lunes, 8 de enero de 2007

RESPETAR LA NATURALEZA

Decía Horacio que “hay ciertos límites en las cosas tras los cuales el bien no puede subsistir”. Mi experiencia me dice que el hombre actual se permite el lujo de prescindir de tan elemental principio de sabiduría. Por si lo anterior no fuese ya suficientemente grave, me temo que somos tan insensatos que tal extravagancia la hacemos extensiva también al ámbito de las relaciones interpersonales (realidades naturales) más próximas, esto es, a las relaciones de familia.
Un ejemplo muy claro de este mal posicionamiento inicial se advierte a la hora de organizar la ruptura de la convivencia en relación con los propios hijos. A veces se detecta, por desgracia, una sólida convicción consistente en dar por supuesto que los hijos son de propiedad personal de alguno de sus progenitores. Al funcionar, como es lógico, con tan disparatado criterio, el desastre está servido. Los hijos serán la víctima segura de la irresponsabilidad de sus padres o de alguno de ellos. Es inútil negar los hechos o no querer ver la realidad, que diría Antonio Machado. Quien así se comporta en asunto tan trascendente carece de la virtud que consiste en “reconocer sus límites” (Claudio Magris)
Aunque no me atrevería yo a señalar a nadie con el dedo, sí debo constatar una realidad que percibo diariamente. Muchas mujeres y madres, al separarse o divorciarse, explotan, como consumadas maestras, el falso sentido de propiedad sobre sus hijos. Sobre todo, mientras se negocian las condiciones económicas del Convenio de familia o mientras se celebra el pleito correspondiente. Como son suyos, hacen con ellos lo que estiman oportuno, los utilizan a su servicio, los convierten en objeto de chantaje afectivo y en instrumento de presión, los pueden llegar, incluso, a manipular y enfrentar a sus padres. El repertorio es infinito. ¡Qué vergüenza!
Cualquiera de estas prácticas, realizada por algún varón en el periodo de escenificación de la ruptura, sería valorada por la generalidad de los Fiscales como maltrato, sería estimada por el Juzgado de violencia como constitutiva de un delito de coacciones y, por supuesto, el varón, a parte de ser condenado (antecedentes penales), sería objeto de una implacable orden de alejamiento que sólo serviría para echar leña al fuego y perjudicar aún más gravemente a los propios hijos. Personalmente no abrigo duda alguna a la hora de señalar los responsables de tan grandioso disparate y confeccionar su deshonrosa relación. Pero, no nos engañemos, el verdadero responsable es quien realiza tales conductas.
Llegados a este punto, sólo se me ocurre, a parte de lamentar tanta estupidez, pedir una oportunidad para la reflexión. Por mucho que se pretenda justificar, por grande que sea el eco en los medios de comunicación, por muy política y femeninamente correcto que pueda parecer, por mucho que se intente recrear una imagen creíble, me atrevo a decir a estas madres que no conviene que se engañen a sí mismas. Luego, ya no tendrá remedio. Cada cual debería saber en la intimidad de su conciencia que sólo una cosa es cierta: estás traspasando todos los límites, absolutamente todos. Hay que dejarse de tanta tontería, de tanta hipocresía y superficialidad, de tanto amor propio y afán de venganza, como se exhibe habitualmente. Tienes que preguntarte radicalmente por qué, estando en juego tus hijos, no te atienes, madre amantísima, al consejo de Lucano: “observar la justa medida, mantenerse en los límites, seguir a la naturaleza”. Respeta a tus hijos y te respetarás a ti misma.

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