domingo, 11 de mayo de 2008

DE COLOR AMARILLO
Hace unos días, Esperanza Aguirre, proclamó que no se resignaba a que el progresismo cultural y político siga presentando al PP “como un partido antiguo y retrógrado”. Fina intuición política, sin duda, que, al parecer, no ha estado al alcance de la inmensa mayoría de los dirigentes del Partido popular. Y, sin embargo, nos parece una tarea de futuro insoslayable, que debería integrar cualquier proyecto político atractivo.
No estaría de más recordar, en una primera mirada, que semejante sambenito se lo echan a uno en penitencia por los propios pecados. En plena era hipermoderna, no deja de ser, frente a las aspiraciones de liderar una sociedad, un pecado grave el asumir, como propia, la defensa de ciertas posiciones doctrinales y morales de la Iglesia católica. A estas alturas del s. XXI, un partido moderno debe, por el contrario, asumir la laicidad como un valor de modernidad, de civilización, de neutralidad, de progreso. Y, ello con todas las consecuencias.
Jamás un partido, como el PP, que se define como laico, debe entretenerse en los vericuetos de la llamada aconfesionalidad del Estado y que, en el fondo, sólo busca mantener, con términos actuales, situaciones propias del pasado, esto es, añoranzas de aquellos tiempos en que la moral católica impregnaba el tejido social y político. Aunque se encuentre en el texto constitucional, el concepto no expresa otra cosa que la dimensión negativa de la postura del Estado frente a lo religioso. Esto es, el Estado no profesa, como antes, religión alguna. Faltaría más a estas alturas. El PP tiene que entender que la laicidad le reclama un paso más, en positivo, en neutralidad, en igualdad de trato, en permitir un ámbito o espacio de actuación pública de lo religioso.
Desde la anterior perspectiva constitucional e identitaria, no se entiende fácilmente por qué el PP ha de cargar con la defensa de posiciones doctrinales y morales católicas. Este ha sido –en más ocasiones de las debidas- uno de sus pecados. Al menos, ha dado pié a entenderlo así. Lo cual –al margen de la profesión de fe de cada cual- explica que le hayan echado el sambenito de carca, de antiguo, de clerical, de tradicional. Quizás un ejemplo aclare nuestro punto de vista. No acierto a comprender por qué el PP tiene que meterse en el charco del matrimonio entre homosexuales, en el de la píldora del día después o en el del divorcio exprés. Necesariamente tuvo que salir salpicado y ensuciado. A esto se le llama caer en la propia trampa o tejer la propia tela de araña que le mantendrá prisionero.
Ya sé que tal tacha puede parecer a muchos injusta. Pero, entonces, ¿por qué se lo ponen tan fácil al adversario? ¿Por qué se extrañan que los pinten de color amarillo si Jaume Matas -nadie protestó ni alzó la voz-, en el anterior Congreso, yuguló, sin contemplaciones, el debate propuesto por la Comisión en torno al matrimonio de los homosexuales? ¿Cómo es posible que se acepte, sin rechistar, tan antidemocrático ejercicio del liderazgo? ¿Qué puede explicar tan ostentosos patinazos?
Estas cosas le pasan, en mi opinión, porque no tienen debidamente definido/renovado el proyecto político y porque se rodean, en el puente de mando, de personas con altas dosis de vinculación y fidelidad a otros intereses más exigentes. En concreto, los de obediencia religiosa. Para nadie es un secreto que, en el PP balear –también a nivel nacional y en el Gobierno Matas- han pululado y pululan personas adscritas a grupos religiosos católicos muy tradicionales, conservadores y fundamentalistas. Para nadie es un secreto que actúan como verdaderos grupos internos de presión, que, en muchos casos, consiguen imponer ciertas orientaciones y actuaciones políticas en todo lo que tenga que ver con las preocupaciones -la familia, la moral sexual, etc.- y tomas de posición de la Iglesia católica. Tampoco es, para nadie, un secreto que, en esos ámbitos tan puritanos y ejemplificadores, se práctica sin reparo alguno la marginación y exclusión de aquellas personas –por muy competentes que sean- que consideran “heterodoxas” y/o “traidoras”. Eso sí, en nombre de Dios. A partir de tan lamentable realidad –que muy pocos se atreven a denunciar- uno se explica muchas cosas que pasan y que –me temo- seguirán pasando en el PP.
El colmo de semejante desvarío radica que, a la postre, no obstante ser favorecidos por el poder -a veces, con terrenos a bajo precio para servicios educativos-, se suelen volver contra quien los ha alimentado. Muchos de los votos en blanco, muchas de las abstenciones en las pasadas elecciones autonómicas –¿todavía no se ha enterado, Sra Estarás?- procedían de militantes y simpatizantes indignados por tanta trasgresión de la moral católica en la gestión pública del gobierno.
No estaría de más que los candidatos a presidir el PP balear nos aclaren cuál es su posición al respecto y dejarse de gastar energías en controlar vergonzosamente a los compromisarios.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 10.05.2008, pág. 11.

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