Hace unos días los medios de comunicación se hacían eco del incremento notable del número de divorcios. Dato innegable e irrebatible. Prácticamente estamos llegando a una paridad más que inquietante: igual número de matrimonios y de divorcios. No es extraño que alguien haya hablado a tal respecto de la plaga del divorcio.
El dato no debiera dejar a nadie indiferente por muy libertario y divorcista que se sienta. Menos aún a los poderes públicos. No todo cuanto sucede es positivo para la sociedad. Tantos desastres familiares, tantas frustraciones y decepciones personales, tantos hijos obligados a crecer en condiciones poco propicias para hacerse personas, tantas energías negativas (egoísmo, afán de venganza, hedonismo, etc.) actuadas, necesariamente han de tener y tienen su reflejo en la sociedad. Mucho de lo que nos ocurre diariamente, muchos de los males que lamentamos, muchas de las lacras sociales que padecemos tienen probablemente que ver, en su origen y desarrollo, con el funcionamiento de la familia.
Si esto es así, me parece necesario preguntarse en serio por las causas a fin de intentar posteriormente acabar con semejante fenómeno. Se trata de detectar en dónde radica el verdadero problema. ¿Por qué tantas personas fracasen tan fácilmente, nada menos que en el modo como eligieron hacerle frente a su vida? ¿Qué nos está ocurriendo para que, a la vista de la realidad, se pueda pensar que estamos casados con el error y el fracaso?
A mi entender, el verdadero problema no radica, ni mucho menos, en la existencia de una supuesta permisividad de la vigente ley del divorcio. Hay que ir mucho más allá. Creo que, en el fondo, tratamos de acallar y ocultar la causa del problema. No nos interesa, no tenemos el coraje de enfrentarnos a ella, nos avergüenza, nos sentimos señalados con el dedo acusador. El hombre actual hace mucho tiempo que se viene creyendo el centro del universo: todo lo sabemos, ejercemos nuestra libertad, no tenemos que responder ante nadie, lo podemos todo, no admitimos límites a nuestra libérrima voluntad. ¿No será que todo esto es una inmensa mentira o una hipocresía del propio sistema dominante de valores?
Tengo la convicción de que nos aterra el ejercicio de la racionalidad o que preferimos huir de toda sabiduría. ¿Por qué no valoramos nuestras decisiones a la vista de las consecuencias, de los efectos ocasionados, de los males generados en la sociedad y en nosotros mismos? Probablemente, un mínimo de honestidad con nosotros mismos nos llevaría a poner en entredicho el planteamiento con el que constituimos nuestra pareja y la actitud que mantenemos en ella. Probablemente nos veríamos obligados a poner en duda nuestra propia capacidad y madurez personales. Probablemente veríamos que nos fastidia reconocer que somos incoherentes y que actuamos como si no tuviésemos principios. ¿Acaso no creemos en nada que no sea nosotros mismos y lo que nos interesa?
En cualquier caso, entiendo que los interrogantes y las reflexiones previas a las respuestas se han de formular a nivel estrictamente personal. En esto consiste la sabiduría, en aprender de los propios fracasos, en convertirlos en fuente de madurez y crecimiento. Es lo que nos interesa porque, en definitiva, quien se la juega en este maremagno de frustraciones es uno mismo. Será duro admitirlo, pero me temo que, aunque casi no se hable de otra cosa, debamos reconsiderar si sabemos o no amar y si vamos por buen camino en la búsqueda de la felicidad personal.
sábado, 6 de enero de 2007
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