DE CLIMA ARTIFICIAL, NADA
Cuando arreció en los medios la justa crítica por los abusos sexuales de algunos sacerdotes a menores de edad y por la actitud mantenida por altos miembros de la Jerarquía católica ante tan abominables conductas, se escuchó, en el bando católico, de todo y, en ciertos casos, no, precisamente, bueno. Me refiero a que se escucharon voces que intentaron –no sin ciertas dosis de obscenidad- quitar hierro a lo ocurrido.
En esta línea hubo quien habló de ‘tempestad mediática’, de ‘campaña’ que ‘recuerda las leyendas negras’, de que ‘se está generando un clima artificial de pánico moral, al que no es ajeno cierta pandemia mediática o literaria centrada en las desviaciones sexuales del clero, convertidas en una suerte de pantano moral” (Navarro-Valls, R., Clima artificial de pánico moral, en “El mundo/El Día de Baleares”, 22.03.2010, pág. 19). Semejante excusa –que también padecí ante el televisor en un programa de ‘Intereconomía’- no me escandalizó ni me sorprendió. Me causó, sin embargo, una verdadera pena y una cierta vergüenza ajena. Frente a tan encogida falta de coraje para condenar abiertamente tales conductas clericales brilló el juicio de un contertulio de la izquierda intelectual. ¡Qué espectáculo y qué contraste! La grandeza ética de la izquierda frente a la hipócrita derecha católica.
Desde entonces han pasado muchas cosas y han salido a la luz otros muchos casos de extremada gravedad. Pero, sobre todo, hemos presenciado el coraje de Benedicto XVI -conocedor, sin duda, de lo que estaba sucediendo-, que ha querido romper con el vergonzoso mirar para otro lado. Tal ruptura con la línea seguida por sus predecesores ha sido clara y terminante: intolerancia cero, colaboración total con las autoridades civiles, compromiso eficaz en orden a la protección de los menores. Programa que ha sido expuesto por el Cardenal William Levada en el Consistorio –celebrado en Roma este fin de semana- con motivo del nombramiento de veinticuatro nuevos Cardenales y que exige, ante todo, un profundo y sustancial cambio de mentalidad en la Jerarquía católica. ¡Ojalá –esta vez- vaya en serio!
Quiero, para terminar, referirme a unas luminosas palabras del Papa al respecto: “Tengo que decir que siento una gran tristeza. Tristeza también porque la autoridad de la Iglesia no ha sido lo suficientemente vigilante, ni suficientemente veloz, ni decidida, para tomar las medidas necesarias”. Evidente. Esta negligencia siempre nos ha parecido de una gravedad extrema, que nunca ha gozado de justificación. Por esto mismo, las críticas de los medios y de muchas personas, cristianas o no, tenían una clara cobertura ética. No siempre la crítica cabe despejarla con el fácil recuso al tan manido anticlericalismo. La crítica –en éste como en tantos otros casos- goza de fundamento y es muy lógica. Sólo es cuestión de humildad y sinceridad en quien la recibe.
sábado, 11 de diciembre de 2010
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