SOBRE TERRENO LLANO
Con demasiada frecuencia, oímos los lamentos de la Jerarquía católica ante los ataques que, desde su perspectiva, recibe la familia en el mundo actual. Con referencia a España, todos los males se centran, en los últimos tiempos, en la acción del ‘laicista’ Gobierno socialista.
Sin negar ciertos rasgos de un caduco laicismo, ya más que superado a nivel doctrinal, me parece que es un error convertir al Gobierno en la causa de todos los males de la familia. El problema, que ya viene de muy lejos, no reside, ni mucho menos, en cuándo se puede pedir el divorcio, o en si las uniones entre homosexuales son o no matrimonio, o en si determinadas leyes y conductas personales o sociales se corresponden o no con la moral católica, o en si se han de admitir o no las uniones de hecho. Creo sinceramente que la cuestión, vista desde una perspectiva de sensatez, gira en torno a un quicio muy diferente.
Ciertamente la Iglesia católica opone ante estos supuestos males una prolífica actividad magisterial. Son abundantes los documentos doctrinales, las notas pastorales, las declaraciones y orientaciones morales. Pero, al mismo tiempo, no parece que debiera ignorar que no tiene la garantía de que ese tipo de acción llegue al fiel y que, por tanto, su influjo en la mayoría de las conciencias es mínimo o nulo. Es más, en la medida en que su eco resuena en los oídos del gran público, suelen –quizás por la intermediación interesada de algunos medios de comunicación- primar los aspectos de su doctrina más controvertidos socialmente. Lo cual hace que se produzca de hecho un efecto contrario al pretendido. Se diga lo que se diga, se eche la culpa a quien se eche (incluidos ciertos teólogos), lo cierto es que la masa social, e incluso la parte que se profesa católica, no comparte en la práctica tanta condena y negatividad como suele acompañar al mensaje clerical, sobre todo en relación con ciertos aspectos de la moral sexual. Se diga lo que se diga, lo cierto es que la Iglesia viene secularmente utilizando el mismo método, al parecer, si nos atenemos a como está el patio familiar, con muy dudosa eficacia.
Frente a todo lo anterior, me parece obligado, por el contrario, denunciar que no se detecta en la posición de la Iglesia católica una cierta dosis de autocrítica. Quizás unas cuantas preguntas nos pongan en el sendero de una acción que está por realizarse: ¿Qué más –al margen de tanto documento y condena- hace la Iglesia por la familia? ¿Qué apoyo recibe de hecho una pareja con dificultades en su convivencia diaria? ¿Qué se ofrece a los matrimonios con problemas más allá de un lenguaje poco inteligible y una moral restrictiva? ¿Qué servicios permanentes existen en la Iglesia a los que poder acudir y que además acrediten una cierta capacidad de acogida y de entendimiento de la realidad que se vive en pareja? ¿Por qué, en este terreno, se sigue con la tradicional desconfianza hacia los laicos? ¿Por qué no se encomienda esta labor a personas creyentes, que viven en pareja con un cierto nivel de compromiso, y que, por haber experimentado a diario las dificultades de la vida en común, generarían un grado mayor de credibilidad? ¿La Jerarquía católica se toma realmente en serio la preparación de sus fieles para el matrimonio?
Sinceramente creo que, en este campo, está casi todo por hacer. No sirve de nada pronunciar melifluas palabras sobre la gracia sacramental. La partida se ventila de tejas abajo. Lo estrictamente humano es esencial en este orden de cosas. Aunque no se corresponda en todo con el ideal católico, la Iglesia debería prestar mayor atención a quienes luchan por vivir en pareja en medio de múltiples dificultades. No es sólo un problema de moral ni de formas de convivencia. Es primariamente una cuestión de madurez personal, de ciertas virtudes humanas, de compromiso y de responsabilidad.
Por lo demás, la Iglesia no debería estar tan atenta a la adversidad, a las dificultades y a los peligros que acechan a la familia en la hora presente. Su sabiduría debiera llevarle a no olvidar el dicho de Aristóteles: “Fatiga menos caminar sobre terreno accidentado que sobre terreno llano”.
domingo, 20 de enero de 2008
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