lunes, 21 de marzo de 2011

EL SIGNO DE LA BARBARIE
En su repaso al s. XX, Luís Racionero lo define en base a la ‘idea de progreso decadente’. Un siglo de un ‘colosal progreso tecnológico’ y de, en cierto sentido, un constante avance del nivel de vida material del ser humano. Pero, al mismo tiempo, un siglo que, en el orden moral, fue de estancamiento o regresión. Efectivamente, si vemos la realidad desde la perspectiva del conocimiento (ciencia y tecnología), la humanidad ha seguido y sigue en constante progreso. Pero ¿es ésta la única dimensión a contemplar? La respuesta que, en la cultura actual, se elabora no es necesariamente positiva.
Recientemente, Benedicto XVI -en su entrevista con Peter Seewald- ha hecho suya la perspectiva de valoración del mundo intelectual anterior al subrayar que el conocimiento es poder y su ejercicio puede dar lugar a destruir el mundo mismo que creemos conocer. Hay, por tanto, que verlo desde una perspectiva esencial: ‘el aspecto del bien’, desde ‘el aspecto ético’. ¿Qué implica, en realidad, este modo de ver el progreso?
Lo que el Papa alienta, a lo que llama, es a un profundo examen de conciencia: “¿Qué es realmente progreso? ¿Es progreso si puedo destruir? ¿Es progreso si puedo hacer, seleccionar y eliminar seres humanos por mí mismo? ¿Cómo puede lograrse un dominio ético y humano del progreso? (...)”. Es más, nos invita a meditar sobre la libertad entendida ‘como libertad para poder hacerlo todo’ y se pregunta: ‘¿Es verdad eso’? Su respuesta –en sintonía con el mundo intelectual- es clara: ‘Yo pienso que no’. Ello es así porque se advierte un verdadero ‘desequilibrio’ entre los logros del progreso en sentido tecnológico y material y los frutos del mismo desde la perspectiva más esencial, la moral (Cfr. Un falso progresismo, en http://plazapublicagredelrio.blogspot.com).
No me parece necesario relacionar los cada vez más grandes problemas colectivos y globales que tenemos delante, ni siquiera los personales e individuales. Están en boca de todos. La dificultad radica –seguimos el pensamiento de Benedicto XVI- en crear en todos y cada uno de los seres humanos ‘una consciencia moral nueva y más profunda’, que actúe como ‘norma de valores para su vida’. No basta con adhesiones formales a movimientos globales a favor de ciertas causas. Hay que dar un paso más: comprometerse en lo personal y actuar en consecuencia. ¿Qué implica todo ello?
Creo que lleva razón Peter Seewald cuando afirma que “muchas de las cosas que admitimos en esta cultura de los medios y del comercio corresponde http://plazapublicagredelrio.blogspot.com/en el fondo a una carga tóxica que, casi forzosamente, tiene que llevar a una contaminación espiritual”. Sin duda alguna. Pero, para superar tal toxicidad, es necesaria una conversión verdadera, que –hoy por hoy- no parece que esté dispuesto a realizar el hombre actual. Los pasos en esa dirección son demasiado sigilosos. Sin embargo, ahí está el reto del s. XXI.
Lo que parece claro, por otra parte, es que no podemos permanecer como hasta ahora. La actitud personal e individual -ante la vida entera y en todas sus facetas y dimensiones- me parece decisiva. No debemos renunciar al protagonismo que nos corresponde. Si lo hacemos –y lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo- nos instalaremos en el caos y en la barbarie. Ya lo estamos tocando con las manos. Urge cambiar el rumbo, recuperar la ética del poder, la consciencia de la trascendencia de nuestra vida personal en el conjunto de la sociedad.

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