martes, 22 de febrero de 2011

UNA OBSCENA EXHIBICIÓN FEMINISTA
La suspensión en tanto se resuelve sobre el fondo, por parte de los Tribunales catalanes, de la normativa municipal de prohibición a las mujeres de llevar el burka, ha propiciado al feminismo militante una ocasión más -¿y van?- de exhibir su obscena corrección política. Algo incomprensible y plenamente contradictorio.
No resulta fácil entender cómo es posible que el feminismo no se atreva a enfrentarse a situaciones como ésta -podríamos enumerar otras muchas más-, claramente degradantes para la dignidad de la mujer. Nos han machacado, oportuna e inoportunamente, con múltiples mensajes sobre la igual dignidad de la mujer, sobre la necesidad de acabar con la tradicional sumisión al varón. Han propiciado reformas legales de todo tipo. Se han convertido en censoras ‘torquemadianas’ del lenguaje machista. Han ejercido y ejercen de vigilantes detractoras del machismo. Pero –oh paradoja de las paradojas- cuando se trata de valorar las mismas conductas, sufridas por algunas mujeres musulmanas, guardan silencio –incluso en casos extremos-, omiten las condenas y desaparecen del escenario. ¡Vaya exhibición de coherencia!
Lo verdaderamente grave de tanta obscenidad estriba en que es imposible que el mundo feminista ignore la contradicción en que está incurriendo. Lo conoce perfectamente. Sin embargo, calla porque ese es el juego que ha aceptado con el poder establecido, porque no puede ni quiere romper con la corrección política, porque prefiere la sumisión al poder político a cambio de otras ventajas personales, políticas y sociales, aunque –eso sí- conlleven la renuncia a las convicciones que dicen abrazar, porque es la contrapartida a las equivalencias de género. ¡Lo que hay que ver, madre mía!
Sorprende igualmente que ese mundo de confusión no advierta que está metido en un obscuro galimatías, que no hace otra cosa que ‘engrosar los arsenales ideológicos de la extrema derecha’, como les ha recordado el periodista José Jaume. Es más, andan tan ciegas y tan sobradas de poder, que producen en mucha gente –incluso en muchas mujeres- un efecto contrario al buscado. Pierden toda autoridad para hablar de dignidad y de igualdad. Sus contradicciones y sus paradojas son tan obscenas que su simple escucha repugna a cualquier sensibilidad.
Claro está que, como principio, estamos en contra de cualquier prohibición y que debería imperar la libertad o el derecho a vestir como se quiera. Pero, para proclamar tal ideal, hay que tener garantizada –como está en Occidente- la libertad de poder hacerlo. De esto, precisamente, se trata: de que la mujer musulmana, llegada a Occidente por vía de inmigración y que lleva el burka, no es libre para no llevarlo, sino que, en este asunto, también obedece y está sometida al varón. ¿Acaso las feministas no tienen nada que oponer esta situación?
Curiosamente este enclenque feminismo no advierte que la primera prohibición es la que se ejerce sobre la mujer musulmana. Ignora –tan progresista él- que una de las banderas del Mayo del 68, tan presente y vivo en la cultura actual, fue ésta: ‘Prohibido prohibir’. Ya lo creo que lo ignora. Por eso, curiosamente, no hacen otra cosa que propiciar iniciativas de prohibición, de marcar el rumbo de la vida de los demás, de impedir ´que cada cual encuentre su propia música’, que diría Salvador Pániker.
Todos los días lo vemos y lo padecemos. ¿Por qué, entonces, no expresan públicamente su oposición al recorte en su libertad de vestir como quiera, que experimenta la mujer musulmana, contraria a su dignidad personal?
¡Pura obscenidad, pura contradicción, pura exhibición que debería avergonzarles!

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