LOS DIOSES LUCHAN EN VANO
Hace unos días, Javier Nart nos decía que le espantaba la estúpida ceguera del Occidente cristiano, incapaz de establecer una estrategia de largo alcance. Muchos menos aún si pensamos en la miedosa e ineficaz alianza de civilizaciones.
Es innegable el hecho subrayado por el reciente Sínodo de los Obispos para las Iglesias orientales: La progresiva desaparición de los cristianos sirios, libaneses, iraquíes, egipcios, que se ven obligados a renunciar a su cultura y a su tierra. Igualmente podemos referir las violaciones y persecuciones, los asesinatos, las palizas y el vandalismo, las agresiones varias, los atentados, las expulsiones, etc., de los que han sido objeto miles de cristianos en Pakistán, en India, en Chiapas, en Irak, en Nigeria, en Irán, en Marruecos, en Turquía, en Indonesia, en Etiopía, en Argelia, en Corea del Norte, en Arabia Saudí, en Kenya. A todo ello, debemos añadir, por último, la violencia constante que se ejerce, en la mayoría de los países de confesión islámica, frente a las manifestaciones externas de la práctica religiosa cristiana, no toleradas ni permitidas. El odio anticristiano va en aumento en la proporción en que el integrismo islamista impera en muchos países de confesión islámica.
Lo verdaderamente grave radica, en mi opinión, en que las supuestas grandes democracias occidentales (Europa, por ejemplo) guardan el más cómplice de los silencios ante tales atentados a la libertad personal. Miran para otro lado. No se atreven a reivindicar para las Iglesias cristianas el trato que se garantiza al Islam en la sociedad occidental. Salvo contadísimas excepciones, ningún país occidental exige la lógica reciprocidad de trato. La libertad religiosa es una perfecta desconocida en estos países.
Tampoco debería extrañarnos demasiado semejante conducta si tenemos en cuenta que, en la vieja Europa, no siempre se hace profesión de fe democrática. El respeto a la conciencia personal y el no obligar, en consecuencia, a ciudadano alguno a obrar en contra de la misma constituyó, como es sabido, uno de los pilares esenciales de las democracias liberales. Sin embargo, ahora, en ciertos países europeos –como es el caso de España- está en cuestión y se pone a votación en el Consejo de Europa. ¿Qué se puede esperar después?
Es más, se está “... acostumbrando, como ha recordado José María Marco, a los europeos a pensar su libertad fuera de la religión, cuando no contra ella”. La libertad religiosa –la primera de las libertades y el fundamento de la libertad sin adjetivos- se ve con relativa frecuencia limitada, sobre todo en relación con el cristianismo. A partir de aquí, es muy difícil reclamar a estos Gobiernos europeos multiculturales que se atrevan a oponerse a la ola de fundamentalismo islámico y de negación del pluralismo religioso. No se puede pedir peras al olmo.
Esta realidad se completa con nuestra complicidad. Somos nosotros quienes apoyamos y sostenemos a estos Gobiernos europeos. No somos conscientes de que la verdadera legitimidad reside en la tutela y salvaguardia de nuestros derechos, de nuestra libertad. Si creyésemos de verdad en ello, exigiríamos de ellos una conducta coherente de oposición a la persecución que se practica contra los cristianos.
Y es que, como dijera J.C. Friedrich von Schiller, “contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”.
domingo, 26 de diciembre de 2010
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