EL PRECIO DEL VICIO
Un día sí y otro también aparece alguna noticia referida a la actitud de la Jerarquía católica en los casos de pederastia. La responsabilidad de ésta es gravísima y manifiesta. Se ha intentado –de muy diferentes maneras- poner paños de agua tibia a tan bochornoso asunto mediante el recurso a la estadística y a otras variopintas argumentaciones. Se han buscado y sugerido, desde las más altas esferas del catolicismo y desde sus medios más adictos, posibles razones y/o explicaciones, que sólo han servido para añadir más vergüenza (celibato/homosexualidad). ¡Todo un despropósito!
Una cosa, sin embargo, parece clara: los hechos están constatados y no suficientemente perseguidos. Nada que no se supiese desde tiempo inmemorial. Aunque –una vez más- se ha intentado ocultar, al final se ha hecho la luz. Tan es así que el propio Benedicto XVI –a diferencia de lo ocurrido en otros pontificados- lo ha tenido que admitir sin paliativos, ha puesto en acción el coraje necesario para pedir perdón y ha mostrado su resolución inequívoca de cara al futuro. Ya veremos, no obstante todo ello, que pasa en ese futuro.
Como ha subrayado Jiménez Losantos, no se ha ‘tratado de un error sino de una política fría y consciente’. Circunstancia que, por cierto, no se ha subrayado debidamente. Lo cual –aunque no quiera entenderlo así el fundamentalismo católico- ha multiplicado su gravedad. Con la falsa excusa de evitar el deterioro de la Iglesia católica, se han venido sacrificando valores irrenunciables y, para más inrí, se ha venido hurtando el derecho a la Justicia a las víctimas, entregadas a su cuidado y formación. Es aquí donde radica el carácter imperdonable de semejante atropello y dónde se entiende que muchos dudemos acerca de las posibilidades reales de un cambio efectivo de actitud.
Hoy por hoy sigue siendo cierto el diagnóstico que hiciera Albert Camus sobre los hombres de su generación: ‘Han dudado de todas las purezas. Han descubierto en la moral una hipocresía monstruosa’. Estamos, por supuesto, ante un vicio definitorio de la sociedad, probablemente de todos los tiempos. También de la comunidad católica, inserta en ella, y, muy en especial, de su estamento jerárquico. No me gusta nada tener que decirlo pero es la pura realidad. En la Iglesia importa demasiado la apariencia. Los hechos, las obras, la vida suelen ir por otro lado. Dicen muchas cosas, proclaman grandes principios, otorgan carnés de moralidad y sana doctrina, pero ‘no hacen’. Son muchos de ellos fariseos e hipócritas. Al menos, se comportan como tales. Por eso, buscan siempre, con buenas palabras y con educación –¡no faltaba más!- ocultar y tapar todo aquello que les pone en evidencia.
Es obvio, por otra parte, que, si algún comportamiento ha merecido la reprobación de Jesús, es el de los fariseos e hipócritas. Como en tantos casos, cuando uno presencia ciertos comportamientos jerárquicos se pregunta si habrán leído el Evangelio o, en todo caso, si no se les habrá olvidado. Aquí es dónde les pica y escuece. No les vendría mal una nueva lectura del capítulo 23 de San Mateo.
Tampoco, finalmente, les sirve, como paliativo, acogerse al dicho de Claudio Magris para quien ‘la hipocresía es siempre a pesar de todo el precio que el vicio paga a la virtud’. Cierto, pero no basta en la Iglesia católica.
sábado, 24 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario