viernes, 29 de junio de 2007

GRANDEZA DE ALMA
Ha llovido bastante desde que, en mi etapa de estudiante en la Universidad de Navarra, descubrí, leyendo a Norberto Bobbio, que el intelectual está llamado a ejercer una función crítica y no propagandística. Lo cual se realiza, sobre todo, cuando “… sabe hablar … o poner en dificultades ante todo a aquellos con los que se siente comprometido”, que dice Umberto Eco. Ejercicio nada cómodo, muy poco frecuente, incomprendido e ingrato, pero necesario
En el marco de tan arraigada creencia, he sido muy crítico con Jaume Matas y, en general, con el PP. Lo he hecho con dolor, pero con vocación de servicio. Lo he hecho con la objetividad que creía poseer. Lo he hecho porque pensaba que, de no hacerlo así, traicionaría mi credibilidad y mis propias convicciones. Lo he hecho porque entendía que así me lo demandaban mis lectores. Ahora, en el momento de su triste adiós, quiero y debo valorar su gesto mediante unas palabras de Leonardo Boff, que comparto plenamente: “Siempre aprecié a quienes no temen reconocer sus errores. Supone, en definitiva, grandeza de alma”.
Sin duda alguna, su adiós está en consonancia con su coherencia, con su sentido de la responsabilidad y con su grandeza de alma. Un gran mensaje que lanza a esta tierra, que tanto ama. No es frecuente, ni aquí ni en otros lugares, que un político asuma su responsabilidad como lo ha hecho Jaume Matas. Por ello, merece respeto, reconocimiento y aplauso. Al margen de preferencias políticas, deberíamos reconocer que Mallorca ha perdido un gran político y un excelente gestor. Loa que, a fuer de sinceros y justos, no podemos cantar de ninguno de nuestros próximos gobernantes.
Ya dijo Juvenal que “la venganza es siempre un placer de los espíritus estrechos, enfermos y encogidos”. ¡Vaya democracia estamos construyendo! Algo muy esencial en el sistema, en el talante de los ciudadanos y en el comportamiento de las fuerzas políticas y de sus líderes está fallando cuando se ve, como normal, que la fuerza mayoritaria (un 47%) no gobierne. Algo muy venenoso estamos inoculando en la ciudadanía cuando se celebra la inquina, el odio, la venganza y el rencor. Algo muy miserable exhibimos cuando no rechazamos abiertamente tales comportamientos.
Me parece importante insistir en esta perversa y obscena cultura. El mal, por cierto, está bastante generalizado. Pero mi percepción me dice que, en estas tierras bañadas por el Mediterráneo, también “cruza errante la sombra de Caín”, que diría Antonio Machado. Tengo la impresión de que aquí se “odia” a quien triunfa. Este ha sido un gran pecado de Jaume Matas. No me extraña, ni creo que a él le haya sorprendido, lo ocurrido. Pero, ¡qué triste! Como dice San Juan “el mismo Jesús declaró que ningún profeta es honrado en su propia patria (Jo, 4,44).
¡Vale ya! No quiero, siguiendo a Valerio Albisetti, hurgar ni tener delante, por más tiempo, el pasado. Nos paralizaría. Está a la vista el futuro, que pasa por el inmediato Congreso del partido. Es vital que en él reine la autocrítica, se dé rienda suelta al pluralismo, se permita el paso a caras nuevas y, sobre todo, que no se caiga en la tentación de persistir en el error. El protagonismo de Jaume Matas puede ser decisivo a la hora de hacer entender a bastantes “personajillos”, por muy próximos que hayan estado a él, que su tiempo ha pasado, que deben estar, en lo sucesivo, en un segundo plano. No será tarea fácil. Al contrario, me temo que éste será uno de los puntos vitales y especialmente sensibles. No estoy seguro de que este entorno “caciquil” y “prepotente” haya admitido los errores estratégicos cometidos. ¡Ya lo veremos!
La sabiduría de Matas –espero que la haya sabido extraer- debiera ser útil para entender algo esencial en el PP: que tiene que huir de todas esas tonterías de laboratorio a que se suscriben con frecuencia. El partido estará centrado si de verdad opta por la persona, su felicidad y su libertad. Todo lo demás, en el fondo, sólo sirve para engañar a ignorantes. Déjense de aperturas al nacionalismo y otras lindezas parecidas. Somos mucho más modestos. Nos basta con que nos dejen en paz, nos libren de Gobiernos intervencionistas, no quieren organizar nuestras vidas, impulsen todo aquello que nos permita ser nosotros mismos.
La decisión de Jaume Matas de “no regresar ya”, como diría Carpentier, me merece respeto por lo que revela de “grandeza de alma”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 29.06.2007, pág. 13
GRANDEZA DE ALMA
Ha llovido bastante desde que, en mi etapa de estudiante en la Universidad de Navarra, descubrí, leyendo a Norberto Bobbio, que el intelectual está llamado a ejercer una función crítica y no propagandística. Lo cual se realiza, sobre todo, cuando “… sabe hablar … o poner en dificultades ante todo a aquellos con los que se siente comprometido”, que dice Umberto Eco. Ejercicio nada cómodo, muy poco frecuente, incomprendido e ingrato, pero necesario
En el marco de tan arraigada creencia, he sido muy crítico con Jaume Matas y, en general, con el PP. Lo he hecho con dolor, pero con vocación de servicio. Lo he hecho con la objetividad que creía poseer. Lo he hecho porque pensaba que, de no hacerlo así, traicionaría mi credibilidad y mis propias convicciones. Lo he hecho porque entendía que así me lo demandaban mis lectores. Ahora, en el momento de su triste adiós, quiero y debo valorar su gesto mediante unas palabras de Leonardo Boff, que comparto plenamente: “Siempre aprecié a quienes no temen reconocer sus errores. Supone, en definitiva, grandeza de alma”.
Sin duda alguna, su adiós está en consonancia con su coherencia, con su sentido de la responsabilidad y con su grandeza de alma. Un gran mensaje que lanza a esta tierra, que tanto ama. No es frecuente, ni aquí ni en otros lugares, que un político asuma su responsabilidad como lo ha hecho Jaume Matas. Por ello, merece respeto, reconocimiento y aplauso. Al margen de preferencias políticas, deberíamos reconocer que Mallorca ha perdido un gran político y un excelente gestor. Loa que, a fuer de sinceros y justos, no podemos cantar de ninguno de nuestros próximos gobernantes.
Ya dijo Juvenal que “la venganza es siempre un placer de los espíritus estrechos, enfermos y encogidos”. ¡Vaya democracia estamos construyendo! Algo muy esencial en el sistema, en el talante de los ciudadanos y en el comportamiento de las fuerzas políticas y de sus líderes está fallando cuando se ve, como normal, que la fuerza mayoritaria (un 47%) no gobierne. Algo muy venenoso estamos inoculando en la ciudadanía cuando se celebra la inquina, el odio, la venganza y el rencor. Algo muy miserable exhibimos cuando no rechazamos abiertamente tales comportamientos.
Me parece importante insistir en esta perversa y obscena cultura. El mal, por cierto, está bastante generalizado. Pero mi percepción me dice que, en estas tierras bañadas por el Mediterráneo, también “cruza errante la sombra de Caín”, que diría Antonio Machado. Tengo la impresión de que aquí se “odia” a quien triunfa. Este ha sido un gran pecado de Jaume Matas. No me extraña, ni creo que a él le haya sorprendido, lo ocurrido. Pero, ¡qué triste! Como dice San Juan “el mismo Jesús declaró que ningún profeta es honrado en su propia patria (Jo, 4,44).
¡Vale ya! No quiero, siguiendo a Valerio Albisetti, hurgar ni tener delante, por más tiempo, el pasado. Nos paralizaría. Está a la vista el futuro, que pasa por el inmediato Congreso del partido. Es vital que en él reine la autocrítica, se dé rienda suelta al pluralismo, se permita el paso a caras nuevas y, sobre todo, que no se caiga en la tentación de persistir en el error. El protagonismo de Jaume Matas puede ser decisivo a la hora de hacer entender a bastantes “personajillos”, por muy próximos que hayan estado a él, que su tiempo ha pasado, que deben estar, en lo sucesivo, en un segundo plano. No será tarea fácil. Al contrario, me temo que éste será uno de los puntos vitales y especialmente sensibles. No estoy seguro de que este entorno “caciquil” y “prepotente” haya admitido los errores estratégicos cometidos. ¡Ya lo veremos!
La sabiduría de Matas –espero que la haya sabido extraer- debiera ser útil para entender algo esencial en el PP: que tiene que huir de todas esas tonterías de laboratorio a que se suscriben con frecuencia. El partido estará centrado si de verdad opta por la persona, su felicidad y su libertad. Todo lo demás, en el fondo, sólo sirve para engañar a ignorantes. Déjense de aperturas al nacionalismo y otras lindezas parecidas. Somos mucho más modestos. Nos basta con que nos dejen en paz, nos libren de Gobiernos intervencionistas, no quieren organizar nuestras vidas, impulsen todo aquello que nos permita ser nosotros mismos.
La decisión de Jaume Matas de “no regresar ya”, como diría Carpentier, me merece respeto por lo que revela de “grandeza de alma”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 29.06.2007, pág. 13
CON LA BOCA PEQUEÑA
Dijeron los del Bloc que veían inaceptable la oferta de Antich. Dijeron que, si no se mejoraba, no votarían a la Princesa, que ahora se ha coronado como emperatriz del Mediterráneo y Presidenta del nuevo Parlamento balear. Incluso dijeron que estaban decididos a quedarse fuera del nuevo pacto de retroprogreso. Nadie les creyó. Y así ha resultado. Han demostrado no tener lo que hay que tener para poner sobre la mesa un órdago de esa naturaleza. La Princesa y Antich –es cierto- les han chuleado y humillado. Pero porque Ustedes se han mostrado como consumados pardillos al enseñar de antemano las cartas. La situación era tal que pudieron ser la llave y permitirse el lujo de hacerles probar la medicina que ellos suministran. Sin el Bloc nada era posible. No supieron hacerse valer. Como han cedido al chantaje, han perdido toda credibilidad, han pasado por tontos y serán un simple florero. En el sindicato de perdedores al que han sido invitados, se han comportado como tales y se han contentado con las migajas.
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 29.06.2007, pág. 9

martes, 26 de junio de 2007

AUSENCIA DE ÉTICA POLÍTICA
Nos ha dicho Aína Calvo que el PSOE es un partido de mayorías. La primera en la frente. No será aquí. Ni con mucho ha sido la lista más votada. En todo caso, la mayoría que va imponer es más un verdadero gatuperio Nos ha dicho Aína Calvo que tienen capacidad de negociación y consenso. Así cualquiera, Sra Calvo. Debería saber por qué está al frente del Ayuntamiento. Desde luego, por nada que tenga que ver con la mentada capacidad. Todos los sabemos y eso, por mucho que lo reiteren, ya no cuela. Usted, que se presenta como abandera de la honradez, supongo que es consciente de lo que está haciendo, con quien está colaborando y a quien está impulsando y que está –al menos, por el momento- impidiendo que salga a la luz. También nos dice que hemos sido los ciudadanos quienes hemos querido el gatuperio que están montando. ¡No me diga que se lo cree! Pobrecitos ciudadanos. Igual servimos para un roto que para un descosido. ¿Qué quedará del programa con el que se presentó a las elecciones? Ni Usted lo sabe. A eso se le llama tomadura de pelo. Eso es puro y duro pesebrismo, ausencia de ética política.
Publicado en “Bon Dia Mallorca”, 26.06.2007, pág. 8

domingo, 24 de junio de 2007

LA GUARDA Y CUSTODIA DE LOS HIJOS
A poco que se reflexione sobre la exposición de motivos y el texto mismo de la reciente reforma del art. 92 del Cc. (Ley 15/2005, de 8 de julio) y, sobre todo, en torno a su aplicación diaria en los Tribunales de justicia, advertiremos de inmediato que, en la sociedad española al igual que en el resto de sociedades occidentales, el individuo tiende a regirse por la denominada ética utilitarista o, si se prefiere, se siente en general muy satisfecho cuando el Poder establecido le hace creer que busca seguir y secundar sus deseos así como satisfacer sus pasiones. Sin embargo, lo cierto es –aunque se prefiera desconocer- que, en el anverso de tan utilitarista posicionamiento, suelen aparecer muy serias limitaciones a la autonomía individual junto con la generación de la frustración consiguiente cuando descubre que ha sido controlado y dominado sin remedio posible. La reforma del art. 92 del Cc., al haberse dejado cautivar por el eco de las equivalencias solidarias (la ideología de género), me parece paradigmática al respecto.


1. Las coordenadas de situación
Cuando se abordó la modificación de referencia, ya estaba en plena vigencia –conviene recordarlo a los forofos de turno- el criterio o el principio según el cual, en los procesos de familia, el interés preferente a proteger y tutelar es el de los hijos, no el de sus padres. Cosa muy distinta, antes de dicha reforma, es que dicho principio presidiese, de modo efectivo y en todos los supuestos, el comportamiento de los propios padres, la actitud de los medios de comunicación e, incluso, el quehacer de todos los Jueces y Fiscales. También la realidad mostraba, en tan capital cuestión, un cierto anverso obsceno en forma de hipocresía, egoísmo, irresponsabilidad paterna, instrumentalización y desprotección del interés preferente de los hijos. ¿Se ha superado con la reciente reforma legal tal estado de cosas? ¿Seguimos cómo estábamos y dónde estábamos o hemos empeorado la situación?
Todos recordamos como al Gobierno socialista y a los medios que le apoyan les crecía el agua en la boca al anunciar la reforma del divorcio. Además de no exigirse la separación previa, la reforma se acompañaba de una medida, según decían, absolutamente novedosa: la guarda y custodia compartida. Todo fantástico e idílico. Plena comunión y celebración festiva. Por fin, se era coherente con la expresada corresponsabilidad de los padres (Arts. 66, 67 y 68 Cc.). Sin embargo, a nadie medianamente enterado se le ocultaba el riesgo cierto de recortar/disminuir la vigencia y operatividad del principio rector (corresponsabilidad de los padres) como consecuencia de la necesidad/conveniencia políticas de satisfacer los deseos del colectivo feminista de género. ¿Se resistió tal tentación?
La realidad social mostraba la existencia de dos diferentes Grupos organizados con intereses claramente contrapuestos, abiertamente enfrentados entre sí y con una capacidad de presión muy desigual: las asociaciones de hombres separados/divorciados y el feminismo militante de género. Ambos, más allá de los ortodoxos mensajes que trataban de hacernos creer y de las medias verdades que exponían, mostraban un anverso, en mi opinión, muy obsceno.
Los primeros eran decididamente partidarios de la guarda y custodia compartida porque su admisión debilitaba las exigencias económicas de la mujer y madre (alimentos para los hijos y uso de la que fuera vivienda conyugal). El feminismo militante se posicionaba muy en contra de una guarda compartida de los hijos porque conllevaba la pérdida de cierto poder económico (alimentos y uso de la vivienda conyugal). En ninguno de los casos –apoyo entusiasta o resistencia a tope-, la posición defendida tenía algo que ver con el amor a los hijos, con su bienestar y con procurarles lo mejor. Tenía que ver con algo tan vil y obsceno como el dinero y el deseo de pasar al otro la factura de la venganza. Objetivo, ciertamente, ocultado bajo el hipócrita amor a los hijos. ¿Cómo se resolvió tan impresentable dilema en la reforma? ¿Sucumbió el Legislador a su propio afán manipulador y de control del grupo más numeroso a quien vendió el mensaje según el cual la reforma realizada daba plena satisfacción a sus deseos e intereses?



2. El régimen concreto de la guarda y custodia
El ejercicio de la guarda y custodia de los hijos podrá organizarse, en los supuestos de ruptura de la convivencia conyugal, del modo siguiente:
a). Individualmente por uno sólo de los progenitores, bien porque así lo hayan acordado los cónyuges en la propuesta inicial de Convenio regulador o en el transcurso del procedimiento correspondiente, bien porque así lo haya acordado el Juez en el procedimiento conflictivo correspondiente (Art. 92.4 Cc.).
b). Por ambos padres, de modo alternativo (guarda y custodia compartida), porque así lo hayan acordado los cónyuges en la propuesta inicial de Convenio regulador o en el transcurso del procedimiento correspondiente (Art. 92.5 Cc.).
c). Por ambos padres, de modo alternativo (guarda y custodia compartida), acordado “excepcionalmente” por el Juez, a instancia de uno de los cónyuges (Art. 92.8 Cc.). A tal efecto, deberá constar el Informe favorable del Ministerio Fiscal y “fundamentándola en que sólo de esta forma se protege adecuadamente el interés superior del menor” (Ibidem).


3. Valoración de dicho régimen
Este régimen de guarda y custodia establecido en la última reforma ofrece bastantes flancos a la crítica. Una vez más, se evidencia que los cosas se parecen muy poco a la imagen que, como instrumento de felicidad y salvación, intenta el Poder que nos creamos. Estas críticas intentaremos organizarlas del modo siguiente:


a). No se han realizado las potencialidades posibles
No parece que estemos ante un despliegue efectivo de todas las potencialidades contenidas en los principios y criterios que se enuncian en la propia exposición de motivos de la Ley 15/2005, de 8 de julio. Sinceramente creo que el régimen jurídico del art. 92 no es, ni con mucho, la única respuesta posible ni la más progresista a los principios que se explicitan, tales como el de intervención mínima del Juez en caso de acuerdo de los cónyuges, como el de la corresponsabilidad e implicación conjunta de los progenitores en la cuidado y educación de los hijos, como el de la libertad de decisión de los padres respecto del ejercicio de la patria potestad de sus hijos, como el de proteger al máximo el interés superior de los hijos.
Se tiene la impresión de que, una vez lanzado al aire de la opinión pública el ideal de una reforma profundamente coherente con los principios que se enuncian, se sintió el vértigo de lo imposible políticamente hablando. Se sintió muy cerca la lucha de género (feminismo militante), de sus deseos e intereses. Al ceder y caer en la fácil tentación de conseguir el mayor número de apoyos a la propia acción de gobierno, se comprende que se opte por enmascarar las consecuencias prácticas, profundamente radicales, que derivan de los muy positivos principios enumerados en la exposición de motivos de la Ley. De este modo, se está potenciando, como tantas veces, el anverso obsceno de la realidad que se dice querer organizar de nuevo. Dicho de otro modo, se oculta la posición real de aquellos (los hijos) que se decía querer proteger de modo preferente, incluso frente a sus progenitores. En cualquier caso, me parece que una cosa fue el marketing con el que se vendió la reforma y otra muy distinta lo logrado con la misma.


b). Se renunció a posibilitar lo imposible
Es muy posible que, ante la imposibilidad política aparecida (enfrentarse al feminismo militante de género), los impulsores de la reforma optasen por una modificación parcial y, hasta cierto punto, provisional. Este tipo de actitud política (Glyin Daly), muy en boga en las sociedades actuales, se detiene, en realidad, ante la radicalidad de los principios y renuncia, en ese momento, a posibilitar lo imposible. El régimen establecido se nos aparece como la plasmación parcial y limitada de los principios enunciados pero muy lejana de la radicalidad que conllevan.
Si se pretendía con la Ley reforzar “la libertad de decisión de los padres respecto del ejercicio de la patria potestad” y si se buscaba la realización efectiva del principio de la corresponsabilidad en el ejercicio de la misma, no se entiende por qué no se fue consecuente con ello y se posibilitó de modo real y efectivo (con la máxima amplitud posible) lo que hasta entonces era imposible (la guarda y custodia compartida). La explicación, a la vista del protagonismo y peso específicos del feminismo militante de género, puede estar en relación con esa política que se detiene ante la imposibilidad a fin de no cosechar indeseadas oposiciones.


c). La imposición de las equivalencias de género
El feminismo militante de igualdad y, sobre todo, de género gozaba (y goza), en el momento de la reforma, de una magnífica atalaya de observación e impulso. Su presencia en altos cargos de la administración socialista era muy evidente. A partir de tal presencia, se comprende perfectamente el régimen concreto establecido en el art. 92 del Cc.
Tal feminismo, como se ha demostrado hasta la saciedad, era abiertamente contrario a un régimen generalizado de guarda y custodia conjunta. Su admisión –decían y dicen- era tanto como otorgar al varón una posición privilegiada: “… ellos –dijo Carmen Roney, fundadora de la Asociación de asistencia a mujeres violadas- van a ver la posibilidad de utilizar esa custodia compartida como una amenaza, no como un derecho o una corresponsabilidad con el hijo, sino para obtener una serie de mejoras y de ventajas a la hora negociar la pensión de alimentos o el uso de la vivienda familiar”. No es extraño, en consecuencia, que luchase denodadamente y usando todos sus resortes de poder a fin de lograr una cierta distorsión de las exigencias de la corresponsabilidad paterna, contribuyendo a ocultar la posición real de los menores y logrando así la satisfacción de sus propias pasiones e intereses.
EL RECONOCIMIENTO DE LOS LÍMITES
Decía Horacio que “hay ciertos límites en las cosas tras los cuales el bien no puede subsistir”. La experiencia, por otra parte, nos muestra que el hombre actual –quizás el de todos los tiempos- se permite el lujo de prescindir de tan elemental principio de sabiduría. Por si lo anterior no fuese ya suficientemente grave, me temo que, a veces, los seres humanos somos tan insensatos que tal extravagancia la hacemos extensiva también al ámbito de las relaciones personales (realidades naturales) más próximas, esto es, a las relaciones de familia.


1. La madre es la más idónea guardadora
Un ejemplo muy claro del pésimo posicionamiento anterior (no reconocer y respetar ciertos límites) se advierte, ya desde el inicio, a la hora de organizar la ruptura de la convivencia conyugal. Muy en concreto, en el momento de afrontar los aspectos relativos a la relación futura entre los hijos y sus progenitores. Lo femeninamente correcto enseña e impone, como indiscutible, la específica aptitud de la mujer y madre para cuidar de los hijos (ahora no se pasa por alto su origen cultural). Éstos, en caso de ruptura de la convivencia conyugal de sus progenitores, están mejor con sus madres. La protección del interés preferente de los hijos exige que su cuidado, en caso de ruptura de la pareja, se encomiende a las madres. En base a este planteamiento, los Jueces suelen decidir, en la inmensa mayoría de los casos, sobre el cuidado de los hijos con inusitado automatismo.
Una vez más, aparece el contrasentido que conlleva el aceptar, como criterio de inspiración de una reforma legal -y más en materia tan trascendente-, un principio doctrinario del feminismo de género. En este caso, se sostiene, como políticamente correcto, que las madres son las más idóneas para cuidar a sus hijos. Pero, no se hace desde la convicción de que tal idoneidad tenga que ver con las previsiones de la naturaleza (la biología) pues, en modo alguno, se aceptan las aportaciones científicas que documentan una cierta aptitud específica de la mujer relacionada con la función que está llamada a desarrollar como transmisora de la vida. Es más, semejante planteamiento sería rechazado de entrada, como machista, por cualquier feminista de género. Si, a pesar de todo, se formula, es porque sirve en la lucha de género, porque le permite a la mujer una ventaja económica frente al padre de los hijos comunes a la hora de organizar la ruptura de la convivencia conyugal. Una vez más, en consecuencia, vuelve a aparecer el anverso obsceno de la realidad, propiciado, por cierto, desde la Ley.
Lo curioso, por esquizofrénico, puede radicar en que este mismo efecto de servicio a su particular e incomprensible lucha de género también lo obtendría si se posicionase desde una perspectiva diferente, aunque más acorde con las aportaciones de la biología. Probablemente, el tradicional automatismo judicial tenga como base –aspectos culturales al margen- una vigencia social armónica con un modo de entender la naturaleza, rechazado ahora por el feminismo de género, pero no por el feminismo de la diferencia ni por todas las mujeres ni por la biología.
En cualquier caso, me parece un despropósito adscribirse dogmáticamente a una posición u otra sin antes evaluar a fondo las aportaciones de la ciencia y sin tener en cuenta el sentido y razón de ser de la diferencia de sexos en el ser humano. La naturaleza suele ser sabia y ha ordenado y dotado al ser humano de aquellos resortes necesarios para consumar su creación. El protagonismo de las madres en la conformación de la personalidad de sus hijos, al menos en los primeros años, me parece, en principio, innegable. Quebrar esta conexión, en base a estúpidas luchas ideológicas, me parece un despropósito y un drama. Si encima se legisla desde planteamientos doctrinaros, el entuerto puede ser considerable.



2. Los hijos no son propiedad de sus madres
La vida, por cierto, nos enseña también otras muchas cosas, que no deberían ignorarse al enfrentarse con una problemática tan definidora como la guarda y cuidados de los hijos. Para nadie, acostumbrado a las terapias de familia, es un secreto la existencia de una sólida convicción existente en muchas mujeres y madres, consistente en dar por supuesto que los hijos son de su propiedad personal.
Semejante punto de partida se detecta, en muchos casos, hasta en el propio lenguaje materno a propósito de cualquier cuestión. El ‘mis hijos’, incluso en presencia paterna, es proverbial y significativo a este respecto. Curiosamente, el feminismo de género, tan instrumentalizador y utilitario, no rechaza tan falso postulado ni se esfuerza en desacreditarlo por su origen cultural.
Pues bien, al funcionar en la vida real y en el momento de la ruptura con tan disparatado criterio, el desastre estará servido, como es lógico. Los hijos serán, sin la menor duda, la víctima segura de la irresponsabilidad de sus padres o de alguno de ellos, que los instrumentalizará en beneficio propio. Es inútil negar los hechos o no querer ver la realidad, que dijo Antonio Machado. Quien así se comporte en asunto tan trascendente carece de la virtud que consiste, como dice Claudio Magris, en “reconocer sus límites”.
Aunque no me atrevería yo a señalar a nadie con el dedo, sí debo constatar una realidad que percibo diariamente. Muchas mujeres y madres, al separarse o divorciarse, explotan, como consumadas maestras, el falso sentido de propiedad que estiman tener –nunca lo reconocen- sobre sus hijos. Sobre todo, mientras se negocian las condiciones económicas del Convenio de familia o mientras se celebra el pleito correspondiente. Como son suyos, hacen con ellos lo que estiman oportuno, los utilizan a su servicio, los convierten en objeto de chantaje afectivo y en instrumento de presión, los pueden llegar, incluso, a manipular y enfrentar a sus padres. El repertorio es infinito. ¡Qué vergüenza!
Al parecer -quiero suponer que sea así-, ni los Jueces ni los Fiscales ni los Equipos técnicos judiciales, adscritos a los Juzgados de familia, advierten tal circunstancia. Probablemente el procedimiento previsto para tomar tales decisiones no sea el más idóneo y no permita conocer más a fondo la realidad familiar que se busca ordenar. No lo sé. Pero tal convicción está, sin duda, presente. Lo está de modo muy activo y propicia un anverso verdaderamente obsceno.
Cualquiera de las prácticas antes enumeradas, realizada por algún varón en el periodo de escenificación de la ruptura, sería valorada por la generalidad de los Fiscales como maltrato, sería estimada por el Juzgado de violencia de género como constitutiva de un delito de coacciones y, por supuesto, el varón, a parte de ser condenado (antecedentes penales), sería objeto de una implacable orden de alejamiento que sólo serviría para echar leña al fuego y perjudicar aún más gravemente a los propios hijos. Personalmente no abrigo duda alguna a la hora de señalar los responsables de tan grandioso disparate y confeccionar su deshonrosa relación. Pero, no nos engañemos, el verdadero responsable es quien realiza tales conductas.
Llegados a este punto, sólo se me ocurre, a parte de lamentar tanta estupidez, pedir una oportunidad para la reflexión. Por mucho que se pretenda justificar, por grande que sea el eco en los medios de comunicación, por muy política y femeninamente correcto que pueda parecer, por mucho que se intente recrear una imagen creíble, me atrevo a decir a estas madres que no conviene que se engañen a sí mismas. Luego, ya no tendrá remedio. Cada cual debería saber en la intimidad de su conciencia que sólo una cosa es cierta: estás traspasando todos los límites, absolutamente todos. Hay que dejarse de tanta tontería, de tanta hipocresía y superficialidad, de tanto amor propio y afán de venganza, como se exhibe habitualmente. Tienes que preguntarte radicalmente por qué, estando en juego tus hijos, no te atienes, madre amantísima, al consejo de Lucano: “observar la justa medida, mantenerse en los límites, seguir a la naturaleza”. Respeta a tus hijos y te respetarás a ti misma.



3. Comportamientos obscenos que pueden generarse
Si ahora analizamos el despliegue lógico de alguna de las convicciones enumeradas (los hijos son de sus madres y éstas son guardadoras más idóneas), es muy posible detectar una multiplicidad de comportamientos de muchas madres y que, a veces, pasan inadvertidos. Como los hijos son suyos, hacen con ellos lo que estiman oportuno, los utilizan a su servicio, los convierten en objeto de chantaje afectivo y en instrumento de presión. Incluso los pueden llegar a manipular y enfrentar a sus propios padres. El repertorio, en este campo, puede ser infinito. Para más inri, es inútil pretender poner encima de la mesa tales comportamientos. No suelen ser atendidos ni valorados, en la inmensa mayoría de los casos, por el Juez ni el Fiscal. Se decide, con independencia de semejantes conductas, sobre el cuidado de los hijos en beneficio de las madres. De este modo, mantenemos una hipocresía jurídica más y toleramos –lo que es mucho más grave- la obscenidad de correr el riesgo claro de equivocarnos in/conscientemente sobre una cuestión capital como es la de decidir a quien se otorga el cuidado de los hijos en el caso de ruptura de la convivencia conyugal.
Si contemplásemos, por un momento, tales prácticas en cuanto protagonizadas por el varón y padre, nos sorprenderíamos de lo discriminadora que sería la reacción del sistema por el simple hecho de estar en sintonía con la corrección política y/o femenina. Cualquiera de las prácticas anteriores, realizada por algún varón en el periodo de escenificación de la ruptura conyugal, sería valorada por la generalidad de los Fiscales como maltrato psicológico, sería estimada por el Juzgado de violencia de género como constitutiva de un delito de coacciones y el susodicho varón, a parte de ser condenado, sería fulminado por una inmediata orden de alejamiento que sólo serviría, como en la inmensa mayoría de los casos, para echar más leña al fuego y perjudicar aún más gravemente la relación con los hijos.
Al margen de señalar los responsables de tan grandioso disparate y de confeccionar su deshonrosa relación, deberíamos sentir vergüenza al desenmascarar tanta hipocresía personal e institucional. Después de todo, de tanto discurso en favor del interés preferente de los hijos, de tanta ética de la igualdad de trato, de tanta reforma legal a favor de la familia, de tanta tutela de la dignidad de las personas, resulta que todavía continuamos otorgándoles un trato desigual y no protegiendo debidamente a los hijos. ¿Será que tenemos que resignarnos a convivir con ciertos anversos obscenos? ¿No será que estamos siendo víctimas complacientes de una “ingeniería social/totalitaria” (Slavoj Zizek)?
Aunque personalmente pienso que la respuesta a tan inquietante interrogante es afirmativa, creo que ahora procede una reflexión global. Por mucho que se pretenda camuflar, por grande que sea el eco en los medios de comunicación, por muy política y femeninamente correcto que pueda parecer, por mucho que se intente recrear una imagen creíble, la realidad no cambia. Estamos, consciente o inconscientemente, haciendo posible que alguien traspase los límites.
Cierto que los aparatos de poder pueden hacernos creer que seguimos nuestros propios impulsos y deseos y que ello es bueno en sí mismo. Pero no es menos cierto que, al margen del control manipulador que se ejerce sobre los padres de familia y sobre la sociedad entera, son los padres quienes caen permanentemente en la trampa que supone traspasar ciertos límites. ¿Cómo es posible que ni siquiera el destino de los propios hijos provoque la reacción de sus progenitores y termine con el sistema que todo lo enmascara? ¿Por qué el sistema, previsto para tutelar el bien público (los hijos menores), tolera de hecho semejante ineficacia en su función?
Probablemente la solución haya que buscarla en otro ámbito. Quizás haya que romper con tanta norma que oculta verdaderas obscenidades y orientarse hacia la ética de lo Real (Glyn Daly, Slavoj Zizek y Alenca Zupancic): insistir más en que somos responsables de nuestras acciones. De lo contrario, me temo que el Estado, con una forma u otra, seguirá impidiéndonos hacer realidad este radical deseo de la autonomía individual, que diariamente nos arrebatan.
EL GÉNERO Y LA DIFERENCIA
Doy por supuesto que, efectivamente, el movimiento feminista ha originado el principal impulso del progreso de las mujeres. Igualmente comparto la idea, como ha recordado Steven Pinker, según la cual “no es posible ignorar el género en la ciencia de los seres humanos” pues “ignorar el género sería ignorar una parte fundamental de la condición humana”.
Como complemento al feminismo de la igualdad (verdadera doctrina moral que reivindica la igualdad de trato y oportunidades), el feminismo de género está empeñado en tres afirmaciones sobre la naturaleza humana. Éstas, siguiendo la formulación del citado Steven Pinker, se pueden resumir así: a). Las diferencias entre hombres y mujeres nada tienen que ver con la biología (la naturaleza) sino con la cultura; b). La única motivación social de los seres humanos es el poder y, en consecuencia, la vida social sólo se puede entender desde la perspectiva de cómo se ejerce ese poder; c). Las interacciones humanas no surgen de las motivaciones de las personas que tratan entre sí sino de las motivaciones de unos grupos que tratan con otros. En concreto, el sexo masculino que domina al sexo femenino. En torno a estas tres afirmaciones se ha formulado un credo femenino, políticamente correcto, pero dogmático y totalitario en muchos aspectos.
No es cuestión ahora de resumir las aceradas y atinadas críticas del feminismo de la igualdad frente al feminismo de género ni tampoco pretender un compendio del resultado de las investigaciones que vienen llevándose a cabo desde el campo de la biología. Baste con señalar lo obvio: “la diferencia entre hombres y mujeres va mucho más allá de los genitales” (Ibidem). El error del feminismo de género, en consecuencia, puede radicar en esa especie de temor irresistible -y, a mi entender, infundado- a que lo “diferente” sea entendido o implique necesariamente “desigualdad”. Creo que no es así. Es más, las diferencias entre sexos, enraizadas en la biología –que las hay- no implican superioridad de uno respecto del otro.
Desde esta perspectiva, uno se queda un tanto perplejo al comprobar que el Legislador español ha aceptado, como inspiración de la reciente reforma legal en materia de familia, un credo doctrinario de esta naturaleza, máxime cuando el género, como explicación comprensiva de la totalidad del ser y el actuar de la mujer, ya está puesto en entredicho en el estado actual de la ciencia. La neurociencia, la genética, la psicología y la etnografía vienen apoyando y poniendo sobre el tapete diferencias de sexo cuyo origen parece que puede estar en relación con la biología humana y no con la cultura. No es extraño, en consecuencia, que el feminismo de género no represente a todo el feminismo y menos aún a todas las mujeres.
Al margen de representatividades, no parece sensato ignorar investigaciones científicas –por cierto, realizadas en su inmensa mayoría por mujeres- que, como mínimo, ponen en duda alguno o todos los postulados centrales del feminismo de género. Menos aún, parece sensato elevar dichos postulados a fuente única de inspiración de una reforma tan sensible y de tanta trascendencia como la llevada a cabo en el derecho de familia.
Evidentemente, en este caso, ha podido más la conveniencia en potenciar ciertas equivalencias de género (reivindicaciones del feminismo militante), sobre todo desde la óptica del apoyo electoral que podría reportar. Pero, precisamente por ello, la reforma no goza de plena credibilidad y autoridad y, en último extremo, tolera –lo que me parece más grave- un claro anverso obsceno, que diría Slavoj Zizek. El colmo del despropósito de semejante opción viene representado por la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, cuyo fracaso nadie niega cuando apenas han transcurrido dos años de su entrada en vigor.
No se puede ignorar que el feminismo de género desprecia, en el fondo, los principios liberales. Ello le ha ganado la oposición del feminismo de la igualdad, de muchos intelectuales e, incluso, de muchas mujeres. Considerado a sí mismo como el único depositario de la verdad acerca de la mujer, se desliza con facilidad por la pendiente del fundamentalismo radical, de la ambigüedad en muchos de sus planteamientos, de la discriminación con tal de que le sea favorable, de la ocultación de la verdadera realidad en las relaciones intersubjetivas en la pareja.
LA FALACIA DEL IGUALITARISMO
Aunque no se corresponda con los cánones de una de las más recientes formas de totalitarismo que nos oprime –lo políticamente correcto (Giorgio Negrelli y Claudio Magris)- la realización del valor superior de la igualdad (Art. 1.1. Const.) y del derecho a la igualdad entre la ley (Art. 14 Const.) deberían llevarnos a denunciar también, además de las discriminaciones que afectan a la mujer, ciertos aspectos de la situación de la mujer en el derecho español y en su consideración social, que implican una clara discriminación de trato para el varón. Y ello, aunque no se compadezcan con los cánones de la corrección política. La posición privilegiada de la mujer, al menos en aspectos concretos y parciales relativos a su posición en el entorno familiar y al trato que le otorga el derecho en caso de ruptura de la convivencia conyugal, se ha intensificado, por increíble que parezca, después de las últimas reformas del Gobierno socialista.
No podemos ignorar de entrada que, durante mucho tiempo, han existido –en parte, todavía subsisten en algunos ámbitos- circunstancias que justificaban un cierto trato privilegiado (discriminación positiva). La mujer no tenía acceso a la formación universitaria, ni al trabajo profesional. La concepción imperante de la familia la convertía en reina del hogar pero, al mismo tiempo, en esclava e hipotecada, personal y socialmente. Los poderes públicos se distinguían por su inhibición frente a tan escandalosa discriminación y la protección social de la mujer también destacaba por su ausencia. Éstas, y otras muchas manifestaciones, no eran, en modo alguno, compatibles con el espíritu y la letra de nuestra Constitución. Es más, nada de todo ello se compadecía con la igual dignidad de la que la mujer era titular indiscutible. Después de 1978, con las grandes mutaciones que ha experimentado la sociedad española, la pregunta lógica podría formularse así: ¿Todavía tiene razón de ser el mantenimiento de alguna situación de privilegio para la mujer?
Para formular una respuesta con un mínimo de objetividad y coherencia –con independencia de los hechos puntuales de discriminación de la mujer que puedan subsistir-, es preciso tener en cuenta los valores y derechos garantizados constitucionalmente, muy específicamente la igualdad, la libertad y la justicia junto con los correlatos obligacionales que conllevan y exigen respecto de la actuación de los poderes públicos. Asimismo tampoco cabe ignorar las vigencias existentes en la sociedad actual en materia de familia tales como la igualdad en derechos y deberes (Art. 66 Cc.), la corresponsabilidad en la tareas domésticas y en las atenciones y cuidado de los hijos (Art. 68 Cc.), la mejor realización del beneficio e interés de los hijos como criterio de cualquier actuación en los casos de separación y divorcio, la realidad de un acceso, en proceso ascendente, de la mujer a la Universidad y al trabajo profesional, la progresiva mejora de una más intensa armonización de la vida laboral y familiar, etc.
Si se valoran con objetividad las circunstancias anteriores, así como los cambios que imponen en el orden personal, familiar, económico y social, la respuesta a la pregunta que hemos formulado se traduciría en un no rotundo. No es necesario mantener situación alguna de privilegio para nadie –sería una obscenidad que debería avergonzarnos-, tampoco para la mujer. Las zonas de oscuridad que puedan subsistir en la plena consecución de la igualdad femenina (igualdad de trato) nunca justifican la vigencia generalizada de realidades contrarias al espíritu de la Constitución, claramente discriminatorias, por el mero hecho de favorecer al género femenino. Nunca se supera una desigualdad con la imposición de otra.
No podemos, en definitiva, permitirnos el error de caer en la falacia del igualitarismo ya que, como dijo Nicolás Boileau, entonces el temor de un mal nos haría aceptar otro más grave o, peor aún, permitiría que siguiéramos amparando el trato discriminatorio. Lo cual me parece una verdadera obscenidad. Es más, tampoco es cierto que lo “diferente” sea siempre y en cualquier circunstancia sinónimo de “desigual” o “discriminatorio”.
LA CUSTODIA DE LOS HIJOS A DEBATE
Sin duda alguna, la guarda y cuidado de los hijos es el objeto más comprometido de la decisión judicial que impone la organización futura de cualquier familia a partir de la situación creada por la ruptura definitiva de la convivencia conyugal entre sus progenitores. ¿A quién otorgar el cuidado de los hijos? La respuesta a este interrogante es, en mi opinión, bastante más compleja de lo que sugiere el habitual automatismo con el que, en la práctica diaria, suelen operar nuestros Tribunales.
Quizás convenga advertir desde un primer momento que el análisis y la crítica ha de situarse, en mi opinión, en el ámbito de ‘lo política o femeninamente incorrecto’. No adoptar tal posicionamiento supone dejarse atrapar por la ideología dominante, de claro matiz totalitario, aunque se oculte bajo el manto de las buenas intenciones.
La ‘vergüenza’ frente a la legalidad imperante (la orientación vigente de la familia que se impulsa desde el poder y los medios de que se sirve) es la que se siente cuando se corren las cortinas de la hipocresía y entra la luz nítida del día en las estancias más íntimas de la persona y de la familia. Pocos quieren saber la verdad que se oculta en el trasfondo de las sentencias judiciales. Es mejor mirar para otro lado. ¡Ya se ha pronunciado la justicia!, afirman cómplicemente. ¡Vaya respuesta!
En mi opinión, es urgente exhibir otra ‘verdad’, la que resulta de confrontar las apariencias formales y sociales con lo que, más allá de todo ello, suele ocurrir en la vida de las personas, con la actitud de fondo de los protagonistas, con el impacto que todo ello produce en los seres más indefensos de toda esta tumultuosa historia: los hijos. Tal ejercicio me parece indispensable si de verdad se quiere servir a la persona. Y, es que, como dice Luís María Anson, “no hay cosa peor que la realidad que se ignora”.
Ocurre –con mayor frecuencia de la que cabría esperar- que el desacierto en tan esencial decisión (atribución de la guarda de los hijos) se instala provocadoramente en las resoluciones judiciales. Todo, al menos aparentemente, se ha podido realizar de acuerdo con la legalidad establecida y con los patrones de lo políticamente correcto. Pero es muy posible que la legalidad esté amparando, si no propiciando –y por ello debería sentirse vergüenza-, el desastre familiar. Es muy posible que, en muchos casos, el desacierto, velado tras la corrección, altere de modo muy profundo el conjunto de la organización futura del entramado familiar. Ya sé que esto no se quiere ver ni gusta reconocer su existencia. Pero conviene no olvidar que la ceguera no elimina la existencia de las cosas o que, como dijo Aldous Huxley, “los hechos no dejan de existir porque se les ignore”. De esto, precisamente, se trata, de exhibir un aspecto de la realidad familiar y de su tratamiento por los poderes públicos, que, por mucho que se intente mantener oculto tras la corrección, no deja de ser o contener aspectos de verdadera ‘obscenidad’.
Creo que ha sido Slavoj Zizek quién ha tenido el mérito de recordar que, en las actuales sociedades multiculturales liberales, todavía subsiste la que llama “lógica del anverso obsceno”. Por desgracia, la lógica de la corrección política, del feminismo de género imperante, de la tutela a la familia, de la protección a la infancia y a la juventud, de la tolerancia, de la igualdad, de la justicia, etc. suele ocultar una dimensión de obscenidad. Dimensión vergonzante que emparenta con las ‘paradojas’ –verdaderas contradicciones- de la cultura hipermoderna que nos invade.
Al filo de la experiencia que deriva de mi trato con la actuación de los Tribunales y del contacto diario con la tragedia de familias rotas, intentaré ofrecer una crítica a ciertos aspectos del sistema en vigor y mostrar, al mismo tiempo, la oculta problemática personal y social que urge acoger. En ella creemos que va enredada la vida de las personas y, por tanto, no puede ser ajena a la sensibilidad creciente por su madurez y su destino. Entre todos, y a partir del conocimiento de la realidad, podemos ir cambiando aspectos de la misma que nos interpelan acusadoramente.

miércoles, 20 de junio de 2007

LA CUSTODIA DE LOS HIJOS A DEBATE
Sin duda alguna, la guarda y cuidado de los hijos es el objeto más comprometido de la decisión judicial que impone la organización futura de cualquier familia a partir de la situación creada por la ruptura definitiva de la convivencia conyugal entre sus progenitores. ¿A quién otorgar el cuidado de los hijos? La respuesta a este interrogante es, en mi opinión, bastante más compleja de lo que sugiere el habitual automatismo con el que, en la práctica diaria, suelen operar nuestros Tribunales.
Quizás convenga advertir desde un primer momento que el análisis y la crítica ha de situarse, en mi opinión, en el ámbito de ‘lo política o femeninamente incorrecto’. No adoptar tal posicionamiento supone dejarse atrapar por la ideología dominante, de claro matiz totalitario, aunque se oculte bajo el manto de las buenas intenciones.
La ‘vergüenza’ frente a la legalidad imperante (la orientación vigente de la familia que se impulsa desde el poder y los medios de que se sirve) es la que se siente cuando se corren las cortinas de la hipocresía y entra la luz nítida del día en las estancias más íntimas de la persona y de la familia. Pocos quieren saber la verdad que se oculta en el trasfondo de las sentencias judiciales. Es mejor mirar para otro lado. ¡Ya se ha pronunciado la justicia!, afirman cómplicemente. ¡Vaya respuesta!
En mi opinión, es urgente exhibir otra ‘verdad’, la que resulta de confrontar las apariencias formales y sociales con lo que, más allá de todo ello, suele ocurrir en la vida de las personas, con la actitud de fondo de los protagonistas, con el impacto que todo ello produce en los seres más indefensos de toda esta tumultuosa historia: los hijos. Tal ejercicio me parece indispensable si de verdad se quiere servir a la persona. Y, es que, como dice Luís María Anson, “no hay cosa peor que la realidad que se ignora”.
Ocurre –con mayor frecuencia de la que cabría esperar- que el desacierto en tan esencial decisión (atribución de la guarda de los hijos) se instala provocadoramente en las resoluciones judiciales. Todo, al menos aparentemente, se ha podido realizar de acuerdo con la legalidad establecida y con los patrones de lo políticamente correcto. Pero es muy posible que la legalidad esté amparando, si no propiciando –y por ello debería sentirse vergüenza-, el desastre familiar. Es muy posible que, en muchos casos, el desacierto, velado tras la corrección, altere de modo muy profundo el conjunto de la organización futura del entramado familiar. Ya sé que esto no se quiere ver ni gusta reconocer su existencia. Pero conviene no olvidar que la ceguera no elimina la existencia de las cosas o que, como dijo Aldous Huxley, “los hechos no dejan de existir porque se les ignore”. De esto, precisamente, se trata, de exhibir un aspecto de la realidad familiar y de su tratamiento por los poderes públicos, que, por mucho que se intente mantener oculto tras la corrección, no deja de ser o contener aspectos de verdadera ‘obscenidad’.
Creo que ha sido Slavoj Zizek quién ha tenido el mérito de recordar que, en las actuales sociedades multiculturales liberales, todavía subsiste la que llama “lógica del anverso obsceno”. Por desgracia, la lógica de la corrección política, del feminismo de género imperante, de la tutela a la familia, de la protección a la infancia y a la juventud, de la tolerancia, de la igualdad, de la justicia, etc. suele ocultar una dimensión de obscenidad. Dimensión vergonzante que emparenta con las ‘paradojas’ –verdaderas contradicciones- de la cultura hipermoderna que nos invade.
Al filo de la experiencia que deriva de mi trato con la actuación de los Tribunales y del contacto diario con la tragedia de familias rotas, intentaré ofrecer una crítica a ciertos aspectos del sistema en vigor y mostrar, al mismo tiempo, la oculta problemática personal y social que urge acoger. En ella creemos que va enredada la vida de las personas y, por tanto, no puede ser ajena a la sensibilidad creciente por su madurez y su destino. Entre todos, y a partir del conocimiento de la realidad, podemos ir cambiando aspectos de la misma que nos interpelan acusadoramente.


LA FALACIA DEL IGUALITARISMO
Aunque no se corresponda con los cánones de una de las más recientes formas de totalitarismo que nos oprime –lo políticamente correcto (Giorgio Negrelli y Claudio Magris)- la realización del valor superior de la igualdad (Art. 1.1. Const.) y del derecho a la igualdad entre la ley (Art. 14 Const.) deberían llevarnos a denunciar también, además de las discriminaciones que afectan a la mujer, ciertos aspectos de la situación de la mujer en el derecho español y en su consideración social, que implican una clara discriminación de trato para el varón. Y ello, aunque no se compadezcan con los cánones de la corrección política. La posición privilegiada de la mujer, al menos en aspectos concretos y parciales relativos a su posición en el entorno familiar y al trato que le otorga el derecho en caso de ruptura de la convivencia conyugal, se ha intensificado, por increíble que parezca, después de las últimas reformas del Gobierno socialista.
No podemos ignorar de entrada que, durante mucho tiempo, han existido –en parte, todavía subsisten en algunos ámbitos- circunstancias que justificaban un cierto trato privilegiado (discriminación positiva). La mujer no tenía acceso a la formación universitaria, ni al trabajo profesional. La concepción imperante de la familia la convertía en reina del hogar pero, al mismo tiempo, en esclava e hipotecada, personal y socialmente. Los poderes públicos se distinguían por su inhibición frente a tan escandalosa discriminación y la protección social de la mujer también destacaba por su ausencia. Éstas, y otras muchas manifestaciones, no eran, en modo alguno, compatibles con el espíritu y la letra de nuestra Constitución. Es más, nada de todo ello se compadecía con la igual dignidad de la que la mujer era titular indiscutible. Después de 1978, con las grandes mutaciones que ha experimentado la sociedad española, la pregunta lógica podría formularse así: ¿Todavía tiene razón de ser el mantenimiento de alguna situación de privilegio para la mujer?
Para formular una respuesta con un mínimo de objetividad y coherencia –con independencia de los hechos puntuales de discriminación de la mujer que puedan subsistir-, es preciso tener en cuenta los valores y derechos garantizados constitucionalmente, muy específicamente la igualdad, la libertad y la justicia junto con los correlatos obligacionales que conllevan y exigen respecto de la actuación de los poderes públicos. Asimismo tampoco cabe ignorar las vigencias existentes en la sociedad actual en materia de familia tales como la igualdad en derechos y deberes (Art. 66 Cc.), la corresponsabilidad en la tareas domésticas y en las atenciones y cuidado de los hijos (Art. 68 Cc.), la mejor realización del beneficio e interés de los hijos como criterio de cualquier actuación en los casos de separación y divorcio, la realidad de un acceso, en proceso ascendente, de la mujer a la Universidad y al trabajo profesional, la progresiva mejora de una más intensa armonización de la vida laboral y familiar, etc.
Si se valoran con objetividad las circunstancias anteriores, así como los cambios que imponen en el orden personal, familiar, económico y social, la respuesta a la pregunta que hemos formulado se traduciría en un no rotundo. No es necesario mantener situación alguna de privilegio para nadie –sería una obscenidad que debería avergonzarnos-, tampoco para la mujer. Las zonas de oscuridad que puedan subsistir en la plena consecución de la igualdad femenina (igualdad de trato) nunca justifican la vigencia generalizada de realidades contrarias al espíritu de la Constitución, claramente discriminatorias, por el mero hecho de favorecer al género femenino. Nunca se supera una desigualdad con la imposición de otra.
No podemos, en definitiva, permitirnos el error de caer en la falacia del igualitarismo ya que, como dijo Nicolás Boileau, entonces el temor de un mal nos haría aceptar otro más grave o, peor aún, permitiría que siguiéramos amparando el trato discriminatorio. Lo cual me parece una verdadera obscenidad. Es más, tampoco es cierto que lo “diferente” sea siempre y en cualquier circunstancia sinónimo de “desigual” o “discriminatorio”.


EL GÉNERO Y LA DIFERENCIA
Doy por supuesto que, efectivamente, el movimiento feminista ha originado el principal impulso del progreso de las mujeres. Igualmente comparto la idea, como ha recordado Steven Pinker, según la cual “no es posible ignorar el género en la ciencia de los seres humanos” pues “ignorar el género sería ignorar una parte fundamental de la condición humana”.
Como complemento al feminismo de la igualdad (verdadera doctrina moral que reivindica la igualdad de trato y oportunidades), el feminismo de género está empeñado en tres afirmaciones sobre la naturaleza humana. Éstas, siguiendo la formulación del citado Steven Pinker, se pueden resumir así: a). Las diferencias entre hombres y mujeres nada tienen que ver con la biología (la naturaleza) sino con la cultura; b). La única motivación social de los seres humanos es el poder y, en consecuencia, la vida social sólo se puede entender desde la perspectiva de cómo se ejerce ese poder; c). Las interacciones humanas no surgen de las motivaciones de las personas que tratan entre sí sino de las motivaciones de unos grupos que tratan con otros. En concreto, el sexo masculino que domina al sexo femenino. En torno a estas tres afirmaciones se ha formulado un credo femenino, políticamente correcto, pero dogmático y totalitario en muchos aspectos.
No es cuestión ahora de resumir las aceradas y atinadas críticas del feminismo de la igualdad frente al feminismo de género ni tampoco pretender un compendio del resultado de las investigaciones que vienen llevándose a cabo desde el campo de la biología. Baste con señalar lo obvio: “la diferencia entre hombres y mujeres va mucho más allá de los genitales” (Ibidem). El error del feminismo de género, en consecuencia, puede radicar en esa especie de temor irresistible -y, a mi entender, infundado- a que lo “diferente” sea entendido o implique necesariamente “desigualdad”. Creo que no es así. Es más, las diferencias entre sexos, enraizadas en la biología –que las hay- no implican superioridad de uno respecto del otro.
Desde esta perspectiva, uno se queda un tanto perplejo al comprobar que el Legislador español ha aceptado, como inspiración de la reciente reforma legal en materia de familia, un credo doctrinario de esta naturaleza, máxime cuando el género, como explicación comprensiva de la totalidad del ser y el actuar de la mujer, ya está puesto en entredicho en el estado actual de la ciencia. La neurociencia, la genética, la psicología y la etnografía vienen apoyando y poniendo sobre el tapete diferencias de sexo cuyo origen parece que puede estar en relación con la biología humana y no con la cultura. No es extraño, en consecuencia, que el feminismo de género no represente a todo el feminismo y menos aún a todas las mujeres.
Al margen de representatividades, no parece sensato ignorar investigaciones científicas –por cierto, realizadas en su inmensa mayoría por mujeres- que, como mínimo, ponen en duda alguno o todos los postulados centrales del feminismo de género. Menos aún, parece sensato elevar dichos postulados a fuente única de inspiración de una reforma tan sensible y de tanta trascendencia como la llevada a cabo en el derecho de familia.
Evidentemente, en este caso, ha podido más la conveniencia en potenciar ciertas equivalencias de género (reivindicaciones del feminismo militante), sobre todo desde la óptica del apoyo electoral que podría reportar. Pero, precisamente por ello, la reforma no goza de plena credibilidad y autoridad y, en último extremo, tolera –lo que me parece más grave- un claro anverso obsceno, que diría Slavoj Zizek. El colmo del despropósito de semejante opción viene representado por la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, cuyo fracaso nadie niega cuando apenas han transcurrido dos años de su entrada en vigor.
No se puede ignorar que el feminismo de género desprecia, en el fondo, los principios liberales. Ello le ha ganado la oposición del feminismo de la igualdad, de muchos intelectuales e, incluso, de muchas mujeres. Considerado a sí mismo como el único depositario de la verdad acerca de la mujer, se desliza con facilidad por la pendiente del fundamentalismo radical, de la ambigüedad en muchos de sus planteamientos, de la discriminación con tal de que le sea favorable, de la ocultación de la verdadera realidad en las relaciones intersubjetivas en la pareja.


EL RECONOCIMIENTO DE LOS LÍMITES
Decía Horacio que “hay ciertos límites en las cosas tras los cuales el bien no puede subsistir”. La experiencia, por otra parte, nos muestra que el hombre actual –quizás el de todos los tiempos- se permite el lujo de prescindir de tan elemental principio de sabiduría. Por si lo anterior no fuese ya suficientemente grave, me temo que, a veces, los seres humanos somos tan insensatos que tal extravagancia la hacemos extensiva también al ámbito de las relaciones personales (realidades naturales) más próximas, esto es, a las relaciones de familia.


1. La madre es la más idónea guardadora
Un ejemplo muy claro del pésimo posicionamiento anterior (no reconocer y respetar ciertos límites) se advierte, ya desde el inicio, a la hora de organizar la ruptura de la convivencia conyugal. Muy en concreto, en el momento de afrontar los aspectos relativos a la relación futura entre los hijos y sus progenitores. Lo femeninamente correcto enseña e impone, como indiscutible, la específica aptitud de la mujer y madre para cuidar de los hijos (ahora no se pasa por alto su origen cultural). Éstos, en caso de ruptura de la convivencia conyugal de sus progenitores, están mejor con sus madres. La protección del interés preferente de los hijos exige que su cuidado, en caso de ruptura de la pareja, se encomiende a las madres. En base a este planteamiento, los Jueces suelen decidir, en la inmensa mayoría de los casos, sobre el cuidado de los hijos con inusitado automatismo.
Una vez más, aparece el contrasentido que conlleva el aceptar, como criterio de inspiración de una reforma legal -y más en materia tan trascendente-, un principio doctrinario del feminismo de género. En este caso, se sostiene, como políticamente correcto, que las madres son las más idóneas para cuidar a sus hijos. Pero, no se hace desde la convicción de que tal idoneidad tenga que ver con las previsiones de la naturaleza (la biología) pues, en modo alguno, se aceptan las aportaciones científicas que documentan una cierta aptitud específica de la mujer relacionada con la función que está llamada a desarrollar como transmisora de la vida. Es más, semejante planteamiento sería rechazado de entrada, como machista, por cualquier feminista de género. Si, a pesar de todo, se formula, es porque sirve en la lucha de género, porque le permite a la mujer una ventaja económica frente al padre de los hijos comunes a la hora de organizar la ruptura de la convivencia conyugal. Una vez más, en consecuencia, vuelve a aparecer el anverso obsceno de la realidad, propiciado, por cierto, desde la Ley.
Lo curioso, por esquizofrénico, puede radicar en que este mismo efecto de servicio a su particular e incomprensible lucha de género también lo obtendría si se posicionase desde una perspectiva diferente, aunque más acorde con las aportaciones de la biología. Probablemente, el tradicional automatismo judicial tenga como base –aspectos culturales al margen- una vigencia social armónica con un modo de entender la naturaleza, rechazado ahora por el feminismo de género, pero no por el feminismo de la diferencia ni por todas las mujeres ni por la biología.
En cualquier caso, me parece un despropósito adscribirse dogmáticamente a una posición u otra sin antes evaluar a fondo las aportaciones de la ciencia y sin tener en cuenta el sentido y razón de ser de la diferencia de sexos en el ser humano. La naturaleza suele ser sabia y ha ordenado y dotado al ser humano de aquellos resortes necesarios para consumar su creación. El protagonismo de las madres en la conformación de la personalidad de sus hijos, al menos en los primeros años, me parece, en principio, innegable. Quebrar esta conexión, en base a estúpidas luchas ideológicas, me parece un despropósito y un drama. Si encima se legisla desde planteamientos doctrinaros, el entuerto puede ser considerable.



2. Los hijos no son propiedad de sus madres
La vida, por cierto, nos enseña también otras muchas cosas, que no deberían ignorarse al enfrentarse con una problemática tan definidora como la guarda y cuidados de los hijos. Para nadie, acostumbrado a las terapias de familia, es un secreto la existencia de una sólida convicción existente en muchas mujeres y madres, consistente en dar por supuesto que los hijos son de su propiedad personal.
Semejante punto de partida se detecta, en muchos casos, hasta en el propio lenguaje materno a propósito de cualquier cuestión. El ‘mis hijos’, incluso en presencia paterna, es proverbial y significativo a este respecto. Curiosamente, el feminismo de género, tan instrumentalizador y utilitario, no rechaza tan falso postulado ni se esfuerza en desacreditarlo por su origen cultural.
Pues bien, al funcionar en la vida real y en el momento de la ruptura con tan disparatado criterio, el desastre estará servido, como es lógico. Los hijos serán, sin la menor duda, la víctima segura de la irresponsabilidad de sus padres o de alguno de ellos, que los instrumentalizará en beneficio propio. Es inútil negar los hechos o no querer ver la realidad, que dijo Antonio Machado. Quien así se comporte en asunto tan trascendente carece de la virtud que consiste, como dice Claudio Magris, en “reconocer sus límites”.
Aunque no me atrevería yo a señalar a nadie con el dedo, sí debo constatar una realidad que percibo diariamente. Muchas mujeres y madres, al separarse o divorciarse, explotan, como consumadas maestras, el falso sentido de propiedad que estiman tener –nunca lo reconocen- sobre sus hijos. Sobre todo, mientras se negocian las condiciones económicas del Convenio de familia o mientras se celebra el pleito correspondiente. Como son suyos, hacen con ellos lo que estiman oportuno, los utilizan a su servicio, los convierten en objeto de chantaje afectivo y en instrumento de presión, los pueden llegar, incluso, a manipular y enfrentar a sus padres. El repertorio es infinito. ¡Qué vergüenza!
Al parecer -quiero suponer que sea así-, ni los Jueces ni los Fiscales ni los Equipos técnicos judiciales, adscritos a los Juzgados de familia, advierten tal circunstancia. Probablemente el procedimiento previsto para tomar tales decisiones no sea el más idóneo y no permita conocer más a fondo la realidad familiar que se busca ordenar. No lo sé. Pero tal convicción está, sin duda, presente. Lo está de modo muy activo y propicia un anverso verdaderamente obsceno.
Cualquiera de las prácticas antes enumeradas, realizada por algún varón en el periodo de escenificación de la ruptura, sería valorada por la generalidad de los Fiscales como maltrato, sería estimada por el Juzgado de violencia de género como constitutiva de un delito de coacciones y, por supuesto, el varón, a parte de ser condenado (antecedentes penales), sería objeto de una implacable orden de alejamiento que sólo serviría para echar leña al fuego y perjudicar aún más gravemente a los propios hijos. Personalmente no abrigo duda alguna a la hora de señalar los responsables de tan grandioso disparate y confeccionar su deshonrosa relación. Pero, no nos engañemos, el verdadero responsable es quien realiza tales conductas.
Llegados a este punto, sólo se me ocurre, a parte de lamentar tanta estupidez, pedir una oportunidad para la reflexión. Por mucho que se pretenda justificar, por grande que sea el eco en los medios de comunicación, por muy política y femeninamente correcto que pueda parecer, por mucho que se intente recrear una imagen creíble, me atrevo a decir a estas madres que no conviene que se engañen a sí mismas. Luego, ya no tendrá remedio. Cada cual debería saber en la intimidad de su conciencia que sólo una cosa es cierta: estás traspasando todos los límites, absolutamente todos. Hay que dejarse de tanta tontería, de tanta hipocresía y superficialidad, de tanto amor propio y afán de venganza, como se exhibe habitualmente. Tienes que preguntarte radicalmente por qué, estando en juego tus hijos, no te atienes, madre amantísima, al consejo de Lucano: “observar la justa medida, mantenerse en los límites, seguir a la naturaleza”. Respeta a tus hijos y te respetarás a ti misma.



3. Comportamientos obscenos que pueden generarse
Si ahora analizamos el despliegue lógico de alguna de las convicciones enumeradas (los hijos son de sus madres y éstas son guardadoras más idóneas), es muy posible detectar una multiplicidad de comportamientos de muchas madres y que, a veces, pasan inadvertidos. Como los hijos son suyos, hacen con ellos lo que estiman oportuno, los utilizan a su servicio, los convierten en objeto de chantaje afectivo y en instrumento de presión. Incluso los pueden llegar a manipular y enfrentar a sus propios padres. El repertorio, en este campo, puede ser infinito. Para más inri, es inútil pretender poner encima de la mesa tales comportamientos. No suelen ser atendidos ni valorados, en la inmensa mayoría de los casos, por el Juez ni el Fiscal. Se decide, con independencia de semejantes conductas, sobre el cuidado de los hijos en beneficio de las madres. De este modo, mantenemos una hipocresía jurídica más y toleramos –lo que es mucho más grave- la obscenidad de correr el riesgo claro de equivocarnos in/conscientemente sobre una cuestión capital como es la de decidir a quien se otorga el cuidado de los hijos en el caso de ruptura de la convivencia conyugal.
Si contemplásemos, por un momento, tales prácticas en cuanto protagonizadas por el varón y padre, nos sorprenderíamos de lo discriminadora que sería la reacción del sistema por el simple hecho de estar en sintonía con la corrección política y/o femenina. Cualquiera de las prácticas anteriores, realizada por algún varón en el periodo de escenificación de la ruptura conyugal, sería valorada por la generalidad de los Fiscales como maltrato psicológico, sería estimada por el Juzgado de violencia de género como constitutiva de un delito de coacciones y el susodicho varón, a parte de ser condenado, sería fulminado por una inmediata orden de alejamiento que sólo serviría, como en la inmensa mayoría de los casos, para echar más leña al fuego y perjudicar aún más gravemente la relación con los hijos.
Al margen de señalar los responsables de tan grandioso disparate y de confeccionar su deshonrosa relación, deberíamos sentir vergüenza al desenmascarar tanta hipocresía personal e institucional. Después de todo, de tanto discurso en favor del interés preferente de los hijos, de tanta ética de la igualdad de trato, de tanta reforma legal a favor de la familia, de tanta tutela de la dignidad de las personas, resulta que todavía continuamos otorgándoles un trato desigual y no protegiendo debidamente a los hijos estamos siendo víctimas complacientes de una “ingeniería social/totalitaria” (Slavoj Zizek)?
Aunque personalmente pienso que la respuesta a tan inquietante interrogante es afirmativa, creo que ahora procede una reflexión global. Por mucho que se pretenda camuflar, por grande que sea el eco en los medios de comunicación, por muy política y femeninamente correcto que pueda parecer, por mucho que se intente recrear una imagen creíble, la realidad no cambia. Estamos, consciente o inconscientemente, haciendo posible que alguien traspase los límites.
Cierto que los aparatos de poder pueden hacernos creer que seguimos nuestros propios impulsos y deseos y que ello es bueno en sí mismo. Pero no es menos cierto que, al margen del control manipulador que se ejerce sobre los padres de familia y sobre la sociedad entera, son los padres quienes caen permanentemente en la trampa que supone traspasar ciertos límites. ¿Cómo es posible que ni siquiera el destino de los propios hijos provoque la reacción de sus progenitores y termine con el sistema que todo lo enmascara? ¿Por qué el sistema, previsto para tutelar el bien público (los hijos menores), tolera de hecho semejante ineficacia en su función?
Probablemente la solución haya que buscarla en otro ámbito. Quizás haya que romper con tanta norma que oculta verdaderas obscenidades y orientarse hacia la ética de lo Real (Glyn Daly, Slavoj Zizek y Alenca Zupancic): insistir más en que somos responsables de nuestras acciones. De lo contrario, me temo que el Estado, con una forma u otra, seguirá impidiéndonos hacer realidad este radical deseo de la autonomía individual, que diariamente nos arrebatan.




LA GUARDA Y CUSTODIA DE LOS HIJOS
A poco que se reflexione sobre la exposición de motivos y el texto mismo de la reciente reforma del art. 92 del Cc. (Ley 15/2005, de 8 de julio) y, sobre todo, en torno a su aplicación diaria en los Tribunales de justicia, advertiremos de inmediato que, en la sociedad española al igual que en el resto de sociedades occidentales, el individuo tiende a regirse por la denominada ética utilitarista o, si se prefiere, se siente en general muy satisfecho cuando el Poder establecido le hace creer que busca seguir y secundar sus deseos así como satisfacer sus pasiones. Sin embargo, lo cierto es –aunque se prefiera desconocer- que, en el anverso de tan utilitarista posicionamiento, suelen aparecer muy serias limitaciones a la autonomía individual junto con la generación de la frustración consiguiente cuando descubre que ha sido controlado y dominado sin remedio posible. La reforma del art. 92 del Cc., al haberse dejado cautivar por el eco de las equivalencias solidarias (la ideología de género), me parece paradigmática al respecto.


1. Las coordenadas de situación
Cuando se abordó la modificación de referencia, ya estaba en plena vigencia –conviene recordarlo a los forofos de turno- el criterio o el principio según el cual, en los procesos de familia, el interés preferente a proteger y tutelar es el de los hijos, no el de sus padres. Cosa muy distinta, antes de dicha reforma, es que dicho principio presidiese, de modo efectivo y en todos los supuestos, el comportamiento de los propios padres, la actitud de los medios de comunicación e, incluso, el quehacer de todos los Jueces y Fiscales. También la realidad mostraba, en tan capital cuestión, un cierto anverso obsceno en forma de hipocresía, egoísmo, irresponsabilidad paterna, instrumentalización y desprotección del interés preferente de los hijos. ¿Se ha superado con la reciente reforma legal tal estado de cosas? ¿Seguimos cómo estábamos y dónde estábamos o hemos empeorado la situación?
Todos recordamos como al Gobierno socialista y a los medios que le apoyan les crecía el agua en la boca al anunciar la reforma del divorcio. Además de no exigirse la separación previa, la reforma se acompañaba de una medida, según decían, absolutamente novedosa: la guarda y custodia compartida. Todo fantástico e idílico. Plena comunión y celebración festiva. Por fin, se era coherente con la expresada corresponsabilidad de los padres (Arts. 66, 67 y 68 Cc.). Sin embargo, a nadie medianamente enterado se le ocultaba el riesgo cierto de recortar/disminuir la vigencia y operatividad del principio rector (corresponsabilidad de los padres) como consecuencia de la necesidad/conveniencia políticas de satisfacer los deseos del colectivo feminista de género. ¿Se resistió tal tentación?
La realidad social mostraba la existencia de dos diferentes Grupos organizados con intereses claramente contrapuestos, abiertamente enfrentados entre sí y con una capacidad de presión muy desigual: las asociaciones de hombres separados/divorciados y el feminismo militante de género. Ambos, más allá de los ortodoxos mensajes que trataban de hacernos creer y de las medias verdades que exponían, mostraban un anverso, en mi opinión, muy obsceno.
Los primeros eran decididamente partidarios de la guarda y custodia compartida porque su admisión debilitaba las exigencias económicas de la mujer y madre (alimentos para los hijos y uso de la que fuera vivienda conyugal). El feminismo militante se posicionaba muy en contra de una guarda compartida de los hijos porque conllevaba la pérdida de cierto poder económico (alimentos y uso de la vivienda conyugal). En ninguno de los casos –apoyo entusiasta o resistencia a tope-, la posición defendida tenía algo que ver con el amor a los hijos, con su bienestar y con procurarles lo mejor. Tenía que ver con algo tan vil y obsceno como el dinero y el deseo de pasar al otro la factura de la venganza. Objetivo, ciertamente, ocultado bajo el hipócrita amor a los hijos. ¿Cómo se resolvió tan impresentable dilema en la reforma? ¿Sucumbió el Legislador a su propio afán manipulador y de control del grupo más numeroso a quien vendió el mensaje según el cual la reforma realizada daba plena satisfacción a sus deseos e intereses?



2. El régimen concreto de la guarda y custodia
El ejercicio de la guarda y custodia de los hijos podrá organizarse, en los supuestos de ruptura de la convivencia conyugal, del modo siguiente:
a). Individualmente por uno sólo de los progenitores, bien porque así lo hayan acordado los cónyuges en la propuesta inicial de Convenio regulador o en el transcurso del procedimiento correspondiente, bien porque así lo haya acordado el Juez en el procedimiento conflictivo correspondiente (Art. 92.4 Cc.).

domingo, 17 de junio de 2007

IMPOTENTES PARA CREAR
Todo parece transcurrir con lógica. Los pactos, con la infumable legislación electoral, los maneja el vencedor, que, como dijera Alfhonse Karr, es quien tiene razón. El PP –mal que le sepa que se lo recordemos- hace tiempo que perdió la dignidad y el gobierno de las instituciones. A partir de aquí, todo se desarrolla según el guión previsto. Se le advirtió por unos cuantos –muy pocos-, que no le debemos nada, ni ejercemos el deporte camaleónico. Pero, exhuberantes de arrogancia, no hicieron caso y ahí están los resultados. Sólo les queda –se lo diré una vez más- irse a casa, pedir disculpas, agradecer la oportunidad que se les ofrece de purificarse a fondo y liberar a Mari Pau de su “total compromiso”.
Es evidente que el sistema electoral –que urge modificar por higiene democrática- propicia la aparición de desaguisados tan fraudulentos como el que está ahora elaborándose por el PSOE con la inestimable colaboración de la cocinera de UM. Pero, al mismo tiempo, se evidencia, una vez más, que la posición de la Princesa ante los pactos no está en función del interés general. Como casi siempre, busca su beneficio personal, que, en las circunstancias actuales, pasa además por alejar de sí ciertos fantasmas, por obtener ciertas garantías, por poder agarrarse a alguna tabla de salvación. No puede negarse que, en estos años, han aparecido en su entorno demasiadas sombras y zonas oscuras, muchas presuntas arbitrariedades e irregularidades, múltiples motivos de sospecha e infinitos alicientes para investigar su gestión. Con ello ha tejido una tupida red en la que está atrapada sin aparente escapatoria posible.
La gente se viene preguntando desde mucho antes de las últimas elecciones por qué la Fiscalía anticorrupción no convirtió a la Princesa, como a otros, en objeto predilecto de su amor. ¿Por qué? ¿Hay alguien que piense que, si la Fiscalía hubiese tenido tal gesto complaciente, puesto en escena con el boato mediático de otros casos, la Princesa habría ahora pactado con el PSOE? Claro está que no hay por qué ser tan mal pensados y que, como es habitual en el PSOE, todo puede explicarse en base a la casualidad. ¿De verdad creen en ella? Me imagino que juegan también con el dato según el cual la única posibilidad que tenían los socialistas de tocar poder era a través del pactó con la Princesa. ¿No explicaría tal circunstancia el cúmulo de atenciones con que la han distinguido?
Aún hay más. ¿Está la Princesa en condiciones de rechazar el pacto con el PSOE? Son muchos, muchísimos, los ciudadanos que piensan que no, que es presa de sus propios pecados, que se le vendría encima la tormenta. Esta realidad explicaría el sentido del pacto cerrado con los socialistas. Así todo sigue para ella en paz, incluso sin ruido de fiscales. Pero, inmediatamente, salta otra pregunta: ¿Qué quiere hacer con Mallorca? Vete a saber. Nunca le ha importado demasiado. Lo que siempre ha tenido claro es lo que puede hacer Mallorca por ella. Me temo que, incluso, ni siquiera ha explicado a su partido las verdaderas razones de su opción. Eso sí, Ella intenta salvarse de la quema.
En realidad, se vuelve a escenificar entre nosotros un guión perverso, que también viene utilizándose por otros pagos. No se realiza un pacto coherente a partir de la afinidad ideológica y de proyectos. No asistimos, como sería lógico, a la culminación de un pacto de izquierdas –que iniciara Felipe González para restar poder a la derecha- sino ante un pacto de trincheras. El objetivo del PSOE, aquí y en otros lugares, se cifra ante todo en evidenciar que el PP está fuera del sistema, que es incapaz de pactar con nadie, que está muy lejos de la nueva transición zapateril. Para ello, todo vale. Una cosa y la contraria. Se pacta, si es preciso, con partidos que están mucho más a la derecha que el propio PP o con partidos nacionalistas o con ambos, agitados en una obscena coctelera. Da igual. Ni siquiera le importa imponer su propio programa, que, por otra parte, con semejante gatuperio, ni puede hacerlo.
Todo lo que está ocurriendo era muy previsible. Todo el mundo sabía lo que podría suceder. Ya teníamos experiencias al respecto y no positivas para el interés general. Sin embargo, los ciudadanos, hayamos votado o no, lo propiciamos, lo hicimos posible, dimos por bueno el desgobierno que podría venir. Curiosamente –recordando una reflexión de Alberto Moravia- el electorado no se siente responsable de lo que suceda después. Sin embargo, pienso que ahora es el momento de la reflexión de quienes se abstuvieron, votaron en blanco o provocaron el voto nulo. No creo que puedan sentirse orgullosos de su actitud, que, a buen seguro, lamentarán en los años venideros.
Por último, recordemos esta idea luminosa de Emilio Castelar: “Las coaliciones son siempre muy pujantes para derribar, pero son siempre impotentes para crear”.
Publicado en el “Mundo. El Día de Baleares”, 17.06.2007, pág. 10

domingo, 10 de junio de 2007

“NO ES ESTO, NO ES ESTO”
El espectáculo está servido. Si en algo coincidieron PP y PSOE durante la campaña electoral fue en el siguiente diagnóstico: UM –la Princesa- era el problema, el verdadero cáncer de Mallorca. Pues bien, ahora –y no sólo por los resultados electorales- las cosas son exactamente lo contrario. Unos y otros pugnan por obtener el favor de MAM en exclusiva. Lo demás, lo que todos ellos conocen, e incluso han tolerado y hasta, a veces, impulsado, les trae sin cuidado y les importa un comino. ¡Así de indecente es la política! ¿Hasta cuándo les permitiremos semejante tomadura de pelo?
El respeto a la voluntad ciudadana debería llevarles a todos a permitir que gobierne la lista más votada. El tradicional cachondeo de los pactos postelectorales –al margen de la legalidad que les adorne en el sistema electoral vigente- es, en realidad, una auténtica perversión democrática, que urge ponerle coto. Sólo me parecen admisibles si, durante la campaña, se proponen y explican al votante. Y, puestos a admitirlos, ¿por qué no pactan PP y PSOE, cuya suma representa la verdadera mayoría
natural? La respuesta me temo que tiene que ver con la obscena avaricia en el disfrute del pesebre. ¡Y, luego, se quejan de la falta de credibilidad!
El PSOE se apresuró a despejar cualquier duda del PP. No pactaría con él. ¡Elemental, querido Watson! Al PP ni agua o, con el PP, ni al cielo. Así lo ha definido la inteligencia zapateril. El PSOE es sabedor de que dispone de poderosas razones para hacerse querer por la Princesa. No hace falta ser un adivino para identificarlas. Están en boca de todo el mundo. ¿Por qué será que a la Fiscalía anticorrupción –al menos de momento- ni se le busca ni ha anunciado su presencia? No se puede olvidar, en modo alguno, que el PSOE zapatero ya ha dado –también entre nosotros- muestras repetidas de su maestría en el manejo de las instituciones en beneficio propio. Ahí está, cual pesada espada sobre la cabeza de la Princesa, sostenida por una crin de caballo. ¿Será tan osada cómo para permitirse el lujo de despreciar lo que, presuntamente, se le ofrece? Personalmente, lo dudo.
El PP ha dado carta blanca a Matas para negociar con UM. La reunión de su Junta directiva no aportó novedad alguna. Todo el mundo con el gran Jefe, esperanzados en que logre salvarles de la quema. Se temen lo peor. Se ven en la calle. Hay que intentarlo al coste de lo que sea. Este es el objetivo. Si se logra –me temo que no les será suficiente el pacto de hace cuatro años para dos legislaturas-, todos contentos y agradecidos. Habrá para casi todos y, en todo caso, será mejor que si son arrojados a las tinieblas exteriores. Si logran el objetivo, aunque después lleven la dignidad hecha jirones, Matas seguirá siendo indiscutido y arropado incondicionalmente. El mal habrá sido el menos.
Es tanto lo que se juegan a nivel personal, que vienen extremando, desde el primer momento, las cautelas para no molestar a UM. Ahora, cuando está en juego la supervivencia personal, se tornan sencillos, educados, cautelosos y humildes. Incluso tampoco les ha importado utilizar en beneficio propio las instituciones. Han eludido la presencia del Director del Mundo en dos programas de IB3, dedicados a la actualidad política. Evidentemente, con ello se han cubierto de gloria. Se han metido en un terreno que no es de su libre disposición. Han evidenciado su nula sensibilidad en la tutela de la libertad de expresión. Se han hecho acreedores a la repulsa general.
Creo sinceramente que el PP está jugando con fuego. A partir del hecho comprobado del no respeto a la lista más votada, entrar en el impresentable mercadeo que conllevan los pactos, máxime con quien más recelo causa en su electorado, puede ser letal para el futuro, tanto si se corona con el éxito como si se fracasa. Es en este punto donde debieron hilar más fino y elevar la mirada a un horizonte más noble. Es más, precisamente porque se ha optado por negociar, es más urgente definir y fijar algunos principios programáticos, claramente debilitados en las pasadas elecciones y, por ello, muy castigados en las urnas. Es de suponer que no irán a negociar desde tal ambigüedad, desde tales complejos, desde tales cesiones. ¿O, me equivoco? ¿Dónde estuvo, por cierto, la necesaria autocrítica? ¿Por qué no asistió Delgado, el verdadero triunfador del PP en las pasadas elecciones, a la Junta Directiva? Me parece que, una vez más, va a ser cierto que la piedra que desecharon los constructores se puede convertir en la piedra cabecera de esquina. Al tiempo.
Visto el panorama de unos y de otros, sólo me resta recordar con tristeza y dolor el dicho de Ortega: “No es esto, no es esto”
Publicado en el “Mundo. El Día de Baleares”, 10.06.2007, pág. 15

lunes, 4 de junio de 2007

REMEDIAR YA QUE NO SE PREVINO
El pasado 24 de abril de 2007 (El florero catalanista de Matas) me permití el lujo de predecir lo que ha ocurrido: la merecida y propiciada derrota del PP y, muy en especial, de su responsable máximo, Jaume Matas.
Ante el hecho incontestable de tan estrepitoso fracaso, no valen excusas ni paliativos, ni pequeños parches, ni remedios caseros. Hay, en primer lugar, que asumir responsabilidades. Esto es, no ampararse, en una increíble manifestación más de prepotencia, en la supuesta voluntad del pueblo favorable a los pactos y seguir montado en el machito, como si lo ocurrido no hubiese ido con uno. Hay, en segundo lugar, que remediar, ya que no se supo ni se quiso prevenir en un gesto más de infinito endiosamiento y chulería. Y, ¿cuál sería el remedio más oportuno en este caso?
Desde mi perspectiva, el PP balear ha venido aplazando una imperiosa catarsis (purificación) interna. Circunstancias externas le han servido, hasta ahora, de coartada. Pero le ha llegado, en mi modesta opinión, la hora de la verdad. Creo honestamente (igual que muchos que le han votado –eso sí mirando hacia otro lado-) que su electorado natural demanda en esta hora su regeneración. Y, además, como cuestión indispensable e improrrogable. No se trata de intentar de nuevo el pacto con UM, verdadera causa, entre otras, del desastre. Es más, si lo consiguiese, estarían en las mismas e, incluso, subiría –con razón- la escala de la intensidad del rechazo de su electorado tradicional. Como dijera Francis Bacón, “el que no aplique nuevos remedios, debe esperar nuevos males”.
Pues bien, tal desinfección, moral y política, exige, en mi opinión, que Jaume Matas encabece la larga marcha de los que deberían irse a su casa –una parte notable de quienes engrosaban las listas electorales pasadas-. A estos, debería añadirse, por supuesto, la inmensa caterva de aduladores, consejeros áulicos, cuentistas, camaleones y pelotas, de todas las clases y medidas, que pululan en su entorno y que apenas saben otra cosa que mirar a los demás por encima. Ya sé que no lo van a tomar en consideración. Pero, mal que les pese, la solución pasa por aplicar, a los grandes males, grandes remedios: limpieza y fumigación.
Uno, como tantos y tantos ciudadanos, ya ha visto de todo y pasa de casi todo. Por eso sabe que la nueva revolución del futuro sólo la protagonizarán quienes, incluso más allá de la buena gestión, personifiquen ciertos principios y valores, impongan la vigencia efectiva de la ética en la acción política, defiendan con tenacidad ciertas convicciones morales y políticas. Ha sido –me permito decírselo sin tapujos, como un servicio más- en este aspecto donde el PP ha fallado y traicionado, elección tras elección, a su electorado más fiel. La cosa ha llegado a tal punto, que, para muchos, ha sido una cuestión de conciencia decir, en este caso, basta ya. Y así lo han hecho: abstención, voto en blanco, voto nulo.
Hace unos días, Esperanza Aguirre lo certificó. He triunfado –dijo-, pero no por la gestión. Ha sido por los principios, por la claridad en la defensa de ciertos valores, por el alejamiento de la ambigüedad y de los complejos. Por lo mismo que llevó a Sarkozy a la Presidencia de Francia. Tales valores están en el ideario del PP. El problema radica en que aquí no se han defendido con resolución, en que se ha buscado la solana que más calienta, en que, frente a la debilidad del adversario, han opuesto los miedos y complejos. Creo que esta cultura política ha entrado definitivamente en vía de extinción.
En este contexto, no podemos evitar una alusión a la deriva nacionalista que, cual temerario saltimbanqui, Jaume Matas osó representar y además sin red.¡Qué error! Este ha sido su verdadero talón de Aquiles. Aunque quiso rectificar en su intervención en el “Foro del Mundo”, el mal ya estaba hecho. Nadie le creyó. Tuvo una oportunidad. Pero -¡maldita prepotencia!-, la despreció. No fue suficiente con dejar en casa, calladita, a Mari Pau. Fue peor el remedio que la enfermedad. Con ello, a la ambigüedad y a la sospecha de falta de coraje patriótico o de defensa de la identidad nacional, unió el intento de engañar en tema tan esencial. ¿Cuántas papeletas del PP fueron anuladas por la tachadura del nombre de la amiga personal? Por cierto, la factura por semejante confusión no está definitivamente pagada.
Lo que pase mañana con los pactos me tiene sin cuidado. Certificará nuestro análisis. Me importa el futuro y su perspectiva. Como soy de los que piensan, siguiendo a George B. Shaw, que “no es cierto que el poder corrompa, es que hay políticos que corrompen el poder”, lo único que me importan son las personas, con nombre y apellidos, cuya integridad moral será la verdadera garantía del funcionamiento normal de la organización política.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 3.06.2007, pág. 10