miércoles, 2 de marzo de 2011

EL FIN Y LOS MEDIOS
Recuerdo muy bien el manifiesto contra la corrupción que nos endilgó la actual alcaldesa, Sra Calvo, al inicio de la pasada campaña electoral. Por supuesto, no me lo creí. Por desgracia, ni era entonces ni es ahora pensable que el PSOE -tampoco otros partidos- esté dispuesto a cargarse el sistema que padecemos y en cuya implantación ha intervenido tan decisivamente a partir del 23-F. Los hechos, siempre tozudos -como diría Lenín-, me darían la razón de inmediato.
El Diccionario de María Moliner define el verbo corromper en los siguientes términos: “Cambiar la naturaleza de una cosa volviéndola mala”. Cabalmente es esto lo que han hecho los socialistas en Mallorca: Cambiar sustancialmente la naturaleza de las instituciones, volviéndolas malas. Ya sé que el Sr. Antich simula no saber nada y los corifeos orgánicos de la izquierda practican la obediencia debida. Esto es más que sabido. Pero –cabalmente- esta actitud, tan poco crítica y comprometida con la realidad, refuerza la verdad de la corrupción socialista. El PSOE, en consecuencia, no preside legítimamente el Gobierno de Baleares, ni el Consell de Mallorca, ni el Ayuntamiento de Palma.
Habría que recordar que el PSOE no tuvo en las urnas el apoyo mayoritario. Logró –ciertamente- formar gobierno en todas las instituciones. Pero, mediante un pacto, absolutamente obsceno y prevaricador. Está –por mucho que lo disimule el Sr. Antich y demás compañeros mártires- gobernando gracias a los votos de UM. Gracias a ese pacto antinatural que llevó –para vergüenza de todos los ciudadanos- a que, por ejemplo, la Sra Munar presidiera el Parlamento. Todo el mundo sabía las dimensiones y el alcance corruptor de la gestión de UM
-pongamos: presuntamente corruptor, para evitar posibles males-. Los socialistas –no nos hagan reír- no ignoraban esta realidad. Al contrario, se sirvieron de ella para impedir el acuerdo UM/PP, que estaría deslegitimado igualmente. Y ahí está el resultado: el PSOE alzándose con el santo y la limosna, esto es, presidiendo las instituciones merced al voto de la -presuntamente corrupta- UM, que además consiguió parte de esos votos a través de su presunta compra con dinero público. ¡Qué maravilla, qué honestidad, qué legitimidad, Sr. Antich! ¡Puede sentirse muy orgulloso! ¿No le parece que perdió en ese momento la llamada legitimidad de origen?
Por si lo anterior no fuese suficiente, conviene recordar al PSOE que ha estado amparando –desde el Gobierno de todos- la pésima gestión política de UM. Conviene igualmente no olvidar que, a partir de dicha actitud contraria a cualquier ética civil, le ha sido permitido colocar a los suyos en la pesebrera pública. ¿Qué han hecho en estos años? La respuesta está clara en la ciudadanía. ¿Cómo calificaríamos este proceder? ¿Acaso no es una presunta corrupción a gran escala? ¿No le parece, Sr. Antich, que todo ello le previa de la llamada legitimidad de ejercicio? ¡Puro disfrute partidista del poder!
Con todas las salvedades que se quiera, hago mías unas atinadas reflexiones de Carmen Iglesias cuando digo recientemente que “... lo que resulta en extremo pernicioso para la salud democrática es que los políticos – o una buena parte de ellos- se considere un fin y no un medio al servicio de la ciudadanía que los ha elegido”. En nuestro caso, hasta el proceso de elección está presuntamente corrompido.

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