UN TEMA CENTRAL DE NUESTRO TIEMPO
Vivimos unos tiempos verdaderamente complicados. Sin apenas seguridad alguna. Nos hemos quedado sin el sombrajo. Todo se ha derrumbado. Desde los años sesenta del siglo pasado no es posible un consenso mínimo ético, que nos comprometa y dé sentido a nuestras vidas. Ni siquiera los derechos humanos cumplen este papel. Todo se ha desvirtuado y hundido. Y, además, con nuestra inconsciente participación.
La familia, el sexo, la libertad, el consumo, la igualdad, la religión, la patria, la política y el gobierno, la justicia, la propia vida humana están envueltos con el manto del disenso. ¡Vaya panorama, madre mía!
Estamos inmersos, en efecto, en un mundo muy plural. Lo cierto es que -hoy por hoy- las concepciones sobre lo bueno y lo malo son muy distintas en las más diversas cuestiones. Se han hecho grandes esfuerzos por fijar prioridades. Probablemente lleve razón Salvador Pániker cuando expresa sus dudas sobre la posibilidad de establecer o lograr una salida válida por la vía de los principios universales. Ya lo había dicho –mucho antes- Montesquieu. Recordemos, a este respecto, la formulación del inefable Groucho Marx: ‘Estos son mis principios, y si a usted no le gustan, tengo otros’. ¿No será que estamos condenados a vivir en una permanente negoción y compromiso diarios?
Sospecho –frente a otras voces autorizadas- que la Iglesia católica anda metida en un mar de turbulentas dudas. Por una parte, se ha empeñado –con Juan Pablo II, sobre todo- en la restauración del pasado. En tal impulso ha tenido mucho que ver el ‘Opus Dei’. Por otra –sin abandonar la anterior-, Benedicto XVI ha dado muestras de querer atenerse al compromiso diario, a una búsqueda de un cierto consenso con el mundo actual, a convivir con el pluralismo, al menos social y político. Su posición en torno a ‘la laicidad positiva’ es una buena muestra de ello. Un paso al frente de gran trascendencia, que ha cosechado de hecho en el seno de la propia Iglesia altas dosis de incomprensión.
En este marco general, hemos de situar la reciente iniciativa papal de crear un Consejo Pontificio para la nueva evangelización. Se trata de recuperar la fe en una sociedad muy secularizada, de enfrentarse a los retos de la globalización, de la ciencia y la técnica actuales, de hacerse oír en las profundas transformaciones económicas y sociales que nos esperan, de orientar las masivas migraciones futuras. Todo ello es una realidad palpable en Europa y América del Norte. Ha puesto al frente del mismo a una persona de gran prestigio intelectual, el Arzobispo Rino Fisichella.
¡Ojalá tenga éxito! Se ha detectado el problema y no se desea permanecer encerrado –como era habitual- detrás de la muralla. Se avecina una época nueva en la que la Iglesia quiere estar presente. En esa perspectiva –ha recordado Mons Fisichella- “la Iglesia entera debe reflexionar y encontrar las formas adecuadas para renovar su anuncio ante tantos bautizados que han perdido el sentido de pertenencia a la comunidad cristiana, son víctimas del subjetivismo y se encierran en un individualismo sin responsabilidad pública y social”. ¡Suerte y al tajo!
Gregorio Delgado del Río
www.delgadoyasociados.es
domingo, 24 de octubre de 2010
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