jueves, 3 de marzo de 2011

NI ESTÁN NI SE LES ESPERA
Como es sabido, los Tribunales catalanes han suspendido temporalmente la prohibición de un Ayuntamiento –creo que el de Lérida- del uso del burka en los espacios públicos de titularidad municipal. Los Tribunales en cuestión se han situado -¡cómo no!- en la estricta corrección política, propia del sistema que padecemos. Ya veremos que deciden, en su día, en cuanto al fondo.
Algunos representantes de la Iglesia católica han salido en su defensa. Saben lo que hacen. Si se permitiera el uso del burka sería utilizado, sin duda, como argumento para patrocinar la presencia de símbolos religiosos católicos en el espacio público. Me imagino que estos adalides del burka no desconocen ni disienten del pensamiento de Benedicto XVI en la reciente entrevista concedida al periodista alemán Peter Seewald (Luz del mundo, Ed. Herder, Barcelona 2010, pág. 68). Estas son sus palabras: “En lo tocante al burka, no veo razón alguna para una prohibición general. Se afirma que algunas mujeres no llevan el burka de forma libre y voluntaria, y que se trata propiamente de una violación de la mujer. Por supuesto, con eso no se puede estar de acuerdo. Pero si libre y voluntariamente quieren llevarlo, no sé por qué hay que prohibírselo”.
Quiero pensar que el Papa es, en todo caso, plenamente consciente de que, como ha dicho Gabriel Albiac, el burka “no es ornamento ni atuendo. Es signo litúrgico. Que dice lo que dice. Lo que el Libro al cual debe fe el musulmán dicta: la propiedad sobre la hembra del varón”. Lo cual, por otra parte, es –como hemos escrito en otro momento- exactamente contradictorio con el principio igualitario que se proclama en Occidente. Es y representa –sería secundar y otorgar vigencia- a ‘lo anticiudadano’. Sería tanto como negar la propia dignidad igualitaria de la mujer Es obvio, por tanto, que, como dice Benedicto XVI, ‘con eso no se puede estar de acuerdo’.
Es más, aunque, libre y voluntariamente -que no es el caso-, quisieran llevar el burka, existen razones poderosas de seguridad, comunicabilidad e identificación personales que, sin duda, pueden aconsejar a los Gobiernos su prohibición en el espacio público. Tengo la impresión de que el Papa tampoco ignora este argumentario, al que se es muy sensible en Occidente. Sin embargo, ha preferido, en este caso, posicionarse en la equidistancia calculada, en la ambigüedad querida y en evitar un nuevo choque con los sectores más radicales del islamismo. No olvidemos que el Vaticano mantiene un fluido diálogo con el mundo musulmán, que no quiere, en modo alguno, entorpecer (Benedicto XVI, Luz del mundo, Barcelona 2010, págs. 109-114). No obstante lo cual, ha de quedar claro, en mi opinión, que nadie, en Occidente, se cree que el burka no responda a una concepción inaceptable: la sumisión de la mujer al varón.
No es extraño, por ello, que su prohibición se vaya incorporando a las legislaciones europeas. Es más, constituye una sólida posición intelectual en el mundo cultural de Occidente: “El burka es una regresión. Antes, en Egipto, Turquía o el Líbano casi nadie llevaba velo. Se trata de un fenómeno reciente, malo para las mujeres e inaceptable no sólo en París, sino también en Kabúl. No estoy de acuerdo en que eso sea un elemento de civilización. Hay valores universales, leyes de equidad, derechos elementales que se deben aplicar ...” (Amin Maalouf).
Esta visión de lo que significa el burka es, por poner otro ejemplo, compartida también por Kenizé Mourad. Para esta conocida escritora, hija de de la Princesa Selma de Turquía y nieta de Mourad V, el último sultán otomano, el burka “es una cosa terrible, que no se puede aceptar. No es algo musulmán. Es una barbaridad que viene de Arabia...”
A partir de aquí, el pensamiento es libre. ¿Los tribunales? Con sinceridad e incorrección: ni están ni se les espera.

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