Llevamos dos semanas desde que Benedicto XVI pronunciase su lección magistral en Ratisbona. Han corrido ríos de tinta y opiniones para todos los gustos. Desde la perspectiva en que me coloco e intentando expresar una valoración objetiva, no tengo dudas de que hay que situarse en el ámbito de los valores que definen al mundo occidental.
Uno de ellos es, sin duda alguna, la libertad de expresión. Esto es, la libertad de decir a los demás lo que no quieren oír (George Orwell). Desde la afirmación de tan definidor criterio, me parece que lo que menos importa es lo que dijo o dejó de decir el Papa, si la cita en cuestión fue o no oportuna, si la violencia es o no compatible con el legítimo proselitismo, si debió o no pedir perdón, etc. Lo decisivo es que ejerció, en el ámbito universitario, la libertad de expresión.
Centrado el tema en el ámbito enunciado, me parece que la reacción posterior del Vaticano constituye un cierto despropósito. Parece que está haciéndose perdonar no sé que supuesto pecado. Da la impresión de moverse con una cierta debilidad en la afirmación de valores irrenunciables. Creo igualmente que ha experimentado ahora en sus propias carnes la respuesta a la medida de su pusilanimidad y ambigüedad en el asunto de las caricaturas de Mahoma. ¡No aprenden!
En este último orden de cosas, me parece digno de subrayar el comportamiento de la izquierda cultural occidental, siempre instalada en lo políticamente correcto. Es decir, en la claudicación, en el retraimiento, en el miedo permanente, en el que nos dejen en paz, en el que no nos molesten demasiado (Slavoj Zizek), en el no correr excesivos riesgos. Al final, aunque parezca incomprensible, no propician la libertad ni los valores que dicen profesar. Esa libertad que la referida izquierda siempre invoca para atacar sectariamente a quien considera su adversario. Curiosamente, esta izquierda de nuestras desdichas acaba apoyando a quienes personifican los valores más ultraderechistas que uno puede imaginarse. ¿Por qué no condenan el trato otorgado a los homosexuales o la mujer en ciertos lugares?Tocamos aquí un tema capital. Frente a la expuesta “mística boba” de la tolerancia multicultural, pienso que hay que ser intolerantes a la hora de exigir la “uniformidad de la ética de los valores fundamentales” (José A. Marina). Entre ellos se incluyen, precisamente, la libertad expresión y el rechazo de toda violencia como forma de hacer proselitismo. Tale valores deben ser respetados por todos, procedan de donde procedan, profesen la religión que profesen o ninguna, sean católicos, evangelistas, judíos o islamistas.
sábado, 6 de enero de 2007
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