sábado, 20 de enero de 2007

NO QUIERO SER CÓMPLICE
El 13 de noviembre de 1898, Clemenceau insertó en la primera de L’Aurore la conocida carta de Zola, titulada j’accuse. Como es sabido aquella denuncia convertiría el proceso Dreyfus en el caso Dreyfus. Pero, sobre todo, aquella carta sería, desde entonces, el punto de referencia del verdadero intelectual, “aquel que, como dice Gabriel Albiac, sólo comparece ante la mesa de juego cuando sabe que todo está ya perdido”.
Llevo mucho tiempo presenciando en silencio –aunque atormentado por dentro- el comportamiento de la clase política, del vigilante, de las instituciones y del pueblo soberano, convenientemente anestesiado. Llevo mucho tiempo instalado en la esperanza de una reacción social, que termine con tanto despropósito. Pero, para mi desconsuelo, por aquí –de momento- todo sigue igual o peor cada día. Ya sé que no lo queremos reconocer, que preferimos mirar para otro lado e incluso matar al mensajero. Pero, la realidad es la que es. No nos dejemos engañar: el sistema en el que unos cuantos –más de los que aparece- están instalados y desde el que pretenden dirigir nuestras vidas, pagados por nosotros mismos, tiene muy poco o nada que ver con un sistema democrático.
Ante tan desolador panorama y en el ejercicio del derecho al desahogo moral, deseo alzar mi voz y denunciar la situación. Así no podemos ni debemos seguir. Es urgente regenerar el sistema y que las instituciones cumplan su papel. Todo está adulterado y, sin embargo, nadie, salvo contadísimas y parciales excepciones, dice nada, ni denuncia, ni protesta, ni controla, ni acusa. Lo verdaderamente grave es que tan negativa valoración se escucha a diario en los ámbitos privados. Para el ciudadano, que no ha sido comprado con favores, que no debe nada a la clase política, que no espera nada de ella diferente a su buena gestión, que no es fundamentalista, que no se deja engañar por los interesados corifeos políticos y que no participa de la corrupción, la situación se hace irrespirable. ¿Por qué calla? Porque teme –no sin cierta razón- la venganza o, al menos, el ostracismo. Porque el vigilante, que, por cierto, pagamos (subvenciones y otros instrumentos) todos, en vez de criticar y controlar el ejercicio del poder como es su deber, se dedica a anestesiar a la sociedad, a difundir la doctrina de lo políticamente correcto, a hacernos creer que lo que nos propone el poder y la clase política es lo que nos conviene y nos hará felices. ¡Totalitarismo sibilino, pero claro! ¡Qué Dios nos libre de tanto salvador interesado!
He querido mantenerme en una cierta abstracción y facilitar que cada cual reflexione por sí mismo. Los hechos y las conductas son evidentes y están en la mente de todos. Raro es el día que algún medio de comunicación no pone en entredicho alguna actuación de la clase política. Hay de todo lo imaginable. Pero, no pasa nada. Ni las instituciones investigan si se ha traspasado el Código penal, ni se exigen y hacen efectivas las responsabilidades políticas, ni los partidos los expulsan de inmediato. Suelen, para vergüenza ajena, premiarlos en las próximas elecciones o con algún cargo muy rentable. ¿Por qué la clase política se muestra tan solidaria con el adversario político? Muy sencillo. Corporativismo puro y duro. Hay que taparse mutuamente las vergüenzas, que pase la tormenta y a seguir chupando del pesebre ciudadano.
Es muy triste contemplar el trato que nos dispensan nuestros servidores, que no hacen otra cosa, en su inmensa mayoría, que servir a sí mismos –tenemos algún ejemplo muy preclaro al respecto-. Pero lo que indigna sobremanera es que encima te traten como si fueses estúpido, como si te creyeses sus mentiras, como si no te enterases de lo que pasa. En la mayoría de los casos, se permiten la osadía de mirar al ciudadano por encima, con prepotencia infinita, con chulería de basta estopa. ¡Lo que hay que contemplar, madre mía.
Sé que, pese a lo que muchos puedan interpretar, no he sido demasiado explícito. Tiempo habrá para ello, si llega el caso. Confío en que ahora el silencio, como ha dicho mi paisano Sánchez Dragó, no se oiga simplemente, sino que se escuche por todos aquellos a quines corresponde. Por mi parte sólo he querido responde a un imperativo ético y hacer mías las palabras de Émile Zola: “Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 4.11.06, pág. 10

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