domingo, 26 de diciembre de 2010

LOS DIOSES LUCHAN EN VANO
Hace unos días, Javier Nart nos decía que le espantaba la estúpida ceguera del Occidente cristiano, incapaz de establecer una estrategia de largo alcance. Muchos menos aún si pensamos en la miedosa e ineficaz alianza de civilizaciones.
Es innegable el hecho subrayado por el reciente Sínodo de los Obispos para las Iglesias orientales: La progresiva desaparición de los cristianos sirios, libaneses, iraquíes, egipcios, que se ven obligados a renunciar a su cultura y a su tierra. Igualmente podemos referir las violaciones y persecuciones, los asesinatos, las palizas y el vandalismo, las agresiones varias, los atentados, las expulsiones, etc., de los que han sido objeto miles de cristianos en Pakistán, en India, en Chiapas, en Irak, en Nigeria, en Irán, en Marruecos, en Turquía, en Indonesia, en Etiopía, en Argelia, en Corea del Norte, en Arabia Saudí, en Kenya. A todo ello, debemos añadir, por último, la violencia constante que se ejerce, en la mayoría de los países de confesión islámica, frente a las manifestaciones externas de la práctica religiosa cristiana, no toleradas ni permitidas. El odio anticristiano va en aumento en la proporción en que el integrismo islamista impera en muchos países de confesión islámica.
Lo verdaderamente grave radica, en mi opinión, en que las supuestas grandes democracias occidentales (Europa, por ejemplo) guardan el más cómplice de los silencios ante tales atentados a la libertad personal. Miran para otro lado. No se atreven a reivindicar para las Iglesias cristianas el trato que se garantiza al Islam en la sociedad occidental. Salvo contadísimas excepciones, ningún país occidental exige la lógica reciprocidad de trato. La libertad religiosa es una perfecta desconocida en estos países.
Tampoco debería extrañarnos demasiado semejante conducta si tenemos en cuenta que, en la vieja Europa, no siempre se hace profesión de fe democrática. El respeto a la conciencia personal y el no obligar, en consecuencia, a ciudadano alguno a obrar en contra de la misma constituyó, como es sabido, uno de los pilares esenciales de las democracias liberales. Sin embargo, ahora, en ciertos países europeos –como es el caso de España- está en cuestión y se pone a votación en el Consejo de Europa. ¿Qué se puede esperar después?
Es más, se está “... acostumbrando, como ha recordado José María Marco, a los europeos a pensar su libertad fuera de la religión, cuando no contra ella”. La libertad religiosa –la primera de las libertades y el fundamento de la libertad sin adjetivos- se ve con relativa frecuencia limitada, sobre todo en relación con el cristianismo. A partir de aquí, es muy difícil reclamar a estos Gobiernos europeos multiculturales que se atrevan a oponerse a la ola de fundamentalismo islámico y de negación del pluralismo religioso. No se puede pedir peras al olmo.
Esta realidad se completa con nuestra complicidad. Somos nosotros quienes apoyamos y sostenemos a estos Gobiernos europeos. No somos conscientes de que la verdadera legitimidad reside en la tutela y salvaguardia de nuestros derechos, de nuestra libertad. Si creyésemos de verdad en ello, exigiríamos de ellos una conducta coherente de oposición a la persecución que se practica contra los cristianos.
Y es que, como dijera J.C. Friedrich von Schiller, “contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”.

martes, 21 de diciembre de 2010

CONTACTO CON EL SUELO
Siempre he tenido muy presente una fina advertencia del gran poeta de mi tierra de nacimiento, a saber: “Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura” (Antonio Machado).
¡Cierto!
Si nos olvidamos de tantos mensajes interesados y deformadores de la realidad como recibimos, nos informamos un poco de lo que ocurre en la vida de la Iglesia y aceptamos los hechos, no tendremos más remedio que admitir la pérdida progresiva de sacerdotes y religiosos, el envejecimiento notorio del clero existente, el agostamiento o el erial de las vocaciones sacerdotales. Es inútil negarlo. ¿Quién se ocupará y atenderá –si las cosas siguen así- en el futuro inmediato a las comunidades de creyentes, que quedan?
Por si lo anterior no fuese suficiente, debemos valorar también cómo vive gran parte del clero el celibato prometido, cómo vive su sexualidad. La respuesta –si no huimos de la realidad- puede, en parte, hallarse en una escena de El poder y la gloria del inglés Graham Greene. En ella –nos dice el novelista católico-, el sacerdote “... vivía cerca del río con su ama de llaves. Por supuesto, era la mejor solución de todas: que diera testimonio vivo de la flaqueza de su fe”. Ya sé que no son todos, pero, si no se mira para otro lado como en tantas otras cosas, no tenemos más remedio que constatar esta flaqueza.
Cuando uno conoce el compromiso cristiano de tantos laicos, casados o no, su disposición y preparación, se pregunta de inmediato por qué no podrían ejercer el ministerio sacerdotal. Son muchos, en efecto, que se fueron por causa del celibato y son muchos que, por la misma razón, no optan por el sacerdocio. Como ha dicho Hans Küng, “no hay escasez de sacerdotes, sino de personas dispuestas a asumir el celibato”. Fina observación –acorde con la realidad- que debiera llevar a todos a pensar si no ha llegado ya el momento de realizar un cambio y que el celibato sea totalmente opcional. En este orden de cosas, surge otra pregunta cuya respuesta no debería eludirse, a saber: ¿por qué no se confía en un laicado, tan preparado doctrinalmente o bastante más que muchos clérigos?
Si –al margen de todo lo anterior- la Curia vaticana se atreviera además a valorar, como se merece, el testimonio de vida interior, de verdadero compromiso con su fe, de fidelidad a la doctrina evangélica, que ofrecen muchos laicos, casados o no, probablemente estaría en disposición de recorrer un camino de apertura y mayor servicio a las comunidades cristianas. La realidad es muy tozuda. El clero actual no es, en general, muy ilustrado, desconoce, en gran parte, la cultura actual, no suele disfrutar de una capacidad profesional suficiente para ganarse la vida en el mundo, suele ignorar el protagonismo que conlleva la familia para la vida social y eclesial. Se diga lo que se diga –generalmente, los tópicos de siempre-, lo cierto es que la figura del sacerdote actual no está prestigiada ni, en consecuencia, goza del respeto necesario. Esta realidad –que obedece a múltiples causas- no se quiere ver ni abordar. ¡Mal síntoma!

viernes, 17 de diciembre de 2010

PARECEN VERDADES (II)
En las declaraciones del Sr. Rubalcaba -enmendando la plana a la Sra Pajín-, se puede apreciar una dimensión muy diferente a la estrictamente familiar, aunque también tenga ciertas consecuencias en este ámbito. No tiene rubor alguno en pronunciar la expresión “por encima de la presunción de inocencia”. Toda una confirmación de algo, ya sabido, en línea con la tradición socialista.
Desde su nacimiento, el Partido socialista quedó marcado por una voluntad no respetuosa con la legalidad. El 7 de julio de 1910, su padre y fundador (Pablo Iglesias) expresó, en el Congreso de los Diputados, estas desdichadas intenciones: “Estarán en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad ... cuando ella no les permita realizar sus aspiraciones”. Increíble, pero cierto.
No extraña lo más mínimo que, a lo largo de su historia ya centenaria, haya seguido al pie de la letra esta consigna. Ha dado testimonio, en multitud de ocasiones, de su flaqueza a la hora de defender el estado de derecho, sobre todo si detenta el poder. Se muestra como maestro consumado a la hora de buscar toda clase de artilugios y recovecos para, si le interesa, burlar la legalidad vigente. Es obvio que tan grave pecado democrático es cometido con la apariencia de virtud.
En esta ocasión, el Sr. Rubalcaba ha ido demasiado lejos en su afán. Se ha atrevido a hacer público su rechazo a las garantías mínimas y más elementales, que cualquier Estado, que se precie de tal, ha de salvaguardar: la presunción de inocencia. No es extraño que el clamor en contra haya sido unánime en todos los sectores, incluido el de las Asociaciones de jueces –también la de Jueces para la democracia, habitualmente a favor de las tesis socialistas-.
A pesar de todo, no abrigo duda alguna de que llevarán adelante semejante pretensión. Una vez más prevalecerá ‘el interés por el voto’ sobre el interés general y el respeto a la ley. Una vez más -¿cuántas van ya?- se impondrá, como obligatoria, una clara discriminación, un insulto evidente al principio y al derecho de igualdad ante la ley. La corrección femenina no sabe de tales exigencias. Una vez más, prevalecerán ‘las equivalencias de género’, que no es otra cosa que la búsqueda del voto de la mujer para permanecer en el poder y seguir impulsando el trabajo de ingeniería social.
Es más, si ya existían muy graves reservas en torno a las denuncias falsas de malos tratos en busca de un evidente interés o beneficio personal, esta modificación legal, si se realiza como nos tememos, no hará otra cosa que agravar aún más –si ello fuera posible- la situación actual.
Cualquier profesional del derecho sabe perfectamente hasta qué punto se viene instrumentalizando la denuncia falsa de mal trato a la mujer en beneficio propio y en evidente deterioro de la posición del varón. Hay que tener mucha cara para negar tales hechos.
¿Dónde queda el supuesto interés preferente de los hijos? Si algo daña ese interés, es el espectáculo a que se asiste en los juicios de mal trato con su vinculación a las medidas sobre los hijos. ¡Qué vergüenza!

martes, 14 de diciembre de 2010

PARECEN VERDADES (I)

Después del grotesco espectáculo de la Sra Pajín -con exaltación de la Logse incluida-, ha venido -¿cómo, no?- el gran manipulador del reino a remediar el entuerto. “... estamos pensando en los niños por encima de la presunción de inocencia”, ha dicho Rubalcaba. Punto final. El oráculo laicista dixit.
Si no situamos en el ámbito estrictamente familiar, la protección del menor siempre ha sido, en nuestro derecho civil, el criterio rector básico que ha de presidir cualquier decisión judicial con respecto a la guarda y custodia de los hijos -a uno u otro, o a ambos-, que vincula a todos. Para este viaje no se necesitaban alforjas. No obstante, “la dificultad –como ha subrayado la Magistrada de la AP de Barcelona, Sra Viñas Maestre- estriba en determinar y delimitar el contenido de dicho interés, ya que no puede ser determinado con carácter general de forma abstracta”.
Dicho de otro modo, entiendo que la prevalencia del interés de los hijos “... ha de ser consecuencia de la concurrencia de unos presupuestos fácticos cuya apreciación requiere suficiente prueba, para lograr que, en lo posible, la aplicación del citado principio (‘favor minoris’) responda a una verdadera realidad constatada” (AP Santa Cruz, s. 23.04.2007). Aquí está, aunque suele obviarse, el punto nuclear de la cuestión.
Lo que viene ocurriendo en muchos más casos de los deseados es que, al haber infectado el Derecho de familia de ideología, el interés del menor se ha convertido de hecho en el instrumento que ampara, a veces, las más obscenas decisiones, que marcarán a los hijos de por vida. No olvidemos que la ideología de género, por ejemplo, además de inspirar la reforma realizada mediante la Ley de 2005, forma parte del horizonte intelectual de bastantes Jueces, Fiscales, Abogados y Psicólogos. Todo un despropósito que nos conduce –aunque sólo sea inconscientemente- a la imposición de los “anversos obscenos”, que ha denunciado Slavoj Zizek (Arriesgar lo imposible, Madrid 2006).
El partido socialista siempre ha sabido manejar los resortes para manipular al pueblo. Conoce a la perfección el dicho de Calderón de la Barca, que dice: “Porque tienen de su parte mucho poder las mentiras cuando parecen verdades”. Sin duda. No están pensando en los niños. No se dejen engañar.

sábado, 11 de diciembre de 2010

DE CLIMA ARTIFICIAL, NADA
Cuando arreció en los medios la justa crítica por los abusos sexuales de algunos sacerdotes a menores de edad y por la actitud mantenida por altos miembros de la Jerarquía católica ante tan abominables conductas, se escuchó, en el bando católico, de todo y, en ciertos casos, no, precisamente, bueno. Me refiero a que se escucharon voces que intentaron –no sin ciertas dosis de obscenidad- quitar hierro a lo ocurrido.
En esta línea hubo quien habló de ‘tempestad mediática’, de ‘campaña’ que ‘recuerda las leyendas negras’, de que ‘se está generando un clima artificial de pánico moral, al que no es ajeno cierta pandemia mediática o literaria centrada en las desviaciones sexuales del clero, convertidas en una suerte de pantano moral” (Navarro-Valls, R., Clima artificial de pánico moral, en “El mundo/El Día de Baleares”, 22.03.2010, pág. 19). Semejante excusa –que también padecí ante el televisor en un programa de ‘Intereconomía’- no me escandalizó ni me sorprendió. Me causó, sin embargo, una verdadera pena y una cierta vergüenza ajena. Frente a tan encogida falta de coraje para condenar abiertamente tales conductas clericales brilló el juicio de un contertulio de la izquierda intelectual. ¡Qué espectáculo y qué contraste! La grandeza ética de la izquierda frente a la hipócrita derecha católica.
Desde entonces han pasado muchas cosas y han salido a la luz otros muchos casos de extremada gravedad. Pero, sobre todo, hemos presenciado el coraje de Benedicto XVI -conocedor, sin duda, de lo que estaba sucediendo-, que ha querido romper con el vergonzoso mirar para otro lado. Tal ruptura con la línea seguida por sus predecesores ha sido clara y terminante: intolerancia cero, colaboración total con las autoridades civiles, compromiso eficaz en orden a la protección de los menores. Programa que ha sido expuesto por el Cardenal William Levada en el Consistorio –celebrado en Roma este fin de semana- con motivo del nombramiento de veinticuatro nuevos Cardenales y que exige, ante todo, un profundo y sustancial cambio de mentalidad en la Jerarquía católica. ¡Ojalá –esta vez- vaya en serio!
Quiero, para terminar, referirme a unas luminosas palabras del Papa al respecto: “Tengo que decir que siento una gran tristeza. Tristeza también porque la autoridad de la Iglesia no ha sido lo suficientemente vigilante, ni suficientemente veloz, ni decidida, para tomar las medidas necesarias”. Evidente. Esta negligencia siempre nos ha parecido de una gravedad extrema, que nunca ha gozado de justificación. Por esto mismo, las críticas de los medios y de muchas personas, cristianas o no, tenían una clara cobertura ética. No siempre la crítica cabe despejarla con el fácil recuso al tan manido anticlericalismo. La crítica –en éste como en tantos otros casos- goza de fundamento y es muy lógica. Sólo es cuestión de humildad y sinceridad en quien la recibe.

martes, 7 de diciembre de 2010

DE DIFERENTE MANERA
Desde el primer momento de su elección, Benedicto XVI ha dado sobradas muestras del conocimiento de los problemas de la Iglesia. Ha tenido –para sorpresa de sus detractores internos y externos- el santo coraje de afrontar por derecho cuestiones tan escabrosas y complejas –con increíbles implicaciones de miembros de la Jerarquía católica- como el escándalo surgido a partir de las revelaciones sobre la vida privada del fundador de los Legionarios de Cristo o el no menos escandaloso problema de la pederastia. Este último ha tenido, por fin, la respuesta debida, muy alejada, por cierto, del tradicional ocultamiento o del mirar para otro lado. Ha ofrecido soluciones imaginativas a problemas relacionados con el paso al catolicismo de amplios sectores de la Iglesia anglicana.
Asimismo este Papa –que está dejando boquiabierta a la izquierda intelectual y mediática que alentó, al ser elegido, tantos tópicos zafios- es consciente de lo que la Iglesia católica se juega en Europa y de la necesidad de hacerle frente mediante una nueva cristianización. En este desafío actual, España tendrá, en su opinión, un protagonismo especial. Ello explica sus frecuentes visitas. Ello explica alguno de sus mensajes más lúcidos respecto, por ejemplo, del laicismo radical y sectario -a veces y, en cierto modo, agresivo-, respecto de un evidente anticlericalismo, respecto de la familia y de los valores cristianos que conformaron Europa.
Tengo la impresión de que este Papa también ha iniciado otro camino, que, sin duda dará sus frutos. Se ha ‘atrevido’ a nombrar Obispos de San Sebastián, Bilbao y Solsona a hombres de Dios, bastante preparados –dentro de lo que existe en el panorama clerical y episcopal- intelectualmente y, sobre todo, alejados de la causa nacionalista. No ignora su Santidad que, en las diócesis más proclives al nacionalismo, se distinguen por su desafección cristiana y por la carencia más absoluta de vocaciones sacerdotales. Sabía que lo ocurrido hasta ahora no podía continuar, que había que dar un giro trascendental y lo ha dado. ¡Ojalá haya acertado!
Fue –en este orden de cosas- una verdadera gozada escuchar en TV3 a Xavier Novell –el Obispo más joven de España: 41 años- responder al interrogatorio que, desde la indiferencia religiosa y del nacionalismo más radical, le formuló el periodista Josep Cuni. No eludió ninguna pregunta, no miró para otro lado, acreditó una gran claridad de ideas y una profunda espiritualidad. ¡Qué diferencia con el Card. Martínez Sistach! En efecto, no cayó en la trampa habitual en la que suelen incurrir incluso gran parte del clero y del episcopado en Cataluña. No existe la Iglesia catalana -dijo sin inmutarse- sino que existe la Iglesia en Cataluña.
En esta misma línea, al ser preguntado si sentía catalanista, respondió: "Soy catalán, hablo esta lengua, pero como obispo me toca ser servidor y pastor de todos". Como se aprecia fácilmente, se sitúo en las antípodas de algunos de sus compañeros en el episcopado. No se extraño tampoco que, en la cuestión lingüista, se expresa con nitidez, a saber: "La Iglesia está en Cataluña e intenta hablar la lengua de aquí, en catalán, pero también en castellano porque hay gente que habla castellano".
Al menos, parece que, por fin se ha aceptado que, como dijo Albert Einstein, “no podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”.
SIEMPRE Y EN TODAS PARTES
Por fin, el Vaticano parece que va a reaccionar ante lo evidente. En el mundo actual –no obstante el soplo del Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II-, la imagen de Dios se ha eclipsado e impera el ateísmo. Al menos, si nos atenemos al cómo parece vivir y guiarse la sociedad. La profecía de Nietzsche se habría hecho, en parte, realidad. El mundo contemporáneo no vive ya en cristiano. Desde hace mucho tiempo, era y es palpable la urgente necesidad de iniciar una nueva cristianización, una nueva evangelización de la sociedad. Esto es, había –y hay- que empezar de nuevo, desde el principio, como si todo lo ocurrido hasta ahora no hubiese existido. Eso sí, teniendo en cuenta lo que vive y quiere el hombre actual.
Nos alegra que el Papa Ratzinger haya asumido este reto con el recientemente creado Consejo para la promoción de la nueva evangelización (21.09.2010). Por una vez, la Iglesia parece que no quiere encerrase detrás de la muralla. Ya perdió media Europa con la Reforma del s. XVI, ya se apartó de la razón en el s. XVIII, ya estuvo al margen de los trabajadores en el s. XIX, ya alejó de sí a la mujer en el s. XX. Desde esta perspectiva, bienvenido sea este necesario impulso papal y ojalá la Iglesia católica permanezca atenta a su seguimiento.
No será tarea fácil. Ya veremos si es capaz de romper las cadenas del eficaz ‘sistema romano’, que mantiene –como ya denunciara en 1969 el fallecido Card. Suenens- en un cierto cautiverio al Papa y a la propia Iglesia. Ni siquiera el Concilio acabó con él. Más allá de los cambios de simple maquillaje, más allá de los gestos pastorales de los viajes, más allá de la utilización de un lenguaje más actual, lo cierto es que pronto se olvidó el famoso ‘aggiornamento’ de Juan XXIII y se dio paso al ‘involucionismo’ y la ‘restauración’ de Pablo VI y, sobre todo, de Juan Pablo II, fuertemente apoyado éste último por movimientos eclesiales muy conservadores, que están en boca de todos. Hemos presenciado –en el pontificado del Papa polaco- como se producía una renovación episcopal con hombres muy leales a la Curia romana pero de más que dudoso prestigio intelectual. Ya no existen las figuras míticas de Cardenales y Arzobispos del pasado. Ya las Universidades eclesiásticas han perdido su prestigio de antaño. Ya el clero ordinario casi ha desaparecido y, en todo caso, se ha dejado a su suerte. Las nuevas generaciones de sacerdotes no están preparadas: no dominan, en general, la doctrina católica y su ilustración sobre la cultura actual brilla por su ausencia. Se sigue, como siempre, desconfiando del laicado. Se sigue (...), en tantos y tantos aspectos, quizás peor que nunca. ¡Cómo estará el patio, que Roma se ha despertado!
Pero, sobre todas las cosas, la Iglesia deberá replantearse esa tendencia al dogmatismo del que hace gala, a regularlo todo, absolutamente todo, a establecer lo bueno y lo malo, a fijar lo que es voluntad de Dios, a hacer valer siempre su pretendido monopolio de Dios y de la verdadera doctrina en todo. Siempre he tenido la impresión –que me ha generado un gran rechazo- consistente en que la Iglesia no renunciaba a su sistema de poder cuando, a mi entender, el mensaje evangélico invita al amor.

martes, 30 de noviembre de 2010

LA LEY IGUAL PARA TODOS
Una de las polémicas más vivas de las últimas semanas ha girado en torno a dos hechos frente a los cuales el ‘establishment’ occidental, acoquinado por el miedo, ha vuelto a emplear un doble rasero de medir. Nos referimos a la construcción de un Centro religioso-cultural musulmán en la Zona Cero y la intención del pastor Terry Jones de conmemorar el 11-S con la quema del Corán. La opinión pública mundial –convenientemente desinformada por los medios de comunicación que no quieren salir de la corrección política- se ha limitado, en general, a seguir a sus líderes políticos.
Parece que seguimos condenados a no entender las cosas. Son posibles, en efecto, todos los debates imaginables. Caben las posiciones más encontradas. Pueden expresarse opiniones para todos los gustos. Pero, sobre todo, deberíamos atenernos a la Ley, igual para todos, máxime en su máxima manifestación constitucional. La libertad religiosa –hoy por hoy- es, en la civilización occidental, un principio organizador de la convivencia democrática (a la vez que un derecho fundamental de todos y cada uno de los ciudadanos y de los grupos en que se aglutinan) de carácter inquebrantable y del que jamás hay que abdicar. Al contrario, se ha de propugnar y exigir, en la convivencia ordinaria y en la vida real, de manera radical, sin tolerancia alguna. La consecuencia es clara: los fieles de cualquier religión pueden construir sus templos donde lo estimen conveniente, siempre y cuando cumplan los requisitos urbanísticos y administrativos que exige la ley. No hay más discusión. No es una cuestión de tolerancia, ni de diálogo inter religioso ni de civilizaciones. Los musulmanes son también ciudadanos y pueden ejercer sus derechos en igualdad de condiciones con el resto de fieles de otras religiones. Construir un lugar de oración es sencillamente un derecho.
También Terry Jones –como cualquier otro ciudadano- tiene el derecho de amenazar y quemar el Corán. No es una actitud adornada por la prudencia, la tolerancia o la conveniencia. Pero es y forma parte del contenido de la libertad de expresión. Podrá gustar más o menos. Pero, sería la expresión del ejercicio de un derecho o libertad garantizada constitucionalmente.
Cosa muy diferente es lo que, en tales Centros de oración, se pueda enseñar o a lo que se pueda incitar. La experiencia nos enseña al respecto que el Estado no puede ni debe llamarse andana. Muy al contrario, ha de estar en permanente vigilancia y exigir el cumplimiento de la legalidad vigente. Ya se han cometido y se vienen cometiendo –sobre todo en España- suficientes errores. No tiene sentido alguno actuar bajo el miedo o con la idea de evitar contrariar al mundo del radicalismo islamista. Pensar –como es habitual en Occidente- que de este modo no seremos víctimas del terrorismo islamista es de una ingenuidad supina. Los hechos, en este sentido, son incontestables. No partir de ellos es la expresión suprema de una gran irresponsable estupidez.
Occidente, al valorar los hechos referenciados con un doble rasero, ha vuelto a evidenciar que no ha aprendido la lección de los hechos. Es urgente un cambio de política al respecto. Después no valdrán las lamentaciones. ¡Que todos, con independencia de la religión que profesemos, respetemos y cumplamos la misma legalidad!
SIN DEJAR MARCAS
Una vez más, nos encontramos con una actitud no tolerable de un país árabe. Los hombres, en los Emiratos Árabes Unidos, pueden golpear a sus mujeres e hijas siempre y cuando no les dejen marcas. ¡Insufrible!, que diría nuestro último premio Príncipe de las letras, el libanés Amin Maalouf.
Tal doctrina ha sido asentada al juzgar –según se relata en ‘La Gaceta’- el caso “... de un hombre declarado culpable por golpear a su mujer tan fuerte que les destrozó los dientes y el labio superior, así como a su hija de 23 años con moratones en las extremidades”. Se le impuso una multa ridícula: unos 96 €. Fue recurrida en base a que la Ley islámica (shari’a) “permite recurrir a la violencia si no se encuentra otra forma de resolver la disputa”. El Juez le dio la razón, pero dentro de ciertos límites: que la agredida no tenga marcas.
Es cierto que el Corán exhorta a los musulmanes a tratar a sus mujeres con “amor y amabilidad”. Pero, no es menos cierto que el trato a la mujer constituye una de sus tachas más negativas. Golpear a una mujer nunca puede ser una respuesta apropiada – ni, a veces, la mejor opción- para resolver ningún problema, ni familiar ni de otro tipo. Es manifiestamente contrario a la igualdad dignidad de la mujer. Es atentatorio contra los derechos humanos.
Desde esta perspectiva, no es posible tolerancia alguna ni justificar ese trato vejatorio en base a tópicos de la corrección política. Ni el multiculturalimo ni el diálogo de civilizaciones ni ninguna religión o texto –por muy sagrado que se declare- pueden esgrimirse con éxito. Quien así lo hace –como nuestro Gobierno y el partido que lo sustenta- no es progresista sino todo lo contrario. Es una verdadera obscenidad en parangón con la actitud de muchos países árabes con respecto “hacía los derechos humanos, hacía la mujer o las minorías oprimidas” (Amin Maalouf).
Si, en estos aspectos tan esenciales, los emigrantes musulmanes no se integran en Occidente, habrá que reconocer el fracaso consiguiente y que tenemos un grave problema de convivencia.

domingo, 31 de octubre de 2010

EL ‘ABSURDO’ MULTICULTURAL
¿Recuerdan el rasgado de vestiduras que efectuó la izquierda intelectual europea frente a la actitud del Presidente Sarkozy por las expulsiones de rumanos? Al final, la responsable europea tuvo que envainársela y todo ha quedado en agua de borraja. Se desinformó al pueblo por parte de muchos medios de comunicación, cómplices directos de una de tantas claudicaciones como suele protagonizar la vieja Europa. Todo por un problema –como ha recordado el gran pensador francés Alain Minc-, que, en el fondo, es rumano. Aquel debate europeo ha tenido poco después una nueva respuesta -esta vez, por el sociólogo e historiador francés Alain Touraine, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades-, digna de ser apreciada con objetividad.
Para el pensador francés, “el problema es cómo podemos ser ciudadanos con los mismos derechos y deberes pero con culturas diferentes”. Y prosigue su razonamiento con esta otra idea: en toda sociedad es necesario “poner unos límites” porque “no puede ser que unos pocos nieguen al resto los derechos de todos”. La realidad de culturas diferentes es innegable. La sociedad actual es muy pluralista. Los movimientos migratorios son imparables. Todo ello hará realidad la existencia creciente de culturas diferentes en un mismo ámbito nacional.
A partir de aquí, el verdadero problema –que Europa no se ha atrevido afrontar hasta ahora- radica en si nos atrevemos a ser intransigentes en la defensa del acervo común de derechos y deberes, sobre todo fundamentales. Aquí no es posible tolerancia alguna. Al contrario, como hace tiempo subrayó J.A. Marina, la actitud debida se corresponde con la más absoluta intolerancia. Hay que respetar los derechos y deberes porque “una sociedad tolerante no es libre ni democrática y no respeta los derechos humanos” (Alain Touraine). ¡Eh aquí la madre del cordero!
No puede ser que unos pocos –procedan de donde proceden y profesen la religión que sea- se constituyan en verdaderos guetos, pequeños estados dentro del Estado, con usos y costumbres abiertamente contrarios a los derechos humanos, que debemos respetar los demás. Son los inmigrantes quienes han de realizar un esfuerzo de integración en la sociedad que han escogido para vivir. La ley tiene que ser la misma e igual para todos, máxime en aspectos que afectan a la dignidad personal.
Desde esta perspectiva, por ejemplo, la consideración de la mujer en el mundo islámico plantea contradicciones manifiestas e inadmisibles en Occidente. No es cuestión de diferente religión o de cultura distinta. Por mucho que se escandalice la izquierda cultural, por mucho que haya propiciado el multiculturalismo, la evidencia se impone: hablar de feminismo islámico es una pura contradicción entre los términos. ¿Han oído algún posicionamiento del Gobierno español o de sus corifeos mediáticos en contra de estremecedoras violaciones de la dignidad de la mujer como nos relatan a diario los medios de comunicación social? Al contrario, las amparan en el multiculturalismo o califican a quien las subraya de islamófobo. ¡Vaya paripé! ¡Encima lo financiamos!

domingo, 24 de octubre de 2010

UN TEMA CENTRAL DE NUESTRO TIEMPO
Vivimos unos tiempos verdaderamente complicados. Sin apenas seguridad alguna. Nos hemos quedado sin el sombrajo. Todo se ha derrumbado. Desde los años sesenta del siglo pasado no es posible un consenso mínimo ético, que nos comprometa y dé sentido a nuestras vidas. Ni siquiera los derechos humanos cumplen este papel. Todo se ha desvirtuado y hundido. Y, además, con nuestra inconsciente participación.
La familia, el sexo, la libertad, el consumo, la igualdad, la religión, la patria, la política y el gobierno, la justicia, la propia vida humana están envueltos con el manto del disenso. ¡Vaya panorama, madre mía!
Estamos inmersos, en efecto, en un mundo muy plural. Lo cierto es que -hoy por hoy- las concepciones sobre lo bueno y lo malo son muy distintas en las más diversas cuestiones. Se han hecho grandes esfuerzos por fijar prioridades. Probablemente lleve razón Salvador Pániker cuando expresa sus dudas sobre la posibilidad de establecer o lograr una salida válida por la vía de los principios universales. Ya lo había dicho –mucho antes- Montesquieu. Recordemos, a este respecto, la formulación del inefable Groucho Marx: ‘Estos son mis principios, y si a usted no le gustan, tengo otros’. ¿No será que estamos condenados a vivir en una permanente negoción y compromiso diarios?
Sospecho –frente a otras voces autorizadas- que la Iglesia católica anda metida en un mar de turbulentas dudas. Por una parte, se ha empeñado –con Juan Pablo II, sobre todo- en la restauración del pasado. En tal impulso ha tenido mucho que ver el ‘Opus Dei’. Por otra –sin abandonar la anterior-, Benedicto XVI ha dado muestras de querer atenerse al compromiso diario, a una búsqueda de un cierto consenso con el mundo actual, a convivir con el pluralismo, al menos social y político. Su posición en torno a ‘la laicidad positiva’ es una buena muestra de ello. Un paso al frente de gran trascendencia, que ha cosechado de hecho en el seno de la propia Iglesia altas dosis de incomprensión.
En este marco general, hemos de situar la reciente iniciativa papal de crear un Consejo Pontificio para la nueva evangelización. Se trata de recuperar la fe en una sociedad muy secularizada, de enfrentarse a los retos de la globalización, de la ciencia y la técnica actuales, de hacerse oír en las profundas transformaciones económicas y sociales que nos esperan, de orientar las masivas migraciones futuras. Todo ello es una realidad palpable en Europa y América del Norte. Ha puesto al frente del mismo a una persona de gran prestigio intelectual, el Arzobispo Rino Fisichella.
¡Ojalá tenga éxito! Se ha detectado el problema y no se desea permanecer encerrado –como era habitual- detrás de la muralla. Se avecina una época nueva en la que la Iglesia quiere estar presente. En esa perspectiva –ha recordado Mons Fisichella- “la Iglesia entera debe reflexionar y encontrar las formas adecuadas para renovar su anuncio ante tantos bautizados que han perdido el sentido de pertenencia a la comunidad cristiana, son víctimas del subjetivismo y se encierran en un individualismo sin responsabilidad pública y social”. ¡Suerte y al tajo!
Gregorio Delgado del Río
www.delgadoyasociados.es

viernes, 15 de octubre de 2010

UN GRAVE PROBLEMA PENDIENTE
Desde los ya lejanos años del Concilio Vaticano II, la Jerarquía católica viene llamándose andana ante un problema estructural de primer orden, que afecta a la Iglesia: el celibato sacerdotal. Diría que el transcurso del tiempo lo ha agravado todavía más. La falta de sacerdotes, en muchos países de la tierra –incluida la católica España-, es una realidad innegable. La necesidad de sacerdotes resulta cada día más acuciante. Todo el mundo lo palpa, menos, al parecer, la Jerarquía católica y las altas esferas vaticanas. ¿Por qué no se aborda de frente, con decisión y sin rodeos? ¿Por qué sigue siendo un tema ‘tabú’, ocultado bajo el manto del silencio?
Sencillamente, porque así lo quiere, desde tiempo inmemorial, la todo poderosa Curia romana, porque la Jerarquía católica es absolutamente sumisa, porque prefiere aceptar la ley del silencio y no comprometarse. Ni siquiera el Concilio permitió su tratamiento. La autoridad superior, al decir del todopoderoso Secretario general Mons Felici, lo impedía. Curiosa terminología e invocación en base a la cual se han hecho y deshecho en el Vaticano las cosas más insólitas y paradójicas. Lo cierto es que para el Concilio no mereció de hecho ni una sola palabra.
Es más, como ha subrayado Hans Küng, “sin consultar a los obispos, o sea, en claro menosprecio de la colegialidad que tan solemnemente había proclamado el concilio, el papa Pablo VI, de nuevo comprometido sin reservas con la línea de la Curia, promulga el 24 de junio de 1967 una gran encíclica ... a favor del celibato: Sacerdotalis caelibatus”.
¡Se acabó! ¡Ya no existía el problema!
Sin embargo –a pesar del documento papal y de la doctrina oficial-, la realidad era y sigue siendo muy diferente. Las deserciones se multiplicaron y las vocaciones bajaron en picado. Y ahí permanecen. Son muchos los creyentes y los sacerdotes que se preguntan por qué ha de permanecer una disciplina medieval, por qué no se valora su armonía con el evangelio, por qué no se tiene en cuenta su contradicción con el derecho del hombre al matrimonio, por qué el pueblo fiel se ha de ver privado de atención pastoral, por qué se mira hacia otro lado cuando se habla de cómo vive el clero católico su celibato.
Gregorio Delgado del Río
WWW.delgadoyasociados.es

domingo, 10 de octubre de 2010

EL ORDEN RELIGIOSO DEL FUTURO
Todas las religiones han tenido, a partir del advenimiento de la modernidad, que afrontar muy difíciles cuestiones de adaptación. Este reto singular ha puesto a prueba su fidelidad al mensaje revelado que dicen transmitir y su eficacia en el servicio al hombre, a quien quieren salvar. Es más, en el cristianismo y en el islamismo –por referirnos a las dos más significativas- este enfrentamiento se ha agigantado en la ‘posmodernidad’ y en la actual ‘ultramodernidad’.
Las preguntas básicas que reclaman una respuesta clara y precisa han sido formuladas por Hans Küng en su referencia a la ‘sari’a en los términos siguientes: “¿Puede ser una religión todavía hoy un sistema omnímodo de normas que regule hasta los más mínimos detalles de la vida? ¿Puede ser el islam un ‘camino total’ revelado por Dios para el conjunto de la vida intelectual, cultural social, política y económica?¿Pueden representar los mandamientos de Dios un ‘sistema’ que penetre en todos los ámbitos específicos de la vida y en el que la religión esté por completo entrelazada con la economía, la política y la cultura?”.
Si se piensa un poco en las preguntas del gran teólogo suizo –injustamente menospreciado en la Iglesia católica- y la respuesta práctica que vienen dando las diferentes religiones, se advertirá de inmediato las dificultades que todas ellas han encontrado y encuentran para sobrevivir
y cohabitar en un mundo muy secularizado. Ya sé que las dificultades son muy distintas en cada religión por su singular posicionamiento histórico, por su específica evolución frente al problema de la relaciones entre fe y razón y por la diferente manera de aproximarse al tema en la civilización occidental y en el resto del mundo. Es más, cada día se advierte un posicionamiento del cristianismo, cada día más doctrinario y fundamentalista respecto de la acción política, social, económica y cultural de la sociedad.
Dicho de una manera más inteligible: en el mundo occidental, el cristianismo romano está empeñado en recuperar un liderazgo protagonista en todos los aspectos de la vida y muestra una gran resistencia a aceptar la laicidad (neutralidad) del Estado. Todo lo ve e interpreta, a veces, en términos de sectarismo anticlerical. Parece como si anhelara el orden medieval.
LA LEY IGUAL PARA TODOS
Una de las polémicas más vivas de las últimas semanas ha girado en torno a dos hechos frente a los cuales el ‘establishment’ occidental, acoquinado por el miedo, ha vuelto a emplear un doble rasero de medir. Nos referimos a la construcción de un Centro religioso-cultural musulmán en la Zona Cero y la intención del pastor Terry Jones de conmemorar el 11-S con la quema del Corán. La opinión pública mundial –convenientemente desinformada por los medios de comunicación que no quieren salir de la corrección política- se ha limitado, en general, a seguir a sus líderes políticos.
Parece que seguimos condenados a no entender las cosas. Son posibles, en efecto, todos los debates imaginables. Caben las posiciones más encontradas. Pueden expresarse opiniones para todos los gustos. Pero, sobre todo, deberíamos atenernos a la Ley, igual para todos, máxime en su máxima manifestación constitucional. La libertad religiosa –hoy por hoy- es, en la civilización occidental, un principio organizador de la convivencia democrática (a la vez que un derecho fundamental de todos y cada uno de los ciudadanos y de los grupos en que se aglutinan) de carácter inquebrantable y del que jamás hay que abdicar. Al contrario, se ha de propugnar y exigir, en la convivencia ordinaria y en la vida real, de manera radical, sin tolerancia alguna. La consecuencia es clara: los fieles de cualquier religión pueden construir sus templos donde lo estimen conveniente, siempre y cuando cumplan los requisitos urbanísticos y administrativos que exige la ley. No hay más discusión. No es una cuestión de tolerancia, ni de diálogo inter religioso ni de civilizaciones. Los musulmanes son también ciudadanos y pueden ejercer sus derechos en igualdad de condiciones con el resto de fieles de otras religiones. Construir un lugar de oración es sencillamente un derecho.
También Terry Jones –como cualquier otro ciudadano- tiene el derecho de amenazar y quemar el Corán. No es una actitud adornada por la prudencia, la tolerancia o la conveniencia. Pero es y forma parte del contenido de la libertad de expresión. Podrá gustar más o menos. Pero, sería la expresión del ejercicio de un derecho o libertad garantizada constitucionalmente.
Cosa muy diferente es lo que, en tales Centros de oración, se pueda enseñar o a lo que se pueda incitar. La experiencia nos enseña al respecto que el Estado no puede ni debe llamarse andana. Muy al contrario, ha de estar en permanente vigilancia y exigir el cumplimiento de la legalidad vigente. Ya se han cometido y se vienen cometiendo –sobre todo en España- suficientes errores. No tiene sentido alguno actuar bajo el miedo o con la idea de evitar contrariar al mundo del radicalismo islamista. Pensar –como es habitual en Occidente- que de este modo no seremos víctimas del terrorismo islamista es de una ingenuidad supina. Los hechos, en este sentido, son incontestables. No partir de ellos es la expresión suprema de una gran irresponsable estupidez.
Occidente, al valorar los hechos referenciados con un doble rasero, ha vuelto a evidenciar que no ha aprendido la lección de los hechos. Es urgente un cambio de política al respecto. Después no valdrán las lamentaciones. ¡Que todos, con independencia de la religión que profesemos, respetemos y cumplamos la misma legalidad!

sábado, 28 de agosto de 2010

EL GRITO DE BIBIANA AIDO
Una vez más, Bibiana Aído ha vuelto a gritar. Como casi siempre, al servicio del ‘rojo feminista’, esto es, al servicio del gran impulsor de la ya caduca ‘ideología de género’. Esta vez, se le ha ocurrido la idea machista de feminizar la razón social de uno de los más importantes Bancos de inversiones del mundo.
La paradoja y la contradicción en que ha incurrido son, en terminología de Zizek, tan ‘obscenas’, que van directamente contra la igualdad, que busca imponer. Como ha subrayado LibertadDigital en un reciente editorial, “… de ser cierto que la manera de gestionar una gran empresa depende del sexo de sus principales ejecutivos, ello reflejaría la existencia de diferencias sustanciales entre hombres y mujeres, al contrario de lo que sostiene el discurso de ‘género’ tan del gusto de la ex directora de la oficina andaluza de flamenco”.
Tampoco nos extraña. Es cosa habitual en el relativismo cultural que nos invade. El feminismo militante ignora que la mayor parte de las mujeres –que tan alto sentido tienen de su dignidad- odian la cuota y todo aquello que no sea el reconocimiento del mérito y la capacidad. No quieren favores ni privilegios a costa del resto de ciudadanos. No entienden, por tanto, la existencia de ningún tipo de institución -ni siquiera del propio Ministerio de igualdad- con la finalidad de otorgarles, por medios coercitivos, beneficios, que no merezcan o que no se hayan ganado con su talento, en igual competencia con el hombre. Es muy probable que no comprendan tan elemental sentido de la vida porque sus integrantes jamás han luchado en competencia para obtener un puesto destacado en su profesión. Les ha sido muy cómodo vivir del favor político y predicar una ideología que utilizan sistemáticamente en beneficio propio. Han hecho, en definitiva, del feminismo una forma de vida. Eso sí, a costa del esfuerzo de los demás, incluidas por supuesto las mujeres.
La obscenidad del tinglado zapateril se incrementa aún más si advertimos que el mensaje que se instala en la sociedad con este modo de ver las cosas solo sirve para desincentivar a quienes aparecen más preparados y competentes. Ya sabíamos que, en materia educativa, el PSOE no es partidario de primar el esfuerzo. No iba, en consecuencia, a imponer ahora la excepción. Es preferible mantenerse en la discriminación, en el privilegio, en la cuota o el pesebre, sobre todo si están y participan del poder mismo.
En realidad, semejante sabiduría socialista viene a confirmar, una vez más, las sospechas sobre las verdaderas intenciones de su lucha. Personalmente creo que persigue las equivalencias de género, esto es, el voto de una parte de las mujeres. Lo demás –incluida su dignidad- es muy relativo y no se lucha prioritariamente por su tutela. ¿No se lo creen? Son muy libres de adherirse a semejante paradoja. Pero, con anterioridad, pregúntese si han oído a la Señora Ministra de igualdad poner el grito en el cielo a favor de la mujer musulmana. ¿No sienten vergüenza ajena de la actitud de la mayor parte de la izquierda cultural y política a propósito, por ejemplo, del debate social referido a la prohibición o no del burka?
LA IZQUIERDA Y EL ISLAM

En el Prefacio de su libro ‘Yo acuso’, en defensa de la emancipación de las mujeres musulmanas, Ayaan Hirsi Alí realizó una acerada crítica a la izquierda cultural, que cada día que pasa acredita su acierto. Crítica es también extensible a una cierta izquierda política, como la que patrocina la llamada ‘Alianza de civilizaciones’. Veamos, pues, algunos rasgos definitorios de la misma.
La izquierda cultural y política exhibe, en general, una marcada tendencia a “… considerar al resto del mundo como víctima –a los musulmanes, por ejemplo-, y las víctimas, a la postre, dan lástima, y quien da lástima y está sometido es, por definición, una buena persona que estrechamos en nuestro pecho”. Toda su acción política y mediática –por extraño que pueda parecer- parte de un principio ajeno a la tan cacareada igualdad, que dicen patrocinar. No valoran, en realidad, al mundo musulmán como a un igual.
No es extraño, en consecuencia, que incurran en verdaderas paradojas, repletas de obscenidad. Perdonan, disimulan, miran para otro lado, incluso aunque esté en juego la propia identidad cultural de Occidente, personificada en los derechos humanos. Se olvidan de la defensa y de la lucha por la dignidad de la mujer, que ha caracterizado uno de los logros culturales y de civilización más importantes del siglo pasado. Se resisten –hasta se oponen- a tomar la iniciativa y, de una vez por todas, prohibir ciertas prendas en el espacio público (el burka). Son tan relativistas –al igual que sus líderes políticos- que no se preguntan, por ejemplo, qué esfuerzos se realizan en el mundo islámico para armonizar fe y razón, o si “… hay lugar en el Islam para un discurso autónomo de la razón, para un fundamento no teocrático de la política” (Gabriel Albiac).
Este temor a la crítica –al servicio de las equivalencias políticas: el voto- les lleva a otra paradoja todavía más grave. En efecto, su relativismo cultural facilita que el mundo islámico permanezca encerrado en su atraso y no afronte las grandes cuestiones que tiene pendientes. Su respuesta acertada podría servir para salir de la sumisión y el sometimiento.
Gregorio Delgado del Río
plazapublicagredelrio.blogspot.com

lunes, 26 de julio de 2010

HAY QUE SEGUIR DICIENDO NO
Aunque pueda parecer mentira, todos, en general, nos permitimos el lujo de comulgar -con más frecuencia de lo deseable- con verdaderas ruedas de molino. Nuestra capacidad de habituarnos a lo que está de moda, a lo que vemos en la pequeña pantalla, a los usos y costumbres de la calle, a lo que hacen y dicen los demás es de tal magnitud que, como subrayó, en su día José A. Marina, podemos ‘acabar aceptando como normal cualquier disparate que se repita muchas veces’.
La cultura actual cambia a diario. Lo que hoy proporciona seguridad y certeza al ser humano mañana será arrojado a la basura y será sustituido de inmediato. Así ocurre en todos los ámbitos, incluso en aquellos que son aparentemente más íntimos y privados. Un buen ejemplo al respecto puede apreciarse en el modo cómo tendemos a organizar y estar en las relaciones de pareja y en la vida familiar. La vida afectiva, por ejemplo, ha adoptado las formas más dispares. Las normas éticas según las cuales valoramos tan compleja realidad son ahora de otra galaxia. Es más, todo nos viene dado, sugerido, impuesto sibilinamente. Nos limitamos, en la mayoría de los casos, a cometer la errónea estupidez de pensar que hemos sido nosotros quienes, con entera libertad personal, hemos recreado un nuevo mundo más humano. ‘¡Cuán grande es la ignorancia que os extravía!’, que dijo Dante.
Es más, actuamos casi ‘como sonámbulos’ (Pío Baroja). Quizás por ello no caigamos en la cuenta de que, en realidad, estamos colaborando a consolidar vigencias sociales que luego criticamos o nos repugnan. Estamos colaborando a hacer realidad esta sociedad tan egoísta, tan acomodaticia, tan claudicante, tan consumista, tan desorientada, tan carente de valores, tan destructiva, tan poco crítica. Así somos de inconscientes y superfluos. Cada día participamos activamente –probablemente sin saberlo- en imponer usos, costumbres, modas, comportamientos y valores, que no compartimos.
En el prólogo de la Vida de don Quijote y Sancho, Don Miguel de Unamuno nos ofrece una respuesta que siempre he valorado con gran aprecio. Dice así: ‘¡Cómo? Tropezáis con uno que miente?, gritadle a la cara: ¡Mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritadle: ¡Ladrón!, y ¡adelante! ¿Es que con eso (…) se borra la mentira, ni el latrocinio, ni la tontería del mundo? ¿Quién ha dicho que no? La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es esa de decir que nada se adelanta con denunciar a un ladrón, porque los otros seguirán robando, que nada se adelanta con decirle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería desaparecerá del mundo’.
Se trata, según mi modo de ver las cosas, de ser uno mismo, aunque se equivoque. No importa lo que crean o finjan otros, lo que nos ha transmitido la tradición, ni siquiera lo que nos dicen los sabios. ‘Creed únicamente en lo que vosotros mismos habéis experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia’ (Sánchez Dragó, tomado de una cartela de un monasterio budista en Bali). ¡Qué distintas serían las cosas si obrásemos de acuerdo con la sabiduría que se contiene en las palabras transcritas!
Nos falta el coraje para, como dijo Saramago, ‘… seguir diciendo no, aunque se trate de una voz predicando en el desierto’.
Gregorio Delgado del Río

martes, 20 de julio de 2010

VERDADES CONVERTIDAS EN DOGMAS
Hace ya casi veinte años, unos padres, en una aldea perdida de Baviera, educaban a sus tres hijos en las ideas de Rudolf Steiner (antroposofía). De acuerdo con el Reglamento, que regulaba las escuelas primarias, era obligatoria la presencia del crucifijo en las escuelas públicas. Estos padres entendían que esta norma debía ser declarada nula y tomar, como medida cautelar, la de obligar a retirar el crucifijo de las aulas. Sus hijos –decían- habían quedado ‘traumatizados’ por el espectáculo del Cristo crucificado, que todos los días venían obligados a contemplar.
Tanto el Tribunal administrativo de Regensburg como la Corte administrativa superior de Baviera rechazaron la posición de estos padres y lo hicieron en base a argumentos que siguen manejándose en la actualidad en países como Italia y España. Fueron –seguimos la exposición de Mª Cruz Llamazares- los siguientes:
1). El derecho constitucional a seguir los dictados de la propia conciencia no es de carácter ilimitado. Ha de respetar o encuentra su límite en los derechos fundamentales del resto de alumnos y de sus padres, que tienen opiniones y convicciones contrarias o diferentes.
2). La presencia del crucifijo, como símbolo de la pasión de Cristo, conlleva y predica, ciertamente, una determinada concepción religiosa de la vida.Pero, al mismo tiempo, también forma parte de toda una tradición cristiana occidental –sobre todo europea- y, en consecuencia, simboliza además una común tradición cultural.
3). La mera presencia de un crucifijo en la pared de un aula escolar no reclama ni exige a los alumnos que se identifiquen con el mensaje que encarna y representa. La escuela –desde esta perspectiva- no se atribuye ninguna función de adoctrinamiento ni de proselitismo alguno ni tampoco limita o niega la apertura a otras posibles concepciones de la vida. La escuela forma e instruye a los alumnos mediante actividades típicamente educativas. No lo hace a través de representaciones simbólicas como el crucifijo. Dicho de otro modo, el crucifijo no exhibe una pretensión de exclusividad y no conlleva la propuesta y promoción de una confesión cristiana en particular.
Los padres en cuestión no se aquietaron con esta respuesta e interpusieron el oportuno recurso ante la Corte Constitucional de la República, en Karlsruhe. En su Sentencia de 16 de mayo de 1995, los ocho magistrados que la integran fallaron que la oferta de sustituir el crucifijo por simples cruces sin crucificado era insuficiente. En consecuencia, ordenaron al Estado de Baviera que retirara cruces y crucifijos de todas las aulas pues “en materia religiosa el Estado debe ser neutral”.
Tal decisión produjo estupefacción y asombro en una mayoría de ciudadanos. Pero, sobre todo, se ganó la reacción desmesurada del Arzobispo de Múnich, Card. Wetter: “Ni siquiera los nazis arrancaron las cruces de nuestras escuelas … ¿Vamos a permitir que lo que no pudo perpetrar una dictadura lo realice un Estado democrático, regido por la Ley?”. A pesar de todo ello –y felizmente- no se hizo realidad el dicho de Chesterton para quien “las verdades se convierten en dogmas desde el momento en que son discutidas”.
Gregorio Delgado del Río

martes, 22 de junio de 2010

CON TODA LIBERTAD
Atravesamos momentos muy complicados en todos los órdenes de la vida. La famosa ‘crisis económica’ evidencia una crisis más profunda, que afecta a la identidad misma del ser humano. Se ha gestado en un largo proceso de búsqueda y de fracasos. No parecen existir, ante el actual embrollo, referencias seguras. Las opciones religiosas también ven disminuido su margen de credibilidad y cada vez aparecen con adhesiones más limitadas.
Es cierto que la Iglesia católica ha estado a la altura de su misión en la ayuda caritativa y social a los más desvalidos. Su acción no resiste la comparación con ninguna oenegé. Nos congratulamos por ello. Su misión profética se ve así encarnada en el hombre doliente, abandonado de todos aquellos que le han prometido utópicos paraísos terrenales y a quienes, con toda probabilidad, auparon al poder. Frente a tanta confabulación y crítica, ha seguido fiel, en este campo, al consejo del Señor y, en silencio, ha hablado y predicado con toda libertad: con el lenguaje de los hechos y de las obras.
Sin embargo, esta magnífica realidad, facilitada por muchos contribuyentes –incluso no creyentes-, da la impresión que ahora se está exhibiendo ‘para ser vistos de los hombres’. Esto es, para tapar otros defectos y errores, para meter el dedo en el sectario ojo gubernamental (lo que ahorra al Estado), para mover al contribuyente a poner la cruz en la casilla de la declaración de la renta, para arrimar el ascua a su sardina, para seguir con el tradicional adoctrinamiento. Es cierta e innegable la obra social realizada. Pero –a fuer de sincero-, al ser utilizada para otras finalidades, no me acaba de complacer.
Desde la perspectiva evangélica, me parece esencial la rectitud de intención a fin de no parecerse a los “hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa” (Mt, 6,5). Tocamos con ello un punto clave del mensaje cristiano: las obras y la vida personal y, en el resto, no actuar como los gentiles pues “tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt, 6, 6-7). ¿A qué viene, entonces, tanta exhibición y tanto intento de sacarle partido a otros efectos?
Dicho lo anterior –siempre arriesgado de juzgar al pertenecer al mundo de las intenciones más íntimas, que sólo Dios conoce-, rechazo el afán mostrado por muchos en utilizar este indudable éxito para paliar muchos errores históricos y actuales, para cantar las excelencias de la enseñanza religiosa, para desacreditar a quienes practican la crítica, para defender su presencia en el ámbito de lo público. Son, como es evidente, cosas muy diferentes y sobre las que son posibles múltiples posiciones.
Por mi parte, comparto plenamente el juicio de Pérez Reverte para quien nada –ni siquiera su buen hacer social y evangelizador- borra “…la manipulación de las conciencias, la resistencia a la modernidad alentada desde los púlpitos, el sabotaje –sangriento, en ocasiones- de cuantos intentos hubo por airear la oscura sacristía en la que, durante tanto tiempo, estuvimos recluidos”.

jueves, 10 de junio de 2010

CUANDO LO MALO APARENTA BONDAD
Si uno se acerca al tratamiento que los medios de comunicación, los representantes de los empresarios y la casta política han otorgado a la mal llamada fusión de Sa Nostra y lo hace con un mínimo de perspectiva, inmediatamente recuerda aquello de ‘arrimar el ascua a su sardina’, esto es, aprovechar la ocasión en beneficio propio o tender a defender lo que más acomoda. Lo cual –dicho sea de paso- suele llevar consigo la ocultación de la verdad.
En este caso, ni creo, en efecto, que estemos ante un gigante financiero, ni tal como se ha hecho garantiza que vaya a fluir el crédito, ni ha sido una fusión profesional sino muy politizada, ni importa –en este mundo de absoluta globalización- su identidad provinciana, ni, por tanto, es calificable de positiva. Por no ser, ni siquiera es una fusión en sentido estricto. Todo esto y mucho más se ha de presumir en quienes han opinado al respecto. Tener el coraje de decirlo es ya harina de otro costal.
Esta actitud, tan extendida en la España que padecemos, tiene un nombre muy castizo: ‘cantamañanismo’. “Es –en palabras de Pérez Reverte- lo políticamente correcto, el no atreverse nunca a llamar a las cosas por su nombre”. Lo cual, por cierto, es muy peligroso ya que –probablemente, sin advertirlo- se está con ello colaborando en hacer “una España virtual que no tiene nada que ver con la realidad”. Tal apreciación es verificable sobre todo en momentos, como los actuales, de grave crisis económica y moral.
Me ocurre lo que a Stockmann, el famoso personaje de Ibsen, que a estos ciudadanos “no he podido soportarlos nunca”, pues destrozan cuanto encuentran a su paso. ¿Por qué será que ninguno –salvo alguna honrosa excepción- se ha atrevido a enfrentarse con la verdad y la realidad? ¿Será que, acaso, la ignoran? A fuer de sincero, tampoco, en algún caso, me extrañaría nada.
Si queremos servir a la sociedad en que vivimos, se debería exigir que nos cuenten cuál era o es la situación real de la caja, cuál es su nivel de endeudamiento y cuál es su capacidad para hacer frente al mismo. ¡Que no nos vengan ahora con milongas! ¿De verdad era ésta la reforma que necesitaban las Cajas de ahorros? ¿Puede alguien creerse que, en virtud de la chapuza política de las fusiones frías de las cajas, han cambiado radicalmente las perspectivas del crédito?
No se entiende -o, quizás, se entienda demasiado- que no se pida cuentas a nadie por tan mala gestión, por tanta ineficacia e irresponsabilidad. Es más, seguirán –no faltaba más- los mismos órganos gestores, auténticas pesebreras políticas y sindicalistas. ¡Y esto parece bien y no despierta rechazo alguno! ¿Por qué no se dice, por qué no se pone en guardia frente a ello a los impositores y la sociedad entera? ¿Por qué los de siempre hemos de pagar los entuertos de tan mala gestión?
Para definir la reacción generalizada con la fusión de Sa Nostra, no encuentro nada mejor que una máxima moral del poeta latino Publilio Siro. Dice así: “Cuando lo malo aparenta bondad es cuando es peor”.

lunes, 31 de mayo de 2010

LA CONCIENCIA DIGNA DE LA MUJER
Recientemente hemos escuchando un sinfín de puntos de vista acerca del llamado velo islámico. Todos ellos dignos de respeto, al menos en las personas que los formulan. El problema, a mi entender, no encontrará una respuesta válida si no se sitúa en el marco debido, que no puede ser otro que el de los valores que identifican, definen e inspiran el Estado democrático de derecho.
Nuestra Constitución, en su art. 14, es clara y terminante: ‘Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna…’. Todos, absolutamente todos, con independencia de nuestro lugar de nacimiento, sexo, religión y cultura. Esto es así –estamos ante la gran conquista en la civilización occidental-, precisamente, porque somos individualmente diferentes. Todos merecemos y tenemos derecho a un mismo trato igualitario por parte del Estado. Las mujeres también, aunque –es preciso reconocerlo-, en el mundo islámico, no sea así. Se trata –nada más y nada menos- que de la igual condición de todos y cada uno de los ciudadanos.
Esta lucha por la efectiva vigencia de su dignidad ha caracterizado a la mujer del s. XX. Recién conquistada –al menos, a nivel legal-, no puede renunciarse ni mediatizarse por nada ni por nadie. En esta defensa, como ha subrayado J. A. Marina, no cabe tolerancia alguna. Es más, se justifica una actitud de intolerancia pues está en juego el común acervo de derechos subjetivos fundamentales, propios de la condición y dignidad que nos otorga la común ciudadanía.
En este contexto, ¿dónde, pues, radica el problema del velo islámico? Muy sencillo. El velo islámico ‘no es ornamento ni atuendo. Es signo litúrgico. Que dice lo que dice. Lo que el Libro al cual debe fe el musulmán dicta: la propiedad sobre la hembra del varón’ (Gabriel Albiac). Lo cual, por otra parte, es exactamente contradictorio con el principio igualitario que se proclama en Occidente. Es y representa –sería secundar y otorgar vigencia- a ‘lo anticiudadano’. Sería tanto como negar la propia dignidad igualitaria de la mujer.
Aquí radica –al parecer de muchos con los que coincido- el fundamento último de su prohibición. El Estado democrático no puede ignorar ni consentir en el espacio público este esencial criterio de tratamiento a todos sus ciudadanos, absolutamente iguales. No puede consentirse un trato discriminatorio, no es de recibo una consideración que implique o manifieste de hecho una sumisión de la mujer al hombre. En Occidente –como ha recordado J. Nart- la mujer ya no es el justo botín del hombre.
No olvidemos, asimismo, que el moderno Estado democrático se define, a su vez, por una básica y estricta neutralidad en el tratamiento a sus ciudadanos. Sean cuales fueren las creencias y convicciones de éstos, no pueden fundar ni legitimar tratamiento alguno discriminatorio y desigual. Admitir el velo en los espacios públicos atenta, por tanto, a la dignidad que merece la mujer, que, en modo alguno, puede ser rebajada en su condición de igualdad con el hombre.
¿Dónde está el feminismo militante? No se le espera. Sirve a otras causas, como es obvio.

Gregorio Delgado del Río

sábado, 24 de abril de 2010

EL PRECIO DEL VICIO
Un día sí y otro también aparece alguna noticia referida a la actitud de la Jerarquía católica en los casos de pederastia. La responsabilidad de ésta es gravísima y manifiesta. Se ha intentado –de muy diferentes maneras- poner paños de agua tibia a tan bochornoso asunto mediante el recurso a la estadística y a otras variopintas argumentaciones. Se han buscado y sugerido, desde las más altas esferas del catolicismo y desde sus medios más adictos, posibles razones y/o explicaciones, que sólo han servido para añadir más vergüenza (celibato/homosexualidad). ¡Todo un despropósito!
Una cosa, sin embargo, parece clara: los hechos están constatados y no suficientemente perseguidos. Nada que no se supiese desde tiempo inmemorial. Aunque –una vez más- se ha intentado ocultar, al final se ha hecho la luz. Tan es así que el propio Benedicto XVI –a diferencia de lo ocurrido en otros pontificados- lo ha tenido que admitir sin paliativos, ha puesto en acción el coraje necesario para pedir perdón y ha mostrado su resolución inequívoca de cara al futuro. Ya veremos, no obstante todo ello, que pasa en ese futuro.
Como ha subrayado Jiménez Losantos, no se ha ‘tratado de un error sino de una política fría y consciente’. Circunstancia que, por cierto, no se ha subrayado debidamente. Lo cual –aunque no quiera entenderlo así el fundamentalismo católico- ha multiplicado su gravedad. Con la falsa excusa de evitar el deterioro de la Iglesia católica, se han venido sacrificando valores irrenunciables y, para más inrí, se ha venido hurtando el derecho a la Justicia a las víctimas, entregadas a su cuidado y formación. Es aquí donde radica el carácter imperdonable de semejante atropello y dónde se entiende que muchos dudemos acerca de las posibilidades reales de un cambio efectivo de actitud.
Hoy por hoy sigue siendo cierto el diagnóstico que hiciera Albert Camus sobre los hombres de su generación: ‘Han dudado de todas las purezas. Han descubierto en la moral una hipocresía monstruosa’. Estamos, por supuesto, ante un vicio definitorio de la sociedad, probablemente de todos los tiempos. También de la comunidad católica, inserta en ella, y, muy en especial, de su estamento jerárquico. No me gusta nada tener que decirlo pero es la pura realidad. En la Iglesia importa demasiado la apariencia. Los hechos, las obras, la vida suelen ir por otro lado. Dicen muchas cosas, proclaman grandes principios, otorgan carnés de moralidad y sana doctrina, pero ‘no hacen’. Son muchos de ellos fariseos e hipócritas. Al menos, se comportan como tales. Por eso, buscan siempre, con buenas palabras y con educación –¡no faltaba más!- ocultar y tapar todo aquello que les pone en evidencia.
Es obvio, por otra parte, que, si algún comportamiento ha merecido la reprobación de Jesús, es el de los fariseos e hipócritas. Como en tantos casos, cuando uno presencia ciertos comportamientos jerárquicos se pregunta si habrán leído el Evangelio o, en todo caso, si no se les habrá olvidado. Aquí es dónde les pica y escuece. No les vendría mal una nueva lectura del capítulo 23 de San Mateo.
Tampoco, finalmente, les sirve, como paliativo, acogerse al dicho de Claudio Magris para quien ‘la hipocresía es siempre a pesar de todo el precio que el vicio paga a la virtud’. Cierto, pero no basta en la Iglesia católica.