martes, 7 de diciembre de 2010

SIEMPRE Y EN TODAS PARTES
Por fin, el Vaticano parece que va a reaccionar ante lo evidente. En el mundo actual –no obstante el soplo del Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II-, la imagen de Dios se ha eclipsado e impera el ateísmo. Al menos, si nos atenemos al cómo parece vivir y guiarse la sociedad. La profecía de Nietzsche se habría hecho, en parte, realidad. El mundo contemporáneo no vive ya en cristiano. Desde hace mucho tiempo, era y es palpable la urgente necesidad de iniciar una nueva cristianización, una nueva evangelización de la sociedad. Esto es, había –y hay- que empezar de nuevo, desde el principio, como si todo lo ocurrido hasta ahora no hubiese existido. Eso sí, teniendo en cuenta lo que vive y quiere el hombre actual.
Nos alegra que el Papa Ratzinger haya asumido este reto con el recientemente creado Consejo para la promoción de la nueva evangelización (21.09.2010). Por una vez, la Iglesia parece que no quiere encerrase detrás de la muralla. Ya perdió media Europa con la Reforma del s. XVI, ya se apartó de la razón en el s. XVIII, ya estuvo al margen de los trabajadores en el s. XIX, ya alejó de sí a la mujer en el s. XX. Desde esta perspectiva, bienvenido sea este necesario impulso papal y ojalá la Iglesia católica permanezca atenta a su seguimiento.
No será tarea fácil. Ya veremos si es capaz de romper las cadenas del eficaz ‘sistema romano’, que mantiene –como ya denunciara en 1969 el fallecido Card. Suenens- en un cierto cautiverio al Papa y a la propia Iglesia. Ni siquiera el Concilio acabó con él. Más allá de los cambios de simple maquillaje, más allá de los gestos pastorales de los viajes, más allá de la utilización de un lenguaje más actual, lo cierto es que pronto se olvidó el famoso ‘aggiornamento’ de Juan XXIII y se dio paso al ‘involucionismo’ y la ‘restauración’ de Pablo VI y, sobre todo, de Juan Pablo II, fuertemente apoyado éste último por movimientos eclesiales muy conservadores, que están en boca de todos. Hemos presenciado –en el pontificado del Papa polaco- como se producía una renovación episcopal con hombres muy leales a la Curia romana pero de más que dudoso prestigio intelectual. Ya no existen las figuras míticas de Cardenales y Arzobispos del pasado. Ya las Universidades eclesiásticas han perdido su prestigio de antaño. Ya el clero ordinario casi ha desaparecido y, en todo caso, se ha dejado a su suerte. Las nuevas generaciones de sacerdotes no están preparadas: no dominan, en general, la doctrina católica y su ilustración sobre la cultura actual brilla por su ausencia. Se sigue, como siempre, desconfiando del laicado. Se sigue (...), en tantos y tantos aspectos, quizás peor que nunca. ¡Cómo estará el patio, que Roma se ha despertado!
Pero, sobre todas las cosas, la Iglesia deberá replantearse esa tendencia al dogmatismo del que hace gala, a regularlo todo, absolutamente todo, a establecer lo bueno y lo malo, a fijar lo que es voluntad de Dios, a hacer valer siempre su pretendido monopolio de Dios y de la verdadera doctrina en todo. Siempre he tenido la impresión –que me ha generado un gran rechazo- consistente en que la Iglesia no renunciaba a su sistema de poder cuando, a mi entender, el mensaje evangélico invita al amor.

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