lunes, 28 de marzo de 2011
UN SITIO A LA VERDAD Hace ya unos cuantos años, intenté (¿El divorcio católico? Un sitio a la verdad, Palma 1998) servir a la verdad en el espinoso tema de las nulidades canónicas de matrimonio. Busqué desenmascarar la parte de mentira oculta, pero firmemente instalada, en los procesos eclesiásticos. En aquel entonces, me dejé guiar por el dicho de Gracián según el cual “como la mentira llega la primera, la verdad no encuentra ya sitio”. Perspectiva que, con referencia a los grupos religiosos como la Iglesia católica, nunca ha de desdeñarse. Ya sé que una declaración canónica de nulidad no es un divorcio católico. No hace falta subrayar esta circunstancia entre juristas. La cuestión, sin embargo, no se plantea -menos todavía entre los fieles cristianos y la gente ‘normal’ de la calle- en esos términos. Ellos no entienden, en principio, de tales distinciones jurídicas. El pueblo llano -no sin ciertas dosis de escándalo-, sabe o intuye el trasfondo real que, a veces, puede hacer acto de presencia en una nulidad canónica. No siempre ni en todos los casos. Pero, sí con demasiada frecuencia. Estamos ante una realidad innegable que, en modo alguno, puede ignorarse en lo que tiene de verdad. Desde mi modesta y ya dilata experiencia, me veo obligado a subrayar que la Iglesia católica intenta, desde hace tiempo, recuperar en esta materia el terreno, que considera haber perdido. Lo hace con tal intensidad que –visto desde fuera y con imparcialidad- sólo es explicable a partir de una cierta patología. Parece -a la vista de las diferentes actuaciones emprendidas- que afronta la cuestión de modo obsesivo o compulsivo. Lo cual, por otra parte, hace que dé la impresión de que su auténtica preocupación sería salvar la estadística y la apariencia, impedir que se pueda afirmar que también los matrimonios por la Iglesia fracasan, conseguir que no se ponga en entredicho la eficacia de la gracia sacramental del matrimonio, salvar por encima de todo el sacramento del matrimonio. Pues bien, aquí radicaría, en mi opinión, un primer pecado mortal que se comete y, además, con consecuencias funestas. Para empezar, no veo el por qué de tanta alarma, de tanta cautela y de tanto nerviosismo ante una nulidad de matrimonio (Cfr., a título de ejemplo, el último Discurso de Benedicto XVI al Tribunal de la Rota Romana, el pasado 22 de enero, en ‘L’ Osservatore Romano’, 5, 2011, págs. 8-9). Es lo normal y habitual siempre que anda de por medio la condición humana. El ser humano no siempre se comporta en sus decisiones con la debida madurez y responsabilidad. Es algo de alguna forma inevitable por muchas cautelas que se adopten. Quien pretende y quiere celebrar matrimonio se ve –muchas veces- requerido por sentimientos y pasiones encontrados, no siempre manejables con facilidad. En la vida real, no siempre resulta fácil oponer resistencia a los múltiples condicionamientos –de todo tipo y naturaleza- que puede oprimir y quitar la necesaria libertad para casarse. Negar esta realidad humana –que se hace de hecho- es estar en otro mundo, estar en Babia o en las Batuecas. Es desconocer la auténtica realidad personal. Y, cuando esto ocurre, no es extraño alarmarse ante la existencia de un determinado número de nulidades de matrimonio. Pues bien, si se tiene claro este marco de situación, el fenómeno se contemplará y enjuiciará con un mayor equilibrio, sin prejuicio alguno, con serenidad de espíritu, con mayor rapidez y solicitud. A veces, da la impresión de que muchos Jueces eclesiásticos, muchos Obispos y amplios sectores de la doctrina canónica parten de la idea de la ausencia absoluta de verdad en la alegada causa de nulidad. ¿Por qué de este prejuicio tan infundado y tan nefasto? El fiel –que actúa en conciencia- se siente ofendido por aquellos de quien espera comprensión y apertura a su verdad. El Tribunal actuará con un rigor fuera de las normas, con unas cautelas que sólo expresan su desconfianza, con miedo escénico a ser tachado de demasiado ‘aperturista’ y ‘comprensivo’. Esto es, con tales prejuicios se está propiciando un clima ajeno a la realización de la verdadera justicia y muy distante del objetivo de traer la paz a las conciencias. Si en algún ámbito sería exigible el predominio absoluto de la verdad, el que ésta encontrase su sitio, es el de la actividad de la Iglesia católica en relación con el matrimonio. ¿Por qué hemos de dudar de ello? Porque sabemos –por experiencia propia y ajena- que también en la Iglesia la mentira llega, a veces, la primera. Urge, en consecuencia, hacer sitio a la verdad, por muy dolorosa que sea.
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