EL GÉNERO Y LA DIFERENCIA
Doy por supuesto que, efectivamente, el movimiento feminista ha originado el principal impulso del progreso de las mujeres. Igualmente comparto la idea, como ha recordado Steven Pinker, según la cual “no es posible ignorar el género en la ciencia de los seres humanos” pues “ignorar el género sería ignorar una parte fundamental de la condición humana”.
Como complemento al feminismo de la igualdad (verdadera doctrina moral que reivindica la igualdad de trato y oportunidades), el feminismo de género está empeñado en tres afirmaciones sobre la naturaleza humana. Éstas, siguiendo la formulación del citado Steven Pinker, se pueden resumir así: a). Las diferencias entre hombres y mujeres nada tienen que ver con la biología (la naturaleza) sino con la cultura; b). La única motivación social de los seres humanos es el poder y, en consecuencia, la vida social sólo se puede entender desde la perspectiva de cómo se ejerce ese poder; c). Las interacciones humanas no surgen de las motivaciones de las personas que tratan entre sí sino de las motivaciones de unos grupos que tratan con otros. En concreto, el sexo masculino que domina al sexo femenino. En torno a estas tres afirmaciones se ha formulado un credo femenino, políticamente correcto, pero dogmático y totalitario en muchos aspectos.
No es cuestión ahora de resumir las aceradas y atinadas críticas del feminismo de la igualdad frente al feminismo de género ni tampoco pretender un compendio del resultado de las investigaciones que vienen llevándose a cabo desde el campo de la biología. Baste con señalar lo obvio: “la diferencia entre hombres y mujeres va mucho más allá de los genitales” (Ibidem). El error del feminismo de género, en consecuencia, puede radicar en esa especie de temor irresistible -y, a mi entender, infundado- a que lo “diferente” sea entendido o implique necesariamente “desigualdad”. Creo que no es así. Es más, las diferencias entre sexos, enraizadas en la biología –que las hay- no implican superioridad de uno respecto del otro.
Desde esta perspectiva, uno se queda un tanto perplejo al comprobar que el Legislador español ha aceptado, como inspiración de la reciente reforma legal en materia de familia, un credo doctrinario de esta naturaleza, máxime cuando el género, como explicación comprensiva de la totalidad del ser y el actuar de la mujer, ya está puesto en entredicho en el estado actual de la ciencia. La neurociencia, la genética, la psicología y la etnografía vienen apoyando y poniendo sobre el tapete diferencias de sexo cuyo origen parece que puede estar en relación con la biología humana y no con la cultura. No es extraño, en consecuencia, que el feminismo de género no represente a todo el feminismo y menos aún a todas las mujeres.
Al margen de representatividades, no parece sensato ignorar investigaciones científicas –por cierto, realizadas en su inmensa mayoría por mujeres- que, como mínimo, ponen en duda alguno o todos los postulados centrales del feminismo de género. Menos aún, parece sensato elevar dichos postulados a fuente única de inspiración de una reforma tan sensible y de tanta trascendencia como la llevada a cabo en el derecho de familia.
Evidentemente, en este caso, ha podido más la conveniencia en potenciar ciertas equivalencias de género (reivindicaciones del feminismo militante), sobre todo desde la óptica del apoyo electoral que podría reportar. Pero, precisamente por ello, la reforma no goza de plena credibilidad y autoridad y, en último extremo, tolera –lo que me parece más grave- un claro anverso obsceno, que diría Slavoj Zizek. El colmo del despropósito de semejante opción viene representado por la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, cuyo fracaso nadie niega cuando apenas han transcurrido dos años de su entrada en vigor.
No se puede ignorar que el feminismo de género desprecia, en el fondo, los principios liberales. Ello le ha ganado la oposición del feminismo de la igualdad, de muchos intelectuales e, incluso, de muchas mujeres. Considerado a sí mismo como el único depositario de la verdad acerca de la mujer, se desliza con facilidad por la pendiente del fundamentalismo radical, de la ambigüedad en muchos de sus planteamientos, de la discriminación con tal de que le sea favorable, de la ocultación de la verdadera realidad en las relaciones intersubjetivas en la pareja.
domingo, 24 de junio de 2007
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