jueves, 19 de abril de 2012

EL MINISTERIO DE LA VERDAD
Decía -no hace mucho- Arcadi Espada que “ pocas cosas tienen un sentido público tan necesario e indiscutible como la verdad”. Ni los ciudadanos, ni la sociedad que conforman, ni los Estados ni sus Gobiernos deberían regirse por la mentira. Sin embargo, la realidad nos enseña hasta qué punto ésta se impone como verdad y hasta qué punto nos guiamos por ella. Como dijo J.F. Revel, “la primera de todas las fuerzas que dirigen al mundo es la mentira”.

Si hablamos de la verdad como especie a proteger, de inmediato pensamos en los Gobiernos y en los Partidos que los sustentan. Disponen de innumerables recursos -humanos y técnicos-, que no dudan en adulterar, a fin de imponer su verdad, que es, en la mayoría de los casos, mentira. Los tentáculos del poder se extienden sibilinamente por todo el cuerpo social con el obsceno afán de controlarlo y dirigirlo, a veces contra de sí mismo. Lo cual comporta, sin duda, un nefando engaño frente al que el ciudadano medio se siente indefenso. “La verdad, como dijera Antonio Machado, también se inventa”, se fabrica en los medios de comunicación, se cocina en las despensas de los Partidos, se sirve adulterada en múltiples mesas y, por ignorancia, error o malicia, es degustada con placer por bien pensantes ciudadanos. ¿Por qué nos empeñamos en ignorar tan evidente realidad?

La situación anterior de riesgo para la verdad se ve agravada aún más por lo que ocurre en las llamadas ‘redes sociales’. En ellas, sobre cualquier hecho pueden instalarse innumerables mentiras. Todos sabemos el eco exponencial que puede obtener un relato o una perspectiva falsa, por ignorancia, por malicia, por claudicación ideológica. La capacidad de manipulación en esos medios es proverbial. ¿Por qué nos empeñamos en ignorar su existencia y eficacia?

La pregunta –sobre todo, en momentos de crisis social y ética como el que estamos protagonizando- surge espontánea: ¿existe un derecho del ciudadano a protegerse frente a la mentira? Hoy por hoy, no atisbo en el horizonte una respuesta eficaz. Tampoco la espero de quienes deberían tutelar mis derechos. Sólo se me ocurre decir con Descartes que, si quieres “hallar a la verdad, es preciso dudar de todas las cosas”.

Probablemente no habríamos llegado a la lamentable situación actual si cada uno de nosotros hubiese sido más crítico; si, diariamente, nos hubiésemos atrevido a creer solamente en lo que habíamos experimentado; si, además, tuviésemos el hábito de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia; si fuésemos capaces de decir a los demás que se quedasen con su verdad.

Por muy ‘orwelliano’ que uno se sienta, no conviene patrocinar un Ministerio de la verdad. Lo controlaría alguien al servicio de la mentira. La única garantía, el único ministerio de la verdad, es uno mismo.

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