado –causa de tanta división entre los españoles- ha desaparecido del horizonte constitucional y de la normal actuación política del Gobierno. Así lo quisimos y lo decidimos los españoles. Ni siquiera, desde la doctrina católica, puede invocarse el Concilio Vaticano para defender con seriedad una opción a favor de la confesionalidad. La consecuencia es clara: el Estado no puede ni debe creer en Dios. En el marco de la anterior exposición, tampoco el Estado viene obligado a legislar de tal forma que se favorezca la familia cristiana ni comete error grave alguno cuando no lo hace. Tal posibilidad –propia de un pasado ya superado- ya no está en el norte del Estado actual. Éste, a la hora de legislar sobre diferentes aspectos de la familia, no tiene el deber de inspirarse en la doctrina católica sobre la familia. Ha de realizar, por el contrario los principios y valores explicitados constitucionalmente con atención a la realidad social. ¡Qué le vamos a hacer! Me temo que, como dejó dicho R. Davies, “el soñado porvenir” de Kiko Argüello y de todos los grupos de la derecha católica “no es, a menudo, más que la vuelta a un pasado idealizado”.

lunes, 4 de abril de 2011

COMO SIEMPRE LAS HA HECHO Decía Ortega que “sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”. Precisamente, esto es lo que ocurrió cuando los socialistas, con la Ley 15/2005 de 8 de julio, sacaron adelante una reforma del Código civil en la que la guarda compartida se entendía siempre como algo ‘excepcional’. Ni el Legislador ni el feminismo militante pensaron en grande, con altura de miras. Al contrario, se aferraron, en busca del voto, a la aparente y coyuntural ventaja (alimentos de los hijos y uso de la vivienda que fuera conyugal), que ofrecía el sistema tradicional, e impusieron la pervivencia de la tradición. La trampa era evidente. Muchas mujeres –impulsadas por el hacer diario de ideologizados Jueces y Fiscales junto con abogadas feministas- no supieron ver que se les ofrecía un favor envenenado, que, con el tiempo, lamentarían amargamente. Aunque semejante ‘progresismo’ feminista pudo ser bien visto inicialmente pues servía al afán de venganza y al pase de cuentas que suele inspirar la ruptura conyugal, lo cierto es que la mujer, al aceptar tal sistema, se verá obligada a ocuparse en soledad del cuidado y educación de los hijos, a sacrificar su vida personal y social, a renunciar a su tiempo libre, a propiciar que los hijos crezcan sin la presencia de uno de las figuras simbólicas de referencia (esencial para su crecimiento sano),a consolidar aquello en contra de lo que tanto ha luchado: evitar seguir siendo la reina esclava del hogar. La mujer, en definitiva, se ve, en muchos casos, sin poder desarrollar su propia vida, estresada y agobiada por el trabajo y los problemas de casa, envuelta en una intensa asfixia y ansiedad por la soledad que experimenta. El varón y padre, por el contrario, es, de alguna forma, marginado de las preocupaciones familiares, se limita, en muchos casos, a cumplir las obligaciones económicas que le han impuesto pero con un ‘abandonismo ‘ real de su familia, esto es, del cumplimiento efectivo de la función simbólica paterna. Vive y disfruta, en cierta forma, a sus anchas de su tiempo y libertad. Estas son las cosas que propicia el ‘progresismo’ feminista y la ideología de género, que muchos Jueces y Fiscales identifican con el contenido de la Ley. Estas son las cosas que nuestro Parlamento –hace unos días- estaba dispuesto, con los votos de la egoísta e hipócrita izquierda, a aprobar con la Ley de igualdad. Lo que ya es realidad en muchas Comunidades autónomas (Cataluña, Navarra, Aragón, Valencia, etc.) se rechazaba aquí merced a los ‘progresistas’. ¡Lo que hay que ver y oír! Como hemos subrayado recientemente (La custodia de los hijos. La guarda compartida: opción preferente, Pamplona 2010, págs. 255 y ss.), semejante actitud no tiene nada de ‘progresista’, ¿Qué clase de ‘igualdad’ patrocinan estos ‘progres’ en virtud de la cual la mujer y madre -una vez consumada la ruptura conyugal- habrá de ocuparse sola de los hijos? En mi opinión, “aunque sea duro reconocerlo, probablemente sea el justo castigo al egoísmo acaparador y el fruto maduro de tanta manipulación como suele exhibirse en estas cuestiones. Aunque sea duro reconocerlo, probablemente sea el desquite de la realidad a tanta superficial prepotencia y a tanta vacuidad como, desde los más variados ámbitos culturales, hacemos que, de modo irresponsable, oriente la realidad familiar” (Ibidem). La triste realidad que experimenta debería llevarle a la mujer y madre a romper el círculo en el que ella misma se encerró. La vida ya le ha enseñado el grave error cometido respecto de los hijos comunes y respecto de su propia vida personal. ¿Qué sentido tiene seguir sin modificar las cosas? ¿Realmente la situación que sufren a diario es lo que quieren? Personalmente pienso que se cumple –una vez más- el dicho de Wayne Dyer para quien “el progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue haciendo las cosas tal como siempre las ha hecho”. Nada ha cambiado. Seguimos con el patrón más tradicional. Esta es la realidad: el progresismo feminista propicia semejantes paradojas.

viernes, 1 de abril de 2011

SIN EXAGERACVIONES NI EXCESOS Hace ya mucho tiempo que la lectura de Quevedo me permitió incorporar a mi experiencia de vida la idea de que ‘el exceso es el veneno de la razón’. En efecto, aunque se sienta uno poseedor de la verdad, no es conveniente exagerar ni excederse. Tales matices no se avienen más que con la mentira o las medias verdades, que diría Pío Baroja. Después del esperpento en la Universidad Complutense protagonizado por sectores radicales de izquierda, hemos asistido a las reacciones -a mi entender- exageradas de un sector de la derecha católica. El Grupo ‘Intereconomía’ -a través de sus diferentes medios- ha puesto, no sin razón, el grito en el cielo. Esas conductas son, en efecto, claramente intolerantes, contrarias a la convivencia pacífica, presuntamente violadoras de derechos constitucionales, sectarias, etc. Todo lo que se diga sobre el hecho en sí puede ser poco. Hasta aquí nada habría que reprochar. Al contrario, alabar el coraje que supone, en los tiempos que corren, no guardar silencio y no callarse, O, lo que es lo mismo, no plegarse a lo políticamente correcto. Dicho lo anterior, me parece una evidente exageración y un exceso aprovechar lo ocurrido para llevar el agua a su propio molino político. Uno puede disentir radicalmente de muchas de las políticas de este Gobierno. ¡No faltaba más! Ahora bien, atribuir al Gobierno ZP o a su persona, de modo indiscriminado, hechos protagonizados en la sociedad civil por agentes distintos, admite muchos matices y no favorables para quien realiza tal tipo de imputación. En este sentido, meter en el mismo saco denuncias y acciones concretas de fieles musulmanes, acciones de grupos -aunque sean de izquierdas- que impiden una conferencia de Mons Rouco, la retirada de crucifijos de algún Colegio, la no presencia de ZP en el Año Jacobeo, el cierre del Valle de los Caídos y lo ocurrido en la UCM, me parece una verdadera exageración y un exceso, que se vuelve contra quienes realizan este tipo indiscriminado de crítica. Estamos ante hechos diferentes, protagonizados por personas y grupos distintos, susceptibles -como es obvio- de una valoración individualizada de acuerdo con criterios diversos. Globalizar y formar un todo (anticlerical) sólo sirve para sembrar ambigüedad, deformar la verdad, envenenar la crítica razonable. Es conocido, por otra parte, el modo en que la izquierda política e intelectual de este país suele posicionarse en estos casos. Nada nuevo. Claro que informa ‘a sensu contrario’ y deforma. Pero, tampoco ello legitima -en mi opinión- para invocar argumentalmente hechos pasados, de muy triste memoria. A eso se le llama caer en la trampa y contribuir a crispar la convivencia ciudadana. En definitiva, no basta con creer que se tiene la verdad. Es necesario algo más: Saber mostrarla y defenderla. Como escribió Girardin, “exagerar la propia fuerza significa descubrir la propia debilidad”. Gregorio Delgado del Río www.delgadoyasociados.es