UNA OBSCENA EXHIBICIÓN FEMINISTA
La suspensión en tanto se resuelve sobre el fondo, por parte de los Tribunales catalanes, de la normativa municipal de prohibición a las mujeres de llevar el burka, ha propiciado al feminismo militante una ocasión más -¿y van?- de exhibir su obscena corrección política. Algo incomprensible y plenamente contradictorio.
No resulta fácil entender cómo es posible que el feminismo no se atreva a enfrentarse a situaciones como ésta -podríamos enumerar otras muchas más-, claramente degradantes para la dignidad de la mujer. Nos han machacado, oportuna e inoportunamente, con múltiples mensajes sobre la igual dignidad de la mujer, sobre la necesidad de acabar con la tradicional sumisión al varón. Han propiciado reformas legales de todo tipo. Se han convertido en censoras ‘torquemadianas’ del lenguaje machista. Han ejercido y ejercen de vigilantes detractoras del machismo. Pero –oh paradoja de las paradojas- cuando se trata de valorar las mismas conductas, sufridas por algunas mujeres musulmanas, guardan silencio –incluso en casos extremos-, omiten las condenas y desaparecen del escenario. ¡Vaya exhibición de coherencia!
Lo verdaderamente grave de tanta obscenidad estriba en que es imposible que el mundo feminista ignore la contradicción en que está incurriendo. Lo conoce perfectamente. Sin embargo, calla porque ese es el juego que ha aceptado con el poder establecido, porque no puede ni quiere romper con la corrección política, porque prefiere la sumisión al poder político a cambio de otras ventajas personales, políticas y sociales, aunque –eso sí- conlleven la renuncia a las convicciones que dicen abrazar, porque es la contrapartida a las equivalencias de género. ¡Lo que hay que ver, madre mía!
Sorprende igualmente que ese mundo de confusión no advierta que está metido en un obscuro galimatías, que no hace otra cosa que ‘engrosar los arsenales ideológicos de la extrema derecha’, como les ha recordado el periodista José Jaume. Es más, andan tan ciegas y tan sobradas de poder, que producen en mucha gente –incluso en muchas mujeres- un efecto contrario al buscado. Pierden toda autoridad para hablar de dignidad y de igualdad. Sus contradicciones y sus paradojas son tan obscenas que su simple escucha repugna a cualquier sensibilidad.
Claro está que, como principio, estamos en contra de cualquier prohibición y que debería imperar la libertad o el derecho a vestir como se quiera. Pero, para proclamar tal ideal, hay que tener garantizada –como está en Occidente- la libertad de poder hacerlo. De esto, precisamente, se trata: de que la mujer musulmana, llegada a Occidente por vía de inmigración y que lleva el burka, no es libre para no llevarlo, sino que, en este asunto, también obedece y está sometida al varón. ¿Acaso las feministas no tienen nada que oponer esta situación?
Curiosamente este enclenque feminismo no advierte que la primera prohibición es la que se ejerce sobre la mujer musulmana. Ignora –tan progresista él- que una de las banderas del Mayo del 68, tan presente y vivo en la cultura actual, fue ésta: ‘Prohibido prohibir’. Ya lo creo que lo ignora. Por eso, curiosamente, no hacen otra cosa que propiciar iniciativas de prohibición, de marcar el rumbo de la vida de los demás, de impedir ´que cada cual encuentre su propia música’, que diría Salvador Pániker.
Todos los días lo vemos y lo padecemos. ¿Por qué, entonces, no expresan públicamente su oposición al recorte en su libertad de vestir como quiera, que experimenta la mujer musulmana, contraria a su dignidad personal?
¡Pura obscenidad, pura contradicción, pura exhibición que debería avergonzarles!
martes, 22 de febrero de 2011
viernes, 18 de febrero de 2011
LO ESTAMOS PAGANDO MUY CARO
A poco objetivos que intentemos ser, debemos admitir que, en materia de enseñanza, lo que se lleva, lo que es aceptable es la no exigencia, el no esfuerzo, la meliflua comprensión del profesor respecto de la falta de interés y superación del alumno, la tolerancia frente a actitudes de contestación y, a veces, de violencia, la falta de colaboración de muchos padres, el desastre del sistema mismo. El resultado, por mucho que intentemos mirar para otro lado -que lo hacemos- es manifiesto: fracaso total, suspenso puro y duro. Esto es así en todos los niveles: desde el parvulario a la universidad.
A partir de tan catastrófica realidad -representa el mayor de nuestros problemas colectivos-, se entiende perfectamente lo que nos ocurre en la convivencia ciudadana. Si algo revela el enfrentamiento que protagonizamos, la corrupción de todo tipo que padecemos, el pésimo funcionamiento de las instituciones que toleramos, el sistema que nos atenaza, el poder que no nos sirve, la falta de preparación para competir en el trabajo, es la falta de una sociedad madura y responsable. Entre nosotros, se considera normal lo que, en otros países, es intolerable y no se permite en modo alguno. ¿Por qué somos así? ¿Por qué renunciamos al protagonismo que nos corresponde?
Recientemente Martín Ferrand ha recordado -aunque no sea políticamente correcto hacerlo- que “... el mayor factor compensador de los errores del franquismo, el que sirvió de base para el progreso y la Transición, fuera la enseñanza que, aunque denostada por autoritaria en sus métodos, fue excelente en sus frutos”. Sin duda alguna. ¿Por qué no volver a la esencia del sistema educativo anterior? ¿Por qué no volver a la esencia y a las virtudes de aquel bachillerato francés, que copió el franquismo? ¿Por qué no reeditar lo mejor del sistema educativo inglés?
Aunque esto puede escandalizar a mucho pusilánime (en el Reino Unido, el Gobierno Cameron lo está intentando en este momento), se trata de recuperar algo que me parece elemental y de sentido común: rigor, disciplina en el estudio, conocimiento de contenidos, respeto en la convivencia, atractivo (vocación) en el profesorado. No es cuestión ni de seguir con la Logse ni de aumentar el número de horas lectivas en alguna que otra asignatura. Va mucho más allá. Lo que tenemos que modificar es el sistema mismo educativo, la mentalidad de profesores, padres y políticos. Todo un programa de trabajo colectivo para un montón de años.
Recuerdo ahora a Concepción Arenal, quién dejó dicho que “la sociedad paga bien caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos”. Una gran evidencia, que nos empeñamos en no ver porque nos acusa. La sociedad española, en efecto, lo está pagando tan caro que parece haber perdido su capacidad de reacción. Su falta de sensibilidad y sus buenas tragaderas imponen tan desoladora conclusión. Con la que está cayendo, con el panorama que tenemos delante, con las mentiras que nos han echado, con la corrupción que financiamos, con el desgobierno que sufrimos y no acabamos de reaccionar. ¿No creen que estamos pagando un precio muy
alto?
Vivimos tiempos de verdadera crisis y no sólo económica. Venimos asistiendo al bochornoso espectáculo de señalar culpables de la misma, siempre alejados de uno mismo. Los culpables o, si se prefiere, los responsables siempre son los otros, el vecino. Nadie, sin embargo, se ha atrevido -salvo muy contadas excepciones- a relacionar la crisis con el deterioro de la educación. Existe, sin duda, una relación causal, ya subrayada desde los tiempos de Pitágoras para quien “educar no es dar carrera para vivir sino templar el alma para las dificultades de la vida“. Idea que ya fue formulada también en pleno s. XIX por Herbert Spencer: “el objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás” (Cfr. T. González Ballesteros, Educación y crisis social, en ABC, 1.02.2011, pág. 3).
Los responsables políticos –que pagamos y padecemos- son los verdaderos responsables del desastre social. Ellos no lo reconocen ni lo reconocerán jamás. Pero, lo son. Se limitan -¡no faltaba más!- a prometer medidas y soluciones para el futuro, que, en cualquier caso, no abordan las verdaderas causas a través de las cuales se ha llegado al fracaso. Lo malo y lo grave –dada la sociedad inerme que tenemos- es que nos lo creemos, lo aplaudimos y lo financiamos. Hasta el año siguiente en que un nuevo informe internacional nos vuelve a poner antela evidencia de que seguimos remandado hacia atrás.
Hago mías, para terminar, estas palabras de González Ballesteros: “La educación, la enseñanza y la cultura son el origen y fundamento de la libertad del hombre y de la sociedad. Y toda sociedad inculta y en crisis es terreno abonado para ser dominada y manipulada”.
A poco objetivos que intentemos ser, debemos admitir que, en materia de enseñanza, lo que se lleva, lo que es aceptable es la no exigencia, el no esfuerzo, la meliflua comprensión del profesor respecto de la falta de interés y superación del alumno, la tolerancia frente a actitudes de contestación y, a veces, de violencia, la falta de colaboración de muchos padres, el desastre del sistema mismo. El resultado, por mucho que intentemos mirar para otro lado -que lo hacemos- es manifiesto: fracaso total, suspenso puro y duro. Esto es así en todos los niveles: desde el parvulario a la universidad.
A partir de tan catastrófica realidad -representa el mayor de nuestros problemas colectivos-, se entiende perfectamente lo que nos ocurre en la convivencia ciudadana. Si algo revela el enfrentamiento que protagonizamos, la corrupción de todo tipo que padecemos, el pésimo funcionamiento de las instituciones que toleramos, el sistema que nos atenaza, el poder que no nos sirve, la falta de preparación para competir en el trabajo, es la falta de una sociedad madura y responsable. Entre nosotros, se considera normal lo que, en otros países, es intolerable y no se permite en modo alguno. ¿Por qué somos así? ¿Por qué renunciamos al protagonismo que nos corresponde?
Recientemente Martín Ferrand ha recordado -aunque no sea políticamente correcto hacerlo- que “... el mayor factor compensador de los errores del franquismo, el que sirvió de base para el progreso y la Transición, fuera la enseñanza que, aunque denostada por autoritaria en sus métodos, fue excelente en sus frutos”. Sin duda alguna. ¿Por qué no volver a la esencia del sistema educativo anterior? ¿Por qué no volver a la esencia y a las virtudes de aquel bachillerato francés, que copió el franquismo? ¿Por qué no reeditar lo mejor del sistema educativo inglés?
Aunque esto puede escandalizar a mucho pusilánime (en el Reino Unido, el Gobierno Cameron lo está intentando en este momento), se trata de recuperar algo que me parece elemental y de sentido común: rigor, disciplina en el estudio, conocimiento de contenidos, respeto en la convivencia, atractivo (vocación) en el profesorado. No es cuestión ni de seguir con la Logse ni de aumentar el número de horas lectivas en alguna que otra asignatura. Va mucho más allá. Lo que tenemos que modificar es el sistema mismo educativo, la mentalidad de profesores, padres y políticos. Todo un programa de trabajo colectivo para un montón de años.
Recuerdo ahora a Concepción Arenal, quién dejó dicho que “la sociedad paga bien caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos”. Una gran evidencia, que nos empeñamos en no ver porque nos acusa. La sociedad española, en efecto, lo está pagando tan caro que parece haber perdido su capacidad de reacción. Su falta de sensibilidad y sus buenas tragaderas imponen tan desoladora conclusión. Con la que está cayendo, con el panorama que tenemos delante, con las mentiras que nos han echado, con la corrupción que financiamos, con el desgobierno que sufrimos y no acabamos de reaccionar. ¿No creen que estamos pagando un precio muy
alto?
Vivimos tiempos de verdadera crisis y no sólo económica. Venimos asistiendo al bochornoso espectáculo de señalar culpables de la misma, siempre alejados de uno mismo. Los culpables o, si se prefiere, los responsables siempre son los otros, el vecino. Nadie, sin embargo, se ha atrevido -salvo muy contadas excepciones- a relacionar la crisis con el deterioro de la educación. Existe, sin duda, una relación causal, ya subrayada desde los tiempos de Pitágoras para quien “educar no es dar carrera para vivir sino templar el alma para las dificultades de la vida“. Idea que ya fue formulada también en pleno s. XIX por Herbert Spencer: “el objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás” (Cfr. T. González Ballesteros, Educación y crisis social, en ABC, 1.02.2011, pág. 3).
Los responsables políticos –que pagamos y padecemos- son los verdaderos responsables del desastre social. Ellos no lo reconocen ni lo reconocerán jamás. Pero, lo son. Se limitan -¡no faltaba más!- a prometer medidas y soluciones para el futuro, que, en cualquier caso, no abordan las verdaderas causas a través de las cuales se ha llegado al fracaso. Lo malo y lo grave –dada la sociedad inerme que tenemos- es que nos lo creemos, lo aplaudimos y lo financiamos. Hasta el año siguiente en que un nuevo informe internacional nos vuelve a poner antela evidencia de que seguimos remandado hacia atrás.
Hago mías, para terminar, estas palabras de González Ballesteros: “La educación, la enseñanza y la cultura son el origen y fundamento de la libertad del hombre y de la sociedad. Y toda sociedad inculta y en crisis es terreno abonado para ser dominada y manipulada”.
martes, 15 de febrero de 2011
TE DIRÉ DE LO QUE CARECES
El pasado 2 de febrero de 2011 volví a sentir una cierta vergüenza ajena al leer en “La Gaceta” –diario del Grupo Intereconomnía- la colaboración del Sr. De la Cigoña a propósito del nombramiento de Hans Küng como Doctor honoris causa por la UNED. Puedo entender que el teólogo suizo no le caiga bien. No me sorprende. Son muy conocidas las posiciones doctrinales del colaborador de ‘La Gaceta’. Pero, lo que no se entiende es que descienda al insulto a los demás. La caridad es un mandato para todos los seguidores de Jesús.
Como tantos otros, el Sr. De la Cigoña tiene –al parecer- enfilado al Dr. Küng y, oportuna e inoportunamente, lo descalifica. Es típico de ciertos miembros de ciertos grupos de la derecha católica. Se sienten poseedores de la verdad y arrasan a cuantos disienten de sus planteamientos. Son muchos quienes lo llevan sufriendo desde hace mucho tiempo. Es más, se arrogan el derecho y la autoridad de arrojar a cualquiera a las tinieblas externas. Ejercen la censura, el silencio, la condena. Por menos de un pito, te cuelgan el sambenito de ‘traidor’. ¡Vaya testimonio cristiano!
En su afán por seguir la consigna, se parece al perro que aúlla de forma lastimera y prolongada. No deja títere con cabeza. Descalifica el nombramiento del ‘disidente’ teólogo porque la UNED ‘es una universidad sin especialización teológica’ y porque todo se debió a la propuesta de un ‘ex jesuita secularizado’, discípulo suyo. Título -subraya- que no vale nada, pues es reconocimiento ‘a lo que se desconoce’. Da por supuesto -hay que ver hasta dónde puede llegar el prejuicio- ‘que la inmensa mayoría del claustro de la universidad a distancia no tiene ni idea de quién es Küng o apenas una vaga constancia de su existencia como clérigo contestatario’. Incluso califica a quienes apoyaron su nombramiento como cuerpo ‘docente indocto’. En su manifiesta indignación, realiza esta comparación: ‘es como si el Real Madrid diera un premio a la física cuántica o la asociación de gays y lesbianas a la familia numerosa’. ¡Sin comentarios! ¡Lamentable!
Se puede disentir -no faltaba más- de todo, hasta de los planteamientos de Hans Küng. Pero, con respeto, con conocimiento de causa, con razones y no con descalificaciones personales. No parece que sea honesto servirse de la injuria y del agravio. Mal que le pese al Sr. De la Cigoña, sus libros y sus reflexiones no son ‘un ayer que no volverá’. Si así fuera, no le señalaría con tan incendiaria soflama. Lo que no le gusta es que todavía tenga validez y que sus aportaciones no hayan sido, en muchos casos, superadas. Siguen interrogando y comprometiendo al cristiano y a la Jerarquía. Gozan de actualidad y son siempre un necesario punto de referencia en la doctrina católica.
Como contraste a la propuesta del Grupo Intereconomía, recuerdo la Cátedra de los no creyentes, que institucionalizó el Arzobispo de Milán, Card. Carlo M. Martini. ¡Qué talante tan diferente! ’Yo quería –nos dice- gente pensante que interviniese con su búsqueda de la verdad’. Los no creyentes convertidos en docentes. ‘Ellos tenían algunas aportaciones críticas para hacer que llevaron a la Iglesia a introducir correcciones y, sobre todo, a una ampliación del horizonte’. Todo el mundo, cualquier cristiano –máxime si además acredita una competencia científica de tanta altura como el Dr. Küng- puede y hasta debe manifestar su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia, señalar problemas e injusticias que pueden existir, subrayar la actitud necesaria de diálogo con la gente –de dentro y de fuera- que pregunta y que busca, indicar las reformas necesarias sobre todo para ser coherentes con la doctrina conciliar y con el Evangelio de Jesús, etc. No es tarea fácil. Se necesita coraje, esto es, ‘no retroceder ante las dificultades, sino avanzar y permanecer en diálogo con todos’ (Card. Martini). ¿Está en esta línea el Grupo Intereconomia en su orientación religiosa?
Quizás, para terminar, podamos valorar la actitud del Sr. De la Cigoña con unas palabras de don Francisco Rodríguez Marín en el prólogo para la edición de 1914 de las Novelas Ejemplares de Cervantes. Decía así: “Hombres hay que estimándose por cultos, abominan de los eruditos y tienen a gala burlarse de la erudición. Los que leen deben mirar con desconfianza a estos tales. Ya lo advirtió el refrán: Dime lo que aborreces, y te diré de lo que careces” (Iribarren, El por qué de los dichos, Pamplona 1998, pág. 311).
El pasado 2 de febrero de 2011 volví a sentir una cierta vergüenza ajena al leer en “La Gaceta” –diario del Grupo Intereconomnía- la colaboración del Sr. De la Cigoña a propósito del nombramiento de Hans Küng como Doctor honoris causa por la UNED. Puedo entender que el teólogo suizo no le caiga bien. No me sorprende. Son muy conocidas las posiciones doctrinales del colaborador de ‘La Gaceta’. Pero, lo que no se entiende es que descienda al insulto a los demás. La caridad es un mandato para todos los seguidores de Jesús.
Como tantos otros, el Sr. De la Cigoña tiene –al parecer- enfilado al Dr. Küng y, oportuna e inoportunamente, lo descalifica. Es típico de ciertos miembros de ciertos grupos de la derecha católica. Se sienten poseedores de la verdad y arrasan a cuantos disienten de sus planteamientos. Son muchos quienes lo llevan sufriendo desde hace mucho tiempo. Es más, se arrogan el derecho y la autoridad de arrojar a cualquiera a las tinieblas externas. Ejercen la censura, el silencio, la condena. Por menos de un pito, te cuelgan el sambenito de ‘traidor’. ¡Vaya testimonio cristiano!
En su afán por seguir la consigna, se parece al perro que aúlla de forma lastimera y prolongada. No deja títere con cabeza. Descalifica el nombramiento del ‘disidente’ teólogo porque la UNED ‘es una universidad sin especialización teológica’ y porque todo se debió a la propuesta de un ‘ex jesuita secularizado’, discípulo suyo. Título -subraya- que no vale nada, pues es reconocimiento ‘a lo que se desconoce’. Da por supuesto -hay que ver hasta dónde puede llegar el prejuicio- ‘que la inmensa mayoría del claustro de la universidad a distancia no tiene ni idea de quién es Küng o apenas una vaga constancia de su existencia como clérigo contestatario’. Incluso califica a quienes apoyaron su nombramiento como cuerpo ‘docente indocto’. En su manifiesta indignación, realiza esta comparación: ‘es como si el Real Madrid diera un premio a la física cuántica o la asociación de gays y lesbianas a la familia numerosa’. ¡Sin comentarios! ¡Lamentable!
Se puede disentir -no faltaba más- de todo, hasta de los planteamientos de Hans Küng. Pero, con respeto, con conocimiento de causa, con razones y no con descalificaciones personales. No parece que sea honesto servirse de la injuria y del agravio. Mal que le pese al Sr. De la Cigoña, sus libros y sus reflexiones no son ‘un ayer que no volverá’. Si así fuera, no le señalaría con tan incendiaria soflama. Lo que no le gusta es que todavía tenga validez y que sus aportaciones no hayan sido, en muchos casos, superadas. Siguen interrogando y comprometiendo al cristiano y a la Jerarquía. Gozan de actualidad y son siempre un necesario punto de referencia en la doctrina católica.
Como contraste a la propuesta del Grupo Intereconomía, recuerdo la Cátedra de los no creyentes, que institucionalizó el Arzobispo de Milán, Card. Carlo M. Martini. ¡Qué talante tan diferente! ’Yo quería –nos dice- gente pensante que interviniese con su búsqueda de la verdad’. Los no creyentes convertidos en docentes. ‘Ellos tenían algunas aportaciones críticas para hacer que llevaron a la Iglesia a introducir correcciones y, sobre todo, a una ampliación del horizonte’. Todo el mundo, cualquier cristiano –máxime si además acredita una competencia científica de tanta altura como el Dr. Küng- puede y hasta debe manifestar su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia, señalar problemas e injusticias que pueden existir, subrayar la actitud necesaria de diálogo con la gente –de dentro y de fuera- que pregunta y que busca, indicar las reformas necesarias sobre todo para ser coherentes con la doctrina conciliar y con el Evangelio de Jesús, etc. No es tarea fácil. Se necesita coraje, esto es, ‘no retroceder ante las dificultades, sino avanzar y permanecer en diálogo con todos’ (Card. Martini). ¿Está en esta línea el Grupo Intereconomia en su orientación religiosa?
Quizás, para terminar, podamos valorar la actitud del Sr. De la Cigoña con unas palabras de don Francisco Rodríguez Marín en el prólogo para la edición de 1914 de las Novelas Ejemplares de Cervantes. Decía así: “Hombres hay que estimándose por cultos, abominan de los eruditos y tienen a gala burlarse de la erudición. Los que leen deben mirar con desconfianza a estos tales. Ya lo advirtió el refrán: Dime lo que aborreces, y te diré de lo que careces” (Iribarren, El por qué de los dichos, Pamplona 1998, pág. 311).
miércoles, 9 de febrero de 2011
LA INÚTIL LIBERTAD DE OPINIÓN
El otro día tuvimos la oportunidad –una vez más- de contemplar el cinismo del PSOE. El partido que se autoproclama como el gran y único defensor de las libertades y de los derechos quiere controlar los contenidos de los medios audiovisuales mediante un Consejo estatal, que se creará a tal efecto. Lo cual, como parece obvio, choca frontalmente con la libertad de expresión e información, proclamada en el art. 20 de la Constitución.
Semejante intención política –de signo claramente totalitario- se enmarca perfectamente dentro del código del sistema que padecemos. Precisamente por ello es difícil imaginar un grado mayor de censura. Lo que le molesta al Gobierno y al partido que le sustenta es que existan medios (pocos) que entiendan la libertad –y la ejerzan- en el sentido que fijara George Orwell, esto es, como “... el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír” (Prefacio a Rebelión en la granja). Lo que no soportan es que se ofrezcan al pueblo argumentos para pensar por su cuenta. Nadie puede salirse del cerco de lo políticamente correcto ni, en general, del sistema. Si lo intenta, pagará, de alguna forma, las consecuencias. Todos sabemos que es así –forma parte del funcionamiento del sistema- y conocemos los medios de comunicación y los intelectuales que sirven al sistema.
La prueba de lo que acabamos de enunciar la tenemos en las escasas reacciones que ha suscitado el anuncio de la censura que viene. ¿No lo habían advertido? Pues, a decir verdad, es muy fácil. Casi nadie ha puesto el grito en el cielo, ni siquiera el Presidente de la Asociación de la prensa. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque la inmensa mayoría de los medios que crean opinión están claramente en el sistema. Los políticos disciernen perfectamente donde está cada cual y le dan el trato (arbitrariedad) correspondiente. Una prueba gráfica de la desigualdad de trato en función de cómo se sitúa el medio de comunicación respecto del sistema la tuvimos el otro día cuando el Sr. Bono –la tercera autoridad del Estado- apartó el micrófono de una periodista de Intereconomía con esta expresión: “A vosotros, no”.
El cinismo gubernamental –al pretender vender tan nefasto producto a la opinión pública- es extraordinario. ¿Desde cuándo le han preocupado al Gobierno las actitudes éticas, la ‘entronización de falsos valores’, el ‘clima de crispación y enfrentamiento’ o el contenido de ciertos programas de televisión? La telebasura existente –probablemente inevitable- ha llegado, por cierto, a un grado sumo como consecuencia de la eficaz acción del zapaterismo para atontar al público. Es más, lo que ahora dice preocuparle es producido por medios amigos, protegidos y apoyados por el propio Gobierno. Suena a sarcasmo que se hable de ‘la razón de Estado’, ‘de la supervivencia del sistema’, de la preservación de la convivencia. Estamos ante un coartada para censurar lo que, realmente, le preocupa, lo que no aguanta y lo que difícilmente tolera y que es algo muy distinto de lo que dice ser el objetico que persigue y que todos sabemos.
Mucho me temo que el Sr. Jauregui y el Gobierno del que forma parte –tan progresistas como dicen ser- se estén olvidando de algo indispensable y esencial en toda democracia. Desde que Thomas Jefferson pronunciara estas palabras (“no debe existir un gobierno sin periódicos; prefiero, sin lugar a dudas, periódicos, y no gobierno”), han constituido el punto de referencia obligada e indubitada en toda democracia que se precie de tal: sin libertad de expresión e información no puede existir un verdadero gobierno; sin el control democrático del poder, no se puede hablar de Estado democrático de derecho. La existencia minoritaria de medios críticos con el Gobierno de izquierdas es lo que no acepta y quiere controlar.
Da la impresión de que el Sr. Jauregui –muy católico él- ha preferido –por obsceno que parezca- adherirse a las posiciones papistas del s. XIX contrarias a la libertad. Muy en concreto al planteamiento de Gregorio XVI (Enc. Mirari vos, de 15.08.1832), que llegó a hablar de la “... infame y no menos despreciable libertad de prensa que algunos se atreven a propugnar” o de la “inútil libertad de opinión”.
El otro día tuvimos la oportunidad –una vez más- de contemplar el cinismo del PSOE. El partido que se autoproclama como el gran y único defensor de las libertades y de los derechos quiere controlar los contenidos de los medios audiovisuales mediante un Consejo estatal, que se creará a tal efecto. Lo cual, como parece obvio, choca frontalmente con la libertad de expresión e información, proclamada en el art. 20 de la Constitución.
Semejante intención política –de signo claramente totalitario- se enmarca perfectamente dentro del código del sistema que padecemos. Precisamente por ello es difícil imaginar un grado mayor de censura. Lo que le molesta al Gobierno y al partido que le sustenta es que existan medios (pocos) que entiendan la libertad –y la ejerzan- en el sentido que fijara George Orwell, esto es, como “... el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír” (Prefacio a Rebelión en la granja). Lo que no soportan es que se ofrezcan al pueblo argumentos para pensar por su cuenta. Nadie puede salirse del cerco de lo políticamente correcto ni, en general, del sistema. Si lo intenta, pagará, de alguna forma, las consecuencias. Todos sabemos que es así –forma parte del funcionamiento del sistema- y conocemos los medios de comunicación y los intelectuales que sirven al sistema.
La prueba de lo que acabamos de enunciar la tenemos en las escasas reacciones que ha suscitado el anuncio de la censura que viene. ¿No lo habían advertido? Pues, a decir verdad, es muy fácil. Casi nadie ha puesto el grito en el cielo, ni siquiera el Presidente de la Asociación de la prensa. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque la inmensa mayoría de los medios que crean opinión están claramente en el sistema. Los políticos disciernen perfectamente donde está cada cual y le dan el trato (arbitrariedad) correspondiente. Una prueba gráfica de la desigualdad de trato en función de cómo se sitúa el medio de comunicación respecto del sistema la tuvimos el otro día cuando el Sr. Bono –la tercera autoridad del Estado- apartó el micrófono de una periodista de Intereconomía con esta expresión: “A vosotros, no”.
El cinismo gubernamental –al pretender vender tan nefasto producto a la opinión pública- es extraordinario. ¿Desde cuándo le han preocupado al Gobierno las actitudes éticas, la ‘entronización de falsos valores’, el ‘clima de crispación y enfrentamiento’ o el contenido de ciertos programas de televisión? La telebasura existente –probablemente inevitable- ha llegado, por cierto, a un grado sumo como consecuencia de la eficaz acción del zapaterismo para atontar al público. Es más, lo que ahora dice preocuparle es producido por medios amigos, protegidos y apoyados por el propio Gobierno. Suena a sarcasmo que se hable de ‘la razón de Estado’, ‘de la supervivencia del sistema’, de la preservación de la convivencia. Estamos ante un coartada para censurar lo que, realmente, le preocupa, lo que no aguanta y lo que difícilmente tolera y que es algo muy distinto de lo que dice ser el objetico que persigue y que todos sabemos.
Mucho me temo que el Sr. Jauregui y el Gobierno del que forma parte –tan progresistas como dicen ser- se estén olvidando de algo indispensable y esencial en toda democracia. Desde que Thomas Jefferson pronunciara estas palabras (“no debe existir un gobierno sin periódicos; prefiero, sin lugar a dudas, periódicos, y no gobierno”), han constituido el punto de referencia obligada e indubitada en toda democracia que se precie de tal: sin libertad de expresión e información no puede existir un verdadero gobierno; sin el control democrático del poder, no se puede hablar de Estado democrático de derecho. La existencia minoritaria de medios críticos con el Gobierno de izquierdas es lo que no acepta y quiere controlar.
Da la impresión de que el Sr. Jauregui –muy católico él- ha preferido –por obsceno que parezca- adherirse a las posiciones papistas del s. XIX contrarias a la libertad. Muy en concreto al planteamiento de Gregorio XVI (Enc. Mirari vos, de 15.08.1832), que llegó a hablar de la “... infame y no menos despreciable libertad de prensa que algunos se atreven a propugnar” o de la “inútil libertad de opinión”.
viernes, 4 de febrero de 2011
SÉ TÚ EL CAMBIO
Aunque no era necesario, la Santa Sede ha creído oportuno poner fin -de una vez por todas- a las falsas especulaciones e interpretaciones a propósito del uso del preservativo. Las palabras de Benedicto XVI en Luz del mundo (libro-entrevista con el periodista Peter Seewald), “no modifican ni la doctrina moral ni la praxis pastoral de la Iglesia”. En la Nota de la Congregación para la Doctrina de la fe, el Papa se refería “de modo particular a un comportamiento gravemente desordenado como el de la prostitución”. Y, para que no quepa duda alguna sobre el particular, se insiste en que “el Santo Padre no habla de la moral conyugal, ni tampoco de la norma moral sobre la anticoncepción, reafirmada con términos muy precisos por Pablo VI en el número 14 de la encíclica Humanae Vitae”. La conclusión, en consecuencia, es obvia: pensar que de sus palabras “se pueda deducir que en algunos casos es legítimo recurrir al uso del preservativo para evitar embarazos no deseados es totalmente arbitrario y no responde ni a sus palabras ni a su pensamiento”.
Una vez más, se han puesto de relieve dos cosas que ya se sabían: 1). Que “no hay nada más atrevido que la ignorancia activa”, que diría Johann W. Goethe. Una doctrina moral de esta trascendencia no se modificará – en el supuesto muy lejano de que Roma se decidiese por el cambio- mediante una simple entrevista papal. Ello está en las antípodas de los usos y costumbres del Vaticano. 2). Que –no obstante lo cual- el equívoco pudo encontrar su explicación en el ansia (sufrimiento) que experimenta el pueblo de Dios a favor de un cambio radical en el rigorista dictado moral vigente desde la encíclica Casti Connubii (1930) de Pío XI y el posterior Discurso de Pío XII (1951) a las comadronas católicas. Hasta ahora, toda ha sido inútil. Ni siquiera el Concilio Vaticano pudo impulsar el cambio.
Los términos de la cuestión se formulaban –y se formulan- así: Toda forma de anticoncepción, cualquiera que sea el medio para lograrla (mecánico o interrupción del acto sexual), es condenada como pecado mortal. La consecuencia es clara y dura. Para los esposos cristianos que deseen permanecer fieles a la Iglesia, sólo existe una salida alternativa: la abstinencia total o el utilizar los periodos no fértiles (método Knaus-Ogino). ¿Qué respuesta merece, desde la fe católica, el criterio o principio alternativo de la paternidad responsable?
Hubo ciertos momentos de esperanza durante el Concilio. Las intervenciones del patriarca Maximos, del cardenal Léger (Montreal) y del cardenal Suenens (Malinas-Bruselas) marcaron un verdadero hito a favor del cambio. Tan fue así que las maniobras de la todopoderosa Curia romana no impidieron dos sendas votaciones, clara y mayoritariamente favorables. Sin embargo, una vez más, Pablo VI sale al rescate y, después de múltiples componendas, se aprueba una cosa y la contraria en relación a la paternidad y maternidad responsables, como es de ver en los nn. 50 y 51 de la Constitución pastoral Gaudium et spes. Eso sí, en una nota a pié de página, se remite a la solución definitiva del Papa, que la formulará en la encíclica Humanae vitae (25.07.1968). Encíclica que se calificó, en muchos ámbitos eclesiales, como una verdadera provocación, siendo, además, el documento pontificio que ha encontrado más resistencia en el mundo.
Aunque seguiremos con el tema, apelo, por ahora, a la propia conciencia y digo, con Mahatma Gandhi, “sé tú el cambio que quieres para el mundo”.
Aunque no era necesario, la Santa Sede ha creído oportuno poner fin -de una vez por todas- a las falsas especulaciones e interpretaciones a propósito del uso del preservativo. Las palabras de Benedicto XVI en Luz del mundo (libro-entrevista con el periodista Peter Seewald), “no modifican ni la doctrina moral ni la praxis pastoral de la Iglesia”. En la Nota de la Congregación para la Doctrina de la fe, el Papa se refería “de modo particular a un comportamiento gravemente desordenado como el de la prostitución”. Y, para que no quepa duda alguna sobre el particular, se insiste en que “el Santo Padre no habla de la moral conyugal, ni tampoco de la norma moral sobre la anticoncepción, reafirmada con términos muy precisos por Pablo VI en el número 14 de la encíclica Humanae Vitae”. La conclusión, en consecuencia, es obvia: pensar que de sus palabras “se pueda deducir que en algunos casos es legítimo recurrir al uso del preservativo para evitar embarazos no deseados es totalmente arbitrario y no responde ni a sus palabras ni a su pensamiento”.
Una vez más, se han puesto de relieve dos cosas que ya se sabían: 1). Que “no hay nada más atrevido que la ignorancia activa”, que diría Johann W. Goethe. Una doctrina moral de esta trascendencia no se modificará – en el supuesto muy lejano de que Roma se decidiese por el cambio- mediante una simple entrevista papal. Ello está en las antípodas de los usos y costumbres del Vaticano. 2). Que –no obstante lo cual- el equívoco pudo encontrar su explicación en el ansia (sufrimiento) que experimenta el pueblo de Dios a favor de un cambio radical en el rigorista dictado moral vigente desde la encíclica Casti Connubii (1930) de Pío XI y el posterior Discurso de Pío XII (1951) a las comadronas católicas. Hasta ahora, toda ha sido inútil. Ni siquiera el Concilio Vaticano pudo impulsar el cambio.
Los términos de la cuestión se formulaban –y se formulan- así: Toda forma de anticoncepción, cualquiera que sea el medio para lograrla (mecánico o interrupción del acto sexual), es condenada como pecado mortal. La consecuencia es clara y dura. Para los esposos cristianos que deseen permanecer fieles a la Iglesia, sólo existe una salida alternativa: la abstinencia total o el utilizar los periodos no fértiles (método Knaus-Ogino). ¿Qué respuesta merece, desde la fe católica, el criterio o principio alternativo de la paternidad responsable?
Hubo ciertos momentos de esperanza durante el Concilio. Las intervenciones del patriarca Maximos, del cardenal Léger (Montreal) y del cardenal Suenens (Malinas-Bruselas) marcaron un verdadero hito a favor del cambio. Tan fue así que las maniobras de la todopoderosa Curia romana no impidieron dos sendas votaciones, clara y mayoritariamente favorables. Sin embargo, una vez más, Pablo VI sale al rescate y, después de múltiples componendas, se aprueba una cosa y la contraria en relación a la paternidad y maternidad responsables, como es de ver en los nn. 50 y 51 de la Constitución pastoral Gaudium et spes. Eso sí, en una nota a pié de página, se remite a la solución definitiva del Papa, que la formulará en la encíclica Humanae vitae (25.07.1968). Encíclica que se calificó, en muchos ámbitos eclesiales, como una verdadera provocación, siendo, además, el documento pontificio que ha encontrado más resistencia en el mundo.
Aunque seguiremos con el tema, apelo, por ahora, a la propia conciencia y digo, con Mahatma Gandhi, “sé tú el cambio que quieres para el mundo”.
martes, 1 de febrero de 2011
HABLAR CLARO
Hace unos días, José Luís Balbín refería una advertencia que le hiciera un colega sueco. Decía así: “Te advierto que no es tan fácil ser demócrata. Llegado el momento, es muy difícil reconocer que nos hemos equivocado, que el adversario tenía razón, que podemos habernos merecido la pérdida de unas elecciones y que hacer trampas para contrarrestar los hechos es una actitud miserable y antidemocrática”. No le falta razón, aunque se podría completar la lista -que padecemos y toleramos- con infinidad de conductas antidemocráticas de cierta clase política.
No me importa demasiado la exhibición de demócratas que todavía se busca rentabilizar políticamente: mucho antifranquista y antifascista, mucho progresista, mucho de izquierdas, mucho antifalangista, mucho revolucionario. A estas alturas -cuando tuvieron que aparecer no estaban ni se les esperaba-, ya es una mercancía caduca. ¿Cómo puede haber todavía una clase política que piense que tan obscena retahila puede mover a la gente? ¿O es que, por desgracia, el político está persuadido de que la sociedad española es tan ignorante o tan lanar que todavía se mueve con tales apelaciones? Lo que ahora importa, en mi opinión, son los hechos, las conductas reales, el comportamiento democrático en el día a día, más allá de los votos obtenidos en proceso electoral, plago de mentiras.
Personalmente jamás me he sentido representado por político alguno. Aunque hayan sido elegidos, lo cierto es que no son representativos del pueblo soberano. Se representan a sí mismos. No sirven -ni por equivocación- al interés general. Se sirven a sí mismos y a sus intereses. Actúan en función de intereses partidistas. Nunca han aceptado ni quieren oír hablar de la legitimidad de ejercicio (actitud ética) porque saben que, en ese terreno, no llegan al mínimo exigible. Mienten compulsivamente. Sienten un instintivo horror a la libertad. No quieren a su lado a nadie que piense por libre o que no esté dispuesto a someterse. Esta es -mal que les pese- la impresión generalizada.
En este marco, lo ocurrido en Asturias y Valencia (Cascos y Asunción) es de aurora boreal. Bueno, una de tantas, en realidad. ¡Con lo fácil que es hacer las cosas a partir del voto de los militantes! Ni el PP ni el PSOE -por mucho que anden a la greña a este respecto- han dado la talla. ¡Qué espectáculo! La ausencia de democracia interna en los partidos es clamorosa. No es cosa de que en unos sea, según dicen, mayor que en otros. La libertad es indivisible: o se tiene en todo o no existe libertad. Y, si esto es así, ¿cómo, luego, estos partidos van a procurar la democracia y la libertad a los ciudadanos?
Es realmente vergonzoso escuchar las falsas justificaciones, que se exhiben, para defender lo indefendible. Lo haga quien lo haga: los aparatos de los partidos o los medios que los apoyan. No se respeta nada. Ni siquiera la vida personal. Todo demasiado obsceno. Con lo sencillo que sería convocar a los militantes y que éstos se ejercitasen en el noble oficio de votar. Por todo ello, uno siente el placer de ver -de vez en cuando- a hombres, como Cascos y Asunción, que se atreven a decir: ‘non serviam’. Sólo de esta gente, al frente de una cierta sociedad rebelde, puede venir la regeneración democrática, tan urgente en este viejo país llamado España.
Hace unos días, José Luís Balbín refería una advertencia que le hiciera un colega sueco. Decía así: “Te advierto que no es tan fácil ser demócrata. Llegado el momento, es muy difícil reconocer que nos hemos equivocado, que el adversario tenía razón, que podemos habernos merecido la pérdida de unas elecciones y que hacer trampas para contrarrestar los hechos es una actitud miserable y antidemocrática”. No le falta razón, aunque se podría completar la lista -que padecemos y toleramos- con infinidad de conductas antidemocráticas de cierta clase política.
No me importa demasiado la exhibición de demócratas que todavía se busca rentabilizar políticamente: mucho antifranquista y antifascista, mucho progresista, mucho de izquierdas, mucho antifalangista, mucho revolucionario. A estas alturas -cuando tuvieron que aparecer no estaban ni se les esperaba-, ya es una mercancía caduca. ¿Cómo puede haber todavía una clase política que piense que tan obscena retahila puede mover a la gente? ¿O es que, por desgracia, el político está persuadido de que la sociedad española es tan ignorante o tan lanar que todavía se mueve con tales apelaciones? Lo que ahora importa, en mi opinión, son los hechos, las conductas reales, el comportamiento democrático en el día a día, más allá de los votos obtenidos en proceso electoral, plago de mentiras.
Personalmente jamás me he sentido representado por político alguno. Aunque hayan sido elegidos, lo cierto es que no son representativos del pueblo soberano. Se representan a sí mismos. No sirven -ni por equivocación- al interés general. Se sirven a sí mismos y a sus intereses. Actúan en función de intereses partidistas. Nunca han aceptado ni quieren oír hablar de la legitimidad de ejercicio (actitud ética) porque saben que, en ese terreno, no llegan al mínimo exigible. Mienten compulsivamente. Sienten un instintivo horror a la libertad. No quieren a su lado a nadie que piense por libre o que no esté dispuesto a someterse. Esta es -mal que les pese- la impresión generalizada.
En este marco, lo ocurrido en Asturias y Valencia (Cascos y Asunción) es de aurora boreal. Bueno, una de tantas, en realidad. ¡Con lo fácil que es hacer las cosas a partir del voto de los militantes! Ni el PP ni el PSOE -por mucho que anden a la greña a este respecto- han dado la talla. ¡Qué espectáculo! La ausencia de democracia interna en los partidos es clamorosa. No es cosa de que en unos sea, según dicen, mayor que en otros. La libertad es indivisible: o se tiene en todo o no existe libertad. Y, si esto es así, ¿cómo, luego, estos partidos van a procurar la democracia y la libertad a los ciudadanos?
Es realmente vergonzoso escuchar las falsas justificaciones, que se exhiben, para defender lo indefendible. Lo haga quien lo haga: los aparatos de los partidos o los medios que los apoyan. No se respeta nada. Ni siquiera la vida personal. Todo demasiado obsceno. Con lo sencillo que sería convocar a los militantes y que éstos se ejercitasen en el noble oficio de votar. Por todo ello, uno siente el placer de ver -de vez en cuando- a hombres, como Cascos y Asunción, que se atreven a decir: ‘non serviam’. Sólo de esta gente, al frente de una cierta sociedad rebelde, puede venir la regeneración democrática, tan urgente en este viejo país llamado España.
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