EL RECONOCIMIENTO DE LOS LÍMITES
Decía Horacio que “hay ciertos límites en las cosas tras los cuales el bien no puede subsistir”. La experiencia, por otra parte, nos muestra que el hombre actual –quizás el de todos los tiempos- se permite el lujo de prescindir de tan elemental principio de sabiduría. Por si lo anterior no fuese ya suficientemente grave, me temo que, a veces, los seres humanos somos tan insensatos que tal extravagancia la hacemos extensiva también al ámbito de las relaciones personales (realidades naturales) más próximas, esto es, a las relaciones de familia.
1. La madre es la más idónea guardadora
Un ejemplo muy claro del pésimo posicionamiento anterior (no reconocer y respetar ciertos límites) se advierte, ya desde el inicio, a la hora de organizar la ruptura de la convivencia conyugal. Muy en concreto, en el momento de afrontar los aspectos relativos a la relación futura entre los hijos y sus progenitores. Lo femeninamente correcto enseña e impone, como indiscutible, la específica aptitud de la mujer y madre para cuidar de los hijos (ahora no se pasa por alto su origen cultural). Éstos, en caso de ruptura de la convivencia conyugal de sus progenitores, están mejor con sus madres. La protección del interés preferente de los hijos exige que su cuidado, en caso de ruptura de la pareja, se encomiende a las madres. En base a este planteamiento, los Jueces suelen decidir, en la inmensa mayoría de los casos, sobre el cuidado de los hijos con inusitado automatismo.
Una vez más, aparece el contrasentido que conlleva el aceptar, como criterio de inspiración de una reforma legal -y más en materia tan trascendente-, un principio doctrinario del feminismo de género. En este caso, se sostiene, como políticamente correcto, que las madres son las más idóneas para cuidar a sus hijos. Pero, no se hace desde la convicción de que tal idoneidad tenga que ver con las previsiones de la naturaleza (la biología) pues, en modo alguno, se aceptan las aportaciones científicas que documentan una cierta aptitud específica de la mujer relacionada con la función que está llamada a desarrollar como transmisora de la vida. Es más, semejante planteamiento sería rechazado de entrada, como machista, por cualquier feminista de género. Si, a pesar de todo, se formula, es porque sirve en la lucha de género, porque le permite a la mujer una ventaja económica frente al padre de los hijos comunes a la hora de organizar la ruptura de la convivencia conyugal. Una vez más, en consecuencia, vuelve a aparecer el anverso obsceno de la realidad, propiciado, por cierto, desde la Ley.
Lo curioso, por esquizofrénico, puede radicar en que este mismo efecto de servicio a su particular e incomprensible lucha de género también lo obtendría si se posicionase desde una perspectiva diferente, aunque más acorde con las aportaciones de la biología. Probablemente, el tradicional automatismo judicial tenga como base –aspectos culturales al margen- una vigencia social armónica con un modo de entender la naturaleza, rechazado ahora por el feminismo de género, pero no por el feminismo de la diferencia ni por todas las mujeres ni por la biología.
En cualquier caso, me parece un despropósito adscribirse dogmáticamente a una posición u otra sin antes evaluar a fondo las aportaciones de la ciencia y sin tener en cuenta el sentido y razón de ser de la diferencia de sexos en el ser humano. La naturaleza suele ser sabia y ha ordenado y dotado al ser humano de aquellos resortes necesarios para consumar su creación. El protagonismo de las madres en la conformación de la personalidad de sus hijos, al menos en los primeros años, me parece, en principio, innegable. Quebrar esta conexión, en base a estúpidas luchas ideológicas, me parece un despropósito y un drama. Si encima se legisla desde planteamientos doctrinaros, el entuerto puede ser considerable.
2. Los hijos no son propiedad de sus madres
La vida, por cierto, nos enseña también otras muchas cosas, que no deberían ignorarse al enfrentarse con una problemática tan definidora como la guarda y cuidados de los hijos. Para nadie, acostumbrado a las terapias de familia, es un secreto la existencia de una sólida convicción existente en muchas mujeres y madres, consistente en dar por supuesto que los hijos son de su propiedad personal.
Semejante punto de partida se detecta, en muchos casos, hasta en el propio lenguaje materno a propósito de cualquier cuestión. El ‘mis hijos’, incluso en presencia paterna, es proverbial y significativo a este respecto. Curiosamente, el feminismo de género, tan instrumentalizador y utilitario, no rechaza tan falso postulado ni se esfuerza en desacreditarlo por su origen cultural.
Pues bien, al funcionar en la vida real y en el momento de la ruptura con tan disparatado criterio, el desastre estará servido, como es lógico. Los hijos serán, sin la menor duda, la víctima segura de la irresponsabilidad de sus padres o de alguno de ellos, que los instrumentalizará en beneficio propio. Es inútil negar los hechos o no querer ver la realidad, que dijo Antonio Machado. Quien así se comporte en asunto tan trascendente carece de la virtud que consiste, como dice Claudio Magris, en “reconocer sus límites”.
Aunque no me atrevería yo a señalar a nadie con el dedo, sí debo constatar una realidad que percibo diariamente. Muchas mujeres y madres, al separarse o divorciarse, explotan, como consumadas maestras, el falso sentido de propiedad que estiman tener –nunca lo reconocen- sobre sus hijos. Sobre todo, mientras se negocian las condiciones económicas del Convenio de familia o mientras se celebra el pleito correspondiente. Como son suyos, hacen con ellos lo que estiman oportuno, los utilizan a su servicio, los convierten en objeto de chantaje afectivo y en instrumento de presión, los pueden llegar, incluso, a manipular y enfrentar a sus padres. El repertorio es infinito. ¡Qué vergüenza!
Al parecer -quiero suponer que sea así-, ni los Jueces ni los Fiscales ni los Equipos técnicos judiciales, adscritos a los Juzgados de familia, advierten tal circunstancia. Probablemente el procedimiento previsto para tomar tales decisiones no sea el más idóneo y no permita conocer más a fondo la realidad familiar que se busca ordenar. No lo sé. Pero tal convicción está, sin duda, presente. Lo está de modo muy activo y propicia un anverso verdaderamente obsceno.
Cualquiera de las prácticas antes enumeradas, realizada por algún varón en el periodo de escenificación de la ruptura, sería valorada por la generalidad de los Fiscales como maltrato, sería estimada por el Juzgado de violencia de género como constitutiva de un delito de coacciones y, por supuesto, el varón, a parte de ser condenado (antecedentes penales), sería objeto de una implacable orden de alejamiento que sólo serviría para echar leña al fuego y perjudicar aún más gravemente a los propios hijos. Personalmente no abrigo duda alguna a la hora de señalar los responsables de tan grandioso disparate y confeccionar su deshonrosa relación. Pero, no nos engañemos, el verdadero responsable es quien realiza tales conductas.
Llegados a este punto, sólo se me ocurre, a parte de lamentar tanta estupidez, pedir una oportunidad para la reflexión. Por mucho que se pretenda justificar, por grande que sea el eco en los medios de comunicación, por muy política y femeninamente correcto que pueda parecer, por mucho que se intente recrear una imagen creíble, me atrevo a decir a estas madres que no conviene que se engañen a sí mismas. Luego, ya no tendrá remedio. Cada cual debería saber en la intimidad de su conciencia que sólo una cosa es cierta: estás traspasando todos los límites, absolutamente todos. Hay que dejarse de tanta tontería, de tanta hipocresía y superficialidad, de tanto amor propio y afán de venganza, como se exhibe habitualmente. Tienes que preguntarte radicalmente por qué, estando en juego tus hijos, no te atienes, madre amantísima, al consejo de Lucano: “observar la justa medida, mantenerse en los límites, seguir a la naturaleza”. Respeta a tus hijos y te respetarás a ti misma.
3. Comportamientos obscenos que pueden generarse
Si ahora analizamos el despliegue lógico de alguna de las convicciones enumeradas (los hijos son de sus madres y éstas son guardadoras más idóneas), es muy posible detectar una multiplicidad de comportamientos de muchas madres y que, a veces, pasan inadvertidos. Como los hijos son suyos, hacen con ellos lo que estiman oportuno, los utilizan a su servicio, los convierten en objeto de chantaje afectivo y en instrumento de presión. Incluso los pueden llegar a manipular y enfrentar a sus propios padres. El repertorio, en este campo, puede ser infinito. Para más inri, es inútil pretender poner encima de la mesa tales comportamientos. No suelen ser atendidos ni valorados, en la inmensa mayoría de los casos, por el Juez ni el Fiscal. Se decide, con independencia de semejantes conductas, sobre el cuidado de los hijos en beneficio de las madres. De este modo, mantenemos una hipocresía jurídica más y toleramos –lo que es mucho más grave- la obscenidad de correr el riesgo claro de equivocarnos in/conscientemente sobre una cuestión capital como es la de decidir a quien se otorga el cuidado de los hijos en el caso de ruptura de la convivencia conyugal.
Si contemplásemos, por un momento, tales prácticas en cuanto protagonizadas por el varón y padre, nos sorprenderíamos de lo discriminadora que sería la reacción del sistema por el simple hecho de estar en sintonía con la corrección política y/o femenina. Cualquiera de las prácticas anteriores, realizada por algún varón en el periodo de escenificación de la ruptura conyugal, sería valorada por la generalidad de los Fiscales como maltrato psicológico, sería estimada por el Juzgado de violencia de género como constitutiva de un delito de coacciones y el susodicho varón, a parte de ser condenado, sería fulminado por una inmediata orden de alejamiento que sólo serviría, como en la inmensa mayoría de los casos, para echar más leña al fuego y perjudicar aún más gravemente la relación con los hijos.
Al margen de señalar los responsables de tan grandioso disparate y de confeccionar su deshonrosa relación, deberíamos sentir vergüenza al desenmascarar tanta hipocresía personal e institucional. Después de todo, de tanto discurso en favor del interés preferente de los hijos, de tanta ética de la igualdad de trato, de tanta reforma legal a favor de la familia, de tanta tutela de la dignidad de las personas, resulta que todavía continuamos otorgándoles un trato desigual y no protegiendo debidamente a los hijos. ¿Será que tenemos que resignarnos a convivir con ciertos anversos obscenos? ¿No será que estamos siendo víctimas complacientes de una “ingeniería social/totalitaria” (Slavoj Zizek)?
Aunque personalmente pienso que la respuesta a tan inquietante interrogante es afirmativa, creo que ahora procede una reflexión global. Por mucho que se pretenda camuflar, por grande que sea el eco en los medios de comunicación, por muy política y femeninamente correcto que pueda parecer, por mucho que se intente recrear una imagen creíble, la realidad no cambia. Estamos, consciente o inconscientemente, haciendo posible que alguien traspase los límites.
Cierto que los aparatos de poder pueden hacernos creer que seguimos nuestros propios impulsos y deseos y que ello es bueno en sí mismo. Pero no es menos cierto que, al margen del control manipulador que se ejerce sobre los padres de familia y sobre la sociedad entera, son los padres quienes caen permanentemente en la trampa que supone traspasar ciertos límites. ¿Cómo es posible que ni siquiera el destino de los propios hijos provoque la reacción de sus progenitores y termine con el sistema que todo lo enmascara? ¿Por qué el sistema, previsto para tutelar el bien público (los hijos menores), tolera de hecho semejante ineficacia en su función?
Probablemente la solución haya que buscarla en otro ámbito. Quizás haya que romper con tanta norma que oculta verdaderas obscenidades y orientarse hacia la ética de lo Real (Glyn Daly, Slavoj Zizek y Alenca Zupancic): insistir más en que somos responsables de nuestras acciones. De lo contrario, me temo que el Estado, con una forma u otra, seguirá impidiéndonos hacer realidad este radical deseo de la autonomía individual, que diariamente nos arrebatan.
domingo, 24 de junio de 2007
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