UN FALSO PROGRESISMO
Todos sabemos que la izquierda cultural y política ha venido identificándose con el calificativo de ‘progresista’, esto es, amante y patrocinadora e impulsora del progreso de la sociedad y del hombre. Tal atributo ha constituido su verdadero ADN. Por ello, ha servido para deslegitimar cualquier planteamiento o política realizada por la derecha. Ésta, por definición, nunca ha sido ni puede ser progresista.
Tan utópico y mítico concepto encierra, sin embargo, una profunda falsedad, que ha venido y viene contaminando todo el pensamiento actual. ¿Qué progreso es el que, en realidad, patrocina la izquierda cultural y política? ¿Qué se entiende, según esta izquierda, por progreso? ¿El mero avance tecnológico y la mejora de las condiciones de vida del ser humano son suficientes para calificar o hablar de una sociedad verdaderamente progresista? ¿Qué está pasando con otras dimensiones de la condición humana? ¿Podemos –si nos centramos en nuestro país- valorar como ‘progresista’ la política actual del Gobierno socialista?
Una vez aparecida, a finales del s. XVII, la noción de progreso y superado el momento supremo de su divinización (s.XIX) como perfeccionamiento sin retorno, hemos asistido –sobre todo a lo largo del s. XX- a su constante repensar mediante la valoración de nuevas perspectivas y dimensiones, de nuevas realidades, que cuestionaban claramente las formulaciones anteriores y apelaban críticamente a la conciencia del hombre. Este proceso culminó en la afirmación de un estado de ánimo de verdadero ‘pesimismo’ frente a la idea misma de progreso. Es una evidencia que el desarrollo moral del hombre y de la sociedad se ha sumido en un mayor y lamentable abandono, en un alarmante deterioro, en un evidente estancamiento. No es exagerado afirmar que este proceso ha culminado en un auténtico caos. La insatisfacción existencial es hoy día un hecho tormentoso (Racionero, Lipovetsky, Marina).
Incluso se asiste a la paradoja según la cual los ‘progresistas’ son los que menos atienden –por no decir que persiguen o eliminan- a las dimensiones éticas de la actividad humana, dando lugar a la llamada ‘felicidad paradójica’. Hablar ahora de progreso en la humanidad –sin más matizaciones y precisiones- es una mera ilusión, una falsedad, un error, una frivolidad, una idea grotesca, ‘la más peligrosa de las mentiras’ (M. Vargas Llosa).
A la vista de este estado de opinión en el mundo intelectual, deberíamos dejarnos de etiquetas y atenernos a los hechos, a lo que realmente se propone y, después, se hace. ¿Cuántos -incluso cristianos- apoyaron con su voto al Presidente Rodríguez Zapatero? ¿Por qué no se atreven a ejercer ahora la crítica de la política llevada a cabo desde la perspectiva del bien o de la ética civil? ¿Pueden, ahora, sentirse orgullosos de haber apoyado una opción tan ‘progresista’? ¿De verdad este país transita por el camino del progreso?
En mi opinión, antes de aceptar, como orientación de nuestra acción en lo personal y en lo colectivo, un mito tan falso (‘progreso’), deberíamos valorar con seriedad el dicho de H. Arendty, para quien “todo progreso lleva aparejado el signo de la barbarie”. Muy pronto tendremos la oportunidad de ponerlo en práctica.
miércoles, 16 de marzo de 2011
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