CONTACTO CON EL SUELO
Siempre he tenido muy presente una fina advertencia del gran poeta de mi tierra de nacimiento, a saber: “Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura” (Antonio Machado).
¡Cierto!
Si nos olvidamos de tantos mensajes interesados y deformadores de la realidad como recibimos, nos informamos un poco de lo que ocurre en la vida de la Iglesia y aceptamos los hechos, no tendremos más remedio que admitir la pérdida progresiva de sacerdotes y religiosos, el envejecimiento notorio del clero existente, el agostamiento o el erial de las vocaciones sacerdotales. Es inútil negarlo. ¿Quién se ocupará y atenderá –si las cosas siguen así- en el futuro inmediato a las comunidades de creyentes, que quedan?
Por si lo anterior no fuese suficiente, debemos valorar también cómo vive gran parte del clero el celibato prometido, cómo vive su sexualidad. La respuesta –si no huimos de la realidad- puede, en parte, hallarse en una escena de El poder y la gloria del inglés Graham Greene. En ella –nos dice el novelista católico-, el sacerdote “... vivía cerca del río con su ama de llaves. Por supuesto, era la mejor solución de todas: que diera testimonio vivo de la flaqueza de su fe”. Ya sé que no son todos, pero, si no se mira para otro lado como en tantas otras cosas, no tenemos más remedio que constatar esta flaqueza.
Cuando uno conoce el compromiso cristiano de tantos laicos, casados o no, su disposición y preparación, se pregunta de inmediato por qué no podrían ejercer el ministerio sacerdotal. Son muchos, en efecto, que se fueron por causa del celibato y son muchos que, por la misma razón, no optan por el sacerdocio. Como ha dicho Hans Küng, “no hay escasez de sacerdotes, sino de personas dispuestas a asumir el celibato”. Fina observación –acorde con la realidad- que debiera llevar a todos a pensar si no ha llegado ya el momento de realizar un cambio y que el celibato sea totalmente opcional. En este orden de cosas, surge otra pregunta cuya respuesta no debería eludirse, a saber: ¿por qué no se confía en un laicado, tan preparado doctrinalmente o bastante más que muchos clérigos?
Si –al margen de todo lo anterior- la Curia vaticana se atreviera además a valorar, como se merece, el testimonio de vida interior, de verdadero compromiso con su fe, de fidelidad a la doctrina evangélica, que ofrecen muchos laicos, casados o no, probablemente estaría en disposición de recorrer un camino de apertura y mayor servicio a las comunidades cristianas. La realidad es muy tozuda. El clero actual no es, en general, muy ilustrado, desconoce, en gran parte, la cultura actual, no suele disfrutar de una capacidad profesional suficiente para ganarse la vida en el mundo, suele ignorar el protagonismo que conlleva la familia para la vida social y eclesial. Se diga lo que se diga –generalmente, los tópicos de siempre-, lo cierto es que la figura del sacerdote actual no está prestigiada ni, en consecuencia, goza del respeto necesario. Esta realidad –que obedece a múltiples causas- no se quiere ver ni abordar. ¡Mal síntoma!
martes, 21 de diciembre de 2010
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